El Pirata

¡Lucía, tráeme el vaso! ¡Vaya, qué fastidio! ¡Vamos, muévete! Marina se sobresaltó y se volvió. ¿A quién le hablo? ¡Está soso!

El loro reposaba encaramado, erizado y deslucido, en su columpio dentro de la jaula, mirándola directa y profundamente. Sus plumas, antaño resplandecientes, habían perdido brillo y algunas zonas quedaban despobladas, grises y mustias. El copete amarillo, gloria de otros tiempos, yacía triste sobre su cabeza, lejos de aquel penacho orgulloso que solía enmarcar esos vivarachos ojillos.

Está sumido en la tristeza desde que se fue Pedro. Ya ni habla. Y eso que, Marina, solo contigo reacciona así. Curioso A mí ni palabra. Se infla y se queda callado mientras limpio, le echo el pienso y le cambio el agua. Antes era pura risa. Charlaba sin parar, era un loco del baño. Cuando Pedro ponía la palangana en mitad del salón, se zambullía encantado. Los loros hablan poco por alguna razón. Pedro me lo explicó, pero ya ves, se me fue de la memoria. Sin embargo, el Corsario era charlatán como él solo. Ahora, silencio. Doña Rosario se acercó a la jaula y desovilló el pañuelo grande que tenía al lado. No sé qué hacer con él. Propuse llevarlo a la guardería, al rincón de los animales, pero mis compañeras saltaron encendidas: Se va a poner a soltar tacos, y luego nos la lía con los padres… ¡Le tienen cariño! Tampoco me lo podía quedar: con mis gatos, dura dos telediarios. Así que, mira, vengo cada día a alimentarlo. No hay más remedio.

Marina se acercó y pasó el dedo suave por las rejas.

¿Pero es viejo?

¿Y quién lo sabe? Pedro lo trajo de uno de sus viajes… hará, ¿quince años? Yo ya ni recuerdo. Por aquel entonces solo éramos vecinos, no habíamos coincidido en serio aún… Y desde ahí, aquí lleva la criaturita. Quién sabe la edad que tenía cuando Pedro lo rescató. Viven muchos años, dicen. Pedro ya no está y el loro, mira… Doña Rosario sollozó un breve instante y Marina intuyó que las lágrimas regresaban.

Durante las dos horas que Marina llevaba en casa de Doña Rosario, la señora había oscilado entre el llanto y un retorcido humor digno de su locus lombardo loro. Al mirar a la mujer, Marina pensó que ambas, ella y el pájaro, reflejaban esa misma pérdida, esa soledad. Seguramente, Rosario realmente quería a su padre, y no solo convivió con él por huir de estar sola. Marina, sin embargo, sabía poco de ella y menos aún de ese padre al que llevaba casi dieciocho años sin ver, ¿o diecisiete? ¡Dieciocho! Su madre decía que la última vez que vino a verla tenía dos años. No volvieron a verse. Que él deseaba verla, que mandaba regalos por cada fecha y pagaba rigurosamente la pensión, lo descubrió solo el año anterior, cuando a su madre, Carmen, le dio por alivianar el alma:

La culpa fue mía, Marina. Me hizo daño, y yo quise vengarme así. No te dejé verle, te escondía, y luego me mudé lejos para no ponerme a tiro. Sabía que no nos perseguiría. Cuando caí en la cuenta ya era tarde. Él se casó, y nosotras… muy lejos. A esas alturas, imposible desandar el camino.

Pero, mamá, ¿qué te hizo para tanto enfado?

Marinera Ya sabes lo que dicen: Un amor en cada puerto. Eso yo no podía tolerarlo.

¿Y cómo lo supiste?

En los pueblos, la lengua se suelta fácilmente, hija. Me lo contaron, lo vi O eso creí. Ahora me doy cuenta de que no todo lo que se dice es cierto. Pero entonces ya estaba hecho

Marina sentía pena por ambos, madre y padre, pero sobre todo por no conocer a ese hombre que era su padre. Tras hablar con Carmen, intentó buscarle: escribió, fue al último domicilio, pero ya nada, todo vendido, sin rastro. Y justo cuando pensaba darlo por imposible, llegó la carta de Doña Rosario. Dos días después de arreglar sus asuntos en la facultad, tenía pasaje para Madrid, por si acaso no se despedía de él, por lo menos oír hablar de alguien que lo conoció.

Perdona que te escribiera tarde. Fue él quien no quiso. No le gustaba asustar a nadie. Decía que, si no ibas a recordarle sano, no quería que lo vieras enfermo. Sufría mucho al final, Marina. Los dolores no cesaban; acabó chillando junto al loro. Y ni los tapones aliviaban

¿Cómo era antes… de los últimos días?

Un hombre bueno, hija. Muy bueno. Estuve casada dos veces antes y nadie me cuidó como él. Atento hasta en los mínimos detalles. Si salía a comprar, él comprobaba que fuera bien abrigada Rompe a llorar. Le apasionaba la cocina. Pasteles, bizcochos Me hacía reír diciendo que pronto no pasaría por la puerta de tan golosa que era, y él respondía que así me quería más. Preparaba conservas para el invierno. Tengo el balcón repleto de tarros. Por más que le insistía, no paraba. ¿Quién iba a comer tanto? Él decía que regalara. Le hacía feliz Y tú le oías: ¡Está soso! Y ni siquiera insultaba de verdad: ni a Lucía, ni a mí, solo regañaba para no perder las formas, como decía él. Tenía una maestría para renegar sin repetir palabra pero nunca perdía los papeles con las mujeres. Solo si algo le sobresaltaba o dolía.

¿Puedo preguntarte algo?

Por supuesto. Pregunta lo que quieras. Entiendo tu curiosidad: no lo conociste. Él siempre lamentó que tu madre no dejara que os vierais. La respetó, pero luego se arrepintió de no haber insistido. No lo juzgues muy severamente, hija. Era sensible; por fuera muy echado para adelante, pero de corazón delicado. Le temía al rechazo, por eso no te buscó.

Quizá debería haberlo intentado. Marina sintió un pequeño escalofrío.

Llevas razón. Pero así era él. No le excuso, te cuento lo que viví.

Marina volvió a rozar la jaula. El Corsario la observaba con intensidad.

Qué curioso Para algunos, era buena persona, amaba al loro, pero conmigo ni una palabra.

¿Te da rabia? Doña Rosario se encorvó en su sillón, mirándola de abajo a arriba. No le critiques demasiado: cometió errores, debió luchar por verte. Yo misma nunca lo entendí, le pregunté mil veces, pero ya no hubo respuesta. Cuando enfermó, solo atinó a decir: demasiado tarde.

Mejor tarde que nunca. Marina negó con la cabeza. Pero ya para qué enfadarse, el tiempo no da marcha atrás. Así que, no pienso guardarle rencor.

¡Bien dicho! asintió Rosario. Me imagino dijo, con un titubeo esperanzado que él lo sabría. Que lo perdonaras le haría bien allá donde esté.

La mujer se levantó, abrió el cajón del aparador y depositó en las manos de Marina un pequeño estuche de terciopelo.

Esto es tuyo. Y los papeles del piso. Mañana al notario, hay que arreglarlo.

¿Todo eso? Pensé que era para ti.

¡Anda, niña! Tú eres su heredera y punto. ¿Quién si no? Todo bien en regla, para que no pierdas tiempo; ya bastante rápida va la vida.

Marina calló, lanzando una última mirada al Corsario, acurrucado como un trapo de plumas.

¿Y él?

El Corsario intentaré buscarle buen dueño. Alguien lo querrá.

¡No! decidida, abrió la jaula.

¡Cuidado! gimoteó Rosario, pero se calló al instante.

Marina acercó la mano al loro, que la aceptó con un tímido picoteo.

¿Te vienes conmigo? Sé que lo echas en falta, y yo no lo puedo reemplazar. No sé ni hacer conservas, pero aprenderé, te lo prometo. Me ayudarás, ¿verdad? Ven.

Sin cerrar la jaula, Corsario dudó, pero salió torpemente y cruzó la mesa hasta Marina.

¡Vaya! Nunca quiso salir conmigo. Rosario aplaudió. ¿Lo sentirá? ¡Y eso que es solo un pájaro!

¡Claro que sí! Marina acarició al ave. Hay que curarte un poquito. ¿Vale, Corsario?

¡Pastillas, Lucía! ¡Estás loca! Dame un dedal, un dedal. ¡Y un pepinillo, pepinillo!

Marina estalló en carcajadas.

Me lo quedo.

Arreglados los papeles y diciendo adiós a Rosario, Marina tomó el avión de vuelta a casa. Transportar al Corsario fue surrealista, pero todo colaba en aquel sueño extraño de regreso. Una jaula gigantesca, maleta, facturas y esa sensación de que el mundo era viento.

Vaya herencia, papá susurraba, arrastrando la jaula.

Carmen la esperaba, tensa.

¡Marina! ¡Por fin! ¿Eso qué es?

La herencia dijo, plantando la jaula y abrazando a su madre.

¿Estás bien?

Todo bien Marina se soltó el pelo, alborotando sus rizos. ¡Mamá, necesito clínica!

¿Estás enferma? Carmen se asustó.

No yo. El Corsario, un veterinario.

¡Menudo susto! Por animales Ni que tuviéramos.

Ahora sí. Este es el Corsario.

Levantó la cubierta de la jaula. El loro se irguió, escrutando a Carmen.

Está algo hecho polvo, hija.

¡Mírate tú! ¡Fastidio! ¡Soso! Corsario parloteaba.

La clínica apareció; los veterinarios, al cabo de la semana, ya le hacían descuentos a Marina entre carcajadas por las locuras del Corsario.

¡Jamás tuvimos cliente tan gracioso!

Y caro suspiraba Marina. ¡Corsario! Me sales por más euros que el presupuesto de un país pequeño. Anda, sana ya.

El loro la oía atento; el copete, antes mustio, ahora se alzaba como una corona.

¡Ave valiosa! ¡Muy lista! iba y venía por la percha.

¿Quién lo duda? Marina le cambiaba el agua fresca. ¿Te pongo barreño? ¿Baño?

¡Ni lo sueñes, mujer! ¡Nos conocemos poco aún! saltaba de la jaula al escritorio, iniciando sus exploraciones.

Entre tanto, Marina volvió a la universidad, su madre se ocupaba del loro. Al atardecer, Marina saludaba:

¡Hola, Corsario!

¡Esa eres tú! ¿Dónde te metes, fastidio? ¡Échame una gota! ¡Loro listo, bueno!

Carmen se horrorizaba oyéndolo soltar improperios, mientras Marina reía.

¿De qué te ríes?

¡Pero si es graciosísimo! No repite, ¡contesta! Pensé que los loros eran grabadoras, pero Corsario es otra cosa.

¡Ave lista! ¡Y valiosa! asentía Corsario.

A los meses, ya era otro: plumaje brillante, actitud arrogante. Los amigos de Marina le hacían fotos y pronto, hashtag mediante, su ave fue celebridad.

¡Corsario, eres tendencia!

¡Soy guapo! se acicalaba Corsario.

¡Ya lo creo! Marina se miraba al espejo. Ojalá tuviera yo tanta gracia y belleza; quizá Daniel sí me miraría…

¡Ay, mujeres! ¡Ave valiosa! Hay que amar.

Gracias… agitaba los rizos. ¿Cómo hago para que me note?

¡Cántale, cántale a Corsario!

Marina agarró la guitarra y, sentada en el suelo, empezó. Cantaba suave, como tanteando; luego, en el estribillo, la voz salió firme. Corsario, embobado, paró, el copete en alto, las alas abiertas.

¿Te gusta, bicho?

¡Fastidiooo! Corsario se agitó, sin encontrar palabras.

¡Tienes razón! Esto es lo que necesitaba.

Y funcionó. Daniel, el chico que le hacía latir el corazón, la miraba perplejo entre aplausos en la fiesta universitaria:

Cantas genial, ¿cómo acabaste en medicina?

Marina, cruzando los dedos bajo la falda, le sonrió.

Un año estuvieron tanteando el futuro. Era difícil. Daniel tenía ambición: hospitales grandes, quirófanos. Marina también. Ninguno quería ceder.

O familia, o carrera Corsario, ¿por qué las mujeres tienen que ceder siempre?

¡Hay que hacer conservas! ¡Llega el invierno! ¡Y mermelada! ¡La sal, escasa!

¡Ni tú! Marina le respondía al loro con resignación.

¡Mujeres! Corsario picoteaba. ¡Hay que amar, amar a la pajarita!

Eso no es amar, solo pensar en lo tuyo. Yo también quiero operar, ¡no pasarme la vida entre cazuelas!

Carmen prefería no entrar en discusiones. Su hija nunca tomaba decisiones a la ligera, siempre reflexionaba. Solo esperaba el momento en que venir a ella buscando consejo.

¿Mamá?

Carmen, de espaldas en la cocina, sonrió en secreto.

¿Qué pasa, cielo?

Tengo que hablar.

Café denso en taza pequeña, dados de turrón blando, y la mirada aguda de Carmen.

¿Qué ocurre?

Daniel me pidió matrimonio, mamá.

¿Y eso no es bueno?

Supongo.

¿Qué pasa?

Amor sí, pero, para casarme con él, tendría que renunciar a todo.

¿Por qué?

Quiere mudarse a Barcelona. Ya tiene puesto en clínica. ¡Es brillante!

¿Entonces?

No le gusta que trabaje. Marina empujaba la taza lejos.

¿Qué? Carmen tragó saliva.

Quiere que me quede en casa, con niños, mientras él es supercirujano y yo madre ejemplar. Así ve el futuro.

¿Y tú?

No estoy dispuesta a regalar mis años por cuidarle la gloria. Tampoco lo quiero perder, pero no puedo, mamá.

Carmen miró por la ventana, recordando su propia juventud. Casarse con un marino, renunciar a todo, muchos inviernos de soledad mientras él surcaba mares. Marina no era conformista: quiso estudiar, luchó, hasta rozar la matrícula que le abría la única facultad que tenía en mente. Carmen nunca olvidaría el día del ingreso: su hija en el suelo del pasillo, riendo y llorando a la vez.

¿Tú lo amas, Marina? preguntó Carmen, la voz cambiada.

Sí.

¿Y qué es amar para ti?

Marina pensó largo. El Corsario jugaba con una pelota. Carmen reía al contarlo por las noches.

¿Amar?… Finalmente, Marina se enderezó:

Pensé que era ponerle a otro por delante. Ahora ya no sé. ¿Si lo hago yo, borro mis sueños? ¿Si lo hace él, renuncia a los suyos?

Así parece.

¿Se puede todo? ¿Que todos ganen?

Yo no supe. Quizá tú puedas.

Siguieron hablando sin llegar a nada. El finde con los padres de Daniel llegaba ya.

Si no sabes qué hacer, haz una pausa; a veces ayuda. Nadie te presiona. Veamos cómo es la familia, y seguimos pensando, ¿sí?

Marina asintió. Corsario la recibió de morros; la metió en la jaula y cubrió con su gran pañuelo.

Buenas noches.

El domingo amaneció caótico: mercado, cocina, carreras… Marina agitaba las ollas, Carmen pelaba zanahorias, suspirando.

Tenéis una hija maravillosa, Carmen decía la madre de Daniel, Irene, sin que Carmen le creyera. Daniel siempre supo elegir. Esta casa, con lo cara que se va a poner Barcelona Pero, bueno, ayudaremos con gastos. Marina se quedará en casa mientras dura la baja y luego con los niños. ¿No le parece bien?

Sin duda. Carmen, bajando la mirada. No hará falta hipoteca; Marina heredó un piso en Barcelona. Allí pueden vivir.

¿Ah, sí? Irene sonrió, pero sus labios se fruncieron. Fantástico. ¿Y cómo fue eso?

De su padre. Sin misterio.

Pensé que era hija única de madre.

Nada de eso.

En el postre, Irene pidió conocer la habitación, charlaremos, Marina.

Revisó de arriba abajo los recuerdos de Marina, deteniéndose ante la jaula cubierta:

Qué dibujo más curioso.

Lo pintó mamá.

No lo habría dicho pensaba que era más terrenal.

Un graznido atroz interrumpió. Irene se sobresaltó.

¿Y eso?

El Corsario descubrió la jaula. Es mi loro.

El pájaro la escaneó con ojo tuerto. ¡Lucía! ¡Fastidio! ¡Tráeme el vaso!

Irene salió, espantada, mientras Corsario la despidió con una colección de palabrotas.

Al irse los padres de Daniel, Marina respiró.

Mamá, necesito respirar y fue a consolar a su loro.

¿Qué te traes entre alas?

¡Amar! ¡Hay que amar! picoteaba Corsario, junto a Marina rodeada de apuntes.

Amar…

Marina y Daniel rompieron una semana después. Un puesto en la clínica más puntera fue la gota final.

¿Prefieres eso a ser mi mujer? Daniel, furioso.

Eso y mil veces, solo si es elección mía.

Él se fue, Marina no lloró.

¿Alguien me dirá algún día qué es eso del amor?

Lo supo más tarde. Pasarían años y un paciente especial, Pablo, asomaría en su vida.

Me has salvado.

No, de allá aún no sé traer a nadie pero me encantaría.

Cuando Pablo apareció en casa con muletas, Corsario lo examinó y sentenció:

¡Ave valiosa! ¡Hay que amar!

Marina y su madre intercambiaron una sonrisa oculta.

Tiempo después, en la pregunta de Carmen, Marina ya no dudaría:

Ahora sí, mamá. Ahora lo sé.

La jaula acabó en la habitación de los mellizos. Ellos dormían con su arrullo.

¿No molesta de noche? preguntaban los amigos.

¡Ni una vez! No les enseñó nada malo creo que al final serán los niños quienes le enseñen a él. Porque tenemos un loro muy listo.

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