La viuda equivocada…

Querido diario:

Hoy ha sido uno de esos días eternos que parecen no tener fin. Me encontraba al volante de mi Seat, camino de casa tras otra jornada en esa oficina madrileña que tanto detesto, dándole vueltas a lo hastiado que estoy ya. La verdad es que no es tan mala mi faena, ni es para tanto lo que tengo que hacer; pero a uno le termina superando esta rutina, como decimos aquí, hasta la coronilla.

“¡Si no fuera porque ahora han subido la edad de jubilación!”me repetía con un suspiro”ya llevaría tres meses tomando el sol en la Costa del Sol o arreglando mi jardín en Segovia”. Pero no, aún sigo cada día soportando atascos en la M-30 y a los compañeros de siempre.

Hoy, sin embargo, no iba a casa. Mi hermana Lidia me había pedido ayuda para montar un armario nuevo que había comprado en Ikea, y ¿cómo voy a decirle que no? Bastante ha pasado la pobre estos dos últimos años. Primero, perdió a su marido, Antonio. ¡Vaya tío más legal era! Parecía de salud de hierro, jugaba al pádel y corría por el Retiro, pero una mañana su corazón dijo basta. Después le vino el despidosin razón, ya sabemos cómo funcionan algunas empresas aquí, y le dieron el finiquito alegando cualquier tontería, sólo porque encontraron a una veinte años más joven.

Pero Lidia no se amilana. Buscó algo menos pagado, pero tira para adelante. Lo justo para ir comprando muebles y seguir con ánimos, aunque a Antonio aún sigue echándole mucho de menos, eso se le nota. Por eso monto yo los armariospara ayudarla un poco ahora que sus hijos apenas pasan a verla.

Al llegar, lo primero que hizo fue sentarme a la mesa. En su casa lo importante es comer antes de cualquier faena: “Que con el estómago vacío, ni las manos ni el coco funcionan”, dice.

No te enfades, Eugenio, solo tengo huevos fritosme aseguraba Lidia, casi disculpándose. Ya sabes, vivo sola y mis hijos aparecen por aquí menos que el presidente en un bar de pueblo. Para mí sola no me pongo a cocinar.

Bah,resoplé mientras apuraba la barra de pan, cuando estaba Antonio, en tu casa siempre había puchero, cocido madrileño ¿Y qué decir de tus rosquillas y torrijas? ¡Eso sí que era vida!

He olvidado hasta cómo preparar una masa, respondió, casi con tristeza. Si acaso como potaje o algo de primero, es porque en el comedor del trabajo toca ese día, pero suelo tirar de bocata.

Así no, repliqué, casi reprendiendo. Si vivieras con un buen hombre, tendrías motivos para cocinar y disfrutarías también de lo bueno, de lo reciente.

¿A qué viene eso, Eugenio? me miró de reojo, desconfiada.

Van ya dos años desde que faltó Antonio,dije pausadamente. Deberías plantearte rehacer tu vida, buscarte marido. Todavía eres joven, Lidia.

Anda ya, ¿a quién le va a interesar una vieja como yo? soltó entre risas. Eso a vosotros os da igual, que entráis en la vejez siendo galanes. Pero nuestro tiempo es como el de las flores; una primavera y gracias.

No te falta razón,admití, medio sonriendo. Pero vamos, gracias por la cena, enséñame ese armario de una vez.

No cambies de tema, pillín,se rio. Si estamos con las confesiones, dime: ¿por qué no te casas tú? Que desde lo de Natalia, ya ha llovido

Me quedé callado. Al principio, tras la separación, juré no volver a pisar el Registro Civil, pero con el tiempo uno echa de menos regresar y encontrarse la casa caliente, el guiso humeando en la cocina y las sábanas recién puestas. Yo me he apañado lavando por mi cuenta, pero esas cosas son para ellas, y no lo puedo negar: a mí se me dan fatal.

Y si encima añades madrugar para el trabajo y aguantar informes y jefes Pues sí, me gustaría volver a tener una buena mujer en casa: una lista, cariñosa, que cocine y mantenga todo ordenado. Vamos, no pido tanto.

¿A qué esperas entonces, hermano?me pinchó entre risas. Ya hemos vivido demasiado para no darnos esa última alegría. Si yo no puedo, igual tú tienes suerte.

No es tan sencillo, dije mientras abría las cajas del mueble.

¿Te faltan piezas o qué? se preocupó.

No, Lidia, hablo de lo difícil que es encontrar a la persona. No quiero a una señora mayor, para eso sigo solo.

Ah, que buscas una jovencita, me cortó con ironía.

Sí, reconocí. Una animada, alegre, dinámica. No de esas que se tumba en el sofá a esperar que la atiendan, sino una de las que acarician como gatita y saben hacer croquetas.

Las jóvenes ahora apenas si saben usar la escoba, ¿lo sabes? bufó Lidia. Mira a mi Natalia, que vive sola en Vallecas y en su casa hay más polvo que en la biblioteca nacional. Y la hija de Serafín, peor aún: viven de los tuppers de su madre o del Deliveroo. ¿Por qué querrías tú eso?

Resoplé. No, yo quería una jovencita tradicional: la que no pronuncia la palabra glovo más que para limpiar el cristal, que sabe lo que es la fregona y cómo amasar una buena empanada. Me imaginé una muchacha cariñosa en delantal, sirviéndome empanadillas y un chato de vino, que tanto me gusta y se me escapó una sonrisa soñadora.

Seguro que las compras hechas en el supermercadole solté a mi visión imaginaria.

¡Que va, Eugenio, las he hecho yo a mano! contestaba ella en mi fantasía, con ojos azules y una pizca de rubor.

¡Eso sí! le decía yo, bromeando, y le acariciaba la mejilla, aunque pronto volví a mi realidad.

Mira, para lo que hay en el mercado, mejor tu busca una mujer de tu quinta o un poco más joveninsistía Lidia. Tú mismo sabes que a una veinteañera le importas menos que la siesta en agosto.

Refunfuñé algo sobre lo buen partido que soy aún. No será para tanto.

Hermano, que las jóvenes hay que sacarlas, vestirlas bien, gastarte euros en ellas Y tú en los últimos años te has echado barrigame soltó a quemarropa.

Quise replicar, que yo buscaba amor y no una interesada. Lo de la panza dolió, la verdad. Siempre he presumido de un buen porte, y el poco pelo plateado ni me incomoda.

En serio, Eugenio, busca una mujer hecha y derecha. Que ya haya criado a los suyos y tenga también un dinerillo guardado. Ahora están muy guapas aunque tengan años.

No me digas que ya tienes candidata le pregunté, escamado.

Claro que sí, asintió. Clara Sempere, la del segundo. Se quedó viuda hace cinco años, más sola que la una. Toda la comunidad siente penilla por ella.

¿Y está muy penosa con la pérdida?pregunté.

Para nadacontestó. Chacun lloró lo suyo, pero ahora hace gimnasia, nada en la piscina municipal, hasta monta a caballo. ¡De todo! Cuando a una mujer le falta hombre, se busca aficiones…

No me terminaba de convencer la idea. Y lo de que ya estuviese jubilada me daba hasta celo¡ellas se retiran antes, qué rabia! Aunque bueno, así tendría tiempo para mimarme, y estaría agradecida de que alguien la escogiera. Además, podría alardear con las amigas. Para una así, yo sería premio.

Mira, Eugenio, acércate, me llamó Lidia desde el balcón. Ahí va Clara, ¿qué te parece?

Asomé con interés. Desde un quinto no se distingue bien, pero se veía elegante, delgada, con buena planta. Acaba de detener su coche, saludaba a la portera. Sociable y simpática, y el coche, más moderno que el mío. Buena señal.

Nos podríamos cambiar los coches, que no le hace falta ese cochazo. Le dejo el mío y tan amigos,pensé en voz alta.

¿En qué piensas?me preguntó Lidia.

Nada, tonterías mías.

¿Te gusta?

Sí, no me importaría conocerla.

Seguro que le alegra. Pobre mujer, da pena verla siempre sola. Vamos a montar una cita, a ver qué pasa.

Nos pusimos a planear el encuentro. Según mi hermana, Clara no se junta mucho con la gente del edificio; siempre va con prisas a sus actividades y hace vida a parte.

Las mujeres solas se inventan de todo para llenarse el día dije apesadumbrado. Me da cosa verla así.

Y ya verás cómo agradece tener a un hombre como tú, exclamó Lidia, que siempre se alegra por los demás.

¡Va a pensar que le ha tocado el Gordo de la Lotería Nacional! refunfuñé con cierta guasa.

Lidia se iluminó como el día de Reyes. Se fue a la cocina para pensar mejor el plan, dejándome a solas con el dichoso mueble, que ni caso le estaba haciendo.

¿Que si conseguí montar el armario? Qué va. Al final Lidia tuvo que llamar a un manitas, pero eso le sirvió de excusa para quedar con Clara en mi nombre.

Mañana te vas a ver a Clara me llamó mi hermana. Y no se te olvide llevar flores.

¿Y qué flores? Mira que hace siglos que no compro…

Algo baratito, pregunta en la floristería si tienen rosas en oferta. Pero llévale, que queda bonito aunque ella también se lance a tus brazos.

Pues igual ni llevo

¡Que no! Y ponte ese jersey beige que te regalé cuando te divorciaste.

¿El del corte inglés?

Ese.

Le pregunté cómo lo había pactado; al parecer, Clara se había quejado de un ruido raro en los radiadores y mi hermana le prometió un “experto.”

Tú tranquilo,decía Lidia. Ella ya sabe que los hombres de nuestra edad no estamos para chapuzas, pero seguro que se las arregla para tenerte guisado. Quién necesita fontanero teniendo pretendiente.

Acepté su plan, aunque pensé en el gasto. Faltaban días para cobrar y ya iba justo entre gasolina, compra, y las dichosas flores. Pero uno debe apostar por la suerte cuando se le pone delante.

Me vestí de estreno, compré un ramito de margaritas, y pasé por casa de Lidia para que me diera el visto bueno.

Menuda suerte ha tenido Clara, ¡qué envidia me da! susurró, y se me infló el pecho.

Al llegar al piso de Clara, no pude evitar ponerme nervioso. Me abrió la puerta y tuve que asegurarme de que era ella. Pelo recogido, ropa cómoda, aunque elegante; nada de nada de maquillaje, pero lucía guapísima.

¿Eugenio? dudó.

Sí, sí, soy yo y extendí el ramo.

¿Para mí? ¿Pero por qué?

Porque vengo de visita a una señora estupenda contesté más galán que un actor de cine.

Clara recibió las flores con educación, pero sin mucha efusividad. Empezó a hablarme de las tuberías, del agua que gotea… ni una palabra de cena ni convite.

¿Por qué no lo comentamos con una copita de vino y una tapa?intenté tantear.

¿Una cena? Pero ¿seguro que es usted Eugenio, el hermano de Lidia?

Por más que insinué que venía con intenciones de algo más cercano, ella se mantuvo firme. Incluso llegué a comentarle, medio en broma, que podría arreglarse un poco, y ponerse bonito algún vestido, pero todo lo mío le parecía un disparate.

Mire, Eugenio, recoja las flores y mejor váyase. Yo aquí esperaba a un manitas, no a una cita.

Ah, que sólo me quiere para reparar la calefacción protesté, agriado.

Claro. Y pensaba pagarle por el trabajo.

No quiero dinero, ni sé de eso.repuse dolido. Sólo quería alegrarte el día, y las flores no han salido gratis.

Ella me devolvió el ramo, deseándome buena suerte. Y me adelantó que un fontanero le bastaba y no necesitaba más hombres en casa.

Pero sin hombre, ¿cómo vas a arreglar las cosas? insistí ya mosqueado.

¡Llamo al servicio técnico! Y si quiero salir a cenar, ¿sabes qué? Lo hago sola o con amigas, no necesito nada de eso. Venga, que tenga buen día.

Salí herido en mi orgullo, con el ramo en la mano y la dignidad por los suelos. El piso de Clara, la verdad, era bonito y parecía hasta acogedor… mejor que el mío, eso seguro. Me habría mudado esa misma tarde y ahí sí que se perdió una buena oportunidad.

“Hay que ver, ¡qué viudas más extrañas hay!, mascullaba mientras bajaba las escaleras, zarandeando las margaritas. Aquí llega un hombre hecho y derecho y no quiere nada. Tendría que estarme dando las gracias y cocinándome lentejas”. Definitivamente, algo no funcionaba.

No fui directo a casa. Mi ruta me llevó, casi sin querer, otra vez a casa de Lidia, para desahogarme.

No doy crédito, hermana me jalé un chupito de licor. A la muy burra la tiene bien vivir sola. Sería feliz teniendo un marido como yo

Dale tiempo. Seguro que no se le pasa el susto de golpe. Ha estado tanto tiempo sola que ni cree en la buena suerte. Igual ahora se asoma a la ventana arrepentida de haberte perdido me consoló mi hermana.

La creí al instante. Cómo me iban a rechazar a mí, con lo que valgo. Cualquier mujer sola soñaría con algo así. “En cuanto cobre, me paso otra vez. Llevo flores y esta vez seguro que no me deja escapar”, le dije. Mientras, el ramo quedó para Lidia, que lo colocó en agua y pensó, orgullosa: qué gran hermano tengo.

***

Clara, por su parte, apenas guardó asombro. Ya está curada de espanto con pretendientes despistados que piensan que una viuda jubilada ansía calentar un despacho al hombre y perder su libertad. Sí, extraña fijación con el borroso ideal de la mujer española esperando el regreso del macho alfa.

Tras quedarse viuda, su vida pronto recuperó ritmo. Los nietos mayores, el retiro digno (con ahorros del banco heredados), trabajaba su cuerpo en el polideportivo, viajaba con amigas e incluso, ese día, preparaba un viaje a Sevilla para asistir a una obra de teatro con su actriz preferida, seguido de un dulce en el Café de Oriente.

Apurada por la hora, miró el reloj: en breve, llegaría Jacinto, un amigo agradable al que sí le apetecía invitar a tomar algo por el centro. A Clara le encantaba su vida en singular, y aunque agradecía un halago o una cena, ni falta que le hacía renunciar a su felicidad por el runrún de otro hombre en casa.

Porque sí, la jubilación puede estar llena de planes, risas y espontaneidad. Lo que no entiende nadie es por qué insisten tantos en que está dispuesta a perderlo por una llamada de amor y un plato de arroz… ¡si la paella le sale mejor sola!

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La viuda equivocada…
Una mujer ajena cocina croquetas para su marido