Diario de Lucía
Hoy he perdido los nervios en el supermercado con la cajera. Le grité con tal rabia que me temblaban hasta a mí las manos, y a la pobre mujer aún más.
¿Te vas a quedar ahí toda la mañana? ¡Si no sabes hacer tu trabajo, mejor quédate en casa! le solté, mientras ella, una señora mayor, trataba de pasar los productos más rápido, aunque ya iba deprisa.
Perdón, señora me contestó tímidamente, acelerando aún más.
Lucía intervino Pedro, mi marido, cogiéndome suavemente del brazo, ya está, vámonos.
Me giré tan de golpe hacia él que casi lo rozo con la bolsa.
¡Tú cállate! ¿Te he pedido opinión? le espeté.
Él agachó la cabeza y enmudeció, como siempre.
***
Al llegar a casa, el olor a pollo especiado llenaba el aire. Mi suegra, Rosario García, estaba junto a la vitrocerámica removiendo una olla de sopa.
¡Ay, ya habéis vuelto! He preparado un caldito de pollo con fideos. Venga, sentaros que os sirvo.
Te he pedido mil veces que no toques mi cocina le solté en voz baja pero afilada. ¿Qué pasa, ya vives aquí o sigues siendo una invitada?
Rosario palideció y soltó la cuchara.
Solo quería ayudar…
¡Pues no hace falta tu ayuda! Me las arreglo perfectamente sola.
En ese momento entró corriendo mi hijo de siete años, Mateo.
¡Mamá! dijo. Hugo, del portal de al lado, me ha dicho que soy un blandengue. Pero yo no lo soy, ¿verdad?
Déjame en paz gruñí, ¿no ves que estoy ocupada?
Mateo se quedó parado, miró a su abuela y Rosario apartó la mirada.
Me fui a mi habitación y di un portazo.
***
Así es mi vida, siempre igual.
Un día tras otro, la misma historia. Me despierto enfadada, me acuesto enfadada, y entre medias grito a todo el que se cruza conmigo: a mi marido, a mi suegra, a mi hijo, a las cajeras, a las compañeras de trabajo, incluso a desconocidos al azar.
A veces, en los momentos de soledad, me asalta una pregunta: ¿Pero qué estoy haciendo?. Y ese pensamiento se hunde en una especie de vacío negro, donde no hay escapatoria.
Pedro aguanta. Se ha acostumbrado tras diez años de matrimonio: callar y no llamar la atención.
Tiene dos empleos, trae dinero, hace todo lo que le pido. Y, cuando me duermo, se levanta sin hacer ruido, va a la cocina, se sirve un té y se queda mirando al horizonte, pensativo.
Rosario vino hace tres meses para echarnos una mano con Mateo en lo que trabajamos. Lo aceptó sin rechistar, y ahí está cada día, soportando mis miradas llenas de reproche.
Mateo… bueno, él solo vive. Corre, juega, hace preguntas. Pero cada vez que se acerca a mí, choca con una muralla.
Al principio lloraba. Ahora se limita a irse con la abuela y sentarse en silencio a su lado. Allí se siente más tranquilo.
***
El viernes ocurrió lo de siempre, otra vez.
Llevaba ya bastante enfadada cuando llegué a casa: mi jefe me había gritado, una compañera me había dejado en evidencia, y en el metro me pisaron el pie.
Nada más entrar, me encontré con que Mateo acababa de volcar un vaso de zumo sobre el sofá nuevo beige, ese por el que todavía seguimos pagando a plazos.
Se quedó parado, junto a su vaso vacío, mirando el líquido rojo extendiéndose sobre la tapicería.
¡¿Pero qué has hecho?! grité nada más verle. ¿Sabes lo que cuesta este sofá? ¡Menudo dineral, y tú lo echas a perder!
Ha sido sin querer, mamá. No me grites, por favor. Me das miedo…
¡Vaya que me tiene miedo! me exasperé todavía más. ¡Solo sirves para romperlo todo y para hacernos la vida imposible!
Mamá, perdóname…
¡A tu cuarto! ¡No quiero verte!
Mateo se fue y yo seguí gritando a la nada hasta quedarme sin voz.
***
Esa noche no podía dormir. Fui a la cocina y me senté junto a la ventana. Fuera lloviznaba con el cielo de Madrid plomizo y triste.
Contemplé durante un rato las gotas recorriendo el cristal, sintiendo un cansancio infinito. Solo quería parar, que todo se acabara. Que dejaran de exigirme, de necesitarme. Silencio.
No sé cómo, me quedé dormida allí mismo.
Desperté temblando de frío, serían las cuatro.
La casa estaba en calma. Pedro dormía, Rosario dormía, Mateo dormía.
Al pasar por su cuarto, me asomé a mirar que siguiera tapado.
Mateo dormía hecho un ovillo, abrazando la almohada. Sobre la mesa, junto a la cama, había un cuaderno escolar, de cuadrícula, con la portada llena de dibujos de tanques.
Ya me iba, pero entonces vi en la página abierta: Mamá.
Lo cogí y me senté en el borde de la cama para leerlo.
Era un diario.
La primera entrada era de septiembre.
Hoy mamá volvió a gritar. Papá dice que está cansada. Quise abrazarla, pero me apartó. Debe de ser porque soy malo.
Se me hizo un nudo en la garganta y pasé la hoja.
Octubre. Hoy es el cumpleaños de la abuela. Le dibujé una tarjeta muy bonita, con flores. Quería dársela por la mañana, pero mamá le gritó otra vez a papá, así que no me atreví. La he dejado bajo mi almohada. Quizás mañana, si mamá no está.
Seguí leyendo.
Noviembre. He roto el cochecito que me regaló papá. Lo hice aposta. Pensé que si rompía algo mío, mamá no se enfadaría tanto. Pero gritó igual. Dijo que no sé valorar nada y que soy un inútil.
Me temblaban las manos al pasar la página.
Diciembre. Dentro de poco es Navidad. He escrito una carta a los Reyes Magos. Les he pedido que mamá deje de gritar. Pena que no se pueden pedir esos regalos.
Enero. En el cole teníamos que escribir qué queremos ser de mayores. Yo puse invisible. Así mamá no me ve y no me grita. La profe llamó a papá, él vino a hablar conmigo. Me dijo que mamá en realidad es buena, pero lo está pasando mal. Yo lo sé. Me acuerdo de cómo era antes. Me abrazaba y reía. Ahora ya no. Ya no me abraza ni ríe nunca.
Las lágrimas caían sobre el cuaderno, emborronando la tinta.
Febrero. Hoy derramé zumo en el sofá. Mamá gritó mucho rato.
Cuando grita, siento como si me muriera a trocitos. Primero las orejas, luego el corazón, luego el alma.
Me acosté y cerré los ojos. Pensé: si me muero esta noche, ¿llorará? ¿O dirá que menos problemas?
El cuaderno se me cayó de las manos. Me quedé allí, temblando, paralizada por el miedo a hacerle daño, al dolor, al arrepentimiento. Quería fundirme.
No sé cuánto tiempo estuve sentada. Veinte minutos, una hora quizá. Al final recogí el cuaderno, lo dejé en la mesilla, y me fui.
Volví junto a Pedro. Me tumbé a su lado y miré fijamente al techo, sin poder dormir.
***
A la mañana siguiente, Mateo fue el primero en despertarse.
Abrió los ojos, se desperezó y, al recordar lo de anoche, suspiró. La puerta estaba entornada.
Salió al pasillo, atento por si yo ya andaba gritando por la vajilla o refunfuñando por el sueño de todos, como de costumbre.
Miró hacia la cocina.
Allí estaba yo, sentada, tranquila, sin un grito, sin prisas. Con una taza de té delante, ya frío.
¿Mamá? dijo Mateo con cautela.
Me giré. Se me debió de notar en la cara que no estaba enfadada, ni tampoco agotada, sino diferente. Él no supo descifrar el qué.
Buenos días, le dije calmada. Ven, siéntate a desayunar.
Le serví un plato de gachas y me senté enfrente.
Mateo comía mirándome de reojo, esperando a que yo explotara como siempre, pero todo siguió en calma.
Mamá, dijo por fin, ¿qué te pasa?
Nada, hijo.
¿Y por qué no hablas?
Estoy pensando.
¿En qué?
Me quedé mirándole largo rato, y luego le acaricié el pelo, sin motivo, sólo porque sí.
En ti, le respondí. En nosotros.
Mateo se quedó con la cuchara en la boca, mudo de asombro.
¿Estás enferma? preguntó.
No, cielo. Al contrario. Estoy mejorando le aseguré.
No lo entendió, pero asintió. Lo que le importaba era que yo no gritara.
Acaba de desayunar, dije. Tienes que ir al cole.
Mateo terminó su té, recogió su mochila y, antes de salir, dudó en la puerta.
Mamá, dijo bajito, ¿por la tarde volverás a gritar?
Me acerqué, me agaché hasta su altura.
Mira, hijo. No sé si voy a poder, pero lo voy a intentar con todas mis fuerzas. Quiero que nunca tengas miedo de mí. ¿Lo entiendes?
Mateo asintió.
¿Y si no lo consigues? susurró.
Entonces, dímelo. Dime sólo: ¿Otra vez?. Y yo lo recordaré.
¿El qué recordarás?
Todo le dije, besándole la frente. Ahora vete.
Mateo se marchó. Me quedé en el recibidor, escuchando cómo bajaba el ascensor, hasta que volvió el silencio.
Pedro salió del dormitorio, soñoliento, con los rizos despeinados.
¿Ya estás levantada? preguntó.
No podía dormir contesté.
Me miró bien.
¿Estás bien?
Sí, dije. Ven a desayunar.
Nos sentamos juntos a la mesa. Pedro sirvió dos tazas.
Pedro, pregunté de repente, ¿por qué me quieres?
Se atragantó.
¿Cómo?
¿Por qué sigues queriéndome? Si soy… si soy como un monstruo.
Dejó la taza y me miró, muy serio.
No eres un monstruo. Sólo te has olvidado de cómo eras.
¿Y cómo era?
De muchas formas sonrió. Yo sí me acuerdo. Sabías ser cálida, graciosa, tierna Me abrazabas tan fuerte que crujían los huesos. Todo eso lo recuerdo, Lucía. Sólo te lo has olvidado tú.
Guardé silencio.
Yo sólo quiero que vuelvas a ser como antes añadió Pedro. Esperaré lo que haga falta.
Le cogí la mano y apreté fuerte.
***
Ese día, por primera vez, no grité a nadie.
Mateo volvió del cole. Soltó la mochila, vino corriendo y me abrazó, sin venir a cuento.
¡Mamá, hoy me han puesto un sobresaliente!
¡Qué bien, campeón! le felicité. Me siento muy orgullosa de ti.
Se quedó mirándome, sin creérselo.
¿De verdad?
De verdad.
Sonrió como no lo hacía desde hacía mucho.
Mamá, ¿sabes qué? Hoy en el cole pensé: a ver si esta tarde me abrazas. Y sí, me abrazaste de verdad.
Bobo, le apreté con fuerza. Ahora te voy a abrazar todos los días.
***
Esa noche, cuando fui a su cuarto, Mateo ya dormía. Sobre su escritorio estaba el cuaderno.
Lo abrí y, en la última página, cogí un bolígrafo, y escribí debajo de sus líneas:
Hijo, te quiero muchísimo. Perdóname. Lo voy a intentar con todas mis fuerzas.
MamáAquella madrugada, antes de acostarme, recorrí la casa en silencio. Rosario dormía con una paz que nunca le había envidiado; Pedro se dio la vuelta medio dormido y murmuró mi nombre en sueños. Me detuve en el cuarto de Mateo y le miré dormir, los puños cerrados y la respiración tranquila, como si por fin hubiese dejado de correr en una pesadilla.
Me senté un minuto junto a su cama y, muy despacito, toqué su cabello, sintiendo un temblor distinto: algo nuevo, una promesa apenas nacida.
Entonces supe que la herida que le había causado era real, pero también que aún estaba a tiempo de curarla. Que la mayor valentía para un adulto es pedir perdón y empezar de nuevo cada día, aunque a veces cueste la vida entera.
Salí al pasillo y respiré hondo. Lo que tenía que reconstruir no era solo mi relación con ellos, sino también conmigo misma.
Al apagar la luz, me prometí que la próxima vez que sintiera hervir la rabia dentro de mí, contaría hasta diez, o hasta cien si hacía falta; buscaría la mano de Mateo, el abrazo de Pedro, las risas perdidas que alguna vez llenaron la casa.
Quizá todavía, si apretaba los ojos muy fuerte y creía de verdad, podría volver a ser la que fui. O, al menos, la que mi hijo necesitaba. Al menos, la que yo quería ser.
Un día, una palabra, un abrazo tras otro. Así, poco a poco, quizá aprendería a escuchar de nuevo el sonido de la ternura.
Al cerrar la puerta de mi dormitorio, susurré al silencio: Gracias. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, dormí sin miedo a mis propios gritos.







