Alicia Domínguez creció en un pequeño pueblo de Castilla, siendo la mayor de una familia numerosa. Desde niña fue alta, con hombros anchos y un carácter fuerte. En la infancia, algunos intentaron ponerle motes como “la gigante” o la torre, pero ninguno prosperó: Alicia siempre supo defenderse.
Con el tiempo, los juegos cambiaron y los compañeros maduraron. Ya eran pocos los que se atrevían a meterse con Alicia, pues todos la reconocían como una amiga leal, justa y bondadosa. Siempre era la primera en consolar a quienes sufrían, ya fuesen niños o animales, y a frenar con coraje a quienes se portaban mal.
Como hija mayor, no recibió muchos mimos de parte de sus padres; entre ayudar con los hermanos y las tareas de casa, a menudo dejaba sus propios intereses en segundo plano. Aun así, le iba bien en el colegio y encontraba tiempo para salir a jugar con sus amigas. Fue casi a los dieciséis años cuando, por primera vez, escuchó palabras cálidas de su madre, Carmen. Sucedió cuando el pequeño de la casa, Santi, cayó enfermo y durante tres noches solo se calmó en brazos de Alicia.
Eres un tesoro, hija le dijo Carmen, cansada, acariciando el pelo rubio de Alicia y dándole un beso en la frente.
Mamá, ve a dormir un rato; yo me quedo con Santi por si despierta. Tú apenas te sostienes en pie.
Hija, pero tienes colegio mañana y pronto son los exámenes ¿De qué sirve que vayas si te duermes en clase? Dame al niño, lo cuidaré yo.
No, mamá, mañana son asignaturas sencillas y ya he repasado todo. Si hace falta, falto un día. Tú mejor descansa, que mañana te va a tocar otra vez.
Qué hija tan buena tengo, y yo sin darme cuenta, siempre ocupada con la casa y los niños pequeños, como si no te viera susurró Carmen, apenada.
No digas eso, mamá. Yo siempre supe que nos querías y cuidabas. Sí, soy la mayor y he tenido más responsabilidad, pero también más libertad.
¿Qué libertad?
Siempre me decíais que después de terminar las faenas, podía irme a jugar, siempre que llevara a Inés y Rubén conmigo. Así que intentaba hacerlo todo rápido para salir.
¿Y no te molestaban?
Nunca, mamá. Es más, las niñas se peleaban por empujar el carrito, y Pedro, el hijo del panadero, traía juguetes para todos. Siempre tuve buenos amigos.
Es que eres tú la buena, hija.
Después, Carmen propuso intentar acostar de nuevo a Santi, pero al bebé despertarse y llorar, Alicia insistió en sostenerlo hasta el amanecer.
No pudieron dormir y terminaron hablando de futuro. La tía Pilar, hermana de Carmen, ofreció a Alicia quedarse con ella durante sus estudios en la ciudad. Carmen, que se había casado joven y siempre vivió en el pueblo, no había imaginado que su hija pudiera irse a estudiar a Salamanca.
La diferencia entre las dos hermanas era notable: Carmen se casó con dieciocho, dedicando su vida a la familia, mientras Pilar marchó de joven a la ciudad, estudió economía y trabajó en una multinacional. Nunca tuvo hijos, pero a Alicia la adoraba. En pocas ocasiones, cuando la dejaban ir al pueblo, su tía le enseñaba la ciudad, visitaban parques, museos y cafeterías.
Hija, no te voy a detener dijo Carmen, suspirando. Siempre has sido mi ayuda, pero ahora te toca a ti pensar en tu vida. ¡Saca buenas notas y estudia!
Con alivio y una sonrisa, Alicia asintió. Sabía que sin ella el día a día en casa sería más difícil, pero también que su madre la entendía.
El tiempo voló. Alicia aprobó los exámenes y entró a la universidad en Salamanca. Pronto hizo nuevas amistades, tanto de ciudad como de pueblo; era fácil llevarse bien con ella, alegre y franca. Su familia le mandaba paquetes repletos de chorizo, queso, huevos camperos y leche fresca. Pilar se reía: ¡Demasiadas cosas! Vivían las dos, y nunca lograban gastar todo.
Por eso, Alicia era la invitada más querida en las residencias estudiantiles. Siempre llegaba cargada de viandas, y en las cenas todos festejaban alrededor de sus manjares caseros.
Las amigas de Alicia comenzaron a salir con chicos. Ella, sin embargo, no tuvo prisa en buscar pareja. Notaba simpatía en algunos, pero no sentía ansiedad. Fue en el cuarto curso cuando conoció a Edu, en una fiesta universitaria. Alicia, fiel a su estilo, llegó con dos bolsas llenas de comida del pueblo y pidió ayuda a su compañero David para cargarlas.
¿Tú crees que puedes con esto, David? bromeó Alicia, mirando al menudo muchacho.
No iré solo, vendrá mi amigo Edu, el guapo del grupo rió David.
Edu era alto, atractivo y muy sociable; vestía siempre a la última y le encantaban los peinados modernos. A diferencia de Alicia, que siempre optó por ropa clásica y cómoda, ajustada a su complexión fuerte. Edu pronto empezó a frecuentar el grupo, aunque al principio solo charlaban. Sin embargo, Alicia sentía que le gustaba aunque no era la única en notarlo.
Mira que le gustas a Alicia, ¿eh? le soltó David una tarde. Es una gran chica y ahora ni novio tiene.
Sí, me parece fantástica, pero es muy de pueblo, ¿no?
¿Y qué más da? Nadie te exige que te cases y te mudes a Dehesillas. ¡Además podría quedarse en Salamanca!
No es solo eso Alicia es guapa, pero su belleza es de campo, no es delicada como las chicas del grupo Y es enorme, no le pega mi estilo.
David lo miró con disgusto, pues él mismo tampoco era el típico galán; pero, como decía, Alicia era buena, leal y hermosa a su manera.
Aun así, Edu no pudo resistirse. Alguna noche acompañó a Alicia a casa, en otras la ayudó con pequeños problemas, y un día acabaron besándose. Nunca hicieron pública su relación; Alicia hubiera preferido formalizar, presentar a Edu a su tía y amigos. Pero decidió no presionarlo.
Pasaban tiempo juntos y poco a poco Edu se fue enamorando de Alicia a su modo. Se quedó fascinado por su carácter: resolutiva, cariñosa y firme. Un día, paseando por el parque, recibió una llamada: su hermano pequeño, Pablo, había hecho una fechoría en casa mientras los padres estaban fuera. Alicia, lejos de dejarlo solo, fue con él a casa. Allí demostró su temple, arreglando el lío y hablando con los vecinos sin perder la calma. Edu quedó asombrado ante su serenidad y buen hacer doméstico, admirando una capacidad que no había visto en ninguna otra chica.
Con el tiempo, Alicia prosperó en la universidad, y la tía Pilar le ofreció quedarse indefinidamente en su piso, e incluso le confesó que había dejado el piso a su nombre en el testamento.
Este piso es tuyo cuando yo no esté. Quiero que te quedes en Salamanca. Aquí eres feliz, hija, y yo contigo.
Alicia la abrazó, profundamente conmovida, aunque seguía queriendo compartir su futuro con Edu. Pero Edu no hablaba claro sobre lo que serían como pareja o si compartirían vida juntos.
Una noche, en un restaurante elegante, Edu se mostró distante. Pedían la especialidad: mariscos y vino, pero Alicia pidió, sin dudar, un guiso de lentejas y boquerones en vinagre, lo de toda la vida. Eso irritó a Edu. Sentía que no encajaba ese estilo sencillo con sus ambiciones cosmopolitas; añoraba a sus amigos, noches de copas en Malasaña, chicas delgadas y tendencias de moda modernas.
Poco a poco la insatisfacción creció. Alicia notó algo raro y pensó que podría haber otra mujer, pero Edu no se iba, ni parecía tomar decisiones.
Una tarde regresó antes de tiempo. Al escuchar en la cocina a Edu conversando con David, se quedó al escuchar, y oyó lo que no quería:
No es mi tipo, David. Alicia es gigante y de pueblo. Prefiero estar con una chica delgada, con tacones y ropa moderna, tomar un café y hablar de música, no de cocidos ni quesos.
¡Entonces vete! ¿Para qué haces sufrir a una mujer así y te aprovechas de su casa y su comida?
Alicia sintió un vacío total, pero también orgullo. Tomó la decisión; fue a la habitación y metió las cosas de Edu en bolsas. Al verlo, le dijo con voz firme:
Aquí están tus cosas. Ándate, Edu. Aquí no vuelvas.
Él intentó pedir explicaciones, primero en tono suplicante, luego enfadado, pero nada convenció a Alicia. Edu se marchó. Ella lloró esa noche y muchas más, hasta que acudió al pueblo unas semanas, donde el amor familiar fue su refugio.
Al regresar a Salamanca, Edu la estaba esperando en el portal, con flores.
Perdóname, Alicia; me siento vacío sin ti.
Ahora, Alicia ya sentía indiferencia. Tiempo después empezó una relación con Miguel, un hombre sencillo y trabajador, con quien formó una familia feliz.
Edu intentó varias veces volver, arrepentido de haber perdido a una mujer única, auténtica y generosa. Pero Alicia ya había aprendido: la verdadera valía no está en lo que otros piensan, sino en ser fiel a uno mismo y confiar en quien sabe valorar la esencia auténtica, más allá de las modas pasajeras.







