El frío no llegó sigilosamente: me arrolló como una muralla de hielo justo cuando Anselmo Ruiz abrió la puerta de la furgoneta y me ordenó salir.
Tenía once años.
Llevaba unas zapatillas finas, una chaqueta heredada con más años que yo y, a mi alrededor, kilómetros de la invernal Castilla donde un tropezón podía ser tu final. Su voz era llana, seca.
El hombre que antes me traía balones de fútbol desapareció, dando paso a alguien que solo veía en mí un lastre.
Me agarró de la chaqueta y me soltó de un empujón en la nieve. Antes de que pudiera abrir la boca, la furgoneta ya estaba zumbando y alejándose, tragada por la ventisca.
Y entonces salió corriendo Chispa, mi perra, que había saltado desde la caja trasera para quedarse a mi lado, la piel ya llena de escarcha.
Por un segundo creí que Anselmo rectificaría, pero los faros de su furgoneta se fundieron con la tormenta y desaparecieron.
Chispa se acurrucó conmigo, compartiendo su calor. En el profundo silencio, supe que aquello no era un accidente. Había sido premeditado.
Cuando el pánico quería convertir mis rodillas en gelatina, fue Chispa la que supo qué hacer. Empezó a andar hacia el monte y se giró para asegurarse de que la seguía.
Cada paso por la nieve era una pelea: las zapatillas ya mojadas, el frío trepando por mis piernas, pero Chispa no paraba, dándome topetazos con el hocico cada vez que titubeaba.
Bajo los pinos, el viento amainaba. Nos llevó hasta un gran acebo, cuyas ramas formaban un pequeño refugio natural.
Nos metimos debajo; sobre nosotros, hojas y pinchos en vez de hielo, y Chispa, de nuevo pegada a mí, impidiendo que el frío acabara el trabajo que Anselmo empezó.
Cuando el peligroso sopor de la hipotermia comenzaba a instalarse, Chispa gruñó y empezó a lamerme la cara, una y otra vez, hasta que me espabilé.
Ella sabía más de supervivencia que yo. Entonces llegaron los zorros.
Sus aullidos nos rodeaban; sus ojos, oro líquido en la penumbra. Cuando uno se lanzó a por nosotros, Chispa se interpuso, plantando cara, aunque recibió más de un mordisco.
A duras penas, los zorros se marcharon. Chispa cayó resollando a mi lado sangrando, temblando, pero viva.
La envolví con lo que quedaba de mi chaqueta, mientras afuera la ventisca seguía con ganas de juerga.
Con el tiempo, una luz se filtró entre los árboles. Por un segundo, pensé en milagros pero era Anselmo.
Se tomó su tiempo. Abrió la furgoneta, sacó una palanca. Venía a asegurarse de que el trámite quedaba finiquitado.
Siguió nuestras huellas, nos encontró junto al arroyo helado y sacó a Chispa de nuestro escondite.
Sentí que algo dentro de mí se rompía. Me lancé contra él. Chispa se aferró a su brazo. Levantó la palanca.
Yo agarré una piedra. Y arremetí. Y Anselmo cayó.
Antes de que pudiera levantarse, la noche se llenó de focos. Unos guardias civiles nos apuntaron y uno le gritó que soltara el arma.
Obedeció. Hasta los depredadores saben cuando se han acabado las tonterías.
Anselmo fue a la cárcel. Resultó que la historia era de deudas, seguros y todo ese folclore, y mi madre eligió reconstruir su vida en vez de resignarse.
Chispa apenas sobrevivió a la operación. El veterinario dijo que pocas perras habrían resistido, pero el amor puede con todo.
El día que vi su rabito moverse en la clínica, sentí que, dentro de mí, por fin, también algo empezaba a derretirse.






