Sofá de los años noventa

El sofá de los noventa

¡Niños, tenemos una sorpresa para vosotros! exclamó Carmen Soler, iluminando el recién estrenado y casi vacío salón con una sonrisa radiante, como si hubiese encendido una guirnalda en Navidad. ¡Hemos decidido regalaros nuestro sofá!

El mundo pareció detenerse un segundo. Miré a Diego. Sonreía, pero esa sonrisa estaba tensa, forzada, como si acabara de morder un limón.

Mamá, papá, pero… si todavía está en buen estado atinó a decir él. Lo seguís necesitando…

¡Qué va, qué va! rizó el bigote Fernando Soler con un aire sobrado. Nos hemos comprado uno nuevo, moderno. Y este es bueno, de verdad, con armazón de madera auténtica. Ahora ya no hacen sofás así. Para vosotros, para empezar, es perfecto. Y, mira, os ahorráis un buen dinero.

«Para empezar». Aquella frase sonó a sentencia. Imaginé ese sofá ocupando el centro de mi salón: aquel mastodonte granate con patas talladas que, durante los meses en casa de mis suegros, siempre llamé en mi cabeza La Bestia del Salón. Ocupaba media sala de ellos… y ocuparía media mía.

Carmen, es muy generoso por vuestra parte, pero… busqué las palabras. La verdad, nuestro estilo es… más moderno.

¡Moderno! bufó mi suegra. Esa manía vuestra con los muebles blancos, minimalistas Eso pasa de moda. Pero un mueble de verdad es para toda la vida, Julia. Ya me lo agradecerás. Mañana buscamos unos mozos y lo traemos.

Y así lo hicieron. Dos mozos, rojos como tomates bajo el esfuerzo, empujaron aquel monstruo granate hasta mi salón, con el suelo de tarima recién puesto. Cuando se fueron, Diego y yo nos quedamos mirándolo. El sofá ocupaba toda la pared principal, aplastando la luz, el aire. Sus horribles patas talladas, como garras retorcidas, se clavaban en el parquet. El olor a terciopelo envejecido, polvo y algo dulce invadía, lenta e irremediablemente, la habitación.

Bueno… dijo Diego. Al menos tenemos dónde sentarnos.

Me di la vuelta y me fui a la cocina. Sabía que no era solo un sofá. Era un caballo de Troya. Dentro traía toneladas de expectativas familiares, de culpa y obligaciones. Ahora aquel monstruo presidía el corazón de mi casa.

***

Había invertido tres meses en el proyecto del salón. ¡Tres meses! Cada noche, tras el trabajo, hojeaba catálogos, guardaba imágenes, hacía bocetos. El salón era el centro de todo: dieciocho metros cuadrados y una ventana inmensa al este. Imaginaba el sol de la mañana bañando el parquet claro, las paredes pintadas de un blanco cálido, las cortinas de lino, ligeras, casi transparentes. Había elegido un sofá rinconero de estilo nórdico, gris y de patas finas de madera, compacto pero cómodo. Lo acompañaría con un sillón bajo y una mesa de centro de madera clara y metal. Enfrente, unas baldas sencillas, el televisor, algunos libros. Minimalismo. Aire. Luz.

En su lugar, ahora estaba él.

El sofá de los noventa, comprado por Carmen y Fernando allá por los inicios de su vida juntos. Descomunal, como un tanque. Terciopelo granate con flores desteñidas: rosas moradas y hojas indefinibles. Los brazos pelados, la espuma amarilla asomando entre las grietas, la trasera rematada con madera lacada, rozada ya de los años. Las patas, esculpidas como zarpas de león, resultaban especialmente grotescas en medio de mi mundo escandinavo. Era largo, tres metros y medio, y tan profundo que te engullía: sentarse era desaparecer en un agujero del que salías haciendo fuerza. Las muelles chirriaban de forma lastimera. Una de ellas, tal vez rota, hacía que un cráter engullera todos los cojines al sentarse.

Pero lo peor no era eso. Lo peor era su memoria. Ese sofá estaba impregnado de décadas de rutinas familiares. Allí se veía la televisión, se comían pipas, se echaba la siesta después del turno de noche, se cubría con mantas flecadas. Olía a tabaco de Fernando, a colonia de Carmen, a cenas pasadas. Era casi un ser vivo. Y ahora ese ser había invadido mi salón.

La misma tarde, traté de disimularlo con una colcha blanca. Compré una tela enorme de algodón para ocultar la pesadilla granate. Pero las odiosas patas de león seguían asomando bajo la tela, aún más grotescas. La funda se arrugaba, ni cubría bien el respaldo. Lo arreglé una y otra vez, hasta rendirme.

¿Y si compramos una funda a medida? sugirió Diego, viendo mi cara.

¿Y le ponemos también funda a las patas? ironizé. No es el color, Diego. ¡Es que ocupa media sala!

Él guardó silencio. Siempre callaba si el tema eran sus padres. Entendía por qué: creció en una familia donde nada se desperdiciaba, donde todo valía si servía. Fernando, militar retirado, le enseñó la austeridad, el aprovechar todo. Carmen guardaba cada servilleta, cada taza, cualquier cosa comprada con esfuerzo. Para ellos tirar el sofá equivalía a traicionar su memoria.

¿Y yo? No era culpa mía haber crecido con otros valores. Para mí el espacio y la luz eran más importantes que los muebles para toda la vida. ¿Por qué tenía que vivir con ese monstruo?

Carmen llamó al día siguiente.

¿Qué tal el sofá, Julia? ¿Cómodo?

Sí, gracias apreté el móvil hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Es… imponente.

¡Claro! Lo compramos en el 93. Cuando Fernandito volvió de Alemania, trajo ahorros. Ahora todo es de usar y tirar. Ese os servirá veinte años más, ya verás.

Veinte años. Los vi pasar en mi cabeza, con el sofá, y una ansiedad silenciosa empezó a crecer.

¿Y vosotros? ¿Os comprasteis otro?

Sí, moderno, grisecito. De estos que se hacen cama, pero ocupa poco. Para nosotros dos basta rió. Pero vosotros sois jóvenes, hace falta uno grande. El nuestro es ideal.

Colgué y me senté en el suelo, junto a la Bestia. Así que ellos tenían un sofá nuevo y nos enchufaban el viejo, disfrazado de generosidad. Lo peor era que ni siquiera mentían: creían de verdad que hacían lo correcto, ahorrándonos dinero, regalándonos parte de su historia familiar.

Pero yo no quería esa historia. No en mi salón.

***

Pasó una semana. Intenté convivir. Lo intenté de verdad. Por las mañanas, café en mano, buscaba la manera de no hundirme. Siempre caía en el cráter, la muelle presionando la espalda. Si me hacía a un lado, el reposabrazos era duro y alto. Por la tarde, encendíamos la tele y nos acomodábamos encima del monstruo. El terciopelo pegajoso resbalaba bajo mis piernas, el olor se hacía cada día más fuerte. Sentía que impregnaba mi ropa, mi piel, mi pelo.

No podía invitar a nadie. Me avergonzaba. Era diseñadora de interiores y ahí estaba: en una sala donde un fósil ochentero dominaba todo. Cuando mi mejor amiga, Marina, vino a conocer la casa, se quedó petrificada al ver el sofá.

Julia, ¿eso qué es? señaló.

Un regalo de los suegros intenté sonreír.

¿Regalo? bordeó la Bestia como una pantera. Pero tu proyecto era un sofá gris, ¡precioso! Y esto es…

¿Un monstruo? sugerí.

No quería faltar, pero sí… Julia, esto mata todo tu diseño. La luz, el aire, todo.

Lo sé serví té y nos fuimos a la cocina. No sé qué hacer. Carmen llama cada día para preguntar qué tal el sofacito.

¡Sofacito! bufó Marina. Esto es un mueble-catedral. Julia, en cuanto quieras poner mesa, sillón o estantería, no cabe.

Entendía su preocupación. El sofá condicionaba todo. Nada más tenía sitio ni sentido. Era insoportable.

***

A las dos semanas, vinieron los padres de Diego de visita, a examinar la obra. Horneé coca, limpié, preparé té. Puse el cronómetro: cuarenta minutos, el máximo que podía aguantar sin perder la paciencia. Aprendí ese truco en su casa. El reloj avanzaba en mi bolsillo: treinta y nueve, treinta y ocho…

Fernando y Carmen llegaron con bolsas: manzanas del pueblo, galletas, una lata de bonito. Se descalzaron, entraron y se detuvieron ante el sofá.

¡Ah, ves! Carmen alzó los brazos. Encaja perfecto. ¿A que sí, Fernando?

Fernando lo rodeó, se sentó, rebotó.

Esto sí es un sofá de verdad sentenció. No como los de IKEA, esos se desmontan el primer año.

Diego asentía sumiso. Yo los observaba en silencio. El cronómetro marcaba treinta y nueve.

¿No te gusta, Julia? preguntó Carmen, viendo mi cara.

No, no, lo aprecio mucho me esforcé en sonar cálida. Pero es tan grande… Quizá algo más pequeño…

¿Pequeño, para qué? Aquí viviréis, tendréis hijos. En un sofá pequeño no cabéis todos. Este es amplio, se hace cama si vienen visitas. Práctico.

Práctico: su palabra favorita. Era práctico todo: la vajilla, la ropa… Belleza, armonía, estilo: tonterías modernas que pasarán.

¿Y la mesa de centro? ¿La tele?

Aún estamos viendo… musitó Diego.

Ya os traemos una mesa, tenemos una en el pueblo, antigua pero fuerte. Os la dejamos sin problema.

Imaginé la mesa: oscura, pesada, patas talladas como el sofá. Otro monstruo. Otro mensaje claro: lo nuestro no cuenta.

Gracias, pero tenemos nuestros planes dije, más firme. Preferimos algo actual, ligero.

Carmen me miró con reproche suave.

Julia, hija, solo queremos ayudar, no gastar dinero si ya hay cosas buenas.

Pero es nuestra casa se me escapó. Queremos decorarla a nuestro gusto.

Silencio. Diego palideció. Fernando frunció el ceño. Carmen apretó los labios.

Bueno, claro… Es vuestra casa. Solo queríamos ayudar. Si no hace falta…

Mamá, Julia no lo dice por mal se apresuró Diego. Aún no tenemos claro el estilo.

Asentí con la cabeza. El cronómetro, veintiocho minutos. Veintiocho minutos de tortura más.

Bebimos té. Carmen ya no sonreía. Hablaba de los vecinos, el pueblo, el jardín; su voz sonaba tensa. Cuando se marcharon, Diego se volvió hacia mí.

¿Era necesario decirlo así? su voz temblaba de enfado. ¡Solo querían ayudar!

¿Ayudar a quién? me quité el delantal. ¡He trabajado tres meses en el salón, Diego! ¡Tres! Eligieron por nosotros y punto.

¡Es un regalo! alzaba la voz. Quieren que no gastemos dinero.

¡Nos han dado lo que ellos no quieren! grité. Y encima esperan gratitud.

No hablamos en toda la noche. Yo en la habitación; Diego, en el salón, sobre aquel maldito sofá. Le vi en la madrugada: tumbado, con la cara hundida en la almohada. Sollozando. Mi marido de treinta y dos años, ingeniero informático, llorando en un sofá granate de los noventa.

Me senté a su lado. Las muelles rechinaron.

Perdón susurré. No quería hacer daño a tus padres.

Lo sé… Pero no entiendes. Esto era importante para ellos. Ahorraron mucho tiempo para poder comprarlo. Era su primer gran mueble. Y ahora solo querían transmitirlo. Para recordarlo.

Pero yo no quiero recordar le dije suavemente. No es mi historia. Es la tuya. Yo quiero la nuestra. ¿Por qué no puedo?

No respondió. No había respuesta.

***

Intenté integrarlo. De verdad. Compré cojines nórdicos, gris y beige. Parecía que le había puesto puntillas a un tanque. Coloqué una planta enorme al lado: una monstera elegante, desubicada. Leí artículos de decoración: contrastar, rodearlo todo de tonos claros. Colgué baldas finas, libros, velas. Compré una mesa de centro metálica y madera blanca. Puse una alfombra clara.

Resultado: desastre. El sofá no encajaba. Mi salón era un campo de batalla de dos épocas: los noventa y el minimalismo. Ganaban los noventa.

Marina pasó una semana después. Entró directa al salón, vio todo y negó con la cabeza.

No funciona dijo. Puedes poner mil cojines, pero el monstruo sigue ahí. Debes deshacerte de él.

¿Cómo? Si lo quito, Carmen se muere de disgusto. Fernando me odiará. Diego no me lo perdonará nunca.

Véndelo por internet. Dilo que tiene una mancha imposible. Que el perro lo ha mordido…

No tenemos perro.

Pues adóptalo se rió. En serio, no puedes vivir atada a esa cosa. No cabe nada más. Si lo dejas, vendrán la mesa, la alfombra, la vajilla… Será su piso, no el tuyo.

Lo sabía, pero no era eso lo peor. Lo peor era temer romper el frágil equilibrio con la familia de Diego. Ser siempre amable, agradecida, aceptar tartas, consejos, intromisiones. Porque él sufría con el conflicto. Pero el sofá, ese sofá, fue la gota. O ellos, o yo.

***

El sábado vinieron los amigos de Diego: Alfonso y Rubén. Al entrar, se quedaron mirando el sofá.

Diego, ¿esto qué es?

Un regalo familiar vertió cerveza.

¿Regalo? Alfonso se sentó y casi desapareció. ¡Esto es un clásico! Como el de la casa del pueblo de mi abuela…

La mía también tenía uno así. Saltábamos encima toda la cuadrilla y al final lo tiró porque apareció polilla.

¿Polilla? me alarmé.

Sí, les encanta el terciopelo viejo. Lo has mirado, ¿no?

No lo había hecho. La idea de larvas en el interior me dio escalofríos. Imaginé bichos extendiéndose por mi ropa, mis cortinas, mi alfombra. Me revolví.

Cuando se fueron, busqué una linterna y revisé el sofá. Levanté cojines, inspeccioné rendijas, brazos… polilla no vi, pero en una esquina, debajo de un cojín, había un cruasán reseco, con moho. Había estado ahí meses, quizá años. Tal vez Diego la dejó de niño, o algún invitado. No importaba. Pero fue la prueba: ese mueble no solo era viejo; era insalubre, poco apto para vivir.

Me senté en el suelo, la pasta mohosa en la mano. Lloré, pero no de asco. De impotencia. Había llegado al límite. Ya no podía más. No soportaba aquel criadero de hongos y polvo dominando mi casa. No podía mentir más: NO me gustaba el regalo. No podía fingir que estaba bien.

Diego le llamé.

Salió, me vio con la pasta y se quedó helado.

¿Qué pasa?

Esto se la enseñé.

Miró el cruasán, miró el sofá, la habitación.

Madre mía…

Estaba debajo del cojín. Diego, esto no es solo viejo. Es peligroso. Hay moho. Bacterias. ¡No puedo vivir con esto!

Es solo un cruasán, Julia…

¡No! ¡Es un símbolo! De todo lo que nos han endosado bajo la excusa del cariño. Ellos se han comprado un sofá moderno y a nosotros nos encasquetan lo que no quieren. ¿Y yo debería agradecerlo?

Quedó callado. Vi en su cara vergüenza, tristeza, confusión. Lo entendía: admitirlo sería traicionar a sus padres.

¿Y qué hacemos?

Deshagámonos de él.

¿Cómo? ¿Llamar a mi madre y decirle: sabéis ese sofá por el que ahorrasteis? Lo hemos tirado porque a Julia no le gusta el color…

No es color. Es nuestra casa. Podemos decidir. Yo no quiero este sofá. Pero nadie me preguntó.

Se tapó la cara.

A mamá le destrozará. Creerá que no los queremos. Que despreciamos todo lo suyo.

¿Mi opinión importa?

Me miró. En sus ojos, una batalla entre la fidelidad familiar y la necesidad de avanzar.

Ya veremos… hablaré con ellos… intentaré explicarlo.

¿De verdad?

Lo intentaré. Pero no prometo nada. Sabes cómo es mi madre.

***

Diego tardó tres días en atreverse. Cada noche cogía el móvil, marcaba y colgaba antes de que respondieran. Yo no insistí. Sabía que no era solo una llamada: era un salto al vacío.

Por fin, el miércoles llamó. Yo disimulé en la cocina, con el oído atento.

Mamá, quería hablar… del sofá… No, no está mal, solo… es demasiado grande para nuestro salón… No es que no lo agradezcamos, pero teníamos otras ideas…

En el teléfono, la réplica fue intensa. Diego intentaba justificarse, pero chocaba con el muro paternal.

No, no vamos a tirarlo… Es solo que no cabe… Quizá os haga falta en el pueblo… ¿Cómo que una traición? ¡Mamá, es solo un sofá!…

Colgó. Se sentó sin fuerzas.

Llora dijo. Dice que nunca más nos va a regalar nada porque lo nuestro no vale. Papá fue más frío: si no lo queremos, que lo tiremos. Pero que nunca más contemos con ellos para nada.

Me acerqué y lo abracé.

Lo siento susurré. No quería esto.

Vienen el sábado a por el sofá. Nos vamos a enemistar años.

Por dentro, sin embargo, sentí un alivio oscuro. Por fin se iría ese monstruo. Por fin podría respirar.

***

El sábado amaneció gris, húmedo. Carmen y Fernando llegaron temprano, serios, las caras de piedra. Los mozos antiguos les acompañaban. Me quedé en la cocina, sin atreverme a salir. Diego los recibió.

Aquí está, lleváoslo ya que no hace falta.

Hijo, ya hemos comprendido cómo lo valoráis espetó Carmen.

No, mamá, no es eso…

Sí, Diego, sí. Está claro que aquí ya no pintamos nada.

Yo salí al pasillo. Ni siquiera me miraron. Los mozos forcejearon con el sofá, lo sacaron a duras penas rascando marcos. Salió chirriando, entre lamentos.

¿Dónde lo llevamos? preguntó uno.

Al punto limpio soltó Fernando.

¡Fernando, cómo vas a tirarlo! saltó Carmen.

Ya tenemos uno nuevo…

Igual alguna familia lo quiere…

Nadie lo querrá tan viejo. Al vertedero.

Les vi irse, Diego cerró el portal tras ellos. Cuando volvió, yo estaba de pie en el vacío del salón. En el parquet había una mancha más oscura: la sombra del sofá, donde nunca llegó el sol. No sabía si reír o llorar.

Ya está… dijo Diego. ¿Contenta?

No admití. No quería que acabara así.

¿Y cómo? ¿Aplausos, ovación, qué bien, Julia, que nos has echado el sofá?

¡No los he echado! Solo quería vivir a mi manera.

Lo has logrado se sirvió agua. Felicidades.

No nos hablamos el resto del día. Por la noche me acerqué.

Podemos llamarles. Intentar explicar…

¿Qué vas a explicar? Ellos creen que no valoramos nada. Y, desde su punto de vista, tienen razón.

¿Y nosotros?

Defendimos nuestro espacio. Pero eso no les consuela.

***

Pasó una semana. Los padres de Diego no llamaron. El lo intentó varias veces, pero no respondían. La herida era real. Yo esperaba que se les pasara, pero se enquistaba cada día más.

Compré el sofá de mis sueños. Rinconero, gris, sencillo. Coloqué la mesa, colgué baldas, ordené libros. El salón estaba tal cual lo planeé: luminoso, diáfano, precioso. Debería sentirme feliz. Pero cuando me sentaba en el nuevo sofá, algo en el estómago pesaba.

Ha quedado bonito entró Diego una de esas noches. Exacto como querías.

Sí…

¿Y? ¿Feliz?

Le miré: el rostro cansado, los ojos tristes. Le dolía la ruptura. Me culpaba. A sí mismo. A todos.

No lo sé. Me gusta el resultado, pero no el precio.

Eso es elegir suspiró. Tú elegiste el salón. Yo, a ti. Y ellos, su dolor.

Nos sentamos juntos. El sofá nuevo era cómodo, suave, pero sin historia. Ningún recuerdo, ninguna huella. Un mueble, nada más. No como el monstruo granate, cargado de vida familiar.

Diego, llamémosles. Invitémosles a cenar, enseñémosles el nuevo salón. Dejémoslo claro: no quisimos herir.

¿Servirá?

No lo sé, pero podemos intentarlo.

***

Vinieron dos semanas después. Reluctantes, tras mucha insistencia. Carmen, cortante; Fernando, taciturno. Se quitaron los zapatos, pasaron y se detuvieron.

Pues… sí que ha quedado amplio murmuró Carmen, recorriéndolo todo. Minimalismo, blanco, baldas, luz Lo que a ella le parecía frío.

Moderno apuntó. Un poco impersonal, tal vez. Frío.

A mí me parece acogedor contesté. Hay más luz, todo respira.

El espacio se agradece admitió Fernando. Pero este sofá… no parece robusto. Se romperá a nada.

No creas, es muy resistente dijo Diego, sentándose.

Veremos. A ver cuánto dura antes de pedirnos otro.

Me mordí la lengua. Nunca dirían: Está bonito. Para ellos era rebajarse, admitir que sus gustos estaban pasados.

Cenamos juntos. Cociné sus favoritos. Carmen apenas hablaba. Diego intentaba animar la conversación. Pero la ofensa flotaba.

Ya lo entiendo, Julia. Te dolió que lo intentásemos. Pero piensa: el salón, los muebles, no importan tanto. La familia sí. Y tú elegiste muebles.

Elegí tener derecho a mi hogar respondí baja. No es lo mismo.

Para mí sí se levantó. Gracias por la cena.

Se fueron. Diego la acompañó. Volvió pálido.

He hecho lo posible.

Ambos lo hemos hecho le rodeé. Pero no todo depende de nosotros.

***

Pasó un mes. Llamadas solo en fiestas, muy formales. Diego sufría, pero al menos era más libre. Ya no temía siempre el juicio familiar. Había aprendido a decir no.

Una noche, leía en el sofá, arropada, Diego tumbado sobre mis rodillas, el último sol entrando a manos llenas por la ventana. Miré la sala, sentí una paz enorme. Aquella lucha había merecido la pena. No por el sofá. Sino porque por fin tenía derecho a decidir.

¿Te arrepientes?

¿De qué?

De insistir. Del sofá.

Pensé un momento.

Me duele que les haya herido. Pero no me arrepiento de defenderme.

Él calló.

Sabes, de pequeño recuerdo cómo mamá trajo ese sofá a casa. Estaba feliz. Era un símbolo. De que por fin podían tener algo bueno, verdadero. Para ella, dárnoslo era entregar esa seguridad.

Lo entiendo acaricié su pelo. Pero yo no necesitaba protección. Necesitaba libertad.

Ellos no lo ven.

Quizá un día lo entiendan.

El salón anocheció. No encendí la luz. Me gustaba sentir esa casa por fin mía. Nuestra.

Una semana después, llamó Carmen. Sonaba insegura, dulce.

Julia, pensábamos ir a veros. ¿Podemos?

Por supuesto, os esperamos.

Y… ese sofá nuevo, ¿es verdad que es cómodo?

Mucho sonreí. ¿Quieres que te diga dónde lo compré?

Bueno… igual para la casa del pueblo necesitamos uno. Modernito, ligero.

Reí.

Os lo miro, claro.

Colgué. Diego me miró boquiabierto.

¿Te ha pedido consejo… de muebles?

Sí. El tiempo todo lo cura.

O ha aprendido que contigo no se discute…

O quizá los dos hemos crecido…

Vinieron el sábado. Carmen sonreía, aunque tiesa; Fernando no era hostil. Se sentaron en el sofá gris; Carmen tocó la tapicería.

Es cómodo admitió.

¿Veis? Moderno y bueno.

Quizá hay que acostumbrarse…

No discutimos más. Paseaban por tiendas de muebles, buscaban uno a su manera. Charlamos de otras cosas, tomamos té. Un sábado en paz.

Al irse, Carmen me abrazó.

Nosotros solo queríamos ayudar. Pero tenéis derecho a hacer vuestra casa.

Era su rendición, disfrazada de buen consejo, y más valiosa que cualquier disculpa.

***

Aquella noche, tumbada junto a Diego en nuestro sofá, él susurró:

A lo mejor, de verdad, lo que querían era seguir formando parte de nuestra vida.

Quizá respondí. Pero han aprendido otra manera: respetándonos.

Tú eres más fuerte que yo. Yo no lo habría hecho.

Claro que sí, solo te hacía falta tiempo.

Nos quedamos callados. El salón iluminado, la ciudad titilando fuera. Miré el sofá, las baldas, las cortinas… Y supe que ese era el premio. No por la estética: por el derecho conquistado.

El sofá granate era el símbolo de las líneas que otros marcan. Aprendimos a decir no. Ellos, a dejar ir. Diego, a elegir. Yo, a protegerme.

Fue una lección. Para todos.

¿Y si traen algún cacharro más?

Ya no lo harán. Ahora saben lo que respondemos.

¿Y qué decimos?

Gracias, pero no.

Rió.

Un mes después, Carmen mandó una foto: su nuevo sofá en el pueblo. Gris, pequeño, moderno.

«Comprado. Tenías razón, cómodo y ligero. Fernando lo montó solito».

Se la enseñé a Diego.

Eso sí es progreso.

Y tanto.

Por la noche, acurrucada con mi libro, sonreí. A veces hay que perder para encontrarse. Decir no para decir sí a lo importante. Tirar lo viejo para dejar entrar lo nuevo.

No son solo muebles.

Es la vida.

Julia llamó Diego desde la cocina. ¿Tomas té?

Sí, tráemelo le respondí.

Y sonreí. Porque, al final, por fin estaba en casa. En mi casa.

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