La madre abrazaba a su hija, la besaba y pensaba: «¿A quién se parece?» Luego suspiraba. Los conocidos también se sorprendían y hacían la misma pregunta. No se sabe si algún amigo había llenado la cabeza de su marido o si ella misma había sospechado algo extraño, o si Víctor empezó a dudar por sí solo de la fidelidad de su esposa, pero un día llegó a casa del trabajo con el ceño fruncido.
Víctor, ¿qué vamos a hacer? Es demasiado pronto. Claudia apenas ha cumplido dos años y acaba de dejar de usar pañales. Yo tampoco he tenido tiempo de descansar entre un permiso de maternidad y otro se lamenta Carmen. Claudia todavía es muy pequeña y siempre quiere que la coja en brazos. ¿Cómo voy a cargarla embarazada?
Seremos cuatro y sólo tú trabajas. ¿No sería mejor esperar para el segundo hijo? pregunta Carmen, asustada de sus propias palabras.
¿Pero qué dices? No se te ocurra pensarlo le contesta Víctor, mirándola serio. Pero, suavizando el tono, añade: Perdóname, es mi culpa, pero lo lograremos. Buscaré un segundo trabajo.
Si tenemos otra niña, ni siquiera veo el problema. Tenemos mucha ropa de la mayor y no habrá que comprar ni carrito.
Además, se llevarán poco tiempo y serán buenas amigas. Si es un niño Víctor hace una pausa y sonríe. Pues pediré una ampliación del piso.
Y así lo decidieron. Claudia era la adoración de Carmen, la consentía cuanto podía. Era su primera hija, tan deseada.
No podía evitar el capricho de abrazarla, besarla todo lo posible, incluso una vez que su barriga empezó a notarse. En su fuero interno, Carmen esperaba que tal vez no lograra sacar adelante ese segundo embarazo que llegó demasiado deprisa, aunque ni siquiera ante sí misma se lo reconocía.
Pero la naturaleza dispuso lo contrario. El embarazo fue fácil y, en la fecha prevista, nació otra niña en la familia Martínez.
La primera vez que Carmen la tuvo en brazos para amamantarla, se sorprendió al ver el fino vello rubio en la coronilla de la pequeña. Ella y Víctor eran ambos morenos.
Claudia también nació con el pelo muy oscuro, aunque luego se le aclaró un poco. Quizá a esta le ocurriría al revés, pensó Carmen, y con el tiempo se le oscurecería.
La niña, de ojos azules y piel muy clara, despertaba exclamaciones de admiración entre todos los que la veían. Los padres, sin pensárselo mucho, la llamaron Celia. Es un nombre poco común y así las hermanas compartirían iniciales, lo que para los padres tenía un significado especial.
Nadie lograba explicar cómo en una misma familia podían nacer dos niñas tan distintas. Celia no solo era diferente a su hermana, sino también a sus padres. Y cuanto más crecía, más evidente era la diferencia, como si el viento la hubiera traído de quién sabe dónde.
Con el tiempo, el pelo de Celia se oscureció levemente hasta un rubio ceniza. Tranquila y rolliza, observaba el mundo con curiosidad a través de sus ojos azul cielo.
La madre la abrazaba y besaba, preguntándose a quién se parecía y suspirando. Los conocidos seguían sorprendidos y repitiendo la misma pregunta.
Ya fuera por alguna insinuación de un amigo, por la desconfianza materna o porque Víctor mismo empezó a dudar, un día llegó a casa especialmente serio. Guardó silencio mucho rato, lo que inquietó a Carmen, hasta que finalmente le pidió explicaciones y la acusó de infidelidad.
Le recordó que un conocido rubio había estado cortejando a Carmen años atrás. ¿Y si ella le había engañado? ¿O y si las niñas se habían cambiado por error al nacer en el hospital? No era común, pero ocurría.
Nunca te he traicionado. Es nuestra hija, nadie la ha cambiado lloraba Carmen, dolida por las injustas sospechas de su marido.
Las discusiones se volvieron cotidianas, y estaban a punto de separarse. Carmen decidió marcharse, empezó incluso a hacer el equipaje. Fue entonces cuando Víctor reaccionó.
Amaba a su mujer. Si ella se iba con las niñas, se quedaría solo, algo que le aterraba. Solo quería saber la verdad.
Le avergonzaba que todos se asombraran y preguntaran: «¿A quién se parece esta niña tan blanquita? Ni a su madre ni a su padre…»
Sentía que todo el mundo veía sobre su cabeza cuernos de infidelidad. Convenció a Carmen para quedarse, pero anunció que haría una prueba de paternidad. Carmen rompió de nuevo a llorar.
¿Cómo voy a quedarme aquí si no confías en mí? Haz el test si quieres. Pero hazlo también con Claudia, por si acaso tampoco es tuya. Mejor, nos separamos y punto.
Víctor recogió personalmente una muestra de saliva de Celia y un mechón de pelo de Claudia y los llevó a una clínica de laboratorio.
Atormentó a los técnicos exigiendo garantías de que no mezclarían las muestras, de que no habría margen de error ni manipulación. Le aseguraron que era imposible que sucediera algo así y se tranquilizó un poco.
Las niñas oían las peleas. Celia tenía solo cuatro años, pero entendía perfectamente que sus padres discutían por su culpa.
Claudia, sin rodeos, le dijo un día:
Tú no eres mi hermana; te trajeron de otra familia. Por tu culpa mamá y papá se van a separar.
Celia rompió a llorar, y ni siquiera su madre, al cogerla en brazos, conseguía consolarla por mucho tiempo.
Claudia, por su parte, empezó a pensar cómo librarse de su hermana. Si Celia no estuviera, sus padres no pelearían y no se divorciarían.
Un día, la madre salió a comprar y se demoró. El padre estaba en el trabajo. Claudia vistió a Celia y le propuso salir a pasear. La fue conduciendo cada vez más lejos de casa.
Al regresar y no encontrar a las niñas, Carmen salió a la calle presa del pánico, pero en el patio tampoco estaban. Una vecina del primer piso las vio marcharse juntas, pero andaba con prisa porque empezaba su serie favorita y no les preguntó nada.
Desesperada, la madre buscó por los patios y el barrio. Al llegar Víctor, se unió a la búsqueda. Atardecía y de las niñas, nada.
Entonces llamaron a la policía. Una hora después, aparecieron las dos. Primero Celia, porque una señora llamó a la comisaría diciendo que había una niña pequeña y sola llorando en un parque. Pronto hallaron también a Claudia, perdida y desorientada en la oscuridad.
Los padres, tan aliviados estaban, que ni las regañaron. Claudia nunca confesó que su intención era abandonar a su hermana lejos de casa.
Se reanudaron las discusiones. El padre acusaba a Carmen de dejar solas a las niñas, y ella, de que él nunca estaba en casa.
Imagínate que les pasa algo, o alguien las secuestra…
Al fin, Víctor recibió los resultados del laboratorio. Todo encajaba: era el padre biológico tanto de Claudia como de Celia. No había habido ninguna infidelidad. Le explicaron que eran genes recesivos: a veces los hijos no se parecen ni a la madre ni al padre y salen rubios o morenos según la herencia de los antepasados.
Poco a poco la calma regresó. Pero Celia nunca llegaría a sentirse parte del todo.
Las niñas jamás entablaron una gran amistad. Claudia nunca dejó de rechazar a su hermana pequeña y, en las discusiones, le recordaba que ella no era querida en la familia, que no era su verdadera hermana.
A mí me compran ropa nueva, tú sólo llevas las sobras porque no eres de verdad mi hermana argumentaba con desdén.
Celia lloraba, pero nunca se quejaba a su madre. Claudia a menudo la metía en líos: hacía una travesura y culpaba a su hermana.
¿Pero de quién habrás salido tú? Fíjate en Claudia, lo tranquila que es, sin meterse en líos suspiraba Carmen.
Después de eso, Celia decidió que era inútil quejarse: mamá sólo quiere a Claudia.
Se sentaba sola en un rincón, cerraba los ojos y deseaba no estar allí, como si desapareciera del mundo.
Así intentaba huir de la mirada reprobatoria de su madre y del dolor de las palabras injustas de Claudia.
Claudia fue la primera en terminar el instituto, pero no quiso ir a la universidad; para qué hacía falta si era tan guapa. En un baile conoció a un chico y pronto se casó con él. Tenía piso propio y trabajaba en el negocio familiar vendiendo coches de segunda mano traídos del extranjero.
Carmen quería a Celia, pero sin querer, siempre ponía de ejemplo a la mayor.
Celia sintió que toda su vida la compararían y que nunca saldría ganando. Tenía grabadas las palabras de Claudia desde la infancia; de verdad heredaba su ropa usada.
Qué lista es Claudia, el buen partido que ha conseguido. Deberías aprender. Tú sólo sueñas y dibujas encerrada en casa. ¿Por qué no sales a pasear? repetía la madre.
Al final del bachillerato, un chico se fijó en Celia y ella correspondió ilusionada. Más que nada, quería sentirse amada por alguien.
No se dio cuenta de que estaba embarazada enseguida. Cuando lo comprendió, se asustó y se lo contó al chico.
A él no le desagradaba la idea y quiso hablarlo con sus padres. Así se supo el secreto.
La madre del chico fue a casa de los Martínez a suplicarles que no arruinaran el futuro de su hijo, que convencieran a Celia de interrumpir el embarazo.
El padre, inesperadamente, defendió a su hija. Quizá intentaba compensar errores pasados, o simplemente se apiadó de ella.
Que tenga al niño dijo. No voy a dejar que destrocen su vida; ya ha sufrido bastante. Si no os gusta, nosotros solos sacaremos adelante al niño.
Obligaron al chico a marcharse a estudiar a otra ciudad, con familiares. A Celia le hicieron cambiarse a educación a distancia.
El colegio intentó silenciar el escándalo antes de que llegara a la Delegación de Educación. Allí, como siempre, responsabilizaron a los profesores por no haber vigilado lo suficiente. Incluso tuvo que hacer los exámenes en casa, supervisada por los profesores, porque creían que ningún otro alumno debía verla en ese estado.
La profesora de inglés, apiadándose de Celia, la ayudó todo lo que pudo, y así sacó una buena nota en el examen de lengua extranjera. Pero, ¿para qué le servía? Pronto tendría un hijo y dedicaría su vida a cuidarlo.
Un día, el padre murió repentinamente; trabajaba demasiado, los problemas se le acumulaban, y su corazón no pudo con tanto. Se tumbó frente al televisor y, mientras dormía, se fue para siempre. Su mujer fue a llamarle para cenar y ya no respondió.
Los gritos y el llanto invadieron la casa, llegó una ambulancia, y luego los trámites del traslado. Celia se puso de parto prematuramente a causa del disgusto.
Así fue como, el mismo día de la muerte de su padre, Celia dio a luz a un niño. Tan rubio y de ojos azules como ella misma.
No pudo asistir al entierro; estaba ingresada en el hospital. Cuando le dieron el alta, su madre, ennegrecida de dolor, la culpó medio en voz alta: «Ha sido por ti que tu padre se murió. Desde que naciste, todo han sido disgustos. Pero al nieto sí lo quiero».
Y cómo no querer a ese niño angelical y rubio. Solo temía que ya nadie quisiera casarse con Celia.
No necesito a nadie. Si mi propio padre dudó de mí, ningún extraño va a querer a mi hijo decía Celia.
El niño crecía inteligente y sereno, adelantado para su edad. Cuando cumplió cinco años, la vida de Celia volvió a cruzarse con la de Claudia.
En cambio, Claudia, a diferencia de su hermana, no podía ni soñar con tener un hijo.
Los padres de su marido ansiaban un nieto y heredero, así que acabaron presionando a su hijo para que buscase otra esposa.
Él empezó a salir con otra mujer. Claudia sufría pero no se marchaba de casa. ¿Adónde iría? ¿A casa de su madre? No quería volver a la precariedad. Además, allí vivían Celia y su hijo. Sergio iba a la guardería; Celia, tras hacer un curso de peluquería, estaba trabajando.
Claudia decidió de nuevo librarse de su hermana. Pero esta vez, ya adulta, no podía llevarla de la mano para perderla por la ciudad. Así que pensó en buscarle marido.
Un informático joven, guapo y soltero iba a menudo a casa a arreglarles el ordenador. A Claudia también le gustaba, quizá como venganza hacia su propio marido, pero el chico la rechazó de pleno.
Así que decidió presentarle a Celia, pensando: «Si no me quiere a mí, que se quede con mi hermana, esa tonta con niño».
Le envió un mensaje para citarle en una cafetería y que conociese a Celia. A su hermana le dijo que quería presentarle a un chico, que no podía estar sola siempre, que su hijo necesitaba un padre.
Claudia estaba convencida de que Celia haría el ridículo, torpe y confundida. Los hombres no quieren mujeres con curvas y, además, con niños. Se burlaría de ella y volvería a Claudia.
Y si, por casualidad, le gustaba, la menor se marcharía y Claudia podría mudarse con su madre otra vez. Ganase quien ganase, Claudia saldría beneficiada.
Celia se arregló, se peinó con esmero pero decidió no maquillarse. Quería que la viera tal como era.
Al llegar a la cafetería, reconoció enseguida al informático sentado a una mesa sólo, absorto en el móvil.
¿Eres Javier? preguntó Celia, acercándose.
Sí, ¿y tú eres…?
Soy la hermana de Claudia. Me llamo Celia.
Javier la miró con sorpresa pero le ofreció un café.
Aquí los pasteles están buenísimos, ¿quieres que pida uno?
¿Cómo lo sabes?
Suelo quedar aquí con mis clientes y volvió a mirar el móvil, intentando localizar a Claudia.
Celia lo observaba, inquieta por su desaliñado pelo largo, su barba de días y los ojos hundidos.
Le daban ganas de cortarle el pelo. No sabía cómo comportarse, y Javier no le prestaba gran atención.
¿Te molesto? preguntó por fin Celia.
Qué va, ¿es que tu hermana no va a venir?
Yo tampoco entiendo nada. Claudia me dijo que te encontraría aquí. Mejor me voy.
Justo entonces llegó el camarero con los cafés.
Al menos tómate algo, ya que has venido.
No, gracias respondió, apartando el pastel.
¿Temes engordar? Te veo muy bien. Te sienta estupendo comentó Javier.
Pero a los hombres les gustan las chicas delgadas.
¿Quién te lo ha dicho? ¿Qué sabes tú de los hombres?
Nada admitió Celia. Tengo un hijo, Sergio, tiene cinco años. ¿No te lo contó Claudia?
¿Debería haberlo hecho? preguntó Javier, sorprendido.
A pesar de lo poco prometedor del encuentro y sospechando que Claudia la había puesto en ridículo, Javier decidió acompañarla a casa.
Hablaron mucho. Javier contaba cosas de sí mismo y Celia escuchaba con atención. Al llegar, él le pidió su contacto.
¿Para qué? se extrañó.
Me gustaría volver a verte. Yo he hablado de mí, pero no sé nada de ti. Quiero llamarte.
No llamó hasta una semana después.
Perdona, he estado liado con el trabajo. Esta noche estoy libre, ¿te apetece salir?
Celia se sintió insegura. Tenía un hijo, su vida giraba en torno a él y Javier no le preguntaba si podía salir, simplemente daba por hecho que sí. Pero decidió darle una oportunidad.
En la cafetería, Celia empezó a contarle cómo fue su infancia, cómo se peleaban sus padres…
Al hablar, vio su vida con otros ojos, quizás los de Javier.
Al salir, se les unió un perro callejero. Javier, compadecido, entró en una tienda y le compró pan y chorizo. En la caja, una anciana delante de ellos contaba céntimos para pagar unas pocas compras. Javier pagó por ella y le añadió una tableta de chocolate, chorizo y un helado.
¿El helado para qué? preguntó Celia.
Tenía una abuela que adoraba el helado, pero casi nunca se daba ese capricho.
¿Conmigo haces lo mismo que con el perro o la abuelita? ¿Por lástima? preguntó Celia.
¿Qué dices? Me encantas. Eres luz y bondad. Pero sí, los ancianos y los animales me dan pena. Si tengo dinero, ¿por qué no ayudar?
El perro devoró la comida y se marchó feliz.
¿Qué tal fue? preguntó Claudia aquella noche por teléfono.
Bien.
¿Y eso qué es bien?
Javier y yo hemos empezado a salir. Gracias por juntarnos.
¿Ese gruñón? ¿Te gusta?
Es muy tierno. Y divertido. Dice que le gusto.
Claudia murmuró algo y colgó. Al poco tiempo apareció en casa de su madre.
Celia acostó a Sergio y al ir a la cocina oyó a Claudia y a su madre conversar.
Esa tonta siempre tiene suerte. Quise jugarle una broma a Javier por rechazarme, pero ha caído rendido a los pies de la otra.
¿Qué dices, hija? Si tú tienes marido le reprochó Carmen.
Marido Está a punto de dejarme. ¿Qué hago, mamá?
¿No estarás exagerando?
No, mamá. ¿Por qué siempre a ella? Gorda, tonta, metida en peluquerías encima tiene un hijo, y yo no puedo tenerlos.
Quería que se enamorara de mí, por eso les presenté. Ojalá la hubiese tirado por una alcantarilla cuando era pequeña.
¿Pero qué dices? ¿Una alcantarilla?…
Mamá, ¿estás bien? gritó Claudia, justo cuando Celia entraba a la cocina.
Su madre se agarraba el pecho, sin poder respirar, con los ojos en blanco. Celia llamó a emergencias. Los médicos lograron socorrerla a tiempo y las secuelas del ictus no fueron graves.
Dos meses después, Celia se casó con Javier y se mudó con su hijo a casa de él. Seguía visitando a su madre casi cada día. Claudia acabó discutiendo con todos y se fue a buscar fortuna a otro lugar.
Los padres creen que los hijos pequeños no entienden nada y discuten delante de ellos. Pero los niños lo oyen todo y sacan sus propias conclusiones.
A menudo, la lucha entre hermanas por el amor de los padres o la atención de los chicos puede ser cruel. Y la venganza, al final, acaba volviéndose en contra de quien la planea.
«Las hijas escuchan palabras que, sean de apoyo y cariño o de crítica, se les quedan como verdades sobre sí mismas y sobre cómo funcionan los lazos entre las personas».
James BaldwinCon el tiempo, Celia aprendió a perdonar las heridas de la infancia, no porque olvidara lo que le faltó, sino porque eligió no perpetuarlo en su hijo. Le hablaba cada día con dulzura, le escuchaba de verdad y nunca, jamás, le habló mal de nadie de la familia, por más que dolieran los recuerdos. Sergio crecía ajeno a los resentimientos antiguos, rodeado de amor suficiente.
La madre, tras el ictus, arrastraba una ligera torpeza en la mano derecha y pasaba horas mirando desde su ventana el parque donde una vez se perdieron sus hijas. Cuando Celia la visitaba, solía sentarse junto a ella. Aunque las conversaciones eran lentas y llenas de pausas, empezó a decirle cosas que nunca se atrevió antes: Perdóname, hija mía. No supe quererte como tú merecías.
Celia sonreía levemente y la abrazaba largamente. Sabía que, al final, la ternura era una decisión. A veces, incluso Claudia llamaba desde lejos, contándoles alguna anécdota de su trabajo. No parecía feliz, pero tampoco pedía consuelo.
Una tarde de otoño, mientras caminaba de la mano de Sergio entre las hojas caídas, Javier la miró de reojo y le dijo: ¿Sabes lo que más me gusta de ti? Que cuando la vida se encapricha y da vueltas o se complica, tú te quedas. No huyes, te quedas y cuidas de los demás.
Celia apretó fuerte la mano de su hijo. Las voces del pasado no habían desaparecido, pero ahora eran apenas un susurro tras el bullicio alegre del parque. Por primera vez, al mirar a su alrededor, ya no se preguntaba a quién se parecía, ni qué lugar ocupaba. Sabía que su sitio era aquel: haciendo, por fin, su propia familia, donde cada uno tenía un espacio intacto y seguro.
Y mientras Sergio corría tras una pelota, Celia pensó que quizá, al fin, aquel era el verdadero milagro: haber logrado querer sin medida y sentirse, por fin, querida.







