Mi madre nos preparaba tartas caseras, pero en realidad soñaba con el hombre que sería mi marido…

Mi madre horneaba empanadas para nosotros, pero en realidad soñaba con mi marido…

Mario, ¿no te parece que últimamente mi madre te mira de una forma rara?

Isabel está en la cocina removiendo el puchero, y habla casi en susurros, como si temiera que sus palabras pudieran atravesar las paredes. Mario levanta la vista del móvil, la observa con desconcierto.

¿A qué te refieres?

Pues no sé… Ayer, cuando vino a casa, no paraba de soltarte piropos. Que si la camisa, que si el peinado. ¡Hasta por la forma de coger el tenedor!

Mario se ríe por lo bajo y vuelve la vista al móvil.

Isa, es tu madre. Es buena persona. Quiere agradar al yerno.

Conozco a mi madre desde hace treinta años Isabel apaga el fuego y se vuelve, con el rostro tenso, casi asustado. Precisamente por eso te lo pregunto.

Mario deja el móvil y se acerca para rodearle los hombros con los brazos.

Estás pensando demasiado. En el trabajo vas muy agobiada y ahora ves fantasmas. Carmen Salvador es buena mujer, está sola. Le falta compañía.

Isabel quiere decir algo, pero calla. Apoya la mejilla en el pecho de su marido y cierra los ojos. No puede dejar de pensar lo mismo: su madre mira a Mario de una forma que no es propia de una madre hacia su yerno. Y eso le da miedo.

***

En realidad, todo empieza hace medio año, aunque si somos sinceros, las raíces van mucho más atrás. Carmen Salvador se jubila a los sesenta y cinco tras treinta y ocho años como cajera en una sucursal bancaria de barrios periféricos de Valladolid. Su marido la deja quince años antes, por una mujer más joven, como suele pasar. Desde entonces, Carmen vive sola en un piso de dos habitaciones en un bloque antiguo, con portal ennegrecido y balcones a punto de caerse. Isabel es todo para ella, su razón de existir, como se dice en familia.

Cuando Isabel se casa con Mario hace tres años, Carmen lo celebra de corazón. El yerno le parece estupendo: trabajador, serio, manitas. Trabaja de ingeniero en FASA y no le va mal. Alquilan juntos un apartamento modesto, pero bonito, en Parquesol. Una vez a la semana, los domingos, Carmen les lleva empanadas, echa una mano limpiando y charla largo y tendido con su hija.

Pero algo cambia el otoño pasado. Es el cumpleaños de Carmen, setenta y dos velas. Apenas hay invitados: un par de amigas de la caja, Isabel y Mario, la vecina Mari Loli. Todos sentados ante una tarta de San Marcos comprada en el súper. Carmen mira a su hija y de repente siente una punzada aguda en el pecho. Isabel se ríe, echa la cabeza hacia atrás, su melena brilla bajo la lámpara, la piel rebosa juventud. A su lado, Mario, fuerte, de espaldas anchas, impoluto con su camisa blanca. La mira con ternura. Y a Carmen se le encoge el alma.

Se levanta de la mesa, va al baño y cierra la puerta. Se observa en el espejo: el pelo teñido de caoba, las arrugas que no desaparecen, las bolsas en los ojos, el cuello descolgado. Es una anciana. Y pensar que antes iban los hombres mirándola por la calle… Otra época, en la que fue joven y deseada.

Se pasa la mano por la cara, suspira fuerte. Oye reírse a Isabel y Mario desde la cocina. Tienen una pareja sólida, se nota. ¿Y ella? Solo el ruido de la tele por las noches y las llamadas esporádicas de su hija.

Sale del baño con los ojos rojos. Isabel pregunta si le pasa algo. Carmen fuerza una sonrisa.

Todo bien, hija. Solo estoy cansada.

Después de ese día, Carmen no es la misma. Comienza a visitar a Isabel con más frecuencia. Primero dos veces por semana, luego tres. Siempre había una excusa: unas rosquillas, ayudar a limpiar, simplemente echar un rato porque echa de menos. Isabel no se queja, hasta le hace ilusión. Mario la recibe con respeto: le sirve un café, le pregunta por la tensión.

Al principio, Carmen solo observa a Mario. Sus gestos, la forma de hablar, cómo se ríe. Empieza a dejarle pequeños halagos.

Mario, te veo muy bien últimamente. ¿Sigues yendo al gimnasio?

Él se sonroja y se encoge de hombros.

Qué va, Carmen, si no tengo tiempo. Camino mucho en el curro, será eso.

Pues mira, yo de joven tuve un pretendiente que era igual de apuesto que tú. Así, bien plantado.

Isabel escucha aquellas conversaciones con cierto apuro, pero lo achaca al mal de la edad. La nostalgia propia de la madurez. Nada serio.

Pero la cosa empeora. Carmen empieza a buscar el contacto físico. Insiste inocentemente. Le arregla el cuello, le quita una pelusa del hombro, le toca el antebrazo mientras habla. Mario se queda tieso, sin saber cómo reaccionar. Es la madre de su mujer, una señora mayor. Setenta y dos. ¿Acaso lo está imaginando?

Un día de marzo se van los tres al pueblo. Carmen conserva una pequeña huerta en Simancas, con una casita vieja. Hay que arreglar el terreno tras el invierno. Carmen y su hija se afanan en el pequeño invernadero; Mario repara la valla.

Hace calor. Se quita la camisa y se queda en camiseta. Carmen sale del invernadero y lo mira muy fijamente.

¿Quieres un poco de agua, Mario?

Uy, sí, gracias.

Ella le acerca la botella. Sus manos se rozan y Carmen tarda demasiado en soltarle.

Qué trabajador eres. Isa ha tenido suerte contigo.

Su voz suena suave, casi insinuante. Mario da un trago, incómodo.

Procuro esforzarme. La familia es importante.

La familia… repite ella. Sí, es importante. Aunque a veces se rompe. ¿Cómo se sobrevive cuando uno ya está rendido y el otro todavía tiene ganas de vivir?

Mario frunce el ceño.

Carmen, ¿de qué habla?

Ella sonríe y se gira.

Nada, Mario. Solo pienso en alto.

Por la noche, ya en casa, Isabel pregunta:

¿Mi madre no te ha dicho nada raro?

Mario niega.

No. ¿Por?

Me ha dicho que eres muy guapo. Que apenas quedan hombres como tú.

Pues un cumplido sin más.

Mario Isabel se sienta junto a él y le toma de la mano, creo que mi madre está teniendo un bache. He oído que algunas madres sienten celos de la hija. ¿Sabías?

Alguna vez. Pero tu madre te adora. No puede tener celos.

Sí puede. Envejece y le pesa estar sola. Yo soy su vida y ahora tengo la mía, y tal vez le duela.

Mario la abraza y la besa en la frente.

No dramatices. Todo está bien.

Pero ya no está tan seguro.

***

En mayo, durante el Día de San Isidro, se reencuentran para la comida familiar. Carmen lleva ensaladilla rusa y una botella de brandy. Se arregla mucho: vestido escotado, labios rojos y pendientes largos. Isabel se sorprende.

Mamá, ¿qué te ha dado por arreglarte así?

¿Y por qué no? Es fiesta.

Se sientan a la mesa. Mario propone un brindis por la familia. Luego Carmen pide la palabra.

Solo quería decir dice mirando solo a Mario que me siento muy feliz de que haya un hombre así en nuestra familia. Fuerte y noble. Un hombre de verdad.

Isabel sonríe.

Gracias, mamá. Tengo mucha suerte.

Sí… Carmen no quita la mirada de su yerno. Mucha suerte. Cuidaos el uno al otro. La vida es larga y a veces el amor tardío es más intenso que el primero.

Silencio. Mario baja la mirada. Isabel frunce el ceño.

¿A qué viene eso, mamá?

A que no debemos perder lo que tenemos. Ni siquiera si parece que podríamos encontrar otra cosa mejor.

El resto de la velada es tenso. Carmen se va pronto, con la excusa de un dolor de cabeza. Apenas cierra la puerta, Isabel resopla.

Dios, ¿qué le pasa?

Mario no dice nada. Empieza a darse cuenta de que todo se tuerce. Un drama psicológico irrumpe en su propia casa y no sabe cómo frenarlo.

Una semana después, Isabel viaja por trabajo a Madrid. Tres días fuera. Mario se queda solo. La primera noche, Carmen lo llama.

Mario, ¿estás en casa?

Sí.

¿Isabel no está, verdad?

No. ¿Por?

Nada… ¿Te importa si paso un momento? Tengo una avería en la cocina y no sé arreglarla. Y tú eres manitas…

Mario vacila, pero le da apuro negarse.

Ven, claro.

Llega al cabo de una hora. Lleva un vestido casero, pero se ha maquillado y peinado. Trae una botella de vino.

Así nos tomamos una copa, por tu salud.

Mario se muestra receloso, pero no dice nada. En la cocina, abre el vino y sirve dos copas. Carmen se sienta frente a él, con las manos encima de la mesa.

Mario, tengo que confesarte algo.

Dime.

Ya sé que soy una mujer mayor, tengo setenta y dos años. Pero por dentro sigo siendo la misma Carmen que amaba y deseaba en la juventud. La misma de siempre.

Mario le da un sorbo al vino, lo deja.

Carmen, ¿a dónde va esto?

Sé que suena horrible. Pero no puedo callarlo. Cuando te miro veo al hombre que habría querido a mi lado. Fuerte, bueno, generoso. Y me duele que estés con mi hija y no conmigo.

Mario se queda helado.

¿Sabe lo que dice?

Lo sé. Me da vergüenza. Pero estoy cansada de mentirme. Tengo celos de Isabel. Celos de su juventud y de su felicidad. Me da pánico morir sola y sin amor.

Se levanta, lo toca en el hombro. Mario aparta la silla con brusquedad.

Carmen, basta. Esto es una locura.

¿Por qué? ¿Por mi edad? ¿Por ser tu suegra? ¿Y si yo fuera más joven? ¿Lo pensarías?

No, porque amo a Isabel, porque usted es su madre, ¡porque está mal!

Carmen agacha la cabeza y se echa a llorar. Los hombros sacudidos por el sollozo. Mario aprieta los puños, sin saber qué hacer. Lágrima, rabia, pena, todo a la vez.

Váyase, por favor. Y no lo intente más.

Ella lo mira con los ojos inyectados.

¿Y si vuelvo? ¿Y si le digo a Isabel que tú fuiste quien me sedujo?

Mario se pone pálido.

No lo haría.

¿Seguro? Soy vieja, no tengo nada que perder. Tú tienes trabajo, familia, reputación. La sospecha de una infidelidad ensucia, aunque no sea cierta.

Él no reconoce a la mujer que horneaba empanadas y limpiaba su casa: ahora sólo ve a alguien herido y duro.

¿Por qué, Carmen? Aunque destrozase nuestro matrimonio, jamás estaría con usted.

Ella se enjuaga las lágrimas.

Tienes razón. Me estoy volviendo loca. La vejez es terrible: despiertas cada día y ves que la vida se te ha escapado. Que sólo quedan recuerdos, y ni siquiera son tuyos. Solo el eco de las historias de otros.

Recoge el bolso y va hasta la puerta.

Me iré y no molestaré más. Pero que sepas que te he dicho la verdad. Tengo celos de mi propia hija. Y me duele.

Se va. Mario se queda sentado en la cocina, las manos temblorosas. Se sirve más vino y lo bebe de un trago.

Al día siguiente, Isabel llama.

Mario, ¿cómo va todo? ¿Me echas de menos?

Mucho. ¿Cuándo vuelves?

Pasado mañana. Oye, ¿ha hablado mi madre contigo?

Mario se tensa.

No. ¿Por?

Me ha dicho que se siente mal. ¿Puedes pasarte a ver cómo está?

Isa, no puedo. Estoy liado.

Porfi… Me da cosa que esté sola.

Mario cierra los ojos. Sabe que es una trampa. Carmen sigue tejiendo una red de la que es difícil escapar.

Vale. Pasaré luego.

Gracias, cariño. Te quiero.

Y yo a ti.

Cuelga sabiendo que tiene que tomar una decisión. O cuenta la verdad y destruye la relación madre-hija, o calla y Carmen sigue con su juego. No hay una buena salida.

Por la tarde, va a ver a Carmen. Sube al cuarto piso, llama. Ella abre enseguida.

Pasa, Mario.

Él se queda de pie en el recibidor.

Carmen, sólo he venido porque Isabel insiste. ¿Está usted bien?

Sí, siéntate a tomar un té, anda.

No, tengo prisa.

Ella se acerca, lo mira fijamente.

¿Se lo has contado?

No.

¿Por qué no?

Porque le rompería el corazón. Te quiere.

Carmen asiente con la cabeza.

Lo sé. Yo también la quiero. Pero querer también hace daño.

Eso no es amor. Es egoísmo.

Quizá. Una mala madre, una mala persona.

No. Una persona triste y sola. Necesita ayuda de verdad, Carmen. Un psicólogo, amigas, un motivo para levantarse. Pero no puede depender de mí.

Ella le mira con tanta tristeza que a Mario solo le da pena. Una mujer que intentó retener la juventud a través del marido de su hija.

Te irás y yo seguiré sola. Como siempre.

Llame a Isabel. Pim, pam, sin secretos.

¿Y qué le digo? ¿Que quiero arrebatarle al marido? No, hijo. Sólo que temo la soledad.

Silencio. Carmen asiente.

Vete, Mario. Y gracias por venir.

Él se marcha. Siente que puede respirar cuando llega a la calle. Llama a Isabel.

He ido a ver a tu madre.

¿Está bien?

Isa, tenemos que hablar. En serio. Cuando vuelvas.

¿De qué? ¡Me asustas!

De tu madre. De todo esto. Es importante.

Isabel calla. Luego dice:

Está bien. Hablamos cuando regrese.

En el cuarto piso, tras la ventana, Carmen observa la calle. Cruzaron las miradas un instante. Luego apaga la luz y desaparece.

***

Cuando Isabel regresa de Madrid, Mario la espera con flores. Se abrazan y se besan. En la cocina, Isabel pregunta:

Cuéntame. ¿Qué ha pasado?

Mario le sirve té, tarda en hablar. Luego lo cuenta todo: los piropos, el contacto, aquella noche, las amenazas. Isabel escucha y se le va descomponiendo el rostro.

Al final se levanta y mira por la ventana.

Lo sabía… Algo me decía que algo andaba mal. Pero no quise verlo.

Perdóname.

¿Por qué? No has hecho nada.

Por no decírtelo antes. Por ir ayer a su casa.

Ella lo abraza.

Has hecho lo correcto. Has intentado ayudar. Yo soy la culpable, que no he visto venir esto.

¿Y ahora qué hacemos?

Hablaré con ella. Mañana.

Pero al día siguiente, Carmen no responde a sus llamadas. Isabel va a su piso y entra con la llave. Todo está desierto. Sobre la mesa, un papel: “Me voy con Gloria al pueblo. Perdóname. Mamá”.

Pasan dos semanas. Carmen no da señales. Isabel intenta buscar a la amiga pero no da con ella. Mario la sostiene como puede, viendo la inquietud de su mujer.

Un mes después, Carmen llama. Habla con voz cansada, envejecida.

Isa, soy yo.

¡Mamá! ¿Dónde estás? ¡Estaba preocupada!

En el pueblo, con Gloria. Aquí se está bien. Silencio.

¿Vas a volver?

Carmen calla. Al fin responde:

No sé… Aquí puedo quedarme un tiempo, la casa está vacía.

Mamá, tenemos que hablar.

Lo sé. ¿Mario te ha contado?

Sí.

Otra pausa larga. Carmen murmura:

Me da vergüenza, hija. No puedo mirarte a la cara. Perdóname, por favor.

Isabel rompe a llorar.

Mamá, vuelve. Te buscaremos ayuda. No estás sola.

Siempre lo he estado. Y así seguiré. Es mi elección.

Mamá, no…

Te quiero, hija. Y a Mario también. Como yerno. Cuidaos. Cuida de él.

Carmen cuelga. Isabel, con el móvil en la mano, se echa a llorar. Mario la abraza.

Pasan dos meses. Carmen llama a veces, ciertas noches. Vive en el pueblo, ayuda a Gloria en la casa. Está tranquila, dice. Mejor así.

Isabel la visita al menos una vez al mes. Lleva comida, dinero. Toman té en la cocina, charlan sobre el tiempo y la huerta. De lo suyo, nunca hablan.

Una tarde, cuando regresa de la visita al pueblo, Isabel se sienta junto a Mario en el sofá.

¿Sabes? Miraba a mi madre y por un momento pensé: ¿y si la culpa es mía?

¿Por qué?

Yo soy feliz. Te tengo a ti, trabajo, planes. Ella sólo me tenía a mí y cuando me fui, se quedó vacía.

Mario le sujeta la mano.

Tu vida es tuya. No es culpa tuya.

Ya, pero solo tengo una madre. No puedo dejarla así.

No lo harás. Seguiremos ayudándole. De otra manera.

Isabel apoya la mejilla en su pecho.

¿Crees que algún día podrá perdonarse?

Mario guarda silencio. Quién sabe. Tal vez Carmen se quede siempre en el pueblo. O vuelva un día. Quizá la vida les una otra vez, aunque esa grieta ya no desaparezca. Quizá todo les marque para siempre.

Besa a Isabel en la sien.

No lo sé, Isabel. Pero saldremos adelante. Juntos.

Fuera, cae la tarde de otoño. Dentro reina el calor y la calma. Abrazados, sienten que la tormenta pasó, aunque lejos, en alguna aldea, alguien mira las estrellas por la ventana.

Carmen está en la casa vieja, pone agua a calentar, se sienta con una foto antigua entre las manos: la versión joven de sí misma, guapa, de blanco, al lado de ese marido que hace tiempo se marchó. Pasa un dedo por la foto, sonríe triste. Ella también tuvo una vida. También fue joven. También creyó que aquello no podría acabarse.

Guarda la foto, toma un sorbo de té. Desde la otra habitación llega el ronquido de Gloria. Pronto será invierno y tendrá que preparar leña, tapar rendijas. La vida sigue. Lenta, pero sigue.

Mira el teléfono, duda en llamar a su hija. ¿Para qué? ¿Para decirle que la echa de menos, que se arrepiente? Las palabras no borran lo que fue.

Apaga la luz, se mete en la cama fría. Escucha al viento rascar la ventana. Piensa si tal vez la soledad es castigo. O alivio. Para no herir de nuevo a quien se ama.

***

En Valladolid, Isabel no duerme bien. Mario sí, relajado a su lado, ajeno al desvelo. Ella piensa en su madre, que hace tiempo significaba el mundo entero para ella. Se crió sola. Le compraba vestidos, trabajaba para que a su hija no le faltara nada. Lloró de alegría el día de la boda. Y, al mismo tiempo, fue capaz de intentar destruir aquel matrimonio. ¿Cómo es posible?

Isabel entiende que la vejez da miedo, que la madre temía ser inútil. Que la rivalidad entre madre e hija a veces es natural, es el roce entre el sol naciente y la tarde que se apaga. Pero entender no alivia el dolor.

Se gira hacia Mario, que respira fuerte, los hombros anchos que todo lo sostienen. Resistió la prueba. No cayó. ¿Pero si Carmen hubiera insistido más? ¿Y si Mario hubiera dudado? Percibe que la confianza es frágil, que basta un paso en falso para perderla.

Va a la cocina, se sirve agua y mira a la calle vacía. Piensa que, ahora mismo, su madre seguro también mira la noche, también siente esa distancia que nunca existió y ahora es un muro.

Recuerda cuando su madre le enseñaba a ir en bicicleta. La sujetaba desde atrás, le gritaba: “No tengas miedo, estoy aquí”. Y, de repente, la soltó y vio a Isabel irse pedaleando sola. Entonces sintió que su madre estaría siempre detrás. Siempre.

¿Y ahora?

Isabel se seca las lágrimas, vuelve al dormitorio. Mario se despierta y la abraza.

¿No puedes dormir?

No.

¿En qué piensas?

En que me da miedo acabar como mi madre. Sola. Desesperada.

Mario la abraza más fuerte.

No lo serás. Eres diferente.

¿Cómo lo sabes?

Lo sé. Porque sabes amar de verdad. Por otros, no por ti.

Isabel cierra los ojos. Quiere creer. Quiere pensar que su familia resistió, que todo saldrá bien. Pero en su interior hay miedo. Que un día se despierte mayor, se vea en el espejo y no se reconozca.

Mario susurra, prométeme que si me vuelvo loca, frenes mis pies.

Te lo prometo.

Y que no me dejarás, ni de vieja ni de fea.

No te dejaré. Jamás.

Se acurruca junto a él y, poco antes de amanecer, por fin logra dormir.

Pasa medio año más. Invierno, primavera, verano. Carmen permanece en el pueblo. Isabel la visita una vez al mes. La relación es cordial, distante, como de conocidas.

Un día de agosto, Isabel le dice a Mario:

Estoy embarazada.

Él se queda con la taza en la mano. Luego la deja con cuidado.

¿De verdad?

De verdad. Dos rayitas.

Mario la alza en brazos y gira, riendo. Isabel se agarra a su cuello.

¡Suéltame, bestia!

Él la besa.

Soy tan feliz… ¡Vamos a tener un hijo!

Isabel sonríe, aunque en sus ojos asoma la preocupación.

¿Y… mi madre?

La expresión de Mario se oscurece.

¿Qué pasa con tu madre?

Hay que decírselo. Es su nieto… o nieta.

Cuando quieras.

Esa noche, Isabel llama. Le tiembla la voz.

Mamá, tengo una noticia.

¿Qué pasa?

Estoy embarazada. Vas a ser abuela.

Silencio largo.

Mamá, ¿lloras?

Estoy contenta, hija. Felicidades a los dos.

¿Vas a venir?

No sé. Me da mucha vergüenza.

Mamá, ya ha pasado. Nuestro hijo necesita una abuela.

Necesita una buena abuela. Yo… no sé si podré.

Sí puedes. Yo te perdono, mamá. Vamos a empezar de nuevo.

Llora Carmen, pero al final responde:

Iré. Claro que iré.

Isabel cuelga. Mario la abraza.

Todo saldrá bien dice él.

¿Lo crees?

Lo creo. Las personas a veces cambian.

Isabel asiente. Quiere pensar que el niño salvará el pasado, que curará las grietas. Pero sabe que hay cosas que nunca se borran: se aprende a vivir con ellas, a no mirarlas directamente.

Dos semanas después, Carmen regresa. Llama tímida a la puerta. Isabel le abre. Se miran, y el silencio es denso.

Pasa, mamá.

Carmen entra, deja los zapatos en la entrada. Lleva una empanada, como antes. Mario sale, saluda escueto.

Buenas tardes, Carmen.

Buenas, Mario.

Comparten la mesa. Té, conversación de manual: calor, pueblo, embarazo. Todo correcto y frío.

Cuando Carmen se va, Isabel pregunta:

¿Volverás, mamá?

Carmen cierra la chaqueta, levanta la cabeza.

Volveré. Si queréis.

Queremos.

Mario permanece de pie en la entrada. Carmen le dirige una última mirada, llena de vergüenza y dolor.

Mario, perdóname. Sé que nunca me perdonarás. Pero lo pido igual.

Mario tarda en responder.

La he perdonado. Pero no lo olvido.

Carmen sonríe, resignada.

Gracias. Eso es lo justo.

Se marcha y la vida queda suspendida.

¿Crees que volverá la normalidad? pregunta Isabel.

Mario la abraza y le acaricia el vientre.

No lo sé. Pero lo intentaremos.

Y eso es lo que les queda: intentarlo. Perdonar sin olvidar, seguir adelante con el recuerdo. No es sencillo. Pero es la vida, la verdadera, la que duele.

Carmen camina hacia la parada de bus, con un pedazo de empanada envuelto en papel. Como antes. Solo que el antes ya no existe. Sube al bus, mira por la ventanilla. La ciudad pasa, indiferente, y la vida continúa. También para ella.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

19 − 16 =