¿Quién de vosotras, ahora mismo, podría decir que acepta ser mi esposa? Mañana partiremos a conocer a mis padres. Nos casaremos.
Aún guardo en la memoria aquel verano en el que Alfonso fue a pedir, de forma oficial, la bendición para su boda con la familia de su novia.
Fue Carmen quien le pidió que no llevara a nadie consigo, ni aceptara tonterías de costumbres antiguas como poner precio a la novia, porque su madre nunca soportó eso ni por un instante.
Conocía a Carmen desde hacía dos años. Entre risas y paseos ya habían decidido que, cuando Alfonso terminase sus estudios en la Academia Militar, irían juntos a su pueblo natal y allí celebrarían su boda.
A Carmen le habían ofrecido un puesto como maestra en Madrid tras terminar Magisterio. Mudarse de una pequeña ciudad a la capital era el sueño de su vida, pero el amor pudo más y eligió a Alfonso. Estaba dispuesta a seguirle hasta los confines del mundo si le hacía falta.
Carmen era hija única, y sus padres soñaban con un yerno educado, con futuro, capaz de ofrecerle una vida sin aprietos.
Nunca vieron en Alfonso al hombre ideal para Carmen; le parecía un muchacho rudo, de campo. Sin embargo, no le prohibieron nunca la amistad a su hija. Se irá pronto, cuando termine la academia, y lo olvidará, pensaban.
En casa de Carmen, Alfonso sólo fue recibido tres veces, y esas visitas bastaron para que sus padres le juzgaran.
Si alguna vez hubieran compartido con Alfonso lo que pensaban de él, quizá el pobre no lo habría soportado. Carmen, en vano, quiso convencerles de que Alfonso era mejor que cualquier pretendiente propuesto por ellos.
Alfonso tenía pocas ocasiones para volver durante los permisos y, cuando podía, Carmen y él se encontraban en casa de alguna amiga, en el cine o paseando bajo los árboles.
La noche anterior, Carmen habló con sus padres sobre su decisión, pero la conversación terminó en gritos, lágrimas y reproches.
Su madre, suspirando y tomando valeriana, lamentaba:
¿A dónde quieres irte, hija? ¿Verle sólo una vez al año? ¿Eso es vida? Vete a Madrid y más adelante, ya iremos nosotros contigo. ¿Para qué quieres a ese vago? Si apenas puede decir dos frases seguidas. ¿Qué vas a hacer con alguien así?
Por mucho que Carmen intentó razonar, sus padres se mantuvieron firmes. Finalmente, quedaron en posponerlo todo un año. Alfonso seguiría con su destino y Carmen, con su puesto en Madrid. Así pondrían a prueba su amor durante ese tiempo.
Alfonso caminaba aquel día alegre, con la esperanza brillando en la mirada, sonriente al imaginar su vida junto a la muchacha que amaba.
Sabía bien que los padres de Carmen no le aceptarían fácilmente, pero ella le juró que, si llegaba el caso, se atrevería a desobedecerles y seguir su propio camino.
Al llegar a la casa, Carmen le esperaba en el banco de piedra del parque. Alfonso se acercó, la abrazó y besó:
¿Vamos a pedir la bendición? Pero, ¿por qué estás triste? ¿Quién te ha hecho daño?
Espera, Alfonso le interrumpió Carmen apartándose. Debo explicártelo. Será mejor esperar un año, luego ya lo veremos. Mi madre no está bien del corazón y papá tampoco anda muy fuerte Sólo será un año, volará, y así mientras tú te estabilizas y yo te visitaré allí.
Carmen balbuceaba, buscaba excusas.
Carmen, ¿pero qué dices? Ya lo habíamos decidido. Son solo pretextos, tus padres no quieren. Lo entiendo Mira, vente conmigo ahora, ni entres en casa. Nos vamos al pueblo, después ya veremos insistió él, aún con esperanza.
No, Alfonso. Te lo digo por última vez: si me quieres, espera. Un año nada más…
No dijo Alfonso, cortando en seco, así no. Me voy.
Y Alfonso, que de por sí era hombre de pocas palabras, no encontró ninguna más. Se volvió y se marchó. Carmen ni le llamó, ni le retuvo.
Se separaron.
El caluroso día de verano se le tornó gris a Alfonso. Quiso huir, dejar atrás todo: a esa Carmen traicionera, a los progenitores duros de corazón, a esa casa y ese barrio, y esos dos años repletos de amor, dicha y dulces paseos compartidos.
Llamó a su amigo Rafael, con quien se alojaba. Rafael era compañero de la academia y en un mes ambos se incorporarían al ejército en el mismo destino.
Rafa, vente al bar junto a la estación.
La respuesta no tardó:
¿Pero cómo así? ¿No deberías estar con Carmen?
No habrá boda, ni habrá Carmen.
Alfonso, mejor hagamos otra cosa. Nada de bares. Ven a la residencia, cerca de mi casa; me han invitado a un cumpleaños. Ven conmigo.
De acuerdo, allá iré dijo Alfonso.
La residencia era del instituto de enfermería. Casi todas eran chicas. Apenas cuatro chicos. Rafael tenía una amiga allí pero lo suyo no era serio.
Las chicas amontonaron tres mesas y preparaban tortillas, empanadas y ensaladas.
La cumpleañera, una tal Paca, lucía bisutería barata, maquillaje chillón, y se paseaba lanzando miraditas a los muchachos recién llegados.
La amiga de Rafael la vigilaba, advirtiéndola con gestos que ese era su chico. Alfonso iba bebiendo copa tras copa. Rafael, prudente, le quitó la botella de delante:
No abuses, ¿eh? ¿Cómo te llevo luego? Y por cierto, me pediste que sacase tres billetes de autobús, ya los tengo.
En los ojos de Alfonso asomó una chispa.
¡Venga, sírveme otra! Tengo una idea. Brindaré y nos vamos dijo extendiendo su copa.
Alfonso se levantó, pidió silencio y, copa en alto, propuso:
¿Quién de vosotras, aquí y ahora, se ofrece a ser mi esposa? Mañana conoceréis a mis padres, nos casamos.
Todas se quedaron inmóviles. De pronto, desde el fondo de la mesa, una vocecilla sonó tímida:
Yo acepto.
Alfonso se lanzó hacia la joven. No la había reparado hasta ese momento. Ella, de ojos azules, se puso frente a él, parpadeando.
Sí pensó Alfonso, esos ojos no traicionan. Alargó la mano:
¿Cómo te llamas, desconocida?
Leonor contestó ella, dejando su pequeña mano en la de Alfonso.
Él sonrió y la pena que le oprimía el pecho desde hacía horas se deshizo de golpe, como manteca al sol.
Justo eso, esperanza, es lo que me falta ahora, pensó.
Se imaginó llegando con Leonor al pueblo, y escuchó a su madre decir: Bienvenida, Carmen. Y él, ufano: No, ahora es mi Leonor.
Prepárate Leonor, mañana nos vamos. Hasta mañana.
Alfonso y Rafael se marcharon juntos, y al poco las demás fueron a sus cuartos.
Al amanecer, Leonor se sentó en la cama. Miraba el cielo encendiendo de rosa el horizonte. Las golondrinas trinaban, se oía el murmullo de los barrenderos y el ronroneo de las primeras guaguas. La ciudad despertaba, pero ella ni siquiera había dormido.
Sin hacer ruido para no despertar a las demás, guardaba en la maleta sus cosas. Se sentó a esperar, convencida de que Alfonso volvería; ella lo sentía, lo sabía.
Estás loca le decían las compañeras. Dijo eso borracho y tú te lo has creído a pies juntillas. No sabes cómo son los hombres, y tú que no has tenido novio.
Deshaz la maleta y acuéstate, que empezaron las vacaciones.
Pero Leonor, testaruda, respondía bajito:
Da igual quién sea, él es bueno, vendrá, seguro. No me mentirá.
Paca se sentó a su lado, la tocó en el hombro:
Mira, Leonor, no sabemos quién es él. Rafael sí, es militar, pero este puede ser cualquiera. Te habló de ir a un pueblo igual es labriego, acabarás cuidando vacas. ¡Menuda historia te ha contado! rió Paca, con sarcasmo.
No me importa decía Leonor, convencida. Es bueno, y punto.
En ese instante llamaron a la puerta. Leonor corrió a abrir. Alfonso y Rafael entraron de golpe, tomaron la maleta, la ayudaron a salir de la residencia, dejando a las otras atónitas y sin palabras.
Epílogo:
Ya han pasado cincuenta años desde entonces. Una vez al año nos reunimos los antiguos compañeros en la aldea de uno de nosotros, para pasar la noche. Amigos de verdad, los de siempre.
La mayoría somos ya oficiales retirados. Este verano recordamos a Alfonso y a Carmen. Uno nos contó que Carmen se casó dos veces, sin suerte, y hoy vive sola en la vieja casa de sus padres, sin hijos.
Alfonso, en cambio, es coronel jubilado. Tres hijos, nietos, y su esposa Leonor, de belleza serena. Nos cuentan que han sido inmensamente felices.





