Diario de Pedro Vargas
La ventana de la habitación del hospital estaba abierta. Esa mañana la había dejado así la enfermera. El aire era fresco, la cortina se agitaba suavemente y la fronda verde de los árboles alegraba la vista; aún faltaba para el bochorno del verano madrileño.
A mí, Pedro Vargas, me acababan de operar de apendicitis. Era una operación complicadacasi no llegan a tiempo, decían, pero yo no le tuve miedo.
¿No te asustan los pinchazos? se reía la enfermera, mientras expulsaba el aire del jeringuilla.
Yo solo me giré de lado. Todavía no me dejaban levantarme.
¿Asustarme yo? Menuda tontería…
Me ingresaron la tarde anterior. El ataque me dio en una callejuela cerca del Mercado de San Miguel; volvía con mis compañeros del centro de menores donde vivimos, tras intentar sacarnos unas perrillas vendiendo bolsas en el mercado, a escondidas. Me dio rabia porque, por mi culpa, la liamos para todos; ahora seguro tendrían un follón en el centro, y don Jacinto, el subdirector, no lo pasaría por alto. Ayer, recién operado, vino corriendo la subdirectora, doña Marta, fingiendo preocupación. Estaba grogui todavía con la anestesia, solo recuerdo su rostro, la voz entrecortada, pero los detalles se pierden.
Pienso: ¿por qué no me dio el ataque dentro del centro? Podía haber llegado a la enfermería en un momento… Pero así son las cosas.
Culpaba a los albaricoques. Nos habían dado en el mercado una caja de fruta tocada, y aunque estaban algo pasados, sabían a gloria. Nos hinchamos y, claro… Me pasé.
¡Hombre, campeón! ¿Cómo sigues? El médico mayor de manos peludas me revisó la cicatriz. Ya pasó lo peor, no hay por qué temer. Por ahora, nada de comer. Nada de visitas con comida ni dulces. Hoy a la noche te daré un poco de gelatina.
Asentí con respeto, aunque sabía que a mí nadie me traería dulces; en el centro estaban mosqueados, y no era para menos. Nos habíamos colado en el mercado por el agujero en la verja y, a la vuelta, me caí con el dolor.
Respecto a la valentía, no mentía el doctor. A uno lo curte la vida. Mi madre, seguramente, me tuvo por accidente, quizás ni dinero tuvo para abortar. Tenía diez años y reflexionaba sobre eso con frialdad, como casi todos en el centro de menores.
Nunca la culpé, al contrario; gracias por darme la vida, aunque me dejara enseguida.
Hasta los tres años, estuve en la casa-cuna, luego pasé al centro en Ávila, después me llevaron a Talavera. Siempre, luchando.
Recuerdo bien las peleas por la comida en el comedor. Daba igual que decían que era época tranquila, que los cocineros y los jefes se llevaban medio almacén de víveres a casa, incluso a escondidas en los coches.
No era solo la comida. Era por todo. Yo crecí fortote, a golpes, alguna vez me fracturé el brazo. Y la peluquera que a veces venía, casi lloraba al cortarme el pelo viendo mi cráneo: una cicatriz sobre otra.
¿Y por una cicatriz más en el vientre iban a asustarme? Ni hablar.
Los adultos siempre me parecieron fríos y calculadores. Yo no era ni pequeño ni mona, de esos a los que se les toma cariño; era directo, bruto y un poco respondón.
Vargas, ojo con lo que trames. Si la lías, te vas a aislamiento me advertía doña Marta a menudo.
Pasaba de discutir, pero tampoco me sometía. Mi código, mis reglas.
Solo había una adulta que yo recordaba. No sabía cómo recordaban otros a sus madres, hablándoles en la mente o soñándolas; yo, a esa mujer que trabajó un tiempo en el centro de Ávila, la evocaba muchas veces. Ni su nombre me acuerdo, pero su voz, azul sus ojos y el tacto cálido sí. Me sentaba en las rodillas y me susurraba:
Tienes que ser fuerte, Pedrito. Come bien, cuídate, escucha… Será difícil, pero puedes con ello. Simplemente inténtalo, ¿vale?
Y luego me cantaba una nana.
Gatito, mi catito, rabo gris y suavecito,
Duérmete, duérmete,
Manitas blancas, orejas negras,
Duérmete, duérmete…
Aunque ya quería creerme mayor, esa canción aún la tarareaba por dentro cuando me sentía mal. Cerraba los ojos, la murmuraba, recordando el calor de aquellas manos y me aliviaba algo el alma.
Luego desapareció, como desaparecen los buenos de verdad, y solo dejó su aroma y aquella tonadilla. Nadie más me arrulló nunca. Yo la llamaba “mamá” en secreto, aunque seguramente fue solo una cuidadora de paso.
La enfermera cerró la ventana y se puso a preparar la cama de enfrente. Me alegré; solo me aburría cosa mala.
Pronto entró una camilla, rodeada de batas blancas. Había movimiento. Desde mi sitio apenas veía, pero alcancé a distinguir a un niño muy delgado y de nariz afilada; le pusieron una vía. Al poco, sólo quedó la enfermera y un hombre con bata de médico encima de su chaqueta.
Poca charla entre los tres. Solo frases sueltas.
Dormirá decía la enfermera.
Vale. Gracias.
Si necesita algo…
Sí, sí.
Se marchó y el hombre quedó allí, espalda encorvada, sin moverse, delante del hijo dormido.
El calor subía y entre la camisa y la bata el hombre seguía allí, inmóvil. Yo diría que también se dormía.
La espalda me dolía, así que me giré; la cama crujió. El hombre se volvió. Entre las cejas, una arruga; bajo los ojos, ojeras. Pero mirada amable.
Hola, susurró, como si solo entonces notara mi presencia.
Hola, respondí.
Se enderezó y tras mirar al hijo, empujó el taburete, se sentó a mi lado.
Te operaron
Sí, apéndice.
Bien. ¿Aún no andas?
No dejan.
¿Te apetece algo?
Nada, no puedo aún comer. ¿Y él? señalé con la cabeza al chico dormido.
¿Él? frunció el ceño. Es otra cosa, más grave. ¿Te importa si me quedo? Ayudo si hace falta, y si vienen los tuyos, me voy.
No pasa nada dije moviendo la cabeza, ¿quién era yo para negarme?
Tomó el taburete, me miró:
Él se llama Simón, tiene once. ¿Y tú?
Pedro, yo diez.
Gracias Pedro me dijo, y ni supe por qué.
El día siguiente fue un ir y venir de médicos. A Simón le pusieron goteros desde la mañana, entraron médicos, la madre se presentó con abuelos, una señora alta, pelo rizado recogido, de unos ojos hinchados de llorar. La llevaron bajo el brazo, se sentó, acarició al niño. Hablaba bajito todo el rato.
¿Podemos pasar al chico? preguntó el padre, señalándome, mirando a su mujer con inquietud.
Sí, hoy lo pasamos respondió el doctor.
Casi al final, el médico me dirigió la palabra.
¿Qué, cómo sigues? ¿Duele?
Un poco.
Esa noche costó dormir. La cicatriz dolía, daba miedo girarse; el catéter molestaba. No comí aún, algo olvidaron o era pronto.
Hoy toca moverse, despacio. Te pasamos a otra habitación. A ver si la enfermera te quita el catéter.
Deseaba levantarme, pero la enfermera no venía nunca. Varios entraban y salían.
La verdad es que empecé a comprender que el tal Simón iba a morir. No respondía, dormía, alrededor todos murmuraban, tensos, casi resignados.
Una chica joven quedó frente a él. Me costaba mirarla; al llamarla la enfermera para el catéter, la miré pidiendo ayuda, pero solo replicó seca.
¿Quién te va a mirar? Bastante tiene ella con lo suyo, venga, rápido.
La verdad, fue rápido; pero seguí sin ropa, y me costó entender que me la habían llevado. Quería saberlo, pero no me atrevía a preguntar delante de la chica que cuidaba a Simón.
¿Te ayudo? preguntó al verme torpe intentando sentarme.
No sentí cómo iba todo a negro, me tumbé.
El siguiente intento logré sentarme de nuevo.
¿No sabes dónde está mi ropa?
No lo sabía, pero prometió averiguarlo.
Pero vigila a Simón… ¿vale?
Quise andar envuelto en la sábana, pero las piernas no aguantaban; no salí de la cama.
Trajeron al final ropa. Batín del hospital, nada mío.
Miro a otro lado, tranquilo dijo la chica.
Me senté, tiré hacia arriba el pantalón ancho, hasta le pasé la goma para que no se me cayera, que en eso tenía experiencia. No podía agacharme para dobladillos. Al andar tropezaba y la chica se agachó, me dobló bien la tela con todo el esmero del mundo, hasta que se me abrió el suelo.
Me caigo…
Eh, eh me sostuvo, me sentó en el sillón. Pero, chaval, si estás aún tiritando. ¿No has comido? ¿Cómo te llamas?
Pedro.
Yo soy Elisa. Pedro, deberías tener a tu madre aquí… Quizá la llamamos. ¿Tienes teléfono en casa?
No tengo madre.
Ah… ¿Y tu padre o…?
Estoy bien, de verdad. Ya mejoro. Es que quiero ir al baño, nada más.
Llegué como pude, me miré en el espejo. Ojeras azules, labios blancos. Sólo mis ojos, negros, brillaban con rabia y vida. Una vez una cuidadora me dijo que de ahí venía mi apellido, Vargas: ojos negros como ala de cuervo. Incluso en el centro me dicen “Cuervo”. Eso sí me enorgullecía.
Me enjuagué con agua fría. Algo mejor. Elisa pidió líquido, trajeron gelatina.
Si puedes andar, ve al comedor tú solo.
¿Dónde?
Abajo a la derecha, lo hallarás por el olor reía la limpiadora.
Pero casi se cae antes. ¡Que no baje! Yo le traigo el postre protestó Elisa. Y por ahora, nada más.
No podía estarme quieto. Caminé despacio por la sala. Miré a Simón; era guapo, casi parecía una niña, muy parecido a su madre; y tan, tan delgado.
¿Se está muriendo, verdad? a veces sólo los del centro saben decir la verdad directa.
Elisa tembló.
No lo sabemos. Pero… Sí, Simón está muy mal. Lleva ya cuatro operaciones, de intestino sobre todo. Sus padres están agotados, ahora ayudan todos. Yo soy su tía, la hermana del padre. A veces, pasan milagros, ¿no?
No sé contesté, sentándome.
No podía dejar de pensar en él. Tenía otra vida, de película: padres, abuelos, familia, todo. Y aun así, allí estaba, yéndose…
A mí no me movieron al final. Al atardecer regresó el padre de Simón. Otra vez trajín. Oí que decían de mí: que no vino nadie a verme en todo el día.
Pedro, ¿el doctor dijo que vienes del centro? me preguntó el padre, Santiago.
Sí.
Igual quieres estar en otra habitación. Es que Simón está muy delicado…
No Prefiero aquí. ¿Puedo quedarme?
Pasaron días, todo igual. Cogí una fiebre y me cambiaron de sala, con abuelos. Me moría de aburrimiento y volvía a sentarme al lado de Simón; nadie me echaba.
Por la fiebre, me retrasaron el alta.
En ese tiempo, Santiago, el padre ya sabía todo sobre mí; me preguntaba despacio y me escuchaba. Un día, me trajo ropa y pensé de reojo en Simón.
¿Era de él, verdad?
Sí…
¿Y si no muere?
Santiago me miró raro. En su casa, la palabra morir nadie la decía en alto. Esperaban lo peor, pero nunca osaban ponerle nombre. Era demasiado duro.
Una vez, la mujer de Santiago, Sofía, lloró y gritó: ¿Por qué? ¿Por qué si hicimos todo bien, igual se va? ¿De qué sirve?
Cuando el alma sufre, el cuerpo también. Sofía estaba ya agotada. No quería vivir sin su hijo, la calmaban con ansiolíticos, de poco servía.
¿Y si no muere? insistí.
Santiago quiso ser sincero, aunque fuera más para sí mismo.
Por desgracia, ya no podrá salvarse. Está muriendo, Pedro.
¿Duele, morirse? yo apretaba contra mí las camisas de Simón y lo miraba, el ceño fruncido.
Menos que dormirse. Hacemos todo para que no le duela. Para eso estamos aquí.
Pero aún se mueve.
Sí, hay quien dice que nos oye. Esperamos que sí, aunque nadie lo sabe seguro.
Casi siempre había familiares con Simón. Una tarde, Santiago salió un rato. Me quedé solo con él. Santiago tardó en regresar, se asomó y me vio.
Yo le tenía la mano a Simón, le hablaba.
y no sé dónde estará mi madre. Igual ni vive ya. Pero no estoy enfadado. Si viniera, la perdonaría, de veras Aunque te parezca mentira. No te mueras, anda. Que tu madre sufre mucho y tu padre también. Ojalá tuviera yo un padre así, menuda suerte. Y tus camisas te las guardo; prometo no mancharlas, que tengo más de sobras. Pero tú ponte bien, échale ganas. No te dejes…
Santiago carraspeó, le ví los ojos húmedos.
Me ha apretado la mano. De verdad, créame, me la apretó.
Te creo, hijo me respondió Santiago. Te creo.
Santiago y todos en casa esperaban el final. Su Simón, único, brillante, tan querido y esperado, ya solo podía esperar. La enfermedad empezó a los ocho años, un fallo muscular, después el corazón, el estómago, los pulmones… Habían ido de hospital en hospital, Madrid y Barcelona, visitaron los mejores. Llegó a los once porque luchaban mucho, y Simón nunca se quejó.
Sofía cargaba con el peso en los hombros. Velaba noches en salas de hospital, peleaba por atención, por ensayos y por médicos; hasta en la iglesia pedía milagros. Santiago se mantenía fuerte por ella.
Cuando por fin aceptaron que Simón se iba, la pusieron bajo sedantes.
Háblale tú, Pedro. Él se alegra, seguro.
Santiago encontraba alivio en mis charlas. Muchas veces me quedaba, le contaba historias de peleas, cómo aquél forzudo, apodado “Bicho”, me partió un brazo, los compañeros, los líos… Quería animar a Simón como fuera.
Una noche Simón murió. No me enteré, nadie vino a decírmelo. Pasó el pase de médicos, fui a desayunar, luego a ver la sala.
La cama de antes estaba ocupada por otro, poniéndose la bolsa.
¿Y Simón?
No sé, aquí no está dijo el nuevo.
Salí corriendo al control de enfermería. Nadie. Busqué al médico, no estaba; pregunté, al final otro me contestó.
¿Simón? Se fue
¿Murió? apenas pude decirlo.
El médico asintió.
Retrocedí, ardiendo de rabia contra el hospital, los médicos, todos.
¡No hicieron nada por salvarle!
Y yo, ¿cómo desahogarme?
Di una patada al cubo de la fregona, agua en el pasillo. La limpiadora gritó, vinieron enfermeros, doña Marta también. Todos a reñir. Cerré la puerta de golpe, me tapé los oídos y me quedé en la cama.
¡Todo el hospital, tanto médico y no consiguieron salvarle a mi amigo!
Cómo un niño en coma, solo y medio muerto, podía ser “mi amigo”, ni yo lo entiendo. Pero lo sentía así. Le había contado todo: mi pasado, mi madre, la cuidadora que me cantó, mis batallas.
Una noche, aún en su sala, soñé que Simón se sentaba en la cama y sonreía. Me lancé para ayudarle, pero él pidió que solo lo dejara sentarse. Su voz era fina, casi de niña; me hablaba de playa, de la casa, de tener abuelos, de su abuelo militar, de su cuarto lleno de cosas, de la madre que cada día lo despertaba con besos…
Así yo, sin conocer hogares de verdad, me los imaginaba observando la tele. Creía que en los pisos toda la familia dormía junta, cada uno en cama, que todos tenían su taquilla, que los jueves tocaba pescado y que la madre servía el té con cazo.
***
Lo extraño fue que, al morir Simón, Santiago suspiró. No porque no quisiera a su hijoal contrario. Es que Simón ya sufría demasiado, y por fin descansaba.
Debía aceptar la pérdida, ayudar a Sofía y seguir adelante.
Y pensaba cada vez más en mí.
No era momento de plantear adopciones. Sofía no podría. Nadie reemplaza a Simón. Su retrato lleno de flores estaba siempre en el salón; mi madre pasaba horas delante, velas encendidas, visitando la tumba a diario. Nunca podrían tener otro hijo: la última vez, una operación de urgencia le impidió volver a ser madre.
Y yo, claro, tampoco tendría madre ni padre jamás…
Sin embargo, aunque yo era muy distinto de Simón: torpe, duro, con esos ojos oscuros y la cabeza cuadrada, creía que Santiago veía en mí algo bueno y no estropeado.
Un día, Santiago llegó a casa y le dijo a Sofía:
He ido al hospital. Le han dado el alta a Pedro. Lo tuvieron ingresado mucho… hasta que le pasó la fiebre.
¿Y para qué volviste?
A por los papeles de Simón y Pedro armó buen escándalo cuando supo que Simón no estaba, montó un follón tremendo.
Pobrecillo suspiró mi madre.
Sí… Santiago asintió.
No te preocupes tanto. Estoy aceptándolo poco a poco.
Eso intento.
Y, por favor, no me hables de más niños ahora, ¿vale?
Santiago respetó su deseo.
Pero el fin de semana, fue hasta mi centro de menores. Sentía la obligación de verme, no se lo podía quitar de la cabeza. Sabía por lo que yo había contado que allí dentro las cosas no estaban bien. Pero no le dejaron verme; le hicieron preguntas, le miraron con suspicacia, la directora fría y a la defensiva.
Eso no le desanimó. Pensó en una amiga de la facultad, Carmen Salvatierra, que trabajaba con familias de adopción, la localizó y al día siguiente la visitó.
Hablaron largo. Carmen comprendió, prometió informarse sobre mí, pero repitió que la clave era el consentimiento de Sofía y del propio niño.
De todos modos, Santiago fue a los servicios sociales y pidió el listado de papeles necesarios para la acogida. Las trabajadoras sociales fueron más comprensivas de lo que él esperaba y prometieron ayudarle a organizar una reunión conmigo.
A Sofía no le contó nada, pero a su suegro y a su hermana Elisa sí. A Elisa le cayó bien la noticia, prometió convencer a mi madre también.
Pero hablar de mí le hacía llorar a Sofía.
No va a reemplazar a Simón, ¿no lo veis?
Eso nadie lo quiere, Sofía. Es que él no tiene familia; y nosotros, tú y yo, tampoco ahora. Será complicado, nada fácil, criado en centro. No podemos cambiar a Simón, pero si hubieras oído cómo le hablaba, cómo le quería, cómo rezaba por que mejorara. Ese chico me dio una lección de serenidad ni sé explicártelo. Conozcámosle. Te lo pido.
Vale… pero no me agobies.
Esa fue la primera luz de esperanza.
Vinieron a verme por primera vez al despacho de la directora. Yo, tenso, sin mirar, las manos heladas. Santiago me tendió la suya y no conseguí dársela de vuelta.
Carmen estaba también presente, pero a un lado, sin intervenir. Santiago intentó romper el hielo con tonterías, pero yo temblaba. No era el mismo niño del hospital.
A punto estuvieron de llamarme para marchar antes de tiempo.
Menudo valiente.
Parece que no quiere venirse, suspiró Santiago al salir.
Te equivocas, respondió Carmen. Sueña con ser adoptado por gente como vosotros, pero tiene pánico de no estar a la altura. Es miedo, no rechazo.
¿Damos tanto miedo? preguntó Sofía.
Sois los primeros padres reales que ha visto en su vida. No sabe ni cómo actuar con vosotros. Ahora solo piensa en volver a veros, dijo Carmen.
Quedamos en que algún día iría yo a su casa. Ni había dado el sí, ni Sofía estaba convencida.
La primera vez que me llevó Santiago, merendaron. Me sudaban las manos y no tocaba nada de comer, miraba la taza, temeroso. El salón era todo orden, brillante, lleno de detalles, tan lejos de lo que yo siempre imaginé como familia. Ni espacio sentía.
La que más miedo me daba era Sofía.
Cuando a Santiago se le cayó la cuchara, solté por lo bajo:
Vaya día
Santiago explotó en una carcajada.
Eso mismo, ¡vaya día! Venga, Pedro, come algo, anda.
Comí sólo un trozo minúsculo, sin apenas masticar.
Échale ganas, chico.
Pedro, ¿quieres ver la habitación de Simón? propuso de pronto Sofía.
Me brillaron los ojos. Asentí.
Al entrar vi el retrato grande de él. Era distinto a como lo vi en el hospital: allí parecía vivo, sonriente. Sentí que él me decía: No temas, estoy contigo.
¡Mira! ¡Simón! Qué bien se le ve aquí. Incluso más fuerte,
Es que antes… de bueno…
Antes de morir, ¿verdad? pregunté directo, acariciando el marco. ¿Me enseñas cómo vivió aquí?
Sofía titubeó, buscó el álbum de fotos.
Ahora no puedo, me cuesta Míralo tú.
Pasé las páginas, ella, de pie al lado de la ventana.
¿Y aquí? ¿Es él de pequeño? Qué gracioso…
Al final, a su lado, fue capaz de sentarse y mirar. Acabó sonriendo, menos triste, incluso tranquila. Sintió que con aquel niño hablando de Simón la pena era más leve.
Inspiró y preguntó:
Pedro, si decidiéramos acogerte, ¿te gustaría venir?
Dudé, sin soltar el álbum.
No lo sé. Simón era bueno. Yo, no tanto. No sé…
Sofía, de repente, me abrazó fuerte.
No lo haríamos por llenar un hueco, solo por ti, por el mejor amigo de nuestro hijo.
El abrazo me dio casi miedo, no estaba acostumbrado a eso apenas me tocaban jamás. Sentí el olor a colonia suave, los brazos y el calor. Y mientras pasaba páginas, para distraerme, ella permanecía pegada a mí.
Yo jamás había llorado. Jamás.
Y entonces no pude más. Lloré, flojito.
¿Lloras, Pedrito, estás llorando? No llores, que nos haces llorar a todos. Sé fuerte, que eres un hombre. ¡Hay que ser fuerte! me acarició la cara.
Esas palabras ya las había escuchado.
La ventana estaba abierta. El aire puro hinchaba la cortina, las hojas verdes relucían, y desde el retrato, Simón me miraba, como amigo.
Y yo, como si tuviera cinco años, pregunté:
¿Sabe usted una canción que diga Gatito, mi catito, rabo gris y suavecito, duérmete, duérmete?
Sí la conozco, es una nana. ¿Quieres que te la aprenda?
Sí asentí, sonándome la nariz.
En ese momento, sentí que todo lo que necesitaba era simplemente ese instante.
***
Cada día nos da una segunda oportunidad, y aprendí por fin que la familia puede aparecer donde menos lo imaginas. Hoy, cuando respiro el aire fresco por la ventana, doy gracias por los dolores, las ausencias, las canciones y las manos cálidas que la vida me dejó.






