Se alquila mi piso

Se alquila mi piso

Isabel María Domínguez Romero, ahora de casada González, siempre pensó que lo peor de la vida es cuando lo bueno empieza de forma discreta, casi imperceptible, y luego termina también con la misma calma, pero de manera inevitable. Pasa con las plantas en el alféizar: tú las riegas, parece que están bien. Y un día, sin darte cuenta, ves las hojas amarillas y ya no hay forma de salvarlas.

Ese olor lo notó ya en la escalera.

Espeso, dulce, con un fondo empolvado que lo hacía inconfundible. Maderas de Oriente. Ese perfume que Isabel reconocería entre mil, porque era el mismo que impregnaba el aire de la casa de Olvido Fernández cada vez que iban a visitarla. Ese aroma se metía en la ropa, en el pelo, en los recuerdos.

Isabel se detuvo frente a su puerta con la llave en la mano.

Cuatro de la tarde. Salió antes del trabajo; Pilar Luengo, de contabilidad, le dijo que estaba muy pálida y la mandó a casa. Desde por la mañana tenía la cabeza apretada, como si alguien le estuviese girando un aro contra las sienes. Quería tomarse una pastilla, tumbarse y arroparse bajo una manta.

Pero el olor le contaba otra historia.

Abrió la puerta.

En el recibidor esperaban tres cajas de cartón de las grandes, de las que traen las neveras, con la marca FROST escrita en el lateral. Una ya estaba sellada con cinta, las otras dos, abiertas, contenían algo cubierto por periódico.

De la cocina llegaba el rumor de platos, el tintineo de la vajilla y un murmullo en voz baja.

***

Doña Olvido pronuncié, quedándome en el umbral. ¿Qué significa esto?

El movimiento cesó. Después, en la puerta de la cocina, apareció mi suegra. Una mujer corpulenta, de cincuenta y siete años, con el delantal puesto sobre un traje gris claro. El pelo recogido, las manos enguantadas en látex. Aspecto resuelto, casi solemne.

¡Isabelina! dijo Olvido con el tono que utilizan los sanitarios para dar malas noticias pero es por tu bien. Qué temprano… ¿No te encontrabas bien?

¿Qué está pasando aquí? pregunté sin moverme.

No te pongas así. Doña Olvido se quitó un guante, luego otro, y los puso cuidadosamente juntos. Lo hago por vosotros. Por ti y por Javi. Siéntate, te lo explico.

Prefiero estar de pie. Explique.

Olvido entornó los ojos un instante. Solía hacerlo cuando su decisión era inamovible. Jefa de enfermería en el centro de salud de Príncipe de Vergara. Veintitrés años de oficio. Estaba habituada a que su palabra fuese ley, no sugerencia.

Bueno, al menos pasa a la cocina, no te quedes en la puerta. Te preparo un té.

No hace falta el té. ¿Qué hay en las cajas?

Olvido suspiró, con la resignación del que está cansado de los caprichos ajenos.

La vajilla. Cazuelas, parte de las sartenes. Las copas de cristal las he envuelto aparte, con burbujas. No te preocupes. Los platos, de momento, se quedan, para los inquilinos.

Escuché esa frase. Entera. Para los inquilinos. Estaba de pie sintiendo cómo la palabra atravesaba mi pecho, colocando su peso en el centro del estómago.

¿Qué inquilinos? pregunté, manteniendo la voz firme.

He encontrado inquilinos respondió con una especie de orgullo. Un matrimonio joven, con un niño de cinco. Él es albañil, ella está en paro por maternidad. Gente seria. Les he hecho preguntas, ya está todo hablado. Entrarían el viernes.

¿El viernes? repetí. Eso es dentro de tres días.

Tres días, sí. Ya he acordado el adelanto. Pagan el primer y último mes por adelantado.

Isabel dejó el bolso sobre la consola. Se desabrochó la gabardina y la colgó en el perchero. Cada paso le costaba porque la cabeza no le dejaba pensar, y ahora también sentía frío en las manos, aunque la casa estaba cálida.

Doña Olvido dije al fin. ¿Ha hablado esto con Javier?

Por supuesto que sí. Lo hablamos juntos, ¿ya no lo recuerdas? Hace tres meses, cuando Javi se quedó sin extra. Lo propuse: alquilamos el piso, vivís en mi casa, ahorráis. Tiene todo el sentido.

No llegamos a un acuerdo negué con la cabeza. Dije que no estaba dispuesta.

Dijiste que lo pensarías matizó, sin perder la compostura.

No. Dije que no aceptaba. Javier pidió no discutir y me callé. Pero eso no es aceptar.

Mi suegra cruzó los brazos. Una postura conocida; así se quedaba cuando la decisión ya estaba tomada y los demás daban igual.

Isabel, eres una mujer con cabeza. Eres contable, sabes hacer números. Hagamos cuentas. ¿Cuánto os supone la hipoteca al mes?

Eso no es asunto suyo.

Isabel…

No. Le salió la voz calmada, sin alzarla. No es asunto suyo. Las finanzas de mi familia no son cosa suya.

El silencio en el recibidor solo quedaba roto por el rumor lejano de la calle, filtrado desde la ventana de la cocina. Abajo, en la calle Goya, pasaba el tranvía.

Por supuesto, puedes tener tu opinión dijo Olvido, y su voz adquirió ese tono metálico que normalmente suavizaba bajo una capa de afecto. Pero la familia no eres solo tú, es también Javi. Y él está de acuerdo.

Voy a llamar a Javier dije, sacando el móvil.

***

Javi cogió al tercer timbrazo. De fondo se oía el bullicio de taller, voces.

Isa, ¿qué pasa? Es pronto para ti.

Javi, tu madre está empaquetando nuestra casa. Ha encontrado inquilinos. Dice que entran el viernes.

Pausa. Un latido, dos.

Isa yo quería contártelo yo

¿Lo sabías?

Mamá me llamó anoche, me dijo que ya había gente. Pensé que hablaríais

Javi. Me apoyé en la pared. Lo sabías y no me dijiste nada. Vuelvo a casa y encuentro cajas selladas. ¿Entiendes lo que significa?

Isabel, sé que te molesta

Ven a casa.

Tengo reunión a las seis

Javier. La voz me salió baja y firme, como el agua de una presa. Ven ahora.

Él llegó a las cinco y media. Para entonces yo estaba en la cocina con una taza de té frío. Olvido se quedó en el salón, reorganizando las figuras de porcelana que había traído de Albacete el año anterior para dar ambiente.

Javier era alto, de pelo castaño claro, y últimamente llevaba esa mirada de disculpa constante. Era ingeniero de obra en una empresa cerca de Vallecas, iba en cercanías, llegaba agotado. Lo sabía, y se lo perdonaba muchas veces. Pero hoy no.

Isa empezó en la puerta.

Siéntate.

Se sentó, la taza en mis manos tembló un poco.

¿Me explicas por qué se decide sobre nuestro piso sin consultarme?

No se tomó ninguna decisión su voz buscó resquicio, como si hubiera una excusa. Mamá solo ha encontrado una opción. Pensé que lo hablaríais

Lo he hablado. Ella ya está empacando las cosas. ¿Eso es solo opción?

Isa, no entiendes la situación

Explícala.

He perdido la paga extra hace mes y medio. Desde entonces vamos justos. Hipoteca, gastos, comida. Tengo el préstamo del coche. No llegamos, Isa.

Era verdad, yo lo sabía. El dinero últimamente se contaba más. Pero no era insostenible. Yo tenía un empleo fijo en Gesconta, íbamos tirando.

Yo propuse recortar gastos. No ir a casa de tus tíos en Navidad, dejar el gimnasio un tiempo. ¿Recuerdas?

Sí.

Eso cubriría el agujero.

Mamá cree que no es suficiente.

¿Y tú?

Tardó en contestar. El silencio decía todo.

Javi me acerqué un poco.¿Sabes de quién es este piso?

Bueno, Isa

No. Te lo pregunto claro. ¿De quién es?

Está a tu nombre, pero somos familia

No está a mi nombre. Me lo regaló mi padre, tres meses antes de la boda. Es mío, por ley, por papel. Ni tú ni tu madre podéis alquilarlo sin mi permiso escrito. ¿Sabías que eso puede ir por lo penal?

Javier levantó la cabeza. Se notaba que no se le había ocurrido.

Isa, no vas a denunciarme

No es por la denuncia, Javi. Es que dejas que tu madre decida por lo que no es suyo. Y callas. ¿Por qué?

Pasos tras la pared. Olvido asomó a la cocina. Yo lo esperaba.

Javi, ya estás aquí. Bien. Explícale a Isabel que es lo correcto. Ella no ve el conjunto.

Mamá, espera un minuto

¿Esperar a qué? Los inquilinos quieren respuesta. Gente seria. Si decimos que no, buscarán otra cosa y perdemos el mejor trato.

Doña Olvido dije. Mi respuesta es no. No alquilo el piso. No nos vamos a su casa. Es definitivo.

Su mirada fue larga y profunda. Se giró hacia su hijo.

Javi, ¿lo has oído?

Mamá, quizá tenga razón

¿Javi? la voz de Olvido se volvió dura. Llevo tres días coordinando esto. Mañana lo ven. ¿Me dices que por su cabezonería tiramos todo?

No es cabezón murmuró Javier, es Isa, explícale tú

Me levanté, llevé la taza al fregadero. Luego me volví.

No habrá visita mañana dije. No entrarán el viernes. Y si los traes, les explicaré yo misma por qué no pueden vivir aquí. Buenas noches.

Me fui al dormitorio y cerré la puerta. Sin portazos.

***

La noche fue mala. Javier entró al dormitorio poco antes de las once. Dormimos en los extremos de la cama, sin tocarnos. Oía su respiración, regular, calma. O hacía que dormía. Yo no concilié el sueño. Pensé.

De pequeña, mi padre me decía: Isa, si quieres resolver algo, míralo desde lejos. De cerca asusta más.

Mi padre murió hace cuatro años. Me dejó este piso, no como bien, sino como refugio. Así lo entendí siempre. Sabía que soy hija única, que mi madre está en Cádiz, que necesito un ancla.

Ahora el ancla estaba guardado en cajas.

No, no estaba. Las cajas estaban, sí, pero el ancla no era la vajilla. El verdadero ancla eran los papeles, que seguían donde yo los dejé, en una carpeta azul en el mueble del salón. Nota simple. Donación. Firmado, sellado.

Sabía que Olvido traería mañana a los inquilinos. Tan fiable como que yo haría café por la mañana. No daba pasos en falso. Esa era su gran virtud, y su talón. No sabía recular.

Yo sí.

Pero solo cuando merecía la pena.

Aquí, no la tenía.

A mi lado, Javier se removió inquieto. Yo ni me giré. Así pasamos la noche. Dos personas con una historia de apenas un año, reforma hecha en el baño juntos, nuestro primer árbol de Navidad, dos llaves de la misma puerta.

Pensé que amar no es solo compañía cuando todo va bien. Amar es elegir. Y ahí estaba él, guardando silencio.

Eso dolía más que las cajas.

***

Por la mañana, me levanté a las siete, como siempre. Javier dormía. Hice café, lo tomé de pie junto a la ventana. Fuera caía una lluvia sucia, un marzo feo de Madrid: la nieve ya no es blanca, el suelo mojado, los árboles junto al metro son varillas negras.

Me dolía menos la cabeza. Eso estaba bien.

Abrí el mueble, saqué la carpeta azul. La puse sobre la mesa del comedor. Rebusqué: nota simple, sello azul. Escrito de donación de mi padre, notariado. Fecha: veintiocho de febrero de hace dos años. Titular: Domínguez Romero Isabel María. Todo en regla.

Guardé la carpeta en su sitio.

A las diez y media mi madre llamó desde Cádiz. No cogí a la primera. No por evitarla, sino porque tenía miedo a que se me notara la voz.

Hija, ¿cómo estás?

Bien, mamá.

No suenas bien

Todo en orden.

Pausa.

Javi me llamó anoche dijo. Que algo pasaba con tu suegra.

Cerré los ojos.

¿La llamó él?

Sí. Estaba nervioso. Dice que no sabe qué hacer.

Tiene que decidir de qué lado está.

Isabelita mamá dudó. Él no es mala persona. Solo ha estado toda la vida con ella. Es difícil cambiar.

Lo sé.

¿Tú aguantas?

Aguanto.

Si hace falta voy.

Sentí un nudo en la garganta. Tosí.

No hace falta, mamá. Yo puedo.

Bien. Recuerda: el piso es tuyo. Eso no se discute.

Lo sé.

Colgué. Javier apareció en el comedor a las diez, en silencio sirviéndose café. Yo estaba al lado de la ventana, con un libro que no leía.

Isa dijo él.

Dime.

Mamá vendrá sobre las doce con los inquilinos. Para enseñarles el piso.

Te oí ayer.

¿Podrías verlos? Hablar con ellos, quizá te caigan bien

Me aparté de la ventana.

¿Me estás pidiendo que acepte alquilar mi piso a desconocidos, en condiciones que ni se me consultaron?

Solo Mamá lo ha preparado todo.

Javi mi voz salió baja, sin enfado. ¿Te oyes? No tú lo preparaste, no lo acordamos, es mamá lo hizo. ¿Es suyo el piso? ¿Es su decisión?

Dejó la taza. Se frotó la frente.

No sé cómo hacerlo sin herirla.

¿Y a mí me puedes herir?

No contestó.

Volví a mi libro. No leía, solo necesitaba tener algo entre las manos.

***

Vinieron a las doce y media.

Escuché primero el telefonillo, luego la voz firme de Olvido en la portería, después el ascensor.

Javier estaba al fondo, mirando por la ventana del balcón. Yo en el sofá. La carpeta azul en el mueble.

Ding, ding, a la puerta.

Javier medio se levantó.

Tú, siéntate le dije.

Se quedó petrificado, mezcla de nervios, alivio, y algo más, ni él sabría, ¿culpa o gratitud?

Volvieron a llamar.

Me puse en pie, crucé el recibidor. Abrí.

Olvido entró la primera, con su mejor abrigo, el gris de botones grandes, el de los domingos. Detrás, una pareja joven, unos veintiocho o treinta, él con chaqueta, ella con un plumas rojo. El niño con gorro de ositos. Me miraba solemne.

Isa, cariño entró Olvido sin miramientos. Estos son Manuel y Sonia. Un matrimonio fantástico. Manuel en la obra, Sonia ahora cuida a Leo.

Buenas tardes dijo Sonia, algo cohibida. Perdón que vengamos así

No pasa nada. les respondí, neutra. Adelante.

Me aparté. El niño seguía su escrutinio silencioso.

¿Está Javi? preguntó Olvido a la nada.

En el salón.

Perfecto. Manuel, ven, te enseño el piso. El salón da a dos calles, muy luminoso. El metro, Goya, a dos minutos

Olvido desgranaba detalles como quien pasea su propio hogar. Las alturas, los enchufes, la cocina nueva. Fui tras ellos.

En el salón Javier aguardaba en pie. Saludó con la cabeza. Su incomodidad se respiraba. Evitaba mirarme.

Pues mirad dijo Olvido, veinte metros de sala, dieciocho de dormitorio. Cocina pequeña pero funcional. Horno nuevo, lo puso Isabel el año pasado

Manuel asentía, Sonia apretaba la mano de su hijo. Yo, junto al mueble.

Sobre el precio empezó Olvido, serán mil cien euros

Esperen mi voz sonó tranquila.

Abrí el mueble. Saqué la carpeta azul.

Todos me miraron.

Manuel, Sonia dije. Antes de decidir, quiero enseñaros algo.

Saqué dos papeles. Me acerqué. Extendí el primero.

Nota simple del registro de la propiedad, expedida hace una semana. ¿Veis titular?

Sonia leyó.

Domínguez Romero Isabel María.

Es mi nombre de soltera. Este soy yo. Saqué el segundo. Escritura de donación, hecha por mi padre dos años antes de la boda. Soy la única propietaria. Ni mi marido ni mi suegra tienen relación legal alguna con este piso.

Sonia pasó el documento a Manuel.

Isa intervino Olvido, esto no hace falta

Manuel no me giré hacia ella, para alquilar un piso en España hace falta la firma de la propietaria. Yo no he dado mi permiso, ni verbal ni por escrito. Si firmáis con otra persona, y entráis aquí, será ilegal. Avisados estáis.

Manuel oteaba papeles, luego mi rostro. Leo preguntó a Sonia en voz baja. Ella se inclinó.

No lo sabíamos musitó ella. Nos dijeron que la dueña estaba de acuerdo

La dueña está delante dije. Y no está de acuerdo.

Pasaron segundos de tensión.

Bueno tosió Manuel, entonces, disculpen las molestias.

Me devolvió los papeles. Los guardé.

¡Esperad! Olvido avanzó. Su tono cambió de sanitario a acorralada. Manuel, por favor, no os vayáis. Es un error, ahora os explico.

Doña Olvido intervino Javier.

Todos le miramos.

Desde la ventana, manos en los bolsillos. El rostro triste pero firme.

Mamá. Tienen razón. Se van.

Olvido le miró atónita.

¿Cómo?

Se van. El piso es de Isabel. Yo tendría que haberlo dicho antes.

El silencio se hizo denso.

Sonia cogió de la mano al niño. Manuel me hizo un gesto breve, digno. Salieron al recibidor. Sonó la puerta.

Quedamos tres.

***

Mi suegra le clavó la mirada a su hijo. Largo rato. Yo seguí con la carpeta en las manos.

Javi dijo, bajando mucho la voz, helada. ¿Sabes lo que acabas de hacer?

Lo sé, mamá.

¿Te pones de su parte contra mí?

Me sitúo en la verdad.

¿La verdad? pronunció, como quien saborea una palabra amarga. ¿O sea, yo miento?

En esto, sí.

Toda la vida dándote todo. Sola desde que tu padre se fue. Trabajando dobles turnos, sin lujos

Lo sé, mamá.

¡Eso! ¿Y lo sabes, pero haces esto? ¿Te parece justo? Solo quiero que estéis bien. He buscado, negociado, hecho todo esto

Sin consultar le interrumpió Javier. Sin preguntar a la dueña de la casa.

¿La dueña? se giró hacia mí. Eso soy ahora, ¿no? ¿Vosotros no sois matrimonio? ¿No es común todo?

Doña Olvido dije. Estoy dispuesta a hablar decisiones económicas con mi marido. Con él. No mediante imposiciones ni tomas de tus propias decisiones.

¿Imposiciones? alzando algo las manos. ¡Te ayudo!

Lo sé. Y le creo. Pero la ayuda no pedida es invasión.

¿Invasión? volvió hacia Javier. Ya lo anterior, solo a él. ¿Oyes? Esto piensa de mí. Que estorbo. Después de todo

Mamá.

No alzó una mano. Elige. O te quedas con la madre que te crió, o con la mujer que me llama invasora. Elige.

Yo ni me moví. Javier estaba en medio, en el salón de las cortinas que elegimos a la vez (sin ponernos de acuerdo, riéndonos), la estantería montada por él, algo torcida pero la dejamos así, y la foto de boda en el marco blanco.

Miró a su madre.

Me quedo dijo bajísimo.

Ella no entendía.

¿Qué?

Me quedo aquí, con Isa. Te quiero, de verdad. Pero esto no puede ser, mamá. No así.

¿No así?

No así. No puedes venir sin avisar, empaquetar lo que no es tuyo, cerrar acuerdos sin preguntar a la dueña. Tendría que haberte parado antes. Es culpa mía también.

Olvido se plantó recta, abrochó el abrigo, cogió el bolso.

Te arrepentirás murmuró. No como una amenaza, más bien como una profecía.

Puede ser respondió Javier. Pero esto es lo correcto.

Salió al recibidor. Yo ni pestañeé. El clic de la cerradura. Ahora sí, un portazo fuerte.

Y luego, silencio.

***

Nos quedamos en el salón. Javier al frente, yo junto al mueble. Carpeta aún en las manos. Una caja en la esquina, dos en el recibidor.

Fuera seguía lloviendo.

Dejé la carpeta en la estantería. Me senté en el sofá. Él dudó, luego vino y se sentó cerca, pero no demasiado.

Isa

Espera.

Nos quedamos callados. Yo miraba la estantería torcidita, él sus manos.

Debería haber dicho que no ayer rompió al fin. Cuando me llamó. Haber dicho: eso no es asunto tuyo. Y no lo hice.

¿Por qué?

Tardó.

No sé negarle nada. Nunca. Ya sabes cómo es. Si le dices que no, no se enfada, solo calla y mira como si la hubieras matado. Y yo de niño no podía con eso. Es más fácil decir que sí.

Lo sé dije bajito. Lo veo. Entiendo que no es sencillo. Pero ya no eres un niño.

Ya Y ahora no sé si lo he hecho bien. O sí, pero

Tu madre seguirá siéndolo. Siempre.

Ahora se enfadará mucho tiempo.

Probablemente.

Y dolerá.

Sí no quise consolarle. Lo más seguro.

Asintió, se frotó la frente.

¿Y ahora?

No sé le fui franca. Tenemos que hablar, pero no hoy. Sobre el dinero, cómo llegamos. Esa será otra conversación, pero estoy preparada.

¿Y mi madre?

Otra conversación, distinta.

Tardó.

¿Estás enfadada?

Tuve que pensar, no por buscar una respuesta correcta, sino por saber, en realidad, qué sentía en ese momento.

Estoy cansada dije. El enfado se me fue por la mañana. Ahora solo estoy agotada.

Isa, yo

Javi le corté. Hoy has hecho lo que debías. Solo hoy. ¿Lo entiendes?

Lo entendía, se le veía en los ojos.

Sí.

Eso está bien.

Volví a mirar la estantería, el marco blanco, la caja a medio embalar.

¿Desempaquetamos? pregunté.

Vamos.

***

Desempaquetamos en silencio, cada uno una caja. Isabel recolocaba cazuelas en su sitio, Javier sacó las copas de burbujas.

El aroma de Maderas de Oriente persistía, costaba que se fuera. Abrí el ventanal, el aire frío de marzo se metió en el salón.

El niño de orejitas seguro volvía ya a casa, mirando por la ventana del autobús, sin saber que había estado en medio de la vida ajena.

Pensé en lo que dijo mamá: Treinta años con ella no se cambia rápido. Cierto. Hoy Javier dijo no. Por primera vez. Eso no hace que todo cambie ya.

No significa que ahora todo fuera fácil.

Pero ahí estaba.

Coloqué la última cazuela. Doblaba papeles de periódico, al cubo.

¿Quieres café? me preguntó Javier.

Prepáralo.

Fue a la cocina. Yo cogí el marco blanco. Vi la foto: estábamos algo despistados, yo con un vestido que no era el que quería, él ya sin corbata. Sonrientes, de verdad.

Un año, ya.

Dejé la foto.

De la cocina llegaba el aroma de buen café, nuestro. Entré. Sirvió dos tazas. Nos sentamos.

Seguía lloviendo.

Bebimos en silencio. Era un silencio denso, pero no vacío. Había palabras aún por decir, mucho, lo sentía cerca, frío en las manos como por la mañana.

Pero ahora no hacían falta.

Ahora hacía falta el café. La ventana abierta. La estantería torcida en la sala.

Y la carpeta azul en su sitio.

***

Me gustaría pensar que lo más duro pasó. Sería un buen final, sí. Pero llevo cinco años en Gesconta y sé que los balances no siempre cuadran a la primera. Hay errores que llevan tiempo hasta encajar.

En la familia es igual.

Olvido llamará. Mañana quizá, o en una semana. No es de las que se van para siempre. Es de las que esperan a que vayas tú.

Javier sufrirá. Eso también lo sé.

Queda hablar del dinero, de la paga que perdió, la hipoteca. No ha desaparecido nada.

La charla está por delante. Larga, sincera, de las que aún no sabemos tener. Quizá hoy ha empezado algo.

No lo sé.

Javier terminó su taza.

Isa dijo.

Dime.

Me alegro de que no te fueras. Cuando decía tonterías. Que te quedaras y hicieras lo correcto.

No podía irme le dije sin adornos. Este es mi hogar.

Asintió.

El nuestro corrigió.

Tardé en responder.

Sí secamente. El nuestro.

Fuera, el viento amainó, la lluvia frenó. El cielo sobre la calle Goya era menos gris.

Apuré mi café frío. Porque había que seguir.

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