Una compañera de trabajo no dejaba de coger mi almuerzo, tomándoselo a broma. Un día le preparé empanadillas rellenas con el pimiento más picante

Trabajo en una empresa bastante grande, donde las oficinas parecen sacadas de una postal: hay luz a raudales, muebles modernos y una cocina que cualquier cocinero en sueños envidiaría, llena de cacharros de acero pulido y estanterías repletas de tazas que nunca me han pertenecido. Todo parece flotar entre vapor de café y la voz amortiguada de la radio que sale de alguna esquina y que sólo se escucha cuando te detienes. Parecía el paraíso, un lugar hecho para dejarse llevar y trabajar, pero cualquier oficina es como un viejo hotel encantado: si se cuela una sombra extraña, la armonía se desvanece al ritmo de un reloj torcido.

Cocinar es mi refugio; mi bálsamo tras jornadas deshilachadas de emails y teclas. Mientras la mayoría opta por comida rápida, menús del día o montaditos del bar de abajo, yo dedico mis tardes entre aromas de ajo, lentamente removiendo la bechamel para la lasaña o amasando empanadillas de jamón para después hornearlas hasta que se doren como tarde de agosto. Mis tuppers de comida casera, etiquetados con un bolígrafo Bic azul, me acompañan religiosamente a la oficina; es un ritual que nunca me ha pesado.

La primera gota de vinagre en el vino llegó medio año después, cuando se unió a nuestro equipo Celia. Mujer de unos cuarenta y muchos, voz de carraca afilada, energía de trueno de abril y maneras propias de quien siempre ocupa el sillón aunque nadie se lo ceda. Celia parloteaba por teléfono sin filtro, contaba su vida a quien quisiera o no escuchar y daba consejos sobre peinados y zapatos como si fueran caramelos. Parecía vivir en una tierra sin mapas, donde la intimidad de los demás era sólo un decorado que atravesar.

La rareza brotó un martes, esa clase de martes en que el sol se esconde tímido tras las persianas. Me llevé al trabajo una fiambrera llena de espaguetis a la carbonara, esa receta que me hace salivar en sueños. Cuando el reloj dio la hora de comer, fui como hipnotizada a la cocina, deslicé mi nombre entre los tuppers del frigorífico y noté al instante que el contenedor pesaba la mitad.

Levanté la tapa y vi que la ración había menguado misteriosamente. Era obvio: alguien había comido directamente con tenedor, las huellas aún brillaban entre el queso y la panceta. Miré a mi alrededor y encontré a Celia, sorbiendo un té sin apenas mirar.

Celia, dime, ¿has visto quién ha metido mano a mi comida?

Se volvió sonriendo, tan tranquila que parecía flotar. ¡Ay, qué dramática eres! Sólo he probado un poquito. Cuando abrí la nevera, el olor me atrajo. Eres tan delgadita, seguro que no lo ibas a terminar. ¡Yo necesito energía para rendir!

Sus palabras eran como las baldosas de Madrid después de la lluvia; resbaladizas y difíciles de sortear. Mira, Celia, la comida es mía. La traigo para mí, por favor, que no vuelva a ocurrir.

Ella bufó, alzando las cejas. ¡Qué melodramática! ¿Todo esto por dos bocados? Aquí somos un equipo, casi familia. En mi otro trabajo todo era de todos. ¡Relájate un poco!

Yo callé, sintiendo ese roce incómodo de los sueños en los que das un paso y la acera desaparece. Tiré la carbonara a la basura; después de que alguien más la hubiera probado, ni hambre tenía. Terminé, resignada, máquinando una máquina expedidora de sándwiches.

No imaginé entonces que aquello era el prólogo, no el final.

Durante semanas, mis almuerzos iban menguando o desaparecían por arte de magia. Cada vez que preguntaba a Celia, recibía sus pullas y su tono de es tu culpa, exagerada.

Qué egoísta eres decía, subiendo la voz con eco de corrala para que todos oyesen. Es sólo un trozo, ¡y tú haciendo una tragedia! Aquí lo bonito es compartir.

Dolía, sobre todo, la reacción del resto: hombres que miraban hacia otro lado o ahondaban en sus pantallas, mujeres que en el patio de las plantas me susurraban qué vergüenza pero ni pensaban enfrentarse a Celia. Empecé a dudar: ¿estaba exagerando? ¿Era raro querer proteger lo mío?

Inventé de todo. Pegatinas fosforitas: ¡NO ABRIR! CONTIENE MEDICAMENTO. Celia se reía: Venga ya, ¿medicamento en el pollo al ajillo?. Escondía mis tuppers en el reverso del frigorífico ella siempre los hallaba. Compré un recipiente con cierre de código; al día siguiente apareció roto en la basura. Se cayó solo, pobrecita decía ella. Pero la croqueta estaba de muerte, gracias por compartir.

La tapa destrozada y la croqueta devorada colmaron mi paciencia. Comprendí que los ruegos y las palabras eran agua caída sobre mármol. Acudir al jefe parecía un cuento de niños, tipo: Se ha comido mi bocadillo. No. Hacía falta dejar huella en la memoria.

Nunca pensé en dañar a nadie. Laxantes, jamás. Pero el picante, ese sí es el truco ancestral Algunos lo adoran y para otros es como fuego griego.

Ese sábado visité el Mercado de Antón Martín, ese que parece respirar especias y sueños viejos. No iba en busca de las guindillas de supermercado sino del dragón auténtico: compré unos cuantos pimientos habaneros al tendero. Ojito, señorita, que esto no es para pusilánimes advirtió él.

Justo lo que busco sonreí.

Esa tarde amasé empanadillas siguiendo la receta de mi abuela. Hice diez: siete normales, tres con el corazón de habanero picado finísimo, invisibles hasta para los ojos de un gato. Parecían gemelas; ni un santo distinguiría una de otra. Las guardé como siempre, con mi nombre cruzado en el lateral.

El lunes llegó, nublado como la leche hirviendo. Coloqué mi tupper en la estantería del frigorífico, a la vista, tentador.

Celia ya reía junto a la máquina del café. ¿Empanadillas? ¡Qué bien huelen! preguntó, con ese brillo en la mirada de quien no ha usado jamás llave propia.

Sí, son mi comida de hoy repliqué, mirando el canalillo de tiempo que separaba mi paciencia del desastre.

Volví a mi mesa, pero sentía la tensión de una cuerda de guitarra floja. ¿Picará el anzuelo? ¿Se atreverá esta vez?

A eso de las 12:30, oí la puerta de la nevera abrirse ese sonido pesado, de otro mundo luego el rumor de la microondas, el rascar de silla en el suelo Y entonces, el silencio absoluto.

De repente, un grito sordo, algo entre silbido y alarido: ¡Aaaaay, agua!

Celia apareció disparada en el pasillo como si un diablo la hubiera empujado. Su piel más roja que una amapola de La Mancha, los ojos como nísperos hinchados, las lágrimas lanzándose en tropel por sus mejillas. Jadeaba, atacando el aire como una trucha fuera del río. Llegó al dispensador, buscó vaso, se equivocó, derramó, tropezó Alguien le ofreció una taza. Pero quien conoce el picante sabe el agua sólo aviva el incendio; sólo pan o leche pueden calmarlo, pero Celia nadaba en ignorancia.

Tú tú me has envenenado balbuceó, la voz como papel arrugado.

Todos nos arremolinamos, medio fantasmales, mitad curiosos. El jefe entró, inquieto: ¿Qué pasa aquí? Celia, ¿te encuentras bien? ¿Llamo a una ambulancia?

¡Ha puesto veneno en mis empanadillas! ¡Me quemo por dentro! sollozaba, señalando mi tupper con dedos temblorosos.

Yo me acerqué, despacio, como en sueños donde los pies resbalan sobre nubes. ¿Qué veneno, Celia? ¿Qué dices? ¡Las empanadillas! No se pueden ni probar. ¡Estás loca!

Perdona repliqué, inocente como una cabra. ¿Has cogido mis empanadillas? ¿De mi tupper, el que estaba con mi nombre? ¡Qué más da! berreaba ella, las lágrimas y mocos mezclados en la cara. ¿Es que le pusiste cristales o ácido? ¿Quieres matarme?

Dejé caer los brazos. Yo cocino picante, lo sabes. Es la receta de mi abuela. Mucho picante, sí. Pero… son MI comida. ¿Cómo iba a imaginarme que tú meterías mano en mi tupper?

¡Esto no es comida, esto es un arma de destrucción masiva! se desgañitó, perdiendo la voz.

El jefe olfateó el resto de empanadilla, con cara de desconcierto. Huele a mucho pimiento admitió.

¡Lo veis! ¡Llamad a Recursos Humanos, a la policía, a la Guardia Civil! vociferaba Celia, con voz que ahora era pura niebla.

El jefe, por fin, respiró hondo, clavó sus ojos en los míos, luego en Celia, luego en el nombre del tupper. Celia dijo, con resignación de domingo por la tarde, ¿por qué has tocado comida ajena? Bueno pensé me he liado creía que era común gimoteó, viendo que la cuerda de la víctima se deshilachaba. Está mi nombre clarito sentenció él. Bebe leche si encuentras y, por favor, basta ya con los líos de la comida. De verdad, parece que estamos en primaria.

Celia desapareció en el baño casi una hora, cuentan que enjuagándose la boca con agua helada bajo el grifo gastado. El resto del día no levantó la cabeza. Era un fantasma, casi etérea.

Al día siguiente, el rumor voló por la oficina más rápido que un chisme en la verbena de San Isidro. Una compañera murmuró que yo me pasé, otra me pidió la receta de las empanadillas con una sonrisa cómplice. Pero lo importante: la lección, como el picante, caló hasta los huesos.

Desde entonces, mis tuppers vivieron en armonía. La nevera comunitaria recobró un orden de convento: mágicamente, desaparecieron los robos de yogures, las chocolatinas que se esfumaban y las tortillas misteriosamente menguadas. El eco del susto picante doblegó las manos largas.

Celia no me ha dirigido la palabra en un mes. En los corrillos cuenta que soy una bruja peligrosa. Y ¿sabéis qué? No me importa pasar por bruja, mientras nadie vuelva a hurgarme el almuerzo.

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Una compañera de trabajo no dejaba de coger mi almuerzo, tomándoselo a broma. Un día le preparé empanadillas rellenas con el pimiento más picante
Hace tres años, mi suegra nos echó de casa con nuestro hijo. Ahora, está molesta porque me niego a hablarle.