«Busco una mujer vital y llena de energía, no a una de mi quinta»: A los 50 años, la vida ya es muy distinta… Un caballero de 55 ocultó su edad y su barriga, pero se ofendió al descubrir la edad de la mujer…

«Busco una mujer vital y alegre, no una de mi quinta»: A los 50 años, esto ya no es lo mismo… Un caballero de 55 años se quitó 7 primaveras y el abdomen, pero se ofendió cuando supo la edad de la mujer…

Yo necesito a una mujer que no pase de los cuarenta y dos. Ese es mi tope. Y aun así, sólo si parece de treinta y cinco. A los cincuenta… Tía, eso ya es otra historia, Gonzalo. Quiero una mujer activa, llena de energía, no una que sea mi reflejo en el espejo.

Yo, vamos a ver, tampoco soy Javier Bardem, pero por dentro tengo veintiocho años. Además, el hombre gana valor con los años, la mujer… bueno, tú ya me entiendes.

Aquel monólogo nos sorprendió a mi amiga Carmen y a mí sentadas en una cafetería de la Castellana, justo al lado de Retiro. Habíamos entrado corriendo a por unas tapas después del gimnasio, charlando sobre la última dieta milagro, y de repente nuestra tertulia fue interrumpida por aquel soliloquio absurdo de voz varonil.

¿Lo oyes? susurró Carmen, conteniendo la risa. Él se sube el precio, pero yo creo que ya lo ponen de oferta.

Chitón le respondí con una sonrisa. Vamos a escucharle. Esto es mejor que un monólogo en el teatro.

El caballero no bajaba el ritmo:

A ver, yo de las sobras de ayer no como jamás. Es cuestión de principios. Una mujer debe cocinar fresco cada día. Si acaso, cuando estoy solo, pues hago unos callos o abro una lata de fabada, pero bueno, no soy marqués. Pero en una relación seria, quiero cocido, croquetas, algo hecho en casa. También debe ser esbelta. Yo necesito contraste: yo formal, ella delicada.

¿Y los hijos? preguntó su colega, mirando a su amigo con cierta guasa. Si ya tienes nietos en camino, por favor.

Herederos no, tengo de sobra. Necesito una compañera, para el alma y para el cuerpo. Alguien con ganas de subir montañas, ir al campo… o al menos, salir a la sierra de vez en cuando.

Casi me atraganto con el vino de rueda. ¿Montañas? ¡Si ese hombre debe de fatigarse yendo al súper de la esquina!

Carmen, te juego una ración de tortilla a que intenta ligar conmigo le murmuré con un guiño.

¿Estás loca? Carmen abrió los ojos de par en par. Nuria, si tú no aparentas cuarenta, ni de lejos.

Shhh me llevé el dedo a los labios. Es mi experimento social. Quiero descubrir hasta dónde llega el autoengaño masculino.

No hubo complicación alguna y el encuentro se dio solo. Intercambiamos móviles y esa misma noche ya escribíamos como si fuéramos viejos conocidos.

En internet él se ocultaba bajo el nick DonJuan48.

La foto de perfil, de hace una década: barriga apretada, cochazo de fondo y mirada de galán.

Pocos días después, Julián, que así se llamaba, propuso vernos en persona.

Apareció con su traje bueno. Los botones de la chaqueta suplicaban clemencia ante aquel vientre orgulloso.

Nuria, dijo sonriendo, mostrando una dentadura… singular. Estás impresionante hoy.

Gracias, Julián bajé la mirada con modestia. Tú también… resultón.

Nos vimos varias veces.

Para mí fue una prueba de interpretación. Atendía sus relatos sobre su “imperio empresarial” (su puesto en el Rastro), sobre cómo “casi” había comprado último modelo de coche (aunque prefirió invertir en maduración personal), y su defensa acérrima del hogar tradicional.

Paseábamos por el parque del Retiro y a los cien metros ya resollaba, jurando que se trataba de un ejercicio de respiración controlada.

Hasta que todo alcanzó el clímax.

Julián, ablandado por la cena y mis halagos, creyó llegado el momento de avanzar.

Nuria, tú eres la mujer ideal: joven, activa, apañada. Por cierto, debo confesarte… No tengo cuarenta y ocho.

¿Ah, no? alzando la ceja inquisitiva. ¿Cuántos?

Cincuenta y cinco… respiró hondo, esperando mi reacción. Pero vamos, que me conservo.

Por supuesto, Julián, ¡no aparentas más de cincuenta y cuatro! Me encantan los hombres con experiencia, es sabiduría de vida.

Se transformó de alegría.

Menos mal suspiró. Si es que yo soy muy estricto: mayores de cuarenta y dos, nada. La energía decae, y tú… eres dinamita, una chiquilla.

Gracias, cielo le acaricié la calva con ternura. Por cierto, yo también tengo una pequeña confesión…

¿Cuál? dijo receloso. ¿Que tienes hijos? ¿Alguna deuda pendiente?

No, hombre, no… Es la edad.

La tensión le invadió.

¿No tienes cuarenta?

Casi…

¿Treinta y ocho? esperanzado.

Saqué mi DNI de la cartera y se lo tendí.

Ábrelo. Mira tú mismo, Julián.

Recibió el carnet con las manos temblorosas, lo abrió y acercó los ojos, haciendo cuentas mentalmente.

Mil novecientos setenta y tres.

Cincuenta… susurró blanquecino. ¿Tienes cincuenta?

Justo. Cumplidos hace dos meses.

El DNI se le escurrió entre los dedos. Me miró como si de pronto hubiese mutado en bruja de cuento.

Pero… si pareces…

Una mujer que se cuida, Julián. No una que vive de churros y bocadillos de calamares.

¡Eso es engañar! gimió él. Yo avisé: hasta cuarenta y dos. Es mi norma. No puedo salir con una de mi edad.

Bueno, no lo soy… Y además, te gustaba todo, ¿verdad? ¿Notas que voy perdiendo arena por las mangas, o qué?

Se puso rojo como un tomate.

No, pero la cifra… Cincuenta es casi jubilación.

Mira, Julián dije con calma, poniéndome en pie, la verdadera vejez es negarse a la realidad. Yo, con cincuenta, estoy en el mejor momento, y ¿sabes qué? También he comprendido algo importante.

¿El qué? preguntó con una voz lejana.

Que lo que yo necesito es un hombre. No un paquete de complejos, barriga y un quiosco en el rastro. No podrías con mi “fuego”, arderías al primer intento.

Recogí mi DNI y me dirigí a la puerta.

¡Nuria! gritó. Espera, ¿y nosotros?

¿Nosotros qué? le devolví la mirada desde el umbral. Si te rige la lógica, busca tu jovenzuela. Puede que encuentres alguna algo despistada de la vista.

Crucé la acera feliz hasta el coche donde Carmen me esperaba.

¿Y? preguntó al verme subir. ¿Todo ha salido a la luz?

Desde luego me reí. Tenías que verle la cara cuando vio el carnet. Como si acabase de enterarse que la paella lleva arroz.

¿Y en qué ha quedado la historia?

Pues en que él buscará su “joven promesa” y sufrirá. Nosotras a lo nuestro. Hoy tengo cita con un hombre normal, de cuarenta y cinco, que le importa un pimiento lo que ponga mi DNI.

Julián sigue en la página de citas. Perfil actualizado: Busco mujer menor de 40. ¡Sincera!. La foto, cómo no, la misma de hace diez años.

¿Por qué crees que algunos hombres temen tanto a las de su edad? ¿Merece la pena ocultar la edad por un rato de compañía, o conviene siempre mostrar la verdad desde el principio?

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«Busco una mujer vital y llena de energía, no a una de mi quinta»: A los 50 años, la vida ya es muy distinta… Un caballero de 55 ocultó su edad y su barriga, pero se ofendió al descubrir la edad de la mujer…
Hoy mi hija me sorprendió diciendo: «Sé que no eres el hijo de mi abuela»; Me quedé horrorizado al oírlo, porque una niña de dos años no podría haber llegado a esa conclusión por sí sola