Mira, te cuento esto como si estuviéramos tomando un café en la cocina, porque de verdad siento que ya no puedo más y necesito desahogarme contigo. Aunque la situación en casa es bastante apretada, mi marido, Javier, lleva tiempo diciéndome que quiere empezar a ahorrar para comprarle un piso a nuestro hijo. Ayer, cuando le ingresaron la nómina, me soltó muy serio: Voy a empezar a apartar dinero todos los meses para el piso de nuestro hijo. Pero a mí, sinceramente, esa idea no me hace ni pizca de gracia. Y ahora te explico por qué.
Hace más de diez años, Javier llegó a Madrid desde un pueblecito de Castilla para buscarse la vida. Trabaja en la obra ya sabes que eso no es precisamente sencillo. Antes de conocernos, casi todo lo que ganaba se lo mandaba a su madre; él apenas se dejaba unas monedas para tomar algo con sus compañeros. Todo el mundo en el trabajo le decía que era mejor ir ahorrando para poder tener un piso aquí, pero él se sentía mejor ayudando a su madre. Además, su madre tiene otros dos hijos, pero ninguno ha sido tan entregado como Javier con el tema de mandar dinero.
Cuando nos casamos nos fuimos a vivir al piso de mi madre y mi abuela en Vallecas; aquello llevaba años sin una reforma y las paredes estaban que daban pena, pero era lo que había. Javier al principio fue amable y cariñoso conmigo, pero siempre ha sido más distante con mi madre y con mi abuela. Yo pensaba que con el tiempo se le iría pasando, pero fue al revés. Un año después, empezó a beber más, se ponía borde conmigo y con mi madre, y hasta criticaba constantemente que el piso estaba hecho un desastre. Igual lo más sensato hubiera sido divorciarnos entonces, pero él empezó a insistir con lo de tener un hijo. Y yo, con esa mezcla de amor y esperanza, pensé que igual la situación cambiaría si llegaba un bebé. Así que me quedé embarazada.
Pues no cambiaron las cosas; de hecho, fueron a peor. El dinero apenas alcanzaba. Mi baja de maternidad llegaba solo para pañales y poco más; lo mío y lo de él lo metíamos en una cuenta común, pero aún así nada daba para mucho.
Mi madre, con su pequeño sueldo, paga la luz, el agua y hasta me compra medicinas que necesito para mi enfermedad crónica. Lo poco que sobra, lo usamos para la compra del supermercado y lo esencial para la casa. Mi abuela había estado guardando su pensión cada mes para su entierro, pero al final acabó dándonos esos ahorros para la boda. Javier esperaba que sus hermanos pusiesen algo para la boda, pero al final fue posible gracias a mi abuela y su propio sueldo, porque de la familia de él, nada de nada. Quería una boda grande y no había forma de convencerlo de hacer algo más modesto.
En estos siete años que llevamos casados, Javier no ha dejado de mantener a su madre, en parte gracias a su empeño. Con su dinero han puesto la casa de la madre como un pincel, la han reformado entera y le han comprado de todo. Y fíjate, cuando las cosas se pusieron feas en casa y nos hacía falta algo de dinero, descubrí varias veces escondites de billetes que tenía Javier para mandarle a su madre. Eso siempre generaba discusiones hasta que él prometía que no lo volvería a hacer.
Cuando su madre falleció, Javier y su hermano mayor renunciaron a su parte de la casa y se la dejaron a su hermano pequeño. A mí me parece un gesto bonito, pero también algo tonto, porque al final después de tanto sacrificio, Javier se quedó sin nada. Ni siquiera respondió a mis súplicas para que aceptara al menos lo que le correspondía.
Desde que nació nuestro hijo, Javier se ha vuelto más arisco, conmigo y con mi madre. Apenas compra comida o cosas que necesitamos todo le parece mucho gasto, y discute por todo con mi madre. Además, cada vez bebe más. No puedo separarme de él ahora mismo porque el niño es muy pequeño, estoy enferma y ni siquiera sé si voy a poder volver a mi trabajo cuando acabe la baja. Incluso escuché que podrían no renovarme, así que no puedo permitirme quedarme sola de momento.
Él juega con esa situación. No pierde ocasión de recordarme que él mantiene a esta casa y que está harto de sostenernos a todas, aunque sabe perfectamente que el dinero de todas el suyo, el mío, el de mi madre y el de mi abuela va al mismo bote.
Más de una vez hemos hablado del sueño de comprarle una casa a nuestro hijo, que también es mío. Pero claro, es solo un sueño, porque no llegamos a fin de mes. Ayer, Javier insistió que va a apartar una tercera parte de lo que gane, sí o sí, para eso. Pero a mí eso me suena a que nos va a tocar apretarnos el cinturón aún más, pasar hambre, y así durante años sin una fecha clara, y yo no lo veo justo. Y él, erre que erre, dice que hará lo que él diga.
¿Sabes lo que creo? Que en el fondo no piensa en el niño, sino en sí mismo. Con la relación tan tirante que tenemos ahora, yo sospecho que lo que quiere es ir guardando dinero para dejarme algún día, aunque eso suponga que todos nos privemos de lo más básico.
Se lo he dicho a él y me dice que le asusta que yo acabe divorciándome y echándolo de casa. Y la verdad, más de una vez se lo he soltado, harta de sus humillaciones. Aunque no es mi intención dejarlo si deja de ser grosero con mi madre y mi abuela; entonces ni lo pensaría.
Pero Javier no parece dispuesto a cambiar. A estas alturas, mi vida y la de mi familia se ha convertido en una pesadilla por su culpa, y la verdad, no veo salida por ningún lado.







