Un descarado ultimátum

¡Eres tú el culpable de todo! ¡Tú! ¡Tú! ¡Tú!

La voz de la mujer retumbaba sin disimulo por toda la calle de Madrid, estallando en un grito desgarrador que rozaba el límite del llanto. El rostro, congestionado por el dolor y la rabia, brillaba bajo los surcos húmedos de las lágrimas, que caían sin que ella se molestara en secarlas; toda su existencia se reducía a ese instante de furia desbordada. De repente, se lanzó hacia el chico con las manos temblorosas, como queriendo agarrarle por la chaqueta y zarandearle con todas sus fuerzas. Los dedos, crispados, se abrían y cerraban convulsos, y en los ojos asomaba una herida tan profunda que a Álvaro se le revolvió el estómago.

Con un movimiento ágil, Álvaro esquivó sus manos y, casi sin querer, se llevó un dedo a la sien, incrédulo ante semejante estallido de hostilidad. Dentro de él brotaba una mezcla de irritación e incredulidad: ¿cómo era posible que le culparan sólo a él?

Si no fuera por ti, mi hija estaría sana sollozó la mujer, y sus hombros se sacudieron en un violento espasmo. La voz, rota, a duras penas conseguía articular las palabras. ¡Tú le has destrozado la vida! ¡Tú!

Esa es sólo su opinión, señora cortó Álvaro, de repente frío como el mármol, con el gesto endurecido. Al fin comprendía quién estaba frente a él: la madre de Lucía. Y sin embargo, aquellas acusaciones le parecían profundamente injustas; la rabia le hervía en el pecho. Yo en ningún momento la obligué a nada. Todo fue porque ella quiso, ¿entiende? Lucía sólo pretendía llamar la atención, nada más. No le salió bien.

¡No te atrevas a hablar así de mi hija! ¡Eres tú el causante de todo! la mujer explotó de nuevo, lanzándose hacia él.

Esta vez, fue el hijo quien tuvo que sujetarla. Un joven alto, ojeroso, el rostro demacrado por noches sin dormir. Con firmeza, la apartó, guiándola a un lado de la acera, tratando de calmarla y alejarla del conflicto.

Mamá, basta, por favor dijo él, apretándole suavemente el brazo. Su voz era cansada, pero firme; había estado en esa situación otras veces y sabía cómo actuar. Vámonos. No merece la pena.

¡Tu hermana está en el hospital y ni siquiera te has enfrentado a este sinvergüenza! replicó la madre, luchando por soltarse. La voz le temblaba de desesperación, tan sincera que dolía oírla. ¡Por lo menos una buena paliza se merece! ¿Cómo puede haberle hecho esto a Lucía?

¿Y yo qué culpa tengo? masculló el hermano, apartando la mirada, con una amarga sonrisa. Parecía hastiado de aquel papel. Habría que haber criado mejor a Luci. Así nadie habría salido perdiendo.

En ese momento, una voz aguda, entre divertida y cotilla, cortó la tensión:

¿Qué ha pasado aquí? ¡Madre mía, qué interesante!

Álvaro se mordió la lengua. ¡Tenía que ser Paula quien presenciara el escándalo! La mayor chismosa de la facultad nadie escapaba a su radar, ni siquiera los profesores lo hacían. Era capaz de recordar anécdotas que todos preferían olvidar.

Paula estaba a dos pasos, con los ojos brillantes de interés y una sonrisa disimuladamente traviesa. Golpeaba rítmicamente la correa de su bolso, demostrando que no pensaba irse sin saberlo todo.

Venga, cuéntamelo, va se acercó, ladeando la cabeza, y la sonrisa se hizo más intensa Sabes que si no, me lo invento y mi imaginación vuela, tú ya me conoces.

Álvaro suspiró hondo, pasándose la mano por el cabello, lanzando una mirada cansada hacia madre e hijo, que seguían discutiendo en voz baja, apartados. Sabía que Paula no le soltaría tan fácilmente.

¿No vas a parar, verdad? preguntó, agotado, mirándola fijamente.

Paula negó, aún más interesada. Sus ojos brillaban, ansiosa por recopilar una historia más para su colección.

Vale, escucha accedió Álvaro, bajando el tono pero prométeme que no dirás nada. No quiero que esto circule por toda la Complutense. ¿De acuerdo?

~~~~~~~~~~~~~~

Todo empezó hace un par de semanas. Álvaro llevaba tiempo sintiendo que la relación con Lucía se había convertido en una cuerda floja. Cada día notaba más esa presión, una especie de abismo insaciable que sólo demandaba atención y más y más pruebas de cariño como si los gestos y las palabras nunca bastaran.

Se le habían agotado las fuerzas de escuchar reproches y dramas interminables. Si algo se salía del guión de Lucía, llegaba la tormenta: crisis de llanto, amenazas de que la vida no tenía sentido, incluso el amago constante de que acabaría con su vida. Al principio, Álvaro se preocupaba mucho, intentaba tranquilizarla, pero con el tiempo comprendió que solo era una forma de atarle. Sentía cómo iba perdiendo capacidad de compasión, cómo el cariño se le diluía hasta ser sólo rutina y hastío.

En los últimos tiempos, las amenazas se repetían día sí, día también. Lucía encontraba cualquier pretexto para montar una escena: que si Álvaro tardaba en responder un mensaje, que si miraba a otra, que si se iba a dormir sin decir te quiero. Y siempre terminaba detallando aterradores planes por si la abandonaba, con una precisión inquietante. Álvaro casi había memorizado los pasos: lágrimas, gritos, amenazas, súplicas de perdón y, finalmente, el silencio a la espera de su reacción. Estaba harto, cansado del ciclo y de vivir en vilo.

Hasta que una noche Lucía apareció sin avisar en la puerta de su piso en Lavapiés. Álvaro estaba delante del ordenador cuando los golpes y el timbre, insistentes, le hicieron asomarse. Ella estaba en el rellano, furiosa, seguramente tras leer su mensaje rompiendo la relación. Su cara ardía, los ojos fijos y húmedos, las manos temblando de emoción contenida.

¡Álvaro! ¡No puedes hacerme esto! gritaba, martilleando la puerta. La voz, desgarrada, le temblaba. ¡Como me dejes, hago una locura! ¡¿Quieres enterarte o no?!

Él, pegado al otro lado de la puerta, apretaba tanto los dientes que le dolía la mandíbula. La lucha interna era brutal por un lado, deseaba abrir, abrazarla y consolarla; por otro, su cabeza solo le advertía que, si le abría, el escándalo y el chantaje emocional durarían horas. Álvaro ya se sabía bien ese libreto.

Deberías pedir ayuda, Lucía respondió a través de la puerta, más áspero de lo que pretendía . No estás bien, de verdad. Yo no voy a cargar con tus locuras, ¿me oyes? Se acabó. Fin.

¡Álvaro, no! ¡No me puedes dejar así! chilló Lucía. De pura rabia, pegó un golpe a la puerta con el pie y al instante se quejó de dolor. Un susurro ahogado escapó de su garganta; se obligó a tomar aire e intentar serenarse. ¡Álvaro, por favor, ábreme! ¡Dame un minuto, solo uno!

En ese instante, los pasitos lentos de una vecina anciana subieron por la escalera. Caminaba apoyada en la barandilla, el moño cuidadosamente recogido, las gafas perchadas en la punta de la nariz. Su mirada, contundente, reflejaba la severidad de toda una vida.

Vete a casa, muchacha desaprobó la mujer, deteniéndose a cierta distancia . No es digno de una señorita mendigar a la puerta de un joven. ¿Dónde está tu educación?

¡Pues para eso no le he pedido opinión! disparó Lucía, levantando la barbilla en desafío. Pero las palabras de la anciana abrieron una fisura interna, un leve destello de vergüenza que intentó sofocar. Enderezó la espalda, forzó el gesto y soltó todavía alguna pulla antes de girarse decidida hacia la salida, pisando fuerte con los tacones. Las mejillas ardiendo, de rabia y de desamparo, por la mujer y por Álvaro, pero sobre todo, herida en su orgullo.

Mientras bajaba, las viejas fantasías regresaron a su imaginación: los dos frente al ayuntamiento de Madrid, ella de blanco, con el vestido de encaje que había estado mirando en el escaparate de Serrano. El anillo de compromiso justo como el de sus sueños, discreto pero brillante, el diamante lanzando destellos al sol

No va a ser tan fácil librarse de mí pensó, bajando apresurada . Ya verá lo seria que puedo llegar a ser.

Un par de horas más tarde, Álvaro tomó su taza de té frío en la cocina, intentando desconectar de todo, cuando la pantalla del móvil se iluminó con un mensaje de Lucía. Lo primero que pensó fue en borrarlo, pero no leyó. Lucía le decía que no podía más, pero insistiendo en que no le culpaba. Siguió un largo texto de amor, de súplicas y repeticiones exclamativas; un correo casi febril. Álvaro sabía que Lucía no bebía, así que era puro estado de nervios.

Al final, le pedía que fuera a verla, que no aguantaba estar sola. Álvaro leyó el mensaje de nuevo, suspiró y, tras varios segundos, se fue al listado de contactos y localizó el número de la madre de Lucía. Le explicó la situación y le reenvié los mensajes más preocupantes. Al poco, la mujer contestó alarmada, prometiendo ir de inmediato.

Con la conciencia tranquila y el móvil apagado, Álvaro se sumergió de nuevo en los apuntes de la universidad. El examen de Historia Moderna no perdonaba, y necesitaba cada minuto de concentración. Las horas volaron, sólo se detuvo al caer la noche. Encendió de nuevo el teléfono: docenas de mensajes perdidos, casi todos de la madre de Lucía.

Tembloroso, abrió el primero: Lucía está en el hospital. Llegamos a tiempo. No está fuera de peligro pero se va a quedar.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Lucía se lo había tomado en serio. Revivió la imagen de la última vez que la vio entre lágrimas, suplicando tras la puerta; los ojos, cada vez más perdidos. Álvaro apretó los puños, intentando recuperar el control.

El móvil vibró de nuevo un mensaje aún más brutal: ¡Eres tú el culpable! ¡Por tu culpa hizo esto!. Álvaro casi dobló el teléfono en sus manos por la rabia y la impotencia.

Marcó el número de la madre de Lucía. Sus dedos temblaban mientras esperaba que contestaran.

¡Ven al hospital, de rodillas, a pedirle perdón! gritó la mujer sin dejarle explicarse. En su voz, el dolor era tan evidente que a Álvaro le dio lástima, aunque no le parecían justas sus palabras. Por un momento se la imaginó en esos pasillos hostiles, destrozada y sin consuelo. Sin embargo, la indignación era más fuerte.

¿Nada más se le ocurre pedir? logró decir Álvaro, la voz trémula de rabia contenida. No pienso pedir perdón por algo que no es culpa mía. Le sugerí que fuera a un psicólogo, pero ella nunca quiso escuchar. ¿Por qué tengo yo que sacrificar mi vida porque su hija no sabe gestionar sus problemas?

¡Es tu obligación! ¡Por ti está en el hospital! chilló la mujer, cada vez más fuera de sí.

No pienso seguir con esto interrumpió Álvaro, tajante. Lucía lleva demasiado jugando con fuego. Si hubiese querido algo grave, lo habría hecho sin escribirte primero. Basta. No me vuelva a llamar, por favor.

La mujer suplicaba al otro lado del teléfono, con la voz desgarrada:

Si no te casas con ella será fatal, ¿lo entiendes? Cásate, y todo irá bien. Volverá a ser como antes, ya lo verás. Tienes que hacerlo, por ella. Por todos nosotros. Si la dejas ahora, nunca se recuperará. ¡Tú eres su mundo!

Álvaro se quedó helado unos segundos. El chantaje era tan grotesco que por un momento no supo ni cómo reaccionar. Sintió cómo la rabia se transformaba en desesperación, el corazón latiendo con fuerza.

¿Lo dice en serio? ¿Quiere que me case con su hija porque me ha amenazado? ¡Eso es un chantaje!

¡No digas eso! chilló la mujer, la voz rota y desquiciada. Solo quiero que dejes de hacerla sufrir. ¡Tú la has destruido, tú tienes que arreglarlo! ¿Tienes idea de lo que es ver cómo tu hija se apaga por culpa de un hombre?

¿Y conmigo va a estar mejor? interrumpió Álvaro, su tono alzándose. ¿De verdad cree que el matrimonio va a solucionarlo todo? ¿Un papel lo arreglará? No es amor, es dependencia. Y yo no voy a ser su salvador ni su terapeuta. No es mi misión.

¡No lo entiendes! la madre estaba al borde del colapso, apenas podía articular palabra. Lucía cambiará, necesita apoyo, y tú eres esa persona. Sin ti solo se hundirá más, y tú llevarás esa culpa toda la vida.

Álvaro cerró los ojos, intentando no dejarse arrastrar por el peso de la culpa. Respiró hondo varias veces antes de contestar, la voz firme y clara.

No me casaré con su hija, ni ahora ni nunca. Lucía tiene que resolver sus problemas sola o con ayuda de un profesional. No voy a hipotecar mi vida en un juego de chantaje emocional.

¡Eres un desalmado! rompió a gritar la madre, con una mezcla de ira y resentimiento. ¡Has destrozado a mi niña y te desentiendes! ¡No sabes lo que haces!

El último recurso de Lucía es el psicólogo, no una boda impuesta contestó Álvaro, ya más calmado por fuera, aunque por dentro todo seguía doliendo . Ayúdele a aceptar que se acabó y deje de pensar que forzar las cosas es la solución.

Un silencio gélido se instaló al otro lado. Álvaro oía los sollozos de la mujer, los suspiros quebrados. Finalmente, una voz, derrotada:

Ni siquiera la has querido nunca La amargura de su acusación dolía. Solo la has usado.

Yo sí la he querido, en serio. Pero amar no es vivir de amenazas y lágrimas, ni ser un prisionero del chantaje. Los dos merecemos algo mejor.

Eres un cobarde susurró la mujer, con veneno. Tienes miedo de comprometerte, de ayudar a quien lo necesita.

Tengo miedo de destruir dos vidas en vez de una replicó Álvaro, con renovada fuerza. El matrimonio no nos salvaría. Sólo atraparía a Lucía en su dependencia y a mí en su tormento. No quiero esa vida. Por favor, no me vuelva a llamar.

Colgó despacio, el móvil pesando como una losa. Le temblaban las manos, el pecho le ardía de rabia y compasión mezcladas, pero también de alivio. Respiró, una vez, otra, alargando las exhalaciones hasta que el temblor cesó. Se llevó las palmas al rostro, se echó hacia atrás en la silla y cerró los ojos, buscando calma en el silencio de su cuarto madrileño.

~~~~~~~~~~~~~

Esa es la historia terminó Álvaro, la voz ronca, la mirada perdida hacia el cielo despejado tras los ventanales del bar. Se frotó la frente, como tratando de quitarse de encima el peso de la memoria. Es más, el hermano de Lucía está de mi parte. Siempre ha dicho que todo ha sido una jugada para dar pena, solo que esta vez se fue de las manos.

Paula guardó silencio, retorciéndose un mechón de pelo entre los dedos. Sus ojos, por una vez, destilaban comprensión sincera y nada de morbo.

Has tenido mala suerte, tanto con la chica como con la madre dijo al fin, más suave de lo habitual. Pero llevas razón. Casarse a la fuerza solo empeoraría todo, ni para ti ni para ella acabaría bien. Lucía tiene que aprender a vivir sin chantajes, y su madre a dejar de manipularte, porque eso solo agrava los problemas. Si quieres un consejo: mándalas a las dos al olvido y no respondas a nada. Si no, nunca saldrás de esta; siempre encontrarán la manera de arrastrarte otra vez.

Eso mismo quiero hacer musitó Álvaro, enderezando los hombros. Respiró hondo, como si por fin pudiera llenarse los pulmones en paz. Hacía mucho que no sentía esa leve libertad al exhalar.

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