Una notificación al azar
Hace muchos años, María solía dejar su móvil boca abajo sobre la mesilla de noche, como era costumbre. Aquella noche, ni siquiera pensó en cogerlo. Solo estiró el brazo buscando el vaso de agua, rozó por accidente el borde de plástico liso, y la pantalla se encendió sola, por casualidad, igual que a veces se encienden cosas que debieran quedarse en la sombra.
Vio solo una línea. Solo una, en una notificación de WhatsApp.
Yo también te echo de menos. Hoy ha sido precioso. Tu Isa.
Al principio, María no comprendió. Miró aquellas palabras un segundo, otro, un tercero, como si estuvieran escritas en una lengua ajena y necesitara tiempo para traducirlas. Después giró la vista hacia su esposo, Javier, dormido de lado, con la cara hacia la pared, el hombro un poco alzado, respirando hondo y con la tranquilidad de quien tiene la conciencia limpia.
Tu Isa.
Isabel. Isabel Torres. Amiga. Precisamente la que tres meses antes les ayudó a elegir el papel pintado para el cuarto de la pequeña. La misma que se había tomado el té en esa cocina quizá un centenar de veces. La que la semana pasada llamó a María para quejarse de que no encontraba un hombre en condiciones, que todos eran iguales, que ya estaba harta de la soledad.
María tomó el vaso de agua con sumo cuidado. Bebió. Lo devolvió a su sitio. Se levantó en silencio, sin hacer crujir las viejas tablas. Salió al pasillo, cerrando suavemente la puerta del dormitorio. Caminó hasta la cocina, encendió la luz pequeña sobre la encimera no la principal, que era demasiado fuerte, aunque quizá no fuera la luz lo que le dolía en los ojos, y se sentó a la mesa, mirando la superficie vacía del mármol.
Era de noche tras los cristales, una noche típica de otoño en Madrid, con las luces difusas de la otra acera del patio. El hervidor seguía en la colina, con agua de ayer. No se molestó en encenderlo. Solo permaneció sentada.
Hoy ha sido precioso.
¿Hoy? El miércoles Javier llegó a casa sobre las ocho menos cuarto, dijo que se entretuvo con unos clientes, que cenaron en un restaurante, que estaba cansado y solo quería dormir. Ella le calentó la cena, que prácticamente no tocó. Luego vieron un rato la televisión, él se quedó dormido en el sofá, y fue ella quien le tapó con una manta. Ella misma, con sus propias manos.
Apretó los dedos en el borde de la mesa.
Clara dormía detrás de la pared. Tenía ocho años, dormía profundo, a veces hablaba en sueños, cosas de la escuela o de sus muñecas. Al día siguiente, a las nueve en punto, debía llevarla al entrenamiento de natación. Comprar pan. Llamar a su madre, a la que no telefoneaba desde hacía días y que, segurísimo, estaría resentida.
La vida real, la visible y coherente, estaba allí, en esas minucias. Y, sin embargo, por debajo, existía otra vida, toda esa existencia subterránea de mensajes, de cenas, de alguien que firmaba como tuya.
María se acercó al alféizar. Allí tenía un tiesto con geranios, no le gustaban demasiado, pero los regaba con terquedad porque una vecina le insistió tanto que acabó por traerlos. El geranio vivía, algo polvoriento, obstinado.
Pensó en esa planta un largo rato. Luego volvió a la mesa.
Había que decidir algo. O no decidir nada, todavía. No sabía distinguir qué era lo prudente. Por dentro sentía un silencio absoluto, ese silencio cortante de las horas previas a un estallido. Sin lágrimas, sin gritos, solo un vacío lleno de filo.
Se quedó sentada en la cocina hasta las cuatro. Sin hacer nada, solo mirando cómo, al fondo del patio, una ventana se apagaba, después otra. Finalmente encendió el hervidor, hizo té, dejó la taza a medio beber. Lavó la taza. Regresó al dormitorio. Se acostó junto a Javier, sin tocarle, mirando al techo.
Javier seguía durmiendo.
Ella escuchaba su respiración y, por primera vez en años, poder oírle respirar de ese modo se le volvió insoportable. Aquella noche, cada respiración tenía un matiz diferente, un peso nuevo, como si al fin le escuchara de verdad.
Se levantó antes que él. Despertó a Clara, le preparó las gachas aunque refunfuñaba porque quería bocadillo de chorizo, le hizo el bocadillo. Le ató los cordones de las deportivas porque aún no sabía hacerlo deprisa y había prisa. Salieron de casa, de la mano.
Hacía frío. Olía a asfalto mojado y a hojas caídas. Clara iba parloteando sobre la última clase de mates y lo injusta que era la profe, que ella resolvió todo bien pero le pusieron mala nota. María la escuchaba, asentía, respondía en el sitio adecuado. Llevaba años sabiendo hacerlo así, en piloto automático.
Llegaron a tiempo. Entregó a Clara al entrenador, se quedó un minuto más en la puerta, mirándola correr hacia sus amigas. Luego fue a la calle.
En el banco junto al polideportivo, sacó el móvil. Buscó entre los contactos Isa T. Miró el nombre de Isabel, lo guardó en el bolso.
Aún no.
Todavía no.
En aquellos días, María repasó en su mente cuándo había comenzado todo aquello. Buscaba en los últimos meses, como quien hojea álbumes viejos en busca de detalles antaño invisibles. Ahí estaban las fotos de los tres, en el cumpleaños de Isabel. Recordó aquel pensamiento: qué suerte tener un marido que se lleva tan bien con tu mejor amiga, no a todas les ocurre. Ahí estaba Isabel ayudando con las cortinas, dialogando largo con Javier en la cocina mientras María acostaba a Clara. Ella preguntó después, ¿de qué hablabais? Javier dijo: de trabajo, ya sabes que es diseñadora, le consulté lo del despacho. María asintió. Por supuesto.
Por supuesto.
No lloró. La sorprendió. Esperaba el llanto y no llegaba, solo la sequedad en la garganta y un peso bajo las costillas, algo denso y frío. Comía, dormía, cocinaba, respondía llamadas. Javier no notaba nada. Atento como siempre, ni más ni menos. Preguntaba por el día, a veces la besaba en la mejilla antes de salir. Ella ofrecía la mejilla.
El cuarto día llamó Isabel.
El móvil vibró en el bolsillo; María vio el nombre en pantalla y por un instante se le escapó el aire. Después respondió, modulando la voz en su tono más corriente.
Isa, hola.
¡Mari, hola! ¿Dónde te metes? Te escribí el lunes y nada
La voz era la misma de siempre. Cálida, con ese matiz culpable cuando crees haber molestado. Justo esa calidez resultaba insoportable.
Perdona, es que Clara anda pachucha mintió María, fácil, sin esfuerzo, casi le sorprendió poder mentir tan bien.
¿Pero qué tiene? ¿Fiebre?
No, un poco de mocos. Ya se le pasa.
Menos mal Oye, ¿el sábado estáis libres? Pensaba en quedar, que hace mucho que no salimos.
María miraba la pared. Colgada, una foto de ella y Javier en la playa de Santander, seis años atrás, sin Clara aún, riéndose los dos, el cabello al viento. Buena foto.
El sábado creo que no puede ser dijo. Pero te llamo a final de semana, ¿vale?
Claro, claro. ¿Tú cómo estás? Te noto rara
Estoy cansada, nada más.
¿Segura? Mari, aquí estoy, ya lo sabes.
Lo sé, Isa. Gracias. Hasta luego.
Colgó. Se acercó a la foto de la pared. Se observó la cara sonriente. Descolgó la foto, la metió en el primer cajón de la cómoda y cerró.
Aquella noche lloró. Lloró en silencio, bajo el chorro del lavabo, que nadie oyera. Largo, feo, hasta hincharse los ojos y la garganta. Lloró por todo, menos por perder al hombre. Ni siquiera por la mentira de él. Lloró por los años, por la confianza, por esa María que creía tan sinceramente. Por la tontería de haber creído. Porque Clara viviría en una familia con secretos, y no lo sabría, o lo descubriría demasiado tarde.
Después se lavó la cara, se miró en el espejo. Treinta y ocho años, ni joven ni vieja. Una cara corriente con los ojos hinchados. Pensó que tendría que parecer animada en el trabajo al día siguiente.
Y también pensó: no puedo irme ahora sin más. No puedo permitirles pensar que todo seguirá igual, su vida y la mía, y la de Clara, como simple decorado. No.
Volvió al dormitorio. Javier dormía. Se tendió al lado.
Había que pensar.
Las dos semanas siguientes, María vivió en dos planos. Externamente, todo igual. Cocinaba, iba a la oficina, llevaba a Clara a los entrenamientos, conversaba con Javier, a veces se reía con sus chistes, porque seguían haciéndole gracia. A veces, por un momento, se le olvidaba, y era cuando peor lo pasaba, porque eso probaba que aún era capaz de convivir, como si nada.
Internamente, todo se analizaba. No contrató detectives. Solo observaba. Notó cómo Javier cogía el móvil y salía a otra habitación. Cómo, de vez en cuando, sonreía al móvil y, al notar su mirada, lo guardaba deprisa. Otra vez el miércoles llegó tarde, otra cena con clientes, y apenas probó lo que ella preparó.
Una tarde, mientras él se duchaba, tomó su móvil. Sabía el código, siempre era el año de nacimiento de Clara. Abrió el WhatsApp. Buscó la conversación con Isabel.
Leyó rápido, lo justo para hacerse una idea. Bastaron cinco minutos. Comenzó en julio. Tres meses. Cuando pintaban el cuarto, cuando Clara empezaba el cole, mientras ella fue a cumpleaños de su madre en Salamanca y Javier se excusó con trabajo, y ella, por supuesto, lo creyó.
Dejó el móvil y volvió a la cocina. Encendió el fuego, empezó a cortar cebolla para el cocido. De manera metódica, en cuadritos.
Javier salió de la ducha, con la toalla, asomó a la cocina.
¿Cocido? Qué bien, tengo hambre.
En media hora estará dijo ella.
Su voz era estable. La cebolla quedaba perfecta. Todo, en su sitio.
Aquella noche, decidió que habría cena.
No enseguida. No al día siguiente. Le hacía falta preparar el terreno. No por venganza, no pensaba en venganza. Lo que deseaba era verles a los dos juntos, en su casa, en su mesa, y decir lo que tenía que decir. Sin gritar, sin histeria. Había aprendido que del grito sólo queda lo peor para quien grita, y ellos se van y luego se justifican entre sí.
Llamó a Isabel el viernes por la tarde.
Isa, oye, sobre lo del sábado. ¿Te acuerdas que querías quedar?
¡Claro! ¿Entonces sí podéis?
He pensado que vengas a casa. Haré una buena comida, hace mucho que no lo hacemos. Estará Javier también.
Corta pausa. A penas un segundo.
Estupendo. ¿A qué hora?
A las siete. ¿Vendrás?
Sí. ¿Llevo algo?
No, nada.
Colgó. Fue hasta el salón, donde Javier veía la televisión.
He invitado a Isabel el sábado. Vamos a cenar como Dios manda, hace meses que no.
Javier giró la cabeza. Algo se asomó en su cara, fugaz.
Bien dijo. Buena idea.
Eso pienso contestó María, volviendo a la cocina.
Sabía que en cuanto pudiera, él le escribiría a Isabel. Pactarían cómo actuar. Jugarían a ser los de siempre. No le preocupaba. Tampoco pensaba montar escena. Clara iría con la abuela, lo tenía ya arreglado. La cena sería tranquila.
Toda la semana pensó en el menú. Era importante. No por impresionar, sino porque cocinar la ayudaba a pensar. Decidió preparar pollo al horno con romero y patatas, ensalada de rúcula y pera que a Isabel tanto le gustaba y una tarta de manzana, su especialidad. Que todo quedara bien. La mesa arreglada con esmero.
El sábado dejó a Clara con la abuela hacia las dos. La madre, como de costumbre, sacó el tema: ese aspecto de cansancio, ¿está todo bien? María dijo que sí, que solo una mala noche. Besó a Clara, que ya se había evaporado frente a la tele, y se marchó.
La casa estaba en calma. Javier había salido temprano al mercado. Volvió a las tres, cargado de bolsas. Trajo vino, uno de buenos, lo vio de inmediato.
Para la cena dijo. Espero que no te moleste.
Me parece perfecto.
Él andaba más rápido de lo habitual. Consultaba el móvil dos veces en la cocina. Al final se sentó a fingir leer el periódico.
María cocinaba. Lavó el pollo, preparó las especias, cortó las patatas, hizo la vinagreta. El olor a romero y ajo llenó el piso. Abrió la ventana: el aire traía frío y otoño.
A las seis puso la mesa. Tres platos, tres copas. No encendió velas eso ya le habría parecido una crueldad, y no era su idea. Solo mantel limpio, vajilla decente, un jarrón con flores que compró el viernes.
A las siete en punto, llamaron a la puerta.
Isabel lucía un abrigo azul marino nuevo, peinado impecable, perfume reconocible, el mismo de siempre. Traía bombones en caja, aunque María le insistió que no hacía falta.
Qué bonito tienes todo, Mari dijo Isabel, nada más entrar. Y cómo huele
Pasa, me alegro de verte respondió María, y era verdad. Horriblemente cierto, pero verdad. Sí, tenía ganas de verla.
Javier salió del salón. Se saludaron con dos besos, con la naturalidad de viejos conocidos. Sabían fingir, eso ya no podía negarlo.
Se sentaron.
Las primeras conversaciones fueron triviales. Isabel habló de un nuevo proyecto en Chamberí, sus clientes excéntricos. Javier respondió con historias de clientes suyos. María escuchaba, servía el vino, participaba poco.
Cayó la noche, encendió la luz ceñida sobre la mesa. El ambiente era cálido, reconfortante, y por eso mismo le dolía.
Esperó a que todos tuvieran la segunda copa servida. Cuando Isabel se sirvió la ensalada, María habló, con calma, directo.
Quiero deciros algo. Los dos, por favor.
Ambos la miraron. Isabel, con el tenedor en el aire; Javier, con la copa a medio camino.
Sé lo vuestro. Desde julio. Javier, he leído los mensajes. Sé lo que necesito saber.
Silencio. Se oían los relojes de la cocina.
Javier habló primero, la voz extrañamente disminuida.
María
Espera interrumpió ella. No estoy aquí para gritar. Solo para ponerlo en común, porque ambos debéis escucharlo. Lo sé. Eso es todo.
Miró a Isabel. Esta miraba el mantel, sonrojada y apretando el tenedor.
Isa, has estado en mi casa cientos de veces. Sabías de mí, de nosotros, todo. Cuando estaba mal, pasabas noches aquí. Cuando nació Clara, tú esperabas fuera del hospital. No lo digo para que te dé vergüenza. Solo para que recuerdes que no lo olvido.
Isabel alzó los ojos, húmedos y perdidos.
Mari, yo
No ahora, Isa.
Entonces se giró hacia su marido.
Javier. Doce años juntos. No voy a repasar lo que falló, ni cuándo decidiste que podías permitirte esto. Es un tema largo y hoy no toca. Hoy solo quería sentarme, decíroslo delante, porque pensabais que no sabía nada. Pero sí lo sé. Y eso marca una diferencia.
Javier dejó la copa, cuidadosamente.
María, es más complicado
Ya, hablaremos. Pero no hoy.
Se levantó. Acabó su copa de vino.
Hoy os pediría que cenéis el pollo, me quedó bien. Luego iros los dos. Clara duerme con la abuela, ella lo sabe. Yo tengo cosas pendientes.
Nadie se movía.
Javier la miraba con una expresión imposible de identificar: ni culpa, más bien perplejidad ante la ausencia de escándalo.
Isabel susurró, rompiéndose:
María, perdóname.
Ella la miró. Conocía esa cara desde quince años. Las lágrimas sobre el rímel, el perfume que ella misma le recomendó.
No lo sé, Isa. Tal vez algún día. Pero no ahora.
Salió de la estancia. Fue al dormitorio, cerró la puerta. Se sentó sobre la cama. Alcanzó a escuchar el murmullo, los pasos, el portazo. Una vez, luego otra.
Quedó en silencio.
Sintió el olor del pollo con romero, una pizca del perfume de Isabel, que se desvanecía. Sobre la mesa tres platos, uno intacto.
No recordaba cuánto tiempo estuvo allí. Se levantó, recogió, guardó el resto del pollo en papel de aluminio, lavó. Limpió la mesa.
Se sentó en mitad de la cocina, ya limpia.
Ya está. Un final tan pequeño para algo tan enorme. Doce años, la mejor amiga, una vida, y todo acababa en una mesa limpia y olor a jabón.
Llamó a su madre.
Mamá, ¿puede quedarse Clara hasta el domingo?
Por supuesto, hija, ya duerme. ¿Ha pasado algo?
Sí, pero te cuento después. No ahora.
Acerquémonos, que no me he dormido.
No, madre. Prefiero estar en casa. Lo necesito.
Su madre no insistió. Siempre supo cuándo no debía hacerlo.
¿Estás comiendo bien?
Hoy me salió genial el pollo.
Pues ya está, hija respondió su madre. Y ese ya está fue lo más hiriente de toda la noche.
María colgó y lloró. Sin cuarto de baño, ni grifos abiertos, sentada en la cocina lloraba sin intentar contenerse. Lloró un buen rato. Luego se sonó, se lavó la cara en el fregadero.
Fuera, Madrid, las luces, noviembre, un sábado cualquiera. En algún rincón estarían Javier e Isabel, tal vez hablando en la acera o en el coche. Lo que se dijeran ya no importaba.
No pensaba en el futuro. Bastante tenía con haber llegado a esa noche sin romperse. Había dicho exactamente lo que quería.
Javier volvió de madrugada.
Ella no dormía, escuchó cómo entraba, se descalzaba, iba a la cocina, bebía agua. Permaneció de pie ante la puerta.
Abrió despacio:
No duermes afirmó.
No.
Se sentó en su lado de la cama. Guardó silencio.
María, no sé cómo empezar.
Entonces no empieces hoy. Acuéstate. Mañana hablaremos.
¿No quieres…?
Javier. Es de noche y estoy cansada. Mañana.
Se tumbó. No se tocaron. Eran como dos extraños, arrojados al mismo lecho por azar.
Por la mañana ella se levantó pronto. Mientras Javier dormía, preparó una pequeña maleta. No para marcharse del todo, solo lo esencial. El DNI, la tarjeta de crédito, algo de ropa, una foto de Clara.
Dejó la maleta junto a la puerta.
Preparó café. Esperó a Javier.
Él vio la maleta y se detuvo.
¿Te vas?
A casa de mi madre. Con Clara. Necesito unos días sola. Luego hablaremos.
Él miraba la maleta, luego a ella.
Quiero explicarlo.
Te escucho.
Él calló. Ella bebió café, le observaba por encima de la taza.
No sé cómo pasó susurró. No lo planeé…
Nadie lo planea, Javier. Así no funciona.
¿Quieres divorciarte?
La palabra cayó entre los dos. Ella mantuvo la mirada.
No lo sé aún. Necesito tiempo para saber qué quiero. Pero quedarme aquí y fingir, no puedo. ¿Lo entiendes?
Él asintió, derrotado.
Clara…
Clara está bien. Lo estará. Esto es entre tú y yo. Me ocupare de ello.
Terminó el café. Dejó la taza en el fregadero. Tomó la maleta.
Te llamaré.
Y salió.
La escalera olía a madera viejuna y a desayuno de vecino. Bajó los peldaños contando, aunque ya los conocía, casi como si fuera su primera vez.
Salió a la calle.
El aire era húmedo y frío, las hojas mojadas sobre el asfalto, el barrendero las apartaba en montoncitos. El cielo, gris de noviembre, pero María se sintió aliviada, al aire libre, sin ocultarse.
Pensó en Clara, en sus broma y sus desayunos, en los pequeños problemas de niña. Alicia en la abuela no sabía nada, y eso estaba bien. Ella ya se las apañaría con todo lo demás.
Por el momento, solo podía caminar.
Simplemente avanzar.
Su madre la recibió sin interrogatorios. Abrió la puerta, vio la maleta, la cara, y comprendió todo.
Lávate la cara, te preparo un té.
Clara vino corriendo en calcetines.
¡Mamá! ¿Por qué has venido?
Te echaba de menos dijo ella, abrazándola fuerte, la nariz hundida en su pelo a niño dormilón.
¡Haces cosquillas! y se escapó, vuelta al dibujo animado.
María la vio marchar.
Fue a la cocina, donde su madre sacaba las tazas. Cocina diminuta, cortinas de florecillas, la misma de siempre, el frigorífico con imanes, uno feo hecho por Clara en la guardería. Todo tan familiar que casi volvió a llorar. No lo hizo.
Su madre puso la taza delante, se sentó.
¿Me lo contarás?
Sí. Solo déjame acostumbrarme.
Es por Javier, ¿verdad?
Sí.
Su madre asintió, sin comentario. Bebieron el té. De fondo, las risas de los dibujos animados y de Clara.
¿Puedo quedarme contigo una temporada?
Lo que quieras, hija. Tu cuarto siempre ha estado y estará.
Eso era lo esencial.
Después comenzó otra vida que no sabía nombrar. No era provisional, aunque lo pareciera. Ni enteramente nueva, aunque cada día lo fuera más. Era solo una vida, día tras día.
María y Javier hablaron a menudo. Conversaciones difíciles, sin gritos; se mantuvo en lo de no alzar la voz. Él decía que se sentía perdido, que no sabía cuándo ni cómo comenzó; que lamentaba lo de Clara; que no sabía lo que era lo correcto.
Ella escuchaba. Contestaba. No perdonaba, tampoco condenaba.
El asunto del divorcio tardó. Papeles, abogada, discusiones sobre el piso, sobre dónde viviría Clara. Cansado y feo, como toda partición de lo alguna vez compartido. Pero siguió adelante.
Isabel no llamó en semanas. Después mandó un escueto mensaje: Aquí estoy si me necesitas. María lo leyó y no contestó. No para castigar, sino porque todavía no encontraba la respuesta.
A finales de noviembre, fue a recoger a Clara al entrenamiento. Empezaba a nevar, esa nieve tímida que apenas cuaja. Clara salió de la piscina, levantó la cara, pilló un copo.
¡Nieve! ¡Mamá, mira!
María alzó la mirada. Los copos caían, y al contactar la piel se derretían.
Lo veo dijo.
¿Haremos muñeco de nieve?
Cuando cuaje, esta no basta.
¡Jo, mamá!
Anda, vámonos, que te enfrías.
Clara le agarró la mano con el guante, apretando fuerte. Caminaron así, y la nieve seguía cayendo bajo la luz naranja de las farolas. Hablaba sin parar de muñecos de nieve y de compañeros de clase.
María avanzaba, de la mano de su hija.
Dolía. Claro que dolía. Doce años no se evaporan en un noviembre. Pero también sentía otra cosa, como aire, un espacio donde podía andar y decidir.
No sabía si había hecho lo correcto. Mejor dicho: lo sabía, pero eso no lo hacía más fácil. La diferencia entre correcto y fácil la aprendió allí, en sus treinta y ocho años, bajo el primer copo.
Al poco, vio un anuncio de alquiler en Arganzuela: un piso pequeño, cuarto piso, ventanales a los árboles. Los propietarios, un matrimonio mayor, amables, sin fisgonear. Visitó el piso, recorrió las habitaciones, le agradó el silencio. La cocina era pequeña, pero luminosa. El cuarto de Clara tenía vistas a los árboles.
¿Lo alquilas?
Lo alquilo.
La mudanza se hizo en un día. Pedir ayuda a los vecinos de su madre, y no fallaron. Javier trajo las cosas de Clara, las dejó en silencio.
Buen piso dijo.
Sí.
En la puerta, antes de marcharse:
María. De verdad lo siento.
Ella le miró. A ese hombre con el que vivió tanto tiempo. Cansado. Un poco envejecido. Absolutamente normal.
Lo sé. Puedes irte, Javier.
Él se marchó.
María apoyó la espalda en la puerta un instante.
Luego fue a desempaquetar cajas.
Clara llegó por la tarde, corrió a inspeccionar su cuarto, las vistas a los árboles, anunció que usaría el alféizar a modo de mirador para observar los gatos del patio. María le dijo que tuviera cuidado, que era estrecho. Ella contestó que cabía de sobra. Se rieron.
Se rieron de verdad, espontáneas. Clara la miró divertida.
¿Qué te pasa, mamá?
Nada. Vamos a cenar, tengo empanadillas.
¡Empanadillas! y fue corriendo a la cocina.
María encendió la luz de la cocina, puso la olla. Sal, especias. Olía a piso ajeno, pero eso cambiaría pronto. Si uno cocina en casa, los olores se van.
El agua hirvió. Vertió las empanadillas.
Clara dibujaba mientras esperaba la cena. Mañana había tarea de plástica y se acordó justo ahora.
¿Mamá, seguro que haremos muñeco de nieve?
Seguro. Cuando caiga de verdad, iremos y lo haremos.
¿Me lo prometes?
Te lo prometo.
Ella asintió y siguió con su dibujo.
Tras la ventana la nieve ya era de verdad, blanca y densa, cubría árboles y cornisas, acallando la ciudad también un poco, haciéndola más amable.
María removía las empanadillas en el agua. No pensaba en nada concreto. Solo removía y escuchaba el murmuro de Clara, y miraba cómo la nieve caía.
No sabía lo que vendría después.
Sabía que, al día siguiente, madrugaría para preparar a Clara para el cole, pasaría por la panadería, llamaría a su madre por fin, quizá abriría más cajas del recibidor. O quizá no, no era grave.
El dolor persistiría, lo aceptaba. Aparece, sobre todo de noche, o de día, sin avisar: un perfume, una voz, una memoria que no se puede borrar porque fue real. Sabía que no sanaría pronto, ni lo esperaba.
Pero las empanadillas estaban listas. Clara ya estaba atenta de nuevo.
Ya voy dijo María.







