Parientes pobres

Mamá, ha llamado la tía Carmen. Pide venir a Madrid una semana. Lleva a su nieto para unas pruebas médicas. El niño tiene algo en la espalda. ¿Qué quieres que le diga? mientras servía el té, Lucía secaba el polvo con gestos mecánicos.

La limpieza semanal en casa de mi madre era tarea mía desde que tenía trece años. Fue entonces cuando mi madre decidió traspasarme esa responsabilidad, al volver a la universidad para retomar la tesis que abandonó durante años porque había que ocuparse de la niña.

A mí, esas responsabilidades me salieron demasiado caras. El control casi militar de mi madre, su insistencia en que nunca tuviera un minuto libre y el calendario infinito de clases extraescolares me dejaban al borde del colapso. Mientras mis amigas jugaban con sus muñecas en la plaza, yo tenía que practicar escalas de piano o pintar naturalezas muertas, suspirando y disimulando una envidia silenciosa de la libertad que intuía, pero que sentía ajena.

Tanta exigencia provocó que yo enfermara a menudo. Y, curiosamente, esos días me sabían a gloria: podía quedarme en cama con un libro, y mi madre, tras dejarme una jarra de zumo de naranja y un par de mandarinas, apoyaba una mano fresca en mi frente y se despedía con gesto preocupado:

A ver si no me lo pegas, Lucía, ¡no puede ser! ¡Tengo tanto que hacer!

Y yo respiraba aliviada cuando cerraba la puerta. Era el momento de leer a mis queridos autores, sin que al acabar una página oír a mi madre decir:

Lucía, hay más cosas en la vida que los libros… ¡La gente debe ser polifacética!

Quizá por eso, cuando quiso delegar el cuidado de la casa, no le puse objeciones. Por lo menos tenía una excusa para pasar el tiempo entre las paredes de casa, lejos de esas carreras de loco a clubes y actividades. Claro que muchas veces pausaba la limpieza y me quedaba absorta en mitad del salón, sentada en la alfombra a medio limpiar, el aspirador encendido y otro libro en las manos; el tiempo volaba, y a veces mi madre llegaba del trabajo y encontraba el desastre.

¡Lucía! ¿Por qué no has acabado? ¿Qué es esto? gruñía mi madre, Pilar Montero, tropezando con el cubo tirado en el pasillo. Hija, hay que ser más responsable.

Yo, avergonzado, me apresuraba a terminar mientras mis pensamientos seguían en los versos de Cernuda o Machado.

La poesía era mi pasión. Aunque para mi madre siempre fuera perder el tiempo.

Por otro lado, recibía a los parientes no invitados que mi madre apenas toleraba, aunque jamás se permitía faltar al deber familiar, por muy férrea de carácter que fuese.

¡Siempre los pobres familiares! ¡Esto es el hotel de la familia! mascullaba entre dientes, solo cuando creía no ser oída.

Con los años comprendí que si mi madre descarriaba así delante de su hermana mayor, Marisa, le habría caído una buena. Marisa, sarcástica y bromista, no perdonaba una afrenta a la familia y defendía lo suyo a capa y espada.

La historia familiar, Marisa me la contó el día en que cumplí dieciséis. Mi madre estaba de viaje y, entre preparativos olvidados y prisas, se le había pasado felicitarme. Yo no me lo tomé a mal, la verdad; soñaba sólo con libertad, celebrar a mi manera, sin banquetes formales ni discursos eternos. Mi tía entendió perfectamente: me dio dinero para organizar mi propia fiesta y prometió no contárselo a nadie.

Lucía, confío en tu juicio. No me hagas pasar vergüenza ante tu madre, ¿vale?

¡Ay, tía Marisa!

¡No pongas esa cara! Que ya eres mayor. ¿Tienes novio? ¡Qué rubor! ¡Eso ya no se estila, hija! He visto cada cosa en consulta que me dejo pasmada… Y una niña como tú, ojos claros, abrochadita hasta el cuello, y ya en estado. La madre ni se lo explicaba. Te lo digo: cuídate. Si alguna vez te metes en líos, aquí estamos, pero, ¿para qué precipitarse?

¡Tía Marisa!

Es por tu bien. Dicho queda.

Podría fallarle yo a mi tía? Por supuesto que no.

La fiesta fue de lo más discreta; después limpié a fondo, hasta que el parquet brilló y el techo parecía aún más alto. Mi madre valoró el resultado, y, de hecho, creo que por eso decidió que mejor que nadie yo pudiera ocuparme de aquello. Y así fue, de adolescente, de universitaria y después de casada, acudía cada semana a poner orden en la inmensa y sonora casa familiar, en la que sólo sabías orientarte porque creciste esquivando librerías y pasillos oscuros.

Ese piso había pertenecido a los abuelos paternos. Mi padre, hijo de profesores universitarios, acabó casándose con mi madre, chica prometedora del campo, aunque llamarla de pueblo sería injusto. Las hermanas se criaron en un remoto rincón de Castilla, pero mi madre fue criada por su abuela paterna, que la llevó a Madrid apenas nacer. Su padre, recién casado, desapareció para siempre con una expedición en las sierras del norte.

De aquel fatal desenlace supieron años después, cuando un guarda forestal halló cerca de una cabaña calcinada huesos y ropas. La expedición, se supo, perdió el rumbo y una pelea desatada durante el viaje acabó en tragedia. Todos murieron en el refugio, incapaces de reaccionar.

La madre de Lucía, mi abuela, entregó la pequeña a la abuela madrileña, convencida de que en la capital estaría bien cuidada.

Fue una gran matriarca. Lucía iba bien vestida, aprendía francés y patinaje artístico. Veía a su madre solo una o dos veces al año. Cuando volvía de vacaciones al pueblo, la abuela lo dejaba muy claro:

La familia, hija, está aquí. Aquello son solo parientes.

Mi madre lo tenía claro. No le gustaba la vida austera de su madre y sus hermanas. De hecho, incluso cuando Marisa llegó a Madrid para estudiar, se negó a quedarse en casa familiar. Prefería la residencia, aunque siempre estaba dispuesta a ver a la chica, pues para entonces abuela ya no podía más.

Mi madre, obstinada, lista a su manera, tenía las ideas claras. Sabía que sus hermanos eran de distintos padres y, con apenas quince años, le dijo a su abuela:

No quiero tener la vida que tuvo mamá. Mis hijos tendrán el mejor padre posible. Y uno solo.

Eso lo dices ahora. Ya verás cuando te enamores…

Abuela, el amor está muy bien, pero hay que pensar en cabeza fría. Nada de repetir errores. Yo lo haré distinto.

¡Y vaya si lo cumplió! Conoció al que sería mi padre en segundo de carrera, y se aseguró de que la boda tuviera lugar. Ante tal determinación, ni la abuela pudo oponerse.

¡Qué niña más encantadora han criado! En estos tiempos, criar a una hija así… ¿y los padres a qué se dedicaban?

Mi padre, geólogo. Por desgracia, no vivió mucho.

Y la madre…

Mi madre, pues dedicó su vida a criar a mis hermanas. Es admirable.

¿Y las hermanas?

La mayor será médica. La pequeña aún está en el instituto.

¡Eso es coraje de madre! Pero, ¿quién la crió a usted, querida?

Mi abuela, mi ángel guardián.

En la boda de mi madre, mi abuela y Marisa estuvieron presentes, aunque mi otra tía, Carmen, no apareció.

Marisa pasó la velada paladeando ensalada y observando intrigada a los invitados: ningún joven, muchos elementos necesarios de la nueva familia.

Marisa, ¿tanto te sorprende esto? la suegra de mi madre, recorría el salón con porte de marquesa, saludando y agitándose con un pañuelo de encaje a modo de abanico. Hay que pensar en el futuro. Mejor ayer, hoy como mínimo. ¡Mañana ya será tarde!

Tras la boda, los suegros de mi madre se mudaron a su casa de campo y les dejaron a los recién casados la vivienda de la ciudad.

¡Vivid! Y daos prisa en darnos nietos.

Ahí mi madre sí se hizo esperar. Planeó su vida con la meticulosidad de la vieja aristocracia castiza. Pero cuando por descuido quedó embarazada, entró en pánico.

¡No pienso tener un hijo ahora! lloró en los brazos de Marisa, ya médico en la sanidad pública.

Ahora bien, si no estás convencida, no sigas adelante, le aconsejó Marisa. Pero recuerda, hija, que todas las decisiones traen consecuencias. Y más vale pañales y risas, que problemas serios de salud.

Al final, después de mucho reflexionar, mi madre decidió que lo mejor era seguir adelante.

Y si de algo estaba convencida era de que debía ser controladora con su hija. Así, yo, Lucía, crecí rodeada de mimos… hasta que murió mi padre. Él, discreto, nunca llamaba la atención. Se fue silenciosamente, y mi madre ni lo notó de entrada al volver de dar un paseo conmigo: lo cubrió con una manta, creyendo que dormía, y fue el llanto airado de la niña queriendo jugar con papá lo que anunció la tragedia.

Los suegros se ocuparon de todo y dejaron todo igual: nosotras en el piso familiar, ellos en el campo. A mi madre le resultaba cómodo.

Cuando fallecieron, mi madre decidió:

Lucía, yo ese chalé ni en sueños. Las tierras me aburren y la casa se cae. Mejor lo vendemos y te compramos un piso.

Pero mamá, ¿estás segura? Los abuelos adoraban este sitio…

¡Hija! Hay que vivir el presente. Eres joven para ocuparte de una casa, y yo ni tengo ánimos ni dinero. Así que haremos lo que diga yo.

No supe argumentar más. Fui al chalé una última vez, me despedí de cada rincón y volví con la pipa del abuelo y una taza de la abuela. Nadie podía tocarlas salvo yo.

A diferencia de mi madre, me casé por amor, aunque solo tía Marisa lo celebró.

¡Bien por el chaval! Listo, cariñoso y adora a Lucía… Y la madre, ¡tan exigente! ¿No te basta? Bueno, ellos crecerán juntos…

¿Estás loca, Marisa? ¡Lucía tiene piso, coche, cuenta corriente! ¡Le he dado todo para que no le falte de nada! Y el chico, ¡ni un duro! Solo un título y ambición, pero con eso no se come.

Marisa arrojó el plato sobre el fregadero, tan fuerte que la oí incluso desde la entrada.

¿A quién casas, a tu hija o su dote? ¿Qué te importa, la felicidad de la niña o el dinero? Anda y pregúntale.

Ya basta, Marisa… Sé lo que quiere Lucía, pero no es lo correcto. Lo del paraíso en el campo… eso solo existe en las novelas malas. Hace falta algo más.

Ese comentario sobre la infancia de Marisa no lo olvidó. Charló conmigo y me dio un consejo maternal al que decidí hacer caso. Tardaríamos años en tener hijos, y la hipoteca era dura, pero teníamos nuestro propio hogar. Pequeño, sí, pero nuestro, lejos de la opinión constante y tajante de mi madre.

Lucía, no entiendo esta escapada… decía mi madre, anodadada.

Claro que sí, mamá. Sabes perfectamente por qué. No quiero pelear contigo… Así que, por favor, vive tu vida, y yo la mía. Sabes que te quiero y que me tendrás para todo.

Y eso quedó. Así era el trato: una vez por semana visitaba a mi madre para llevarle la compra y limpiar, y de paso ponernos al día en los dramas familiares.

Ahora, de nuevo Pilar Montero resopló, bajándose las gafas.

¿Qué se supone que debo contestar a Carmen? ¿Tú no sabes qué decirme?

Claro que no. Solo le dije que dependería de tus planes.

Habrías podido decirle en seguida que no estoy ni estaré…

¡Mamá! ¿Qué dices?

Pues la verdad. ¡Estoy harta! Esta casa es una romería. Desde que falta tu padre aquí viene todo el mundo a descargar sus problemas, como si yo no tuviera los míos.

Perdona, mamá, pero a qué te dedicas ahora… Ni trabajas ni ves a tus nietos.

¡Lucía, por favor!

¿No es cierto? La semana pasada que te pedí quedarte con Alba, me dijiste que estabas liadísima… y tuve que llevármela a la consulta ginecológica. Menos mal que tía Marisa lo entendió y solo preguntó por qué no tienes un poco de empatía.

¡¿Pero quién se cree…?!

Ella tiene derecho; es la hermana mayor, acordamos que se encargaría tras lo de la abuela, ¿no?

No es así… Decidimos que era la cabeza de la familia. Pero eso no le da derecho a todo.

¿Y a ti sí? Para ti la tía Carmen es “la pobre parienta”, ¿verdad?

¿Pobre? ¡Carmen es más rica que todas nosotras! Menuda casona tiene… ¡Una señora en toda regla!

Mamá, ese caserón lo ha levantado ella sola, y llamarla señora… yo no sería capaz. No sé cómo puede con tanto.

¡Suerte que tiene una salud a prueba de bombas!

Y aún cuida de la abuela… Marisa aceptó que allí estuviera mejor atendida que en Madrid.

¿Me echas algo en cara? mi madre frunció el ceño, apartando la pastilla de mazapán.

¡Qué va! Tú les ayudas con dinero, claro. Pero del cuidado nadie te hizo responsable. Para ti, los lazos de sangre son secundarios. Eres feliz estando sola. Las hermanas, los sobrinos, los nietos… son una molestia más, ¿a que sí?

¡Lucía!…

Ni me escuchas. No estoy pidiéndote que recibas a Carmen y su nieto. Sólo quería organizar una reunión familiar, que fuéramos todos. Pero ya dabas por hecho que los visitantes venían a tu casa.

¿Acaso no…?

¡Que no! La casa de Marisa es pequeña, pero la mía basta para todos y, además, lo deseo.

¡Mejor! Que ya está bien de ser siempre yo…

No te des tanto mérito, mamá. ¿Recuerdas la última vez que tuviste invitados? ¿Ves? Eres una mujer sola y no lo quieres aceptar.

Pero te tengo a ti…

Sí, tienes razón. Aquí estoy y siempre estaré. Pero tú siempre has querido que juegue según tus normas. Me has repetido mil veces que toda esa familia es casi extraños, que la verdadera familia somos tú, yo, bueno, y si acaso Pedro y Alba. Ni a tu propia nieta la sientes tuya; la ves una niña molesta que toleras para no perderme del todo.

¡Lucía, por Dios! ¿Qué dices?

Nada, mamá. recogí la vajilla y la llevé a la cocina, casi temblando. Tú no quieres familia, pero yo sí. Si para ti no significa nada, para mí sí. No hace falta que digas nada; sé de memoria lo que opinarás, todos tus razonamientos. Sé lo que piensas sobre la familia, sobre que los líos solo dan problemas y que hay que pensar en los más cercanos. Pero mira, yo sí pienso en Alba; quiero que crezca sabiendo quiénes son sus tías, primos, hermanas y hermanos. Puede que no los vea a menudo, pero Alba ya sabe que Daniel, el nieto de Carmen, le escribe cartas preciosas e incluso le dibuja historias porque ella aún no sabe leer. Le hace ilusión verle, escoge regalos y quiere compartir sus juguetes favoritos con él. Porque le quiere.

¿Querer? ¡Pero si apenas se han visto!

Y eso, ¿no te basta? ¿Fuera de la vista, fuera del corazón? ¿Así? ¿Y dejarán de ser familia porque viven a cien kilómetros? Mira, esa soledad absoluta solo llega cuando ya nos da igual todo. Cuando uno está en la tumba… y ahí sí, estás solo de verdad. Yo no quiero eso.

Antes de irme, miré atrás:

Piénsalo, mamá. Llama si lo reconsideras. Y si no, yo sabré cómo excusar ante las tías. Que tus migrañas son mano de santo para ahuyentar parientes, ¿verdad?

Salí. Y mi madre quedó pensativa, sentada bajo la penumbra de ese salón tan grande y tan solitario, repasando en silencio las vidas y destinos de todos sus familiares. Y se sorprendió al descubrir que mi familia me conocía mucho mejor de lo que ella conocía a nadie, salvo tal vez a mí misma. Mi reacción la sobrecogió; mi afán por defender lo importante, aquello que ella nunca supo darle valor hasta que fue demasiado tarde.

La niña… ¡cómo se atreve a darle lecciones de vida! pensó primero, pero pronto entendió que tenía razón. Parientes, amigos… todo es efímero. ¿Quién sostendría a Lucía cuando ella faltara? ¿Esos pobres familiares, tan molestos? ¿No sería mejor, entonces, tratar de cambiar?

Meditó largo rato, viendo en la ventana como anochecía en Madrid, imaginando a gente corriendo por la Gran Vía con problemas desconocidos pero vitales para ellos…

Al final ya era tarde para llamar. Mejor dejarlo para mañana.

Mañana, Pilar Montero llamaría a su hija para citarse, buscar juntos regalos para familias y nietos, comprar algo para Alba y, por el camino, concederle razón a Lucía. No había sido una abuela ejemplar, tal vez ya fuera tarde para cambiar del todo, pero podría intentarlo, al menos.

Su nieta tenía el mismo corazón grande que mi hija… Y sabría valorar un regalo venido del fondo del alma.

Y la pequeña Alba tiraría de la mano de Daniel, le pondría un lápiz en la suya y susurraría:

Píntala, pinta a la abuela. ¿Ves qué guapa es? No la veo mucho, así que quiero un retrato suyo. ¿Me lo harías?

Y Marisa andaría corriendo a por unas flores de azahar, Lucía sacaría a los niños de la habitación y, al ver a su esposo perplejo, sonreiría con complicidad:

Ay, hijo, ¡ni lo preguntes! Hay quienes envejecen de golpe… Pero nosotros aún tenemos tiempo, ¿no te parece?

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