Aspid: El misterio de la serpiente ibérica

¡Mamá! dije con la solemnidad de quien recibe un buen golpe de un pesado tomo de Lope de Vega en la cabeza. Hasta Bandido, ese travieso de ojos amarillos, se congeló un instante en su paseo por la estantería sobre mi cama antes de seguir a lo suyo, tan dueño de la situación como siempre.

El libro, reliquia familiar que perteneció a mi abuela, yacía ahora en el suelo, con sus páginas revoloteando en la brisa mañanera, ofendido por semejante trato.

Vaya ocurrencia colgar la estantería sobre la cama Si mamá me lo advirtió ¡Tenía que haberle hecho caso! Me froto la frente, anticipando el coscorrón que se me iba a manifestar por obra del clásico castellano. ¿Por qué será que la sabia conclusión de que nuestros padres tienen razón nos alcanza siempre después de pegárnosla bien? ¿No hay una forma de aprender sin tanto tropezón y costalazo?

Bandido me observó atento unos segundos y, como satisfecho, saltó de la estantería cayendo justo encima de mi tripa.

Solo mi orgullo me impidió gritar de susto. ¡Qué tipo de dueña sería si un gato consiguiera alterarme así en cuestión de minutos? Y eso ni siquiera era su récord; generalmente lo lograba en menos tiempo.

Cogí al gato, suavemente ronroneando, le miré a los ojos verdes y le estiré una oreja:

Hoy entro a segunda hora, bandido descarado. ¿Para qué le das a la novela de la abuela? ¿Era necesario lanzarme un resplandor de la literatura castellana a la cabeza? ¿Crees que así me vuelvo más lista? Me temo que no. ¡Ya está! No te leo nunca más.

Simuló escandalizarse y luego, con su lengua áspera y cálida, me lamió la mano como pidiendo perdón.

Sí, ahora intenta congraciarte, peluso ¡Fuera! Ya que estoy levantada, vamos a pasear hasta la cafetería, que encima se nos ha acabado el café.

Bandido, que había caído de la cama con toda la elegancia gatuna, se tumbó sobre la alfombra espulgándose con desdén, y volvió a hurgar en la novela que derribó.

¡Ni se te ocurra! le advertí tabletazo en la pata antes de arrebatarle la joya. ¡Que es mi preferida! Mi abuela me la leía cada noche cuando era pequeñaja. Aunque, ¿qué te cuento a ti? ¿Desde cuándo a los gatos les preocupa la prosa castellana?

Bandido me regaló una mirada de jugador ofendido y me ablandé de inmediato.

Vale, vale. Sé que a ti también te van los cuentos. Sobre todo los de gatos. No pongas esa carita de mártir, que no fui yo quien te despertó…

Fue mi madre quien trajo a Bandido. Sabiendo que en poco tiempo estaría sola, pidió a la vecina que la acompañara al refugio y me regaló aquella bolita de pelo negro y orejas enormes.

El nombre lo eliges tú dijo.

¡Mamá! Pero si siempre te opusiste a los animales en casa.

Ya, pero ahora me parecen lo mejor. ¡Mira qué simpático es! Y parlanchín Menuda serenata nos dio a la vecina y a mí. Ya verás, no te vas a aburrir.

Aquel pequeño demonio trastornó a la familia y hasta a los vecinos, que aunque sufrían de los paseítos nocturnos del gato, nunca se quejaron.

Con el tiempo, comprendí lo mucho que significó tenerlo: Bandido no me dejaba un minuto en paz, siempre buscando atención y mimos. Y entre saltos sobre las cortinas y carreras por el salón, yo encontraba un consuelo mientras le achuchaba y escuchaba su ronquido constante.

Hoy, como casi siempre, Bandido se enroscaba entre mis pies mientras luchaba con los vaqueros y la camiseta.

Nunca me gustó arreglarme más de la cuenta, solo lo hacía bajo presión, como en la boda de mi prima Belén el fin de semana pasado Solo de pensarlo, se me revolvían las tripas.

Ya va siendo hora de que pienses en la familia, niña resuena en mi cabeza la voz nasal de mi tía Inés . Mira mi Belén: guapa, lista, lista para todo Pero tú, hija Da pena verte. ¡Yo a tu madre se lo prometí!

Con rabia, tiré la manta y me tumbé de golpe.

Qué hartura, siempre igual. ¡Como si casarse fuera el único asunto en la vida!

Bandido ladeó la cabeza y estornudó de forma cómica.

¡Ves! Hasta tú estás de acuerdo conmigo.

Lo miré y, por un instante, sentí que se reía de mí.

Lástima que seas un gato, si no, juraría que te burlas

El gato brincó por la habitación, la mar de feliz.

¡Cálmate ya! Hoy ya has cumplido con creces. Guardé el libro en la estantería y busqué la correa. Ven aquí.

Bandido, que sabía muy bien para qué servía aquel artefacto, se dejó atrapar y metió las patitas delanteras sin protestar. Mis paseos con él ya eran conocidos en el barrio; nadie se extrañaba al ver a la chica desgreñada y su gato flaco y negro caminando juntos con aire de importancia. Ni siquiera la entrañable señora Teresa, amiga de mi madre, se asombraba ya.

¿Cómo puede estar tan flaco ese Bandido tuyo, Estrella? ¿No le das de comer?

¡Señora Teresa, si come por cinco! ¡Es la raza, no la cantidad! Como decía mi madre: No coge peso ni a tiros.

Si te parece, igualita que tú reía Teresa, agachándose para acariciar las enormes orejas del gato. ¡Qué orejas, hija!

¿También soy copia en eso? Me tocaba la oreja bromeando, y Teresa se reía conmigo. Ay, señora Teresa

Si solo digo la verdad Tenéis unas orejas preciosas, las dos. Por cierto, ¿esta tarde te pasas? Voy a hacer empanada y Carmen tiene que hacer un trabajo para el cole. ¿Puedes echarle un vistazo?

¡Por supuesto! Que se ponga y luego lo reviso.

A menudo ayudaba a Carmen, la nieta de Teresa, con los deberes. La niña, huérfana desde pequeña, me tenía casi como a una hermana mayor.

Yo sola, y tú sola ¿Podemos estar juntas, Estrella?

Carmen evitaba las cosas tristes con su abuela.

Si le hablo, llora y se pone muy mayor, y eso me pone triste

Que va, Carmen, tu abuela está hecha una chavalina.

¡No lo parece! Los días malos parece que no quiere vivir Me da miedo. ¿Y si le pasa algo? ¿Me mandan a un centro de menores?

¡Eso nunca! No dramatices, no va a pasar. Tienes a tu abuela y también me tienes a mí.

Supe lo que ocurrió con los padres de Carmen. Ella pasó varios días sola con ellos en casa tras bueno, lo que pasó. Mi madre y yo fuimos las primeras en saberlo, estuvimos con la niña en el hospital mientras Teresa arreglaba los papeles. Carmen se quedó con su abuela y yo me pegué a ellas como una hermana.

¿Te molesto? Carmen, cuando tenía que quedarse en casa porque Teresa trabajaba de noche, se acurrucaba a mi lado cargada de dudas. ¿Puedo sentarme contigo un rato?

La envolvía en una manta y repetía lecciones de historia o geometría en voz alta para que se durmiera. La chica caía rendida en nada, y su abuela, al llegar, prefería no moverla de mi sofá.

Ay, me da pena despertarla

Déjela, señora Teresa. Mañana la llevo yo al cole.

Decía después que Carmen solo superó sus pesadillas gracias a mí.

Duerme tranquila contigo. Eres como un ancla para ella.

¿Un ancla?

Le das paz, la mantienes a salvo. No sé por qué, pero te escogió a ti. ¿Cómo agradecerte lo que haces?

No tiene que agradecerme nada. Basta con que Carmen se sienta mejor.

Cuando mamá enfermó, Teresa no me soltó la mano. Como enfermera de quirófano, compartió mis quebraderos de cabeza, me cuidó y animó a estudiarme el acceso a la universidad. Mamá no habría soportado que abandonara mis estudios, así que lo logré. Terminé mi primer año y le mostré la matrícula brillante en la cama de hospital, poco antes de que la enfermedad ganara la batalla.

Teresa no me dejó sola. Se encargó de todo y fue mi familia durante los días más oscuros.

¡Estoy contigo, niña! Podemos con esto.

Mi tía Inés, que apenas apareció en el entierro, se presentó a los nueve días con propuestas sospechosas.

Vente conmigo, que tengo espacio Aquí se os ve mucha tristeza, hace falta pintura a esto, ¿no?

No pudimos Lo poco que teníamos era para la medicación

Lo sé, Estrella. Por eso insisto en que vengas a casa, es lo mejor.

Gracias, tía Inés, pero quiero quedarme en mi casa.

Como veas, pero apenas puedo venir y eres muy jovencita. Aquí cualquier listo podría aprovecharse. Piénsalo.

Dije que no, y no me arrepiento. Jamás habría sospechado por qué mi tía tenía tanto interés en nuestra casa, si Teresa no me hubiese abierto los ojos.

Ni se te ocurra aceptar, Estrella. No dejes entrar a nadie, podrías perder tu piso.

¿Pero por qué, Teresa?

Por nada. Solo hazme caso, mujer.

Y pronto le tuve que dar la razón. A los meses tía Inés volvió pidiendo que su hija Belén se quedase conmigo para ir juntas a la uni.

No me dio tiempo a responder: Teresa irrumpió y le soltó a Inés, guiñando un ojo,

¡Estrella no puede! ¡Que se casa con un tal David! Un buen chico, y de buena familia. ¡Ni su madre podría estar más orgullosa!

Mi tía calló y se fue, mi boca abierta y sin palabras.

¡Así hay que hacerlo! exclamó Teresa bajito . ¿O no te suena? Siempre es lo mejor, hija.

¿Y quién es David?

¡Qué más da! El primero que me vino a la mente. Lo importante eres tú.

Y qué razón tenía Nos faltaba el cariño de madre, pero Teresa hacía todo lo que podía.

Al llegar a la cafetería, la encontré cerrada.

Genial Hoy sin desayuno. Bandido, como siempre, estudiaba mi ceño. Toca buscar otro sitio. Teresa habrá salido de casa ya o no, hoy tenía turno de noche. ¡Y no ha traído a Carmen!

Mi pensamiento apenas había terminado cuando Bandido tiró de la correa y tuve que girarme.

Lo que vi me dejó paralizada.

Teresa, con la bata puesta y las zapatillas de andar por casa, venía corriendo calle abajo entre lágrimas.

¡Ay, Estrella! ¡Qué bien que te encuentro! ¡Es una desgracia! ¡Carmen ha desaparecido!

El mundo se me cayó encima. Sentí que me ahogaba. No podía respirar. Fue Bandido, que me mordió el tobillo descubriendo una punzada de dolor, el que me hizo reaccionar.

¡Cómo que ha desaparecido!

Acabo de llegar de turno y no está por casa. ¡No ha dormido en su cama! ¡El colegio aún no ha abierto! ¡Tú conoces a Carmen, nunca haría esto sola! ¿Qué hago? ¿Dónde está mi niña?

Teresa al borde del desmayo, la zarandeé para avivarla y la abracé:

¡Señora Teresa! ¡La encontraremos! Hay que ir a la policía y ¡Déjeme pensar un segundo! ¡Vamos!

Cogí a Bandido y casi arrastré a Teresa hasta comisaría. De camino, le metí el gato en brazos.

¡Agárrelo fuerte! ¡No nos falta que se escape! ¡Tendría que buscar a dos!

Teresa se agarró al gato como si fuera su salvación. Bandido ni protestó, más bien se pegó a ella con fuerza.

En menos de una hora, a la puerta de comisaría éramos un montón: estudiantes, algún que otro profesor y amigos. Enrique, un compañero de clase, llegó en bici con folios y fotos de Carmen para repartir.

Dos en dos, nadie solo. Nos organizamos por barrios, atentos a cualquier cosa. Llamadme a mí, a Estrella o a David si hay novedades. A ver ¡David, acércate para que te vean!

El larguirucho asintió, dispuesto para lo que fuera.

Buscamos cualquier rincón: portales, garajes, solares Preguntad a vecinos y paseadores de perros. Hay que ser rápidos y atentos. No somos voluntarios expertos, pero de algo serviremos. Carmen puede estar asustada o herida. No hay líos familiares, solo hay que encontrarla. ¡Por favor!

Teresa, desencajada, se dejó caer en los escalones, temblando.

No me tienen ya ni las piernas

Me senté a su lado y le acaricié el hombro.

Tenemos que volver a casa, señora Teresa. ¿Y si regresa sola y no nos encuentra?

Lo pensó un instante, apretó al gato bajo el brazo y se incorporó.

¡Tienes razón! ¿Y si ya está allí esperándonos? ¡Anda, vámonos!

Fuimos despacio. Bandido llevaba rato colgando bajo su axila, poco menos que flácido y entregado a la situación.

Carmen llevaba desaparecida ya muchas horas y ni al cole había acudido. Mientras caminábamos, cambié el rumbo de pronto.

¿Adónde vas, Estrella? ¡El piso está al otro lado!

Pasamos antes por el cole, ¿vale? Está cerquita. Quizá alguien la ha visto, dejo aviso y nos vamos

Entramos, pero la búsqueda resultó infructuosa. Al salir, Bandido se zafó de repente del abrazo de Teresa y corrió hacia una tapia alrededor de unas obras.

¡Bandido! fui detrás, tratando de agarrar la correa, pero el gato desapareció bajo la valla.

¡Corre tras él! Hay una entrada por la derecha. Me gritó Teresa mientras se sujetaba el pecho.

La ayudé a sentarse en un banco.

¿Le llamo una ambulancia?

¡Ni se te ocurra! ¡Lo que hay que hacer es encontrar a Carmen! Anda, vete por el gato

Sabía que quería distraerme. Nunca dejaba de pensar en los demás, ni de ofrecer una mano hasta en el peor momento

Corrí a hablar con el vigilante de la obra y le di instrucciones rápidas, dándole mi número antes de volver al banco.

Poco después, al volver la vista, vi al vigilante regresar corriendo con Carmen en brazos.

Le gané en carrera, sostuve a Teresa, y grité:

¡Ambulancia! Carmen está aquí, está bien. ¡Tranquila!

La ambulancia revivió a Teresa, desbordada, y se llevó a Carmen al hospital con una pierna rota.

En casa, ya juntas, Carmen le contó toda la historia entre caricias a Bandido.

Estábamos de vuelta del colegio y unos chicos apedreaban a una perra que tiene cachorros en la obra. Siempre le llevamos comida Un cachorro se escapó y fui tras él. Me caí en una zanja. Intenté gritar pero nadie me escuchaba. Solo la perra se quedó conmigo, aullando hasta que el gato llegó y atrajo a los mayores.

Menudo héroe este Bandido

¡Nunca más te dejo sola, Carmen! decía Teresa, arropándola entre lágrimas. Te llevo de la correa como a Bandido si hace falta.

Al enterarse de lo ocurrido, di mi número a todos los que ayudaron, agradecí a David el apoyo e, incapaz de dejar de sonreír, dejé a Bandido con las vecinas y regresé a casa.

Teresa se sentó largo rato a la cabecera de Carmen, acariciándole el pelo y susurrándole cuentos. Bandido, muy tranquilo, vigilaba el sueño de la niña.

Y es que a veces, no hace falta tener alas para ser ángel. Basta un par de largas patas, unas garras firmes y unas orejas enormes y el corazón de un gato que entiende lo realmente importante para mantener a salvo a los que se quiere.

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La madre no fue recibida por familiares junto al hospital, porque no renunció a su hija…