Querido diario:
Hoy he puesto en la mesa el gran plato de pato asado que he preparado con esmero, adornando todo con mi mejor vajilla. Me siento nerviosa e ilusionada, porque mis hijos llegan en cualquier momento, acompañados por sus esposas.
El pequeño, Jaime, se ha casado no hace mucho y la boda fue bastante sencilla. Así es como hacen las cosas los jóvenes de ahora, aunque en mis tiempos yo lo hubiera celebrado a lo grande. Mira que mi marido y yo nos casamos por lo civil, rápido, y las alianzas de oro solo pudimos comprarlas al año siguiente: dos aros finitos, pero llenos de significado. Yo soñaba con regalarle a los chicos una celebración en condiciones, pero ellos prefirieron hacerlo todo a su manera.
Pienso mucho en María, la mujer de Jaime. Es muy agradable, lista y le ha sentado bien a mi hijo, que hasta que la conoció no tenía muchas ambiciones. Gracias a ella, encontró un buen trabajo y parece cogerle el gusto a buscarse la vida. Hasta los treinta había vivido tan despreocupado y yo, como madre, ya me empezaba a inquietar. Pero todo se ha encauzado.
Si hay algo que me cuesta con María es su dedicación a cuidarse tanto: siempre de peluquería, de masajes, de manicura ¡Cuánto dinero se le irá en eso! Y yo, que siempre he creído que una mujer casada tiene que pensar primero en su familia. Me da miedo que cuando tengan niños, se gaste el dinero en el salón de belleza en vez de en unos buenos zapatos para Jaime.
Nunca he entendido ese tipo de vida. Cuando faltó mi marido y los chicos, aunque ya fueran adultos, aún necesitaban ayuda, yo he sido la última de la fila para pensar en mí. Así nos enseñaron.
Me sacó de mis pensamientos el timbre: ya estaban aquí. María entró radiante al salón, con el pelo impecable, las uñas perfectas y esa piel natural que solo sale de las manos de una buena esteticista.
¡María, qué guapa estás! exclamé sin poder evitar que se me escapara un tono de reproche. ¿El conjunto es nuevo?
Sí, lo compré ayer respondió con una sonrisa. En el trabajo nos dieron una buena paga extra.
Pues deberías ahorrar esas pagas no me pude callar. Las pagas extras, los ingresos de los trabajos aparte, todo eso, mejor guardarlo para una emergencia. Créeme, un día lo agradecerás.
María no contestó. Aprecia mi entrega a la familia, pero creo que no comparte mi filosofía. Piensa que los malos tiempos solo aparecen cuando uno vive esperándolos.
La velada fue agradable, aunque en un par de ocasiones intenté sacar a colación el tema de los gastos. Sentí que habían entendido mi indirecta.
Pero en el coche, de vuelta a casa, María le preguntó a Jaime:
¿Tu madre alguna vez ha ido a hacerse una manicura?
No sé Yo diría que no. Se cuida las manos en casa, nada más.
Me sentí extrañamente más vulnerable por esa pregunta. Hasta tuve que confesarlo: jamás. Siempre fue cuestión de mantener las manos limpias. Jamás pensé en lujos para mí.
Comparó mi vida con la de su madre, que, aunque el dinero en casa fuese justo, nunca dejó de permitirse un corte de pelo bonito, un vestido nuevo, o algún capricho para el teatro. Y ahí se encendió algo: ¿por qué yo no había hecho nunca lo mismo?
Un par de días después, María me propuso salir juntas, tomar un café y, de paso, pasar por un salón de belleza. Quiso invitarme a probar algún tratamiento, el que yo quisiera.
No hace falta, hija me excusé. Si tú tienes que ir, te espero en el vestíbulo.
Pero, ¿para qué esperar? Hazte aunque sea una manicura y un masaje de manos. Te lo mereces.
Casi a regañadientes accedí. María llamó al sitio de confianza y les explicó el caso.
Por favor, tratad a mi suegra como a una reina. Y si os pregunta por los precios, decidle que está todo pagado ya. Con un poco de suerte, tendréis una clienta fija.
Fui y salí otra mujer, relajada, oliendo a cremas buenas. Me invitaron a café, a té Las chicas eran encantadoras. Estaba preocupada por el dinero Dios mío, seguro que esto cuesta un dineral, pero la administradora, con disimulo, me sacó del apuro.
Hoy hay oferta: si vienes con una amiga, su tratamiento es gratis. Así que no hay que pagar nada.
Luego nos fuimos a una cafetería y, mientras tomaba mi capuchino, María me invitó a repetir aquellas salidas. Siempre hay descuentos, me dijo. Y le confesé que, para mi sorpresa, me había gustado mucho. Nunca pensé que podía ser algo tan agradable.
Tenías que haber probado antes, mamá me dijo.
¡Ay, hija! Antes los niños eran pequeños y tu suegro Dios lo tenga en su gloria vigilaba todos los gastos. Luego no encontraba el momento.
¡Pero ahora tienes motivos! Para acompañarme a mí, por lo menos.
Bueno de vez en cuando, podemos hacerlo.
Así fue como comencé a darme algunos caprichos, siempre de la mano de María, que fue, poco a poco, renovándome el armario y convenciéndome para salir a cenar, al teatro o al cine. Ella siempre me decía que costaba menos de lo que en realidad era.
En Nochevieja, incluso me regaló un abono anual al teatro. Mi hijo ya ni protestaba, y mis vecinas no paraban de decirme que parecía más joven.
Claro decía con timidez, es que la juventud tira de una.
Y ahora, aquí sentada, me doy cuenta de que, justo ahora, de mayor, parece que empiezo una nueva juventud. La mamá de dos hombres hechos y derechos, por fin, aprende a vivir para sí misma.






