Marina abrió la puerta. En el descansillo, su hija Lidia desplegaba unos ojos enormes, hacía señales y se movía como si bailara una sardana endiablada bajo el sol catalán, intentando advertir a su madre de algo imposible de descifrar. Movimientos extraños, risas contenidas, y Marina luchaba contra la risa, obligándose a mantener el gesto serio; pero aun así, un ataque de carcajadas le hizo fingir una tos de lo más elegante.
El invitado, ajeno a toda la pantomima, entró por el luminoso piso madrileño y soltó una mochila militar casi tan grande como él. Era como un refugio portátil: todas sus pertenencias, ropas y objetos, un retal del soldado solitario refugiado en aquel vientre negro y rojo.
Ángel era una visión sacada de alguna pintura de Velázquez, enorme y robusto, el cuello poderoso; Marina veía en él la estampa de un caballero antiguo. Lidia lo había conocido en un curso intensivo, y en escasas dos semanas ambos comprendieron que no podían vivir el uno sin el otro. Amor. Por supuesto, para siempre. Faltaría más.
Ángel servía en Zaragoza, lejísimos de su Ávila natal, soldado sin familia. Vino a España con 16 años, tras la muerte de su abuelo; nunca había conocido a su padre y de su madre solo recordaba vagamente un olor, un dulce, una canción lejana. Era su abuelo quien lo había criado: le daba de comer guisos espesos, le enseñó a poner una tienda de campaña entre encinas, pescar truchas en el Duero, pedalear hasta perder el aliento en los montes de Gredos. Incluso a disparar. Por las mañanas hacían juntos gimnasia bajo la luz anaranjada de la meseta, y era imposible aburrirse, hasta que el abuelo, descubierto el mal, gastó sus fuerzas en asegurarse de que Ángel no quedase desamparado. Arregló papeles, le dejó la casa grande, gestionó todo para que pudiera entrar en la residencia del ejército juvenil. Cuando murió, Ángel se quedó solo. Pero la soledad era relativa: tenía a sus compañeros, los instructores, familias que lo invitaban los domingos, los camareros del bar donde trabajaba. Se consideraba afortunado y agradecido. Cuando conoció a Lidia, el abuelo, seguro, habría dicho: ¡Brillas como un cáliz de la catedral al sol!.
A Marina le gustó mucho ese pretendiente. Era guapo hasta cortarle a una la respiración y miraba a los ojos casi un milagro hoy en día. Su sonrisa era luminosa, de esas que desarman hasta al más serio. Sonreía con todo el rostro, parecía que tenía tantos dientes como la baraja española. Brad Pitt a la española. Ángel se disculpó por la irrupción y por la mochila: traía una pequeña tarta, para no llegar con las manos vacías.
De verdad, parecía que Lidia había encontrado al último ejemplar masculino de su especie. Marina qué talentosa hija tenía sentía solo admiración.
Mandó a lavarse las manos a los chicos y corrió a cortar una ensalada. Todo estaba listo, porque la hija previsora la había advertido a las seis de la mañana. A eso de la una, la tropa dos adolescentes de dieciocho años, sucios y sonrientes llegó al hogar como si arrastrara el Ebro tras de sí. A conocer a la familia, se decía.
Tras la ensalada, se sirvieron platos como sacados de sueños ibéricos: una fuente de migas humeantes como nubes de la Mancha, un caldero de sopa de gallina con verduras, una sartén de salsa boloñesa hecha con carne de ternera de pasto fresco, una bandeja de pescado al horno. En veinte minutos ya no quedaban ni las migas, y los jóvenes comensales miraron con ojos de gato a la madre: ¿no quedaba nada más?
Marina, hábil como un mago en las fiestas de San Isidro, rescató del horno una bandeja de alitas doradas. Durante la comida reinó la conversación ligera y el buen humor. Lidia notaba que a Ángel le caía bien su madre. Había crecido a su lado, confiaba ciegamente en sus juicios y ansiaba su aprobación en todo.
Marina lo vio claro: el galán casi dejaba de respirar al mirar a su hija. Lo tenía claro como el agua de Sierra Nevada. El amor lo recorría por dentro y la madre, de pronto, también quería lanzarse a bailar una danza salvaje. No todos los días alguien se enamoraba de su hija así, y por si fuera poco, le pasaba los mejores pedacitos.
A Ángel le entusiasmaba la joven, guapísima madre de Lidia, la calidez familiar, la comida auténtica, el ambiente donde el cariño flota en el aire. Lidia a su lado, tan cerca, tan palpable. Era la verdadera felicidad.
En la centésima alita, los soldados comenzaron a caer de sueño, cabeceaban sobre la mesa. Marina les dio toallas limpias y se retiró sigilosamente. Entre chapoteos y risas, dedujo que sus invitados se duchaban juntos. Por un instante, la incertidumbre la asfixió y se fue a su cuarto. Si no sabes qué hacer, retírate hasta estar segura, se ordenó.
Por la tarde llamó la abuela la llamaban así Marina y su hija, aunque ya era una reina madre autoexiliada en Buenos Aires. Unos años atrás, la abuela se había cruzado camino del mercado con un vecino argentino; él buscaba buen solomillo para hacer asado y ella, políglota, le habló de unas carnicerías en Chamberí. El argentino se enamoró, la cortejó con tango y, meses después, la convenció para instalarse juntos más allá del Atlántico. Así, la reina madre rejuveneció, adelgazó, se cortó el pelo y mandaba desde Sudamérica.
¿Qué tal todo, hija?
Marina, tentada de contarlo todo con pelos y señales, se contuvo. No sabía bien cómo se manejaban los infartos en hospitales argentinos. Como estrategia, optó por limitarse a dar detalles pulidos y omitir, por prudencia, los baños compartidos y que los niños llevaban horas en la cama. La reina aprobó, contenta.
Era evidente que Marina no podría vivir encerrada en su cuarto para siempre, así que salió arrastrándose por el pasillo. Vio a través de la rendija de la puerta de los chavales y el corazón casi se le paró.
Lidia dormía con la inocencia de un bebé, una cascada interminable de rizos dorados desbordando la cama. Entre esos cabellos, el torso fuerte de Ángel asomaba como una isla perdida. Su brazo tostado, una línea blanca del reloj, abrazaba a su hija como quien atesora un relicario tras la guerra. Sonreían los dos en sueños.
Marina comenzó a llorar y fue a hacerse un té. Si no hubiera dejado de fumar hace un siglo, le habría pegado unas caladas ahora. La felicidad de ver feliz a su hija se le desbordaba por dentro, inundándola hasta la punta de los dedos.
Los dos jóvenes eran compañeros ideales. Escapadas al campo, picnic bajo encinares, cine con la pandilla, tardes de estudio conjunto. Ambos alternaban cursos militares y, al regresar, cocinaban y limpiaban el piso entre risas. Marina procuraba no molestarles; apenas venían por casa, la vida militar los absorbía. Por eso ella les preparaba manjares sin fin, lavaba los uniformes, organizaba sus cosas en dos montones, aguardaba su vuelta. Mientras recibía pacientes, lideraba reuniones, pasaba noches eternas en quirófanos añadía a sus listas no solo exámenes y entrenamientos de Lidia, sino también los turnos de Ángel. Preguntar cómo fue, escuchar, felicitar, animar. Era madre por partida doble.
Ángel era detallista y correcto. Arreglaba todo lo que estaba medio roto, se ofrecía primero a recoger la mesa, ayudaba antes de que se lo pidieran. Impecable y serio a ratos, responsable siempre. Calculaba cada euro y, al invitar a Lidia al cine, pagaba él, como un caballero. El abuelo habría estado muy orgulloso. Lidia lo adoraba, aunque también le tomaba el pelo con alegría
Y un jueves, llamaron a la puerta. Noche cerrada en Madrid; Marina, en pleno ensayo culinario para el festín del sábado, corrió a abrir. Ni siquiera se había limpiado las manos del amasado. Quedó paralizada
En el rellano había dos uniformados.
En España todos saben lo que suele significar.
Que ninguna madre tenga que verlo nunca frente a su puerta.
Sudor helado le estalló en la garganta. Dejó de respirar. En las sienes, explosiones. Las manos volando al pecho, el cuerpo hundiéndose en el suelo.
Y de repente
Ángel. Venían a comunicar que el soldado Ángel Martínez había caído defendiendo la patria.
Marina se derrumbó.
¡Lidia está viva! ¡No es Lidia! ¡Su hija sigue con ella! ¿Pero, cómo Ángel? ¡Dios mío, Ángel! ¿Cómo pudo ser?
Zumbido atroz, torpeza en el pecho, una niebla de algodón cubriéndolo todo. ¿Alivio? ¿Alegría porque la tragedia era de otros? ¿O terror absoluto porque no había podido proteger, a ese hijo adoptivo?
Estalló un artefacto
Días y días Lidia yació a oscuras. En choque total. Sin comer, sin bañarse, sin dormir, sin decir palabra. Marina hubiera hecho lo mismo, de no ser por la llegada de la reina madre. Levanta. No te desmorones. Tu hija te necesita. Haz algo, ¡muévete!.
El psicólogo pasó a ver a Lidia. Habló suave, recomendó contacto humano, terapia. Lidia no escuchaba. Marina lo sacó casi a empujones. Ella misma probó a acostarse a su lado, abrazar, consolar. Nada servía. La hija era un muro.
Pasados varios días, quién sabe cuántos, la abuela llenó la habitación de fotos de Ángel, ampliadas en copias de imprenta. Dijo: Déjale que te mire desde ahí.
Lidia estalló. Gritó, lloró, lanzó fotos, se cayó al suelo, se tiró del pelo, rompió platos, aulló con ese dolor antiguo que arrastra el alma.
Y, milagrosamente, tras esa tempestad, vino el alivio.
La madre, exhausta y sudorosa, salió al balcón a fumar de nuevo. Marina empezó a recomponer a su hija como si fuese un jarrón de Talavera.
Pronto empezaron a acudir a reuniones con otras familias de soldados caídos. Marina convenció a Lidia de que ayudar a quienes estaban peor llenaría el vacío. Somos fuertes, estamos juntas. Somos tres, como en un cuadro de Goya. Pero la fortaleza pesaba toneladas. La madre en secreto recurría a ansiolíticos; Lidia rechazaba medicamentos y peleaba con la pena a solas.
Lidia incluso consiguió terminar su servicio militar: sus dos guardianas domésticas nunca le permitieron abandonarlo. Trabajó en apoyo psicológico, dedicaba tardes al hospital infantil, rescataba a jóvenes en riesgo de exclusión los domingos.
Marina llenó los días de tareas y cuidados: saturarse para no asfixiarse de culpa. La vergüenza por aquel fugaz segundo en que se alegró, al saber que la muerte había pasado de largo por su hija, le impedía dormir, le robaba el hambre, la sonrisa, la capacidad de estar sola. ¿Cómo pudiste?
Y una noche soñó.
Ángel, recién lavado, olía a limón y hierbas como en los veranos de la sierra; venía hacia ella en camiseta blanca. Sonreía, la abrazaba, acariciaba su pelo y le decía, mirándola: Qué suerte que Lidia esté viva e intacta. Eso es lo más importante. Yo daría cualquier cosa porque viva hasta los ciento veinte Vivir bien, sed felices. Os quiero. Eso es todo lo que importa.
Marina despertó bañada en lágrimas. Las manos temblorosas le olían a ese perfume que Ángel y Lidia le regalaron una vez. Lloró en la cocina, haciendo café. Lidia, alarmada, corrió a verla ¡Mamá llora, se acaba el mundo!. Marina, casi sin voz, entre sollozos, contó el sueño, a Ángel. Le dejó oler los dedos. Lidia olió, abrazó, lloró como cuando era pequeña.
Por primera vez en mucho tiempo, pudieron respirar. La tristeza se fue abriendo, ligera, el corazón aprendía a latir de nuevo, la niebla se resquebrajaba.
El dulce, fuerte, brillante muchacho. Ellas fueron su familia, y la familia, en España, es sagrada. Él tenía que protegerlas siempre. Para toda la vida. Incluso después del sueño.






