Un divorcio apresurado…
Desanimado, Andrés observaba a Rita mientras ella se preparaba para marcharse a casa. Se había acostumbrado a esas conversaciones íntimas con su atractiva compañera, que tenían lugar tras las seis de la tarde, cuando el resto de los empleados ya se había ido.
Durante toda la semana Margarita Clavijo se había quedado hasta tarde en la oficina. Casualmente, también Andrés prefería retrasar su regreso a casa. En realidad, no tenía nada urgente que hacer, sencillamente le costaba volver a su familia. Su hija Laia, adolescente, estaba de un humor imposible: siempre a la defensiva, a veces montando escenas y rechazando cualquier crítica.
Tampoco hablar con su esposa, Asunción, le producía ya ninguna alegría. Últimamente, ella vivía en un nerviosismo perpetuo, moviéndose de aquí para allá de forma frenética. Apenas entraba por la puerta, iba directa a la cocina: picaba verduras, cortaba carne, fregaba platos esos momentos eran temidos por Andrés. Parecía puro nervio, como si cualquier comentario pudiera hacerla estallar.
Bastaba con sugerirle que los tomates vinieran cortados más pequeños en la ensalada, para recibir una mirada de muerte que invitaba al silencio. Y quejarse abiertamente del suelo sucio podía equivaler a tentar a la suerte.
Asunción y Laia siempre discutían, se lanzaban reproches como dos gatas feroces. Si uno se atrevía a meterse en medio, corría el riesgo de salir bien magullado.
Una esposa explosiva, eso es pasión asegurada bromeó Víctor, el mejor amigo de Andrés, cuando éste le confesó lo tensa que estaba la atmósfera en su hogar. Seguro que por las noches tampoco te aburres…
Ojalá, pero no. Ya ni me acuerdo de la última vez, siempre tiene tiempo para el estrés y para discutir, pero en cuanto cae en la cama, se duerme como un tronco añadió Andrés, desganado.
Pues despiértala, ¡hombre! rió Víctor. Con las mujeres ya sabes, un poco de mimos, unos besos y como si el sueño no existiera.
La verdad es que ni me apetece confesó Andrés. Y es que Asun ha desmejorado mucho, ha engordado sin que me diera ni cuenta. Justo desde que entró en el nuevo trabajo… es como si se hubiera convertido en otra persona. Gruñe por todo, siempre tiene la mirada perdida. Y encima a Laia le ha dado fuerte la adolescencia. Lo ha pillado todo a la vez.
¿En el nuevo trabajo cobra mucho? preguntó Víctor, intrigado.
Nada, lo normal, supongo respondió Andrés, restándole importancia. Aunque desde que está allí, hemos empezado a amortizar la hipoteca antes de tiempo. En medio año más, liquidaremos el préstamo.
Eso es asintió el amigo. Solo estáis en una mala racha. Las deudas agobian, no hay sitio para el amor. Ya verás que al liberaros del banco todo volverá a su cauce.
Las charlas con Margarita Clavijo se convirtieron en el bálsamo de Andrés. Le ayudaba a resolver gestiones, conversaban de mil cosas, y disfrutaba de esas dos o tres horas después del trabajo.
Con Margarita todo era sencillo. Era afable, espontánea, vestía siempre con buen gusto y desprendía un aroma fascinante. Andrés se habría quedado toda la vida embriagado por la fragancia de sus perfumes.
Además, era una excelente conversadora. Y, al igual que él, criaba sola a su hija, Vera, que tenía la misma edad que Laia, lo que hacía que a menudo hablaran de sus hijas.
Las turbulencias de la adolescencia, Andrés decía Margarita con una sonrisa compasiva cuando él le contaba las peripecias de Laia. Mucha paciencia, cariño y atención. Pasará, te lo digo como experta.
¿Experta? Pero tu hija parece más tranquila…
Por ahora sí matizaba Margarita, pero siempre atenta Además, tengo una sobrina que les ha dado mil quebraderos de cabeza a sus padres con el dichoso cambio de etapa.
Al menos veo que no soy el único al que le cuesta aguantar berrinches, exigencias, enfados Era tan buena niña antes suspiraba Andrés.
La mía, por ahora, es un sol rio Margarita. Pero tampoco me lo creo mucho.
Las conversaciones fluían y a veces, buscando un papel, Andrés rozaba a Margarita con la mano. O ella, torpemente, se acercaba demasiado y sus manos se encontraban un instante. Era entonces cuando el suave perfume de Margarita le embriagaba aún más.
Se acostumbró a esos “encuentros” hasta el punto de estar deseando cada mañana la llegada de la tarde.
Sin embargo, para desilusión de Andrés, aquel día Margarita se puso el abrigo a las seis y se dispuso a irse a casa.
Rita, ¿te marchas? preguntó sorprendido.
Sí, hoy por fin me voy a mi hora contestó ella con una sonrisa. Ya he terminado, gracias a ti.
Si no es por ti, no habría podido con todo admitió agradecida.
Andrés se sintió descolocado. No esperaba sentir que se acababan las tardes especiales con ella.
Margarita vio la indecisión reflejada en su rostro y buscó las palabras adecuadas.
Andrés dijo suavemente, asegurándose de que nadie los escuchara, creo que deberíamos dejar de pasar tanto tiempo juntos.
¿Por qué, Rita? Si charlábamos tan a gusto
No me llames así le cortó de forma cariñosa pero firme. Sabes que nuestra relación ha ido más allá de la amistad.
Andrés se ruborizó. No habían traspasado límites claros, pero la intimidad de esas tardes sugería algo más. Un roce de manos le perturbaba mucho más que cualquier escena de una película de adultos. Incluso era más intenso que los escasos abrazos con Asunción.
Creí que te gustaba mi compañía susurró él.
Me gusta afirmó Margarita. Y sé conversar con quienes me caen bien. Pero lo nuestro sólo puede ser una amistad, nada de historias de pasión. No puedo permitírmelo contigo siendo casado.
Andrés comprendió que ella no cedería. Pero creyó notar que, de estar él libre, quizá la historia podía haber sido diferente.
A partir de aquel momento, mientras Margarita parecía haber dejado todo atrás, él no podía olvidar los encuentros robados del pasado. La distancia con Asunción aumentó y con ella la sensación de que era un estorbo para la mujer de su vida.
Las discusiones con su esposa eran frecuentes. Ya ni siquiera había intimidad, Andrés no deseaba ni siquiera hablar con ella. La comida que preparaba, pese a ser sabrosa, se le atragantaba.
Un día, Margarita pidió ayuda en la oficina: tenía que mudarse. Andrés se ofreció de inmediato, asegurando tener amigos con furgoneta, aunque era mentira. Estaba dispuesto a pagar lo que hiciera falta.
Ayudó a Margarita y a su hija a instalarse en un precioso piso de tres habitaciones, producto de un intercambio familiar. El piso estaba recién renovado, amplio y luminoso.
Es precioso la felicitó Andrés. ¿Vais a vivir solas aquí?
Sí, con mi hija. Sobra espacio bromeó Margarita.
Puede que sobre, incluso para alguien más sugirió Andrés, sonrojado.
Margarita captó inmediatamente el mensaje.
Andrés, pongamos las cosas claras contestó seria. Eres encantador, pero eres un hombre casado. Amistad y trabajo sí, pero ni una insinuación más. Si no, corto nuestra relación definitivamente.
Solo una pregunta, ¿y si yo estuviese libre? preguntó Andrés.
Eso no es posible. Eres un hombre casado y no hay más que decir replicó ella, desviando por un momento la mirada.
Ese gesto, y la debilidad de su mirada, encendieron la esperanza de Andrés. Se atrevió a acercarse y besarla. Por un instante, Margarita pareció corresponderle, pero acto seguido lo apartó con delicadeza y lágrimas en los ojos.
No juegues conmigo, Andrés dijo con dolor. Sí, siento algo por ti, pero me lo he prohibido. Vuelve con tu mujer, no quiero saber nada más.
Aunque Margarita se mostró tajante, Andrés sintió un renacer de energías: Margarita le deseaba. Lo único que se interponía era su matrimonio.
Volveré, y pronto aseguró convencido, despidiéndose.
Aquella noche en casa, la discusión con Asunción fue inevitable. Ella lo recibió en pie de guerra, y él no tenía el ánimo para soportar más.
Nunca estás en casa recriminó Asunción. Y cuando vienes, solo te sientas a cenar o a mirar el móvil. Ni te ocupas de nuestra hija.
Si no tiene sentido seguir juntos, divorciémonos soltó Andrés, sin filtro.
Las palabras fueron creciendo y terminaron en un fuerte enfrentamiento. Laia, al borde del llanto, irrumpió en la sala suplicando que dejaran de pelear. Asunción intentó calmarla, pero a Andrés ya no le interesaba escuchar.
Al día siguiente, Andrés volvió a hablar de divorcio. Lleno de ansias por ser libre para Margarita, estaba dispuesto a conceder lo que hiciera falta. Asunción, entre lágrimas, intentó frenarlo.
Por favor, Andrés, tenemos una mala racha. No te vayas. Yo he dejado de cuidarte como antes, lo sé, pero pasará.
No sé quién tiene la culpa, pero ya no quiero seguir contigo. Hay otra mujer confesó.
Inmune al llanto de ella, Andrés solo deseaba marcharse para contárselo a Margarita. Anunció que pasaría la pensión alimenticia desde el siguiente mes.
Sabes que Laia y yo nos quedamos aquí murmuró Asunción, pero la hipoteca aún no está pagada. ¿Qué hacemos con eso?
El piso es para vosotras, pero el coche me lo llevo decidió Andrés.
A condición de que me traspases toda la propiedad y yo asumo la hipoteca aceptó ella, repentinamente fría. Había conseguido un préstamo ventajoso a través de la empresa.
Quizá en otro momento Andrés habría calculado mejor, pero solo quería ser libre para irse con Margarita. Acordaron el reparto para firmarlo antes de terminar el divorcio.
“Asun está hecha de otra pasta”, pensó él mientras veían al abogado. Ella fue resolutiva, casi profesional, porque entendía que lo esencial era dar cobijo a su hija.
El divorcio llegó sin drama. Asunción, ya más calmada, aceptó y no puso ninguna traba.
Durante aquel tiempo, Andrés vivió con sus padres. Ellos, sobre todo su madre, no podían creer que se hubiese separado de Asunción, a quien tenían mucho cariño. Pero no hicieron preguntas, entendían que su hijo tenía que aprender de sus propios errores.
En la oficina, Andrés mantenía la distancia con Margarita. Sabía que hasta que no estuviera oficialmente separado, ella no le dedicaría ni una sonrisa de más.
Ese cambio de actitud, paradójicamente, hizo que Margarita se interesara más, aunque no daba señales y mantenía las distancias.
Por fin, el día que firmó el fin de su matrimonio, fue hasta la oficina de Margarita después del trabajo.
Ya no hay nada que impedir nuestra felicidad dijo, acompañándola hasta el coche. Mira, aquí está la sentencia.
Margarita abrió los ojos impresionada. ¿Andrés había roto su matrimonio por ella? Él negó con la cabeza.
Eso terminó hace tiempo, explicó pero he tardado en admitirlo. Fue encontrarte a ti lo que me empujó a hacer lo que debía.
Es todo tan repentino titubeó ella. Yo no sé si estoy lista.
No hay prisa, podemos empezar con una cena.
De acuerdo sonrió Margarita. Vera está con su abuela, así que acepto.
La cita fluyó con calidez y dulzura. Andrés confesó que perder la cabeza por Margarita le hizo darse cuenta de que debía luchar por su felicidad.
Me costó mucho tiempo aceptar mis sentimientos susurró ella, con lágrimas asomando. No quería romper una familia por nada del mundo. Me aterraba darme cuenta de que
¿De qué? la animó Andrés.
Que pienso mucho en ti sonrió apurada.
Caminaron tras la cena y luego Andrés la llevó a casa. Se contuvo de acelerar las cosas, aunque se sentía irremediablemente atraído.
Casi a diario la invitaba a cenar o ir al cine, pero Margarita solía rehusar.
Ahora mi hija necesita toda mi atención, lo entiendes, ¿verdad? explicaba. No quiero perder su confianza.
¿Crees que podríamos vivir juntos alguna vez? preguntó Andrés tímidamente.
No lo sé, Andrés. Mi hija ha crecido siempre conmigo, no sé cómo llevaría tu presencia.
Lo entiendo. ¿Por qué no salimos los tres este fin de semana? propuso él. Hay una película juvenil que seguro os gusta.
Margarita accedió. Estaba nerviosa, pero Vera se comportó encantadora, muy educada. Andrés envidió a Margarita por la buena relación con su hija, y se guardó sus comparaciones para él.
Pasaron juntos varios fines de semana. Finalmente, Margarita dijo que podrían intentarlo todos juntos.
Aún tengo dudas, Andrés. Sé paciente con mi hija. No está acostumbrada a compartir su casa.
Puedes confiar prometió Andrés.
Qué feliz se sintió mudándose por fin con ellas. El piso era luminoso, acogedor, olía al perfume de Margarita y tenía ese orden que tanto echaba de menos.
Andrés, no olvides que dentro de poco nos vamos de vacaciones, Vera y yo, dos semanas fuera le recordó Margarita.
Lo sé, pero pensaba si podríamos ir los tres, nuestro primer viaje
No, Andrés. Vera y yo tenemos nuestro tiempo juntas, como cada año desde que era pequeña.
Vale asintió él, abrumado.
La ausencia de Margarita se le hizo eterna. Esperó ansioso su regreso, pensando que lo recibiría con entusiasmo.
Pero cuando ellas regresaron, el piso estaba sucio, y Margarita se enfadó mucho.
¿Por qué está así de sucio? ¡Cuando nos fuimos todo estaba impoluto!
No has estado aquí, ¿quién iba a limpiar? Que lo haga Vera, mientras nosotros…
¡Ni lo sueñes! interrumpió Margarita indignada. Mi hija no tiene que recoger por un hombre adulto.
Andrés sintió el bofetón. Se dio cuenta de que Margarita nunca cocinaba guisos ni cenas elaboradas como Asunción, algo a lo que él estaba acostumbrado, aunque ultimamente ni lo valoraba. Esperaba que Margarita le sorprendiera con platos deliciosos, pero ella pensaba de otro modo.
Esa noche, la primera gran discusión.
Vas a dormir en el sofá anunció fría.
Pues me voy de casa contestó él.
Genial finiquitó ella, distraída con su móvil.
Andrés pensó que lo llamaría al salir, pero no fue así. Ni ese día ni el siguiente. El lunes decidió llamarla.
¿Puedo pasar a buscarte para ir juntos a la oficina?
No, iré sola.
¿No quieres que vuelva a casa? insistió indignado.
Margarita suspiró.
Es que no quiero que vuelvas, Andrés. Estos días he estado mucho mejor. Por favor, recoge tus cosas cuanto antes.
Andrés intentó convencerla, prometió cambiar, juró amor eterno, pero Margarita fue tajante:
Tienes que aprender a vivir sin mí.
***
Andrés recogió con parsimonia sus cosas, esperando que Margarita cambiara de opinión. Pero nada cambió. Estaba claro que ella solo deseaba verle fuera.
Lo siento, Andrés. Lo nuestro no era amor, era solo una ilusión. Estoy mejor sola dijo al despedirse.
El corazón de Andrés se rompió. Cargó sus maletas en el coche y no tenía fuerzas para volver a casa de sus padres.
Sin darse cuenta, fue a parar a las cercanías del piso que había compartido con Asunción y Laia. Desde fuera vio la luz encendida. Siguió un impulso y llamó al timbre.
No esperaba verte dijo Asunción al abrir. Pasa, ¿quieres té?
La casa olía de maravilla, todo limpio y recogido. Asunción había redecorado el piso, dándole un aire cálido y nuevo.
¿Qué miras? preguntó divertida. ¿Te apetece un guiso?
Claro respondió él, apurado.
Asunción sonrió y le sirvió un buen plato. Observó divertida cómo Andrés devoraba la comida. Él apenas la miraba, pero notó lo bien que le sentaba su nueva imagen. Incluso parecía más delgada y menos fatigada.
¿Y Laia?
De excursión a Barcelona, con el instituto.
Andrés miró a su ex mujer, pensando si aún había alguna oportunidad. Pero antes de poder decir nada, Asunción lo cortó en seco:
No, Andrés. No lo he considerado ni lo haré. Empecé una nueva vida, y no hay hueco para ti en ella. Puedes venir a ver a Laia, pero olvídate de la reconciliación.
¿Sigues enfadada conmigo por haberte dejado? Estoy dispuesto a esperar lo que haga falta…
No hay nada que esperar, Andrés dijo con tristeza y serenidad. Pasé página. Ni Laia ni yo te hemos echado realmente de menos, salvo los mensajes del banco por la pensión.
Andrés disimuló las lágrimas. No quería parecer débil, pero le dolía escuchar aquello.
Al final se despidió y salió. Hasta último momento esperó que ella lo detuviera, pero no sucedió.
Bajó las escaleras, se metió en el coche y se quedó sentado, la frente apoyada en el volante, sin saber cómo seguir adelante.
Estaba solo. Y por primera vez entendió lo importante que es apreciar lo que se tiene antes de perderlo. El amor no siempre es refugio cuando se busca fuera, y a veces, al huir de nuestros problemas, acabamos más lejos aún de la verdadera felicidad.







