Toda la aldea de Valdemora sabía desde hacía mucho que Alejandro volvería. Las chicas se preparaban con esmero, se recogían el pelo con peinetas y se adornaban con flores. Clara, la huérfana, no tenía para qué preocuparse por esos encantos femeninos. Ella era como era. Y así, tal cual, Alejandro se enamoró de ella nada más verla.
En el pueblo murmuraban con envidia; a Clara, la callada, le había tocado en suerte aquel joven de ciudad. Desde que apareció por primera vez en la plaza del pueblo, todas las muchachas suspiraron por él. Alto, de hombros anchos, moreno y con unos ojos profundos que daban vértigo. Además, venía de Madrid y estaba educado en alguna universidad extranjera. Los padres, acomodados, y el abuelo, don Tomás, antiguo alcalde del pueblo, orgulloso de haber criado a todos sus hijos gente de bien, ahora esperaba nietos y presumía de méritos ante quien quisiera escucharle.
La noticia de su regreso corrió como la pólvora. Las chicas estaban nerviosas, probaban peinados nuevos y vestidos de feria. Clara, sin familia y sin tiempo para coqueterías, observaba desde lejos. Alejandro, sin embargo, solo tuvo ojos para ella.
Las otras intentaron por todos los medios llamar su atención, pero todo fue inútil. Al terminar el verano, él se la llevó consigo a Madrid. Don Tomás le aconsejó paternalmente: La vida no ha sido fácil para Clara; cuídala, no la hagas sufrir. Alejandro juró que lo haría.
Pero la capital era otro mundo, todo prisa y ruido. Clara esperaba que Alejandro siguiera siendo tierno como en el pueblo. Al principio, mientras preparaban la boda, seguía habiendo ilusión y cariño. Pero después de la luna de miel, algo cambió. Alejandro empezó a avergonzarse de ella, como si Clara no encajara en su vida de ciudad. La suegra, doña Carmen, apenas hablaba con ella y lo poco que decía era desde la superioridad. Clara sentía en cada palabra que jamás estaría a la altura de su hijo, ese “príncipe de Madrid”.
Nada le salía bien: ni la sopa tenía el punto justo, ni las camisas quedaban bien planchadas, ni el suelo brillaba como debía. Clara sufría, pero en el piso tan pequeño nadie podía escaparse. Ni siquiera pudo encontrar trabajo, y Alejandro no lo permitía:
¿Cuánto crees que vas a ganar con tu formación? Mejor quédate en casa decía.
Ella aceptó. Cuando al fin Clara se quedó embarazada, Alejandro rebosaba felicidad. Parecía que todo se arreglaba. Su suegra dejó de criticarla y hasta reprendía a su hijo para que cuidara a su esposa. Pero la desgracia llegó pronto: Clara perdió al bebé. Todo empeoró.
No sirves para nada: ni cabeza, ni salud. Solo una carita bonita, ¿y de qué sirve? suspiraba la suegra. Alejandro, mientras tanto, sonreía satisfecho, como si no hablaran de su mujer.
El segundo embarazo no trajo alegría a Alejandro. Ya no la cuidaba ni la esperaba. Lo único que sentía era irritación porque Clara perdía la figura. Su suegra seguía regañando a su hijo para que no la maltratara; repetía que un niño debía venir al mundo en un hogar lleno de amor.
Pero de amor ya no quedaba nada, lo sentía Clara. Dormían en cuartos separados, él se marchaba temprano a trabajar y volvía de madrugada cuando ella ya dormía.
Clara lloraba cada noche, pero no tenía dónde ir. Sin padres, no deseaba esa vida para su hija. Luchaba por mantener la familia. Nadie pudo acompañarla al hospital cuando rompió aguas; Alejandro llevaba una semana sin aparecer. Clara llamó sola a la ambulancia, dio a luz a una niña y ni siquiera pudo avisar a dónde ir después. Frente a la puerta del hospital le esperaba un coche adornado con globos. Clara sonrió esperanzada, pensando que tal vez habría regresado Alejandro. Pero no, solo estaban su suegra y don Tomás, trajeados y con un ramo de flores.
Gracias, nieta, por este regalo. No hay criatura más hermosa que mi bisnieta se alegró don Tomás. La suegra, seria, no podía apartar la vista del bebé; permanecía a su lado, pendiente.
En casa, la mesa estaba puesta y el bizcocho favorito de Clara humeaba recién hecho, orgullo de la suegra.
Nunca imaginé que Alejandro sería tan miserable no pudo evitar decir doña Carmen. Se ha largado, ha dejado a una chica sola con la niña. Pero no importa, saldremos adelante. Ya veremos cuánto aguanta él sin nosotras. Yo misma le echaré del piso, porque aquí ya no cabemos todos; vete tú a saber a cuántas trae después.
¿Cómo la llamaremos? preguntó don Tomás. ¿Te parece bien Lucía, como tu madre?
Clara rompió a llorar, permitiéndose por fin dejar salir la pena retenida. La suegra la acarició con ternura:
Tranquila, todavía te espera la felicidad. Mira qué bien te sienta ser madre. Él nunca supo verlo.
Quiero volver al pueblo. Allí estaremos mejor.
Eso es apoyó el abuelo. Criaremos juntas a la pequeña.
***
Dos años después de regresar a Valdemora, surgió quien pidiera la mano de Clara: se trataba de Sergio, un joven campesino de la zona. Antes de conocer a Alejandro, a Clara ni siquiera se le habría ocurrido fijarse en él. Pero ahora sus requisitos eran diferentes: buscaba un hombre bueno, que la protegiera y no la despreciara nunca.
Di que sí, ¿dónde vas a encontrar otro? Lo conoces desde niña. ¿Y si Alejandro regresa?
Clara interrumpió:
No volverá. Además, yo ya no le quiero.
Eso es sonrió don Tomás. Empecemos a preparar la boda.
***
Doña Carmen vino desde Madrid para la ocasión.
¿Cómo cuidas de Clara? preguntó con sequedad a Sergio. Hoy vino andando desde el trabajo y en casa reina el desorden, los leotardos de Lucía sin planchar.
¿Y usted qué hace aquí? protestó Sergio.
Soy la suegra.
Exsuegra corrigió él.
Vamos, no os peleéis rió Clara. Una suegra jamás deja de serlo.
Es por los nervios se excusó doña Carmen. Temo que no me dejéis ver a mi nieta.
Puede venir cuando quiera concluyó Sergio, pero nuestra familia la levantaremos nosotros, sin interferencias.
Clara miró a Sergio con gratitud, pensando: Este hombre sí sabrá defenderme. Sonrió por fin, con la esperanza de nuevos días.







