Marido de fin de semana
La croqueta yacía en el centro exacto del plato. Alfonso la miraba fijamente y sentía cómo su estómago empezaba a protestar con traición.
Lucía, ¿puedo tomarme un pincho? Que tengo hambre.
Alfonso, la cena está en veinte minutos. Si comes ahora, lo caliente se va a quedar frío.
Pero si sólo es un trocito, rápido.
¿No puedes esperar veinte minutos? Tengo todo calculado: las patatas están listas a las siete y cuarto, el pollo a las siete y veinte. Si comes ahora, luego no cenas bien.
Alfonso suspiró bajito y se sentó a la mesa. Lucía estaba de pie frente a la nevera, colocando con delicadeza uno a uno los productos recién traídos del supermercado. Cada cosa en su sitio: la leche, segunda balda a la derecha; el queso en la bandeja del queso; los yogures ordenados por fecha, los más próximos al borde.
¿Puedo servirme aunque sea un poco de té?
Sírvete, pero sólo una cucharada de azúcar.
Lucía, que soy un hombre hecho y derecho.
Eres un candidato a diabético. Tu padre lo era, tu abuelo lo era. Una cucharadita.
Alfonso fue a por la tetera, pero Lucía ya estaba allí, cogió la taza, sirvió el té, midió la cantidad de azúcar con rigor matemático y lo puso delante de él.
Venga, bébelo.
Miró la taza. Luego le echó un vistazo a la espalda de Lucía, que ya volvía a la nevera. Probó el té. Era todo agua y apenas azúcar. No dijo nada.
Ya oscurecía fuera. Octubre en Madrid trae la noche temprano, y en su barrio residencial, donde los bloques se apiñan como ladrillos, la oscuridad se instala aún más deprisa. Las farolas encendidas, los coches en su sitio. Todo como siempre.
Tenían 57 y 55 años. Treinta años juntos. La casa estaba impecable, rayando en quirófano, y tan silenciosa como una biblioteca.
***
El sábado comenzaba en su casa a las ocho de la mañana. Porque sí, aunque podrían dormir más. Pero es que a las ocho arrancaba la lista de tareas. Lucía la hacía el viernes por la noche, letra perfecta, en una libreta cuadriculada.
Ocho en punto. Desayuno.
Ocho y media. Limpieza a fondo.
Diez en punto. Supermercado. El de la calle Príncipe de Vergara, y aparte lo de limpieza.
Doce. Comida.
Una. Descanso, una hora.
Dos. Visita a tía Eugenia.
Cinco. Vuelta a casa.
Cinco y media. Cena.
Seis y media. Tele o libro.
Diez. Dormir.
Alfonso conocía la lista de memoria. No sólo por leerla, sino porque no cambiaba desde hacía quince años. A veces variaba la tía o la tienda, poco más.
Limpiaba el pasillo empujando la fregona de un extremo a otro mientras soñaba con la pesca. Así, porque sí. ¿Desde cuándo no iba a pescar? Ocho años ya. La última vez fue al embalse de San Juan con Jorge, del trabajo. Sacaron tres percas y un barbo. Se quedaron hasta el anochecer, cocieron sopa de pescado en una lata sobre la hoguera. Jorge contaba chistes y Fernando reía tanto que espantaron todos los patos del río.
Volvió tan tarde aquella vez. Lucía no dormía.
¿Sabes la hora que es?
Lo sé, Lucia, se nos hizo tarde.
Se nos hizo tarde. Te llamé ocho veces. La cena está en la nevera. Ya ni se parece a lo que era.
Perdona.
¿Sabes cómo me preocupo?
Perdóname, Lucía.
No volvió a ir a pescar, no porque Lucía lo prohibiera, sino porque siempre surgía algo: un recado, una visita, una puesta a punto… al final, dejó de proponerlo. Era más fácil callar.
Alfonso, ¿has aclarado bien la fregona? No la retuerzas tanto, que si no quedan marcas.
Aclaró la fregona como ella le dijo, aunque juraría que daba igual. El suelo brillaba. Lucía estaba orgullosa de su casa. Una vez le dijo a una amiga por teléfono: En mi casa se puede comer en el suelo. Alfonso lo oyó desde el salón y pensó que jamás en su vida querría hacerlo, ni aunque el suelo fuese de oro.
La compra salió según lo previsto. La comida también. Tía Eugenia les dio empanadillas de patata, un poco quemadas por abajo, y Lucía, con su delicadeza devastadora, soltó para que todos oyeran: Eugenia, creo que tu horno calienta poco uniforme. Alfonso se comió tres empanadillas, sabrosas justo porque estaban tostadas.
Volvieron a casa a las cinco y veinte. Diez minutos antes del cronograma.
Lucía colocó las bolsas, encendió el hervidor y sacó una tarta de requesón hecha por la mañana. La tarta era tan regular que parecía cortada con láser, seis trozos milimétricos.
Alfonso se sentó a la mesa. Miró la tarta y sintió una especie de pánico silencioso. No era por la tarta. Era por saber exactamente cómo sería el día siguiente, y el otro, y el de la semana siguiente, y el del año que viene.
Se lo comió todo, lo bebió todo, y se sentó a ver la tele.
***
La aspiradora decidió jubilarse un miércoles por la tarde. Alfonso la desmontó en la mesa de la cocina: filtro obstruido y alguna pieza del cepillo rota. Ningún misterio. Trabajaba como técnico ajustador en Electromecánica Martínez desde hace veintidós años; arreglar una aspiradora le parecía un paseo.
Lucía entró y se quedó en la puerta.
¿Qué haces?
Reparar esto. Mira, el filtro está fatal y la pieza aquí rota.
Alfonso, llama a un técnico. No te líes tú solo.
Que no, Lucía. Esto es una tontería.
Ya arreglaste dos veces la plancha tú solo. La primera dejó de funcionar y la segunda calentaba por un lado.
Pero eso era distinto. Aquí lo veo claro.
Alfonso.
Lucía, soy ingeniero.
Pero en la fábrica, no arreglando electrodomésticos. No la líes, que te va a salir caro.
Algo crujió dentro de Alfonso. Como una piedra que, tras años inmóvil bajo el agua, empieza a rodar. Miró la aspiradora, sus manos, y la cara absolutamente imperturbable de Lucía.
La voy a arreglar yo.
Alfonso…
Yo. La. Arreglo.
Ella le miró, primero sorprendida, luego algo molesta, y se fue.
Él tardó una hora. La aspiradora volvió a su mejor época: tragaba mejor que nunca, el filtro limpio, las piezas firmes. Guardó todo, encendió la aspiradora solo para escuchar cómo rugía, perfecta.
Lucía pasó, miró, asintió; ni un bien hecho.
Él se dio cuenta de que lo había esperado.
***
Vio el anuncio en una farola junto al metro. Reparo electrodomésticos, radios, caballetes y lo que se te ocurra. Dirección y teléfono abajo. Se acordó de su viejo tocadiscos, un Liceo de los años ochenta que llevaba tres en el fondo del armario. Lucía llevaba años pidiendo que lo tirara. Alfonso le decía luego, y lo devolvía al rincón.
El tocadiscos era pre-matrimonial. Su padre le ayudó con las pesetas. Allí escuchaba a Serrat y a Sabina, y los vinilos en fila en la repisa del piso de estudiantes. Al casarse, Lucía los metió en una caja: Eso es polvo, Alfonso, fuera de la vista. Él de vez en cuando abría la caja y acariciaba los discos, solo para saber que seguían ahí.
Al teléfono no contestaba nadie. Así que decidió presentarse en persona. El taller daba a un viejo portal en Lavapiés, esos con molduras descascarilladas y puertas como armarios roperos.
El tercer piso. Tocó el timbre. Tardaron en abrir. Sonaron pasos, cayó algo, tintineó el suelo y, por fin, abrieron.
En el umbral estaba una mujer de su edad, delantal de lino salpicado de manchurrones azules y amarillos. El pelo recogido de cualquier forma, con mechones rebeldes que parecían monumentos nacionales. Tenía una mancha verde encima del pómulo.
¿Vienes por el anuncio?
Sí, que necesitaba arreglar…
Pasa, pasa. Soy Valeria. Solamente Valeria. Cuidado, no te tropieces con el caballete.
Alfonso entró y por un momento se congeló.
No era como ninguna casa de las que él conocía. O mejor dicho, le recordaba a tiempos de la Escuela de Ingeniería, cuando cruzaba por las aulas de dibujo. Lienzos aquí y allá, algunos en blanco, otros empezados, otros saturados de capas. Unos botes con pinceles en el alféizar, tubos por el suelo. En el sofá, un gato naranja majestuoso le miraba con desprecio real.
Olía a pintura, aceite de lino, café y… algo más. A vida, supuso.
Perdona el desorden, dijo Valeria. Estaba con los pinceles y no he tenido tiempo de recoger.
No pasa nada, dijo. Y por primera vez, lo sentía de verdad.
¿Qué hay que arreglar?
Es el tocadiscos. Liceo, ochentero. No gira. Lo intenté, pero sospecho que es el motor.
¡Hombre, un Liceo! Los conozco. ¿Has mirado si el mando tiene batería? Muchas veces se sulfatan los contactos.
Lo he mirado. Es otra cosa.
Valeria asintió, calculando opciones.
¿Lo has traído?
No, quería ver si atendíais, que al teléfono no respondíais.
¡Es que me dejo el móvil en cualquier sitio! Ayer lo recuperé de debajo del sofá. Tráelo y le echo un ojo. Pero ya que estás, ¿me ayudas con una cosa? Te hago descuento si eso.
***
El caballete era grande y clásico, con patas sueltas y un apoyo siempre desplazado.
Mira, dijo Valeria, se le cayó el tornillo y lo intenté con un tornillo pequeño, pero baila mucho.
Alfonso se agachó, inspeccionó. Pidió destornillador. Valeria volvió con tres, sin tener clara la diferencia. Alfonso cogió el correcto, quitó el tornillo suelto, pidió cinta aislante, encintó bien el soporte y volvió a colocar el tornillo. El caballete se mantuvo firme.
Es provisional dijo, compra un tornillo M6 con tuerca en cualquier ferretería y perfecto.
¿M6? ¿Y si lo apunto?
Valeria mojó el pincel en pintura negra y escribió Tornillo M6 tuerca directamente en la hoja de periódico del suelo.
Alfonso se echó a reír, sin saber por qué.
Como tires el periódico, se te olvida.
Que va, lo pego en la nevera. Vamos a tomar té, que me salvaste el día. Tengo empanadillas de ayer, de las de repollo.
Alfonso iba a decir que tenía prisa. Que en casa le esperaban. Que Lucía…
Encantado, dijo.
***
Tomaron té en la mini cocina. El alféizar lleno de plantas sin identificar en macetas de todo tipo. Las empanadillas en el plato, sin servilleta, una acostada sobre la otra.
Alfonso cogió una. Estaba del día anterior, pero tenía un sabor a casa de madre que no esperaba.
Muy ricas dijo.
¿Sí? Yo nunca fui de repostería, pero mi hija me enseñó antes de irse a Barcelona, estudia Historia del Arte, 22 años, formalísima; no como yo.
¿Aquí llevas mucho tiempo?
25 años en este piso. Vivía con mi marido, pero lo dejamos hace un año. Ahora el gato y yo. El gato es Nacho.
Nacho al oír su nombre levantó la cabeza, miró, y volvió a acostarse.
¿Lo pasaste mal?
¿Por el divorcio? Al principio horror. Luego bueno, ya sabes cuando llevas años con zapatos incómodos y cuando te los quitas te das cuenta que llevabas las heridas abiertas hace un siglo. Pues así.
Alfonso miraba un árbol casi pelado en el patio.
¿Eres ingeniero? preguntó Valeria.
Sí. En Electromecánica Martínez.
¿Es interesante?
El trabajo como otro cualquiera. Antes me gustaba desmontar cosas, no en la fábrica, sino en casa. Y antes también era muy de pesca.
¿Pesca? Cuéntame.
Alfonso se sorprendió. Cuando mencionaba la pesca, Lucía decía, ¿Qué gracia tiene eso? Sentarse a esperar. Pero Valeria le escuchaba interesada.
De joven iba con mi padre cada verano. Salíamos antes del amanecer y cuando llegábamos, ya era de día… El agua del Tajo temprano… ese olor, y el silencio… Podías oír hasta a las carpas saltando entre los juncos.
Valeria se apoyó la cabeza en la mano y escuchaba.
Contó historias de pesca. Cuando miró el reloj, llevaban dos horas y media. Eran casi las nueve.
Madre mía, tengo que irme.
Claro dijo Valeria. Gracias por el caballete. Y por la pesca.
¿Por la pesca?
Porque lo has contado. Me has hecho imaginarlo.
Camino al metro, pensaba: hacía cuánto que alguien le escuchaba de verdad.
***
Lucía estaba sentada en la cocina cuando llegó. La cena fría bajo un plato al revés. La cara, igual que antes de una charla seria.
¿Dónde has estado?
Fui por lo del tocadiscos, una mujer artista me pidió ayuda con el caballete y me entretuve.
No avisaste.
No pensé que tardaría.
Te esperaba a las siete. Hice croquetas. Se han enfriado. Las he recalentado dos veces, ya están secas.
Alfonso miró el plato, luego a ella.
Perdona por las croquetas.
No es eso. Es el respeto. Si sales, avisa. Es lo básico.
Lo sé. No lo pensé.
Nunca lo piensas. Lo mismo de siempre. Hasta el martes pasado, que compraste requesón del 9% y puse 5% en la lista. Hubo que tirarlo.
Se quitó la chaqueta, la colgó. Por dentro, sentía una presión que crecía.
Ya he cenado allí. Con empanadillas.
Con empanadillas.
Sí.
Alfonso, saliste a por un tocadiscos Liceo y vuelves a las nueve de la noche y de empanadillas. ¿Sabes cómo suena?
Ayudé con un caballete y tomé té. Vive sola, sólo quería un favor.
¿Y esa mujer quién es?
Se llama Valeria. Cincuenta y cuatro años, profesora en el Centro Cultural, divorciada.
Vaya, ya te sabes hasta la biografía.
Hablamos tomando té, Lucía. Sólo hablamos.
Lucía recogió la cena, la guardó en la nevera. Sus movimientos eran quirúrgicos.
Te lo calientas si quieres. Me voy a la cama.
Se fue. Alfonso se quedó sentado en la cocina, en silencio, escuchando la lluvia. Y pensó que la lluvia tampoco sigue el horario.
***
Hubo más visitas. Llevó el tocadiscos, Valeria lo arregló en dos días. Trajo un pastel de cerezas la siguiente vez. Luego fue porque sí, para preguntar por el famoso tornillo M6. Ella compró uno, pero se equivocó, era un M4. Rieron juntos. Él dejó uno extra preparado por si acaso.
No le contaba a Lucía los detalles de sus visitas. A veces decía voy al taller, dejando el resto en el aire. Lucía preguntaba, pero luego dejó de hacerlo. Quizá prefería no saber.
Volvió tarde de nuevo. Ese día, Valeria mostraba un libro de Cézanne y le explicaba cómo pintaba la luz. Alfonso escuchaba fascinado.
Lucía le esperaba.
Croquetas
Lucía, escúchame.
Ella le miró. Algo había cambiado en su rostro. No enfado, sino miedo. Miedo real.
Alfonso, ¿Qué está pasando?
Nada. Voy a ver a una amiga, hablo, ayudo en cosillas. Me gusta estar con ella.
¿Sabes lo que dices?
Sí. Y no pasa nada de lo calló. Solo hablamos.
Solo habláis.
Sí.
Alfonso, treinta años juntos. Yo me encargo de todo, de tu salud, de la casa, del presupuesto. Trabajo en Contabilidad de Fomento, llevo todo al día. Pienso en los dos.
Lo sé, Lucía.
Entonces, ¿por qué irte con una artista en vez de estar en casa?
Esta vez no supo contestar. O sí, pero no encontró palabras que no dolieran.
***
Se fue un viernes. Metió tres camisas, la maquinilla, un libro eterno. Lucía miraba desde la puerta mientras llenaba la bolsa.
¿A dónde vas?
Necesito estar solo. Pensar.
Alfonso, por favor, es absurdo.
Puede ser, pero me voy.
¿A verla a ella?
A pensar.
Alfonso.
Cerró la cremallera. Lucía en bata, digna. Su expresión era de quien ve que nada funciona ya.
Te llamaré dijo él.
Y salió.
***
Valeria no preguntó gran cosa. Cuando llamó para pedir asilo unos días, sólo dijo: Claro, el sofá es tuyo, vente. Y ya.
Durmió en el salón lleno de lienzos. Nacho el gato venía por las noches a dormirle en los pies. Las mañanas, desayuno en tazas desparejadas, café hecho en cazo pequeño con cardamomo, sentados viendo la lluvia por la ventana, hablando de nada importante: del tiempo, de que Nacho se había comido otra planta.
Lucía llamaba. Mucho al principio, luego menos. Cuando contestaba, Lucía sonaba igual de sensata.
¿Te has tomado la pastilla de la tensión? ¿La llevas contigo?
Sí, Lucía.
¿Tienes la chaqueta de abrigo? Va a hacer frío.
La tengo.
Te recuerdo que tienes el médico en dos días, a las cuatro. Lo reservé en enero.
Vale.
¿No puedes simplemente volver? ¿Qué te falta aquí?
Él tardaba unos segundos.
Lucía, te llamo luego.
La cosa fue a mayores: WhatsApp de su amiga Teresa (¡Alfonso, esto es de locos! Lucía está fatal), llamada de su jefe (¿Pero qué pasa, Alfonso?), mensaje del primo segundo (Alfonso, ¿todo bien?).
Alfonso sonrió, pensó que Lucía nunca perdía el control. Movilizaba a todos, como siempre.
¿Cómo estás? preguntó Valeria una tarde.
Raro. Da miedo. Es extraño.
Es normal.
Esta mañana me di cuenta de que no sabía qué camisa ponerme. Cogí la azul oscura porque me apetecía. No la blanca, ni la gris. Y pensé: hace veinte años que no decido yo la ropa.
¿Ella la elegía?
Me la sacaba por la noche. Decía que si no, saldría de casa como un desastre.
Valeria escuchaba.
Lucía me quiere dijo. Lo sé. Pero yo he desaparecido. Me convertí en un punto más de su lista.
***
Lucía apareció el domingo. Averiguó la dirección (con Lucía, nada se le resistía). Alfonso abrió, se miraron un rato en silencio.
¿Puedo pasar? preguntó.
Él asintió.
Lucía entró, miró todo. Detectó en el suelo unas botas de Valeria, una bufanda de colores, una chaqueta manchada de pintura, medio lienzo visible. Valeria salió de la cocina, las dos mujeres se midieron.
Buenas tardes dijo Lucía.
Buenas respondió Valeria.
Lucía se volvió hacia Alfonso.
¿Estás bien?
Sí.
¿Tomas las pastillas?
Lucía…
Solo pregunto.
Alfonso salía de la cocina con una ensalada de pepino en trozos irregulares. Lucía le palpitó el ojo al ver semejante desproporción.
Lucía dijo Alfonso, no hacía falta venir.
Alfonso, he vivido para ti, me he desvivido. Treinta años. Todo lo que hacía era por ti.
Lo sé.
Entonces, ¿por qué?
Valeria, desde la puerta:
Disculpa: ¿Puedo decir algo? No como enemiga, sólo como alguien externo.
Diga respondió Lucía mirando a otro lado.
El cuidado es cuando el otro respira a gusto. Cuando puede ser él mismo contigo. Si le cuesta respirar, eso no es exactamente cuidado. No le ha dejado respirar.
Lucía tardó en responder.
Usted no conoce nuestra vida.
No, no la conozco.
Alfonso se acercó, cogió la mano de Lucía. Ella no la apartó.
Lucía, voy a pedir el divorcio. Lo tengo decidido. No porque ya no te quiera o no te haya querido. Pero no puedo más.
Lucía miró las manos juntas. Luego las soltó. Cogió el bolso. Espalda recta, dignidad intacta.
No te olvides de las pastillas dijo en la puerta. Están en el cajón azul, arriba.
La puerta se cerró.
***
El divorcio duró medio año. El piso se quedó ella, Alfonso ni protestó. Él se buscó una habitación en una pensión por Argüelles, justo al lado del taller de Valeria. Casi cómico.
La vida se recolocaba despacio, como esos edificios del centro que restauran por fases.
Durante los primeros meses, hacía cosas raras. Compraba pan del que le daba la gana, aunque Lucía siempre prohibía la corteza dura. A veces cenaba de pie frente a la nevera. Se acostaba cuando quería. Un día terminó una película a la una de la madrugada sólo por el placer de quedarse. Y lo celebraba como un crío travieso.
Con Valeria fue yendo todo lentamente. Se gustaban, sí, pero sin prisas. Sabían que era importante y por eso mismo, nada de atajos.
En primavera fueron a pescar.
Alfonso alquiló cañas; Valeria les llevó en su viejo Renault rojo hasta un lago de Madrid norte, cerca de El Atazar. Valeria nunca pescó, lo advirtió de entrada.
Sentados al borde. Mañana fría, hierba mojada, y Alfonso, soñando con un termo de café… que se había dejado en casa.
Se me olvidó el termo.
Da igual dijo Valeria. Mira esa niebla.
Alfonso vio la niebla blanca y leve sobre el lago, el sol asomando anaranjado.
Es bonito dijo Valeria, en voz baja.
Alfonso pescó una perca enana, viva. Valeria chilló y se partió de risa cuando la soltó.
¡Déjala ir, pobrecilla!
Volvieron sin pesca pero llenos de barro: Alfonso resbaló, lanzó a Valeria detrás, y los dos acabaron untados y riendo a carcajadas, espantando a todos los patos.
La chaqueta de Alfonso quedó para lavar urgente.
Bah dijo Valeria, pero menuda mañana.
Alfonso la miró: el brazo manchado, el pelo desordenado, la cara feliz. Pensó: esto sí es vida, no un horario. Chaqueta sucia y niebla rosa.
***
Se casaron en otoño, un año y medio después. Una boda íntima, unos cuantos amigos, Jorge del trabajo, la amiga de Valeria de fotógrafa, y Nacho sentado en la ventana haciéndose el digno.
La vida con Valeria era un pequeño caos encantador. A veces gastaba el sueldo en óleos y se olvidaba de comprar huevos. Alfonso podía desmontar radios antiguas dejando la cocina como un quirófano tras una bomba. Ella perdía las llaves a diario. Él se olvidaba de cerrar el grifo.
Tenían sus discusiones: por dinero, por los pinceles abandonados, o por el destornillador que Alfonso metió sin poder explicarlo jamás en el congelador.
Pero cuando discutían, nadie hacía listas de agravios. No había marcadores. Se cabreaban, callaban, y el primero que ponía el hervidor de agua firmaba la paz. El otro venía y tomaban café juntos. Y ya.
***
Lucía se enteró de la boda por Teresa. Teresa tenía que saberlo todo de todos.
El primer tiempo tras la separación, Lucía funcionó como por inercia. La casa inmaculada, la cena siempre a su hora. El trabajo en Fomento, los balances cerrados y llamadas atendidas.
Pero por las noches la casa era demasiado silenciosa. Demasiado grande. Se pillaba poniendo dos tazas de té. Quitaba una. Dolía más de lo esperado.
La jefa, Carmen cincuenta y muchos, inteligente y directa la paró un día al salir.
Lucía, ¿estás bien?
Todo bien.
Llevas dos meses que no es cierto. Lo veo.
Son cosas de casa.
¿El marido se fue?
Lucía la miró.
¿Cómo lo sabes?
No lo sé. Lo huelo. Me pasó hace años. Te doy un consejo: limpia las emociones antes que el polvo. Busca a un especialista.
Iba a decirle que no necesitaba consejos. Se calló.
***
Se buscó psicóloga en Lavapiés. Empezó callada, monosilábica. Se sentía como si la desnudaran en público.
El cuarto día, la psicóloga preguntó:
Lucía, ¿cuándo te dio más miedo? ¿No por tu marido, por ti?
Pensó mucho.
Cuando le vi haciendo la maleta. Cuando supe que se iba y no podía pararlo. Cuando vi que no tenía control.
¿Por qué era vital ese control?
Pensó más. La nieve caía tras la ventana.
Si no lo controlo todo, se hunde. Mi madre decía: Lucía, tú asegúrate, que los hombres si no, se dispersan. Así vivía mi madre. Pero mi padre también se fue. Y ella seguía igual.
La consulta era como una manta, cálida.
O sea, siempre te dio miedo perder si soltabas.
Sí.
¿Y qué pasó en realidad?
Que si aprietas demasiado, también pierdes.
Costó decirlo. Pero al decirlo, sintió algo parecido a alivio.
***
Fue al Centro Cultural por consejo de Teresa: Métete en la exposición de acuarela, hay buen ambiente. Era domingo, la casa se le caía encima.
La expo era buena. Lucía no entendía mucho de arte, pero le gustaba la transparencia de aquellos cuadros.
Delante de un paisaje de río se le acercó un hombre algo mayor, cara amable y ojos distraídos.
Qué curioso dijo él, no tanto a ella como en voz alta, el autor deja ese rincón sin pintar. ¿Lo ve? Sólo el blanco del papel, y eso ilumina todo.
Lucía miró el cuadro.
Nunca lo noté.
Pasa mucho. Soy Andrés.
Lucía.
Torpe, pero agradable. Al salir, enganchó la chaqueta a la puerta y la cremallera se trabó. Lucía le cogió la manga sin pensarlo.
Déjeme.
Arregló la cremallera en un suspiro. Andrés puso cara de niño impresionado.
Gracias dijo. Ya llevaba un mes peleándome.
Le toca comprarse otra.
Siempre lo aplazo, odio tiendas.
Salieron juntos. Él enseñaba guitarra en el centro, iba a las exposiciones todos los domingos.
Si vuelves por aquí, avísame dijo.
Ella no prometió nada. Pero al domingo siguiente, fue.
***
Con Andrés era extraño. Viudo hacía tres años, solo, litros de té, guitarra todas las noches, y cierta incapacidad para recordar si era martes o jueves. Capaz de pasarse una hora hablando del sentido de las ramas en torno a un banco del parque.
Lucía, de entrada, quiso organizarle. Compra una agenda, ordena la nevera, cambia los botes de estante. Un día empezó a moverle las latas.
Andrés le cogió la mano.
Lucía, así me arreglo bien. De verdad.
Ella miró el armario. La mano de él, cálida. No había enfado, ni lección, ni queja. Dejó las latas donde estaban.
Eso fue nuevo. Luego se notó a sí misma: las manos le iban solas a colocar, a mejorar, a ordenar. Y ella, por primera vez, las detuvo. No siempre. Pero cada vez más.
La psicóloga dijo:
No puedes controlar al otro, sólo a ti misma. Es mucho más apasionante.
Lucía lo pensaba mucho.
Empezó a hornear. Siempre fue de receta exacta, pero un día Teresa le dio un bizcocho de manzana: Échale canela al gusto. Al gusto. Lucía se quedó dudando con la canela en la mano. Decidió ser generosa. Quedó con sabor fuerte. Pero el aroma era tal, que se comió medio de pie, caliente.
¿Has aprendido a hacer bizcocho? sorprendida Teresa.
Aprendo. No siempre sale bien. Pero es divertido.
Y al salir de la casa de Teresa, se sorprendió a sí misma, sonriendo sin motivo por la calle, en pleno otoño.
***
Se cruzaron dos años después. En el parque de la Casa de Campo. Alfonso y Valeria caminaban hacia el lago; Lucía estaba sentada leyendo, esperando a Andrés, que fue por cafés.
Primero le vio a él, caminando delante con su camisa azul. Valeria iba al lado, hablando y riendo.
Lucía cerró el libro.
Alfonso la vio, frenó; intercambiaron miradas. Él se acercó.
Lucía… Hola.
Hola, Alfonso.
Valeria se apartó, dándoles espacio. Lucía lo notó.
Estás bien dijo Alfonso, y lo decía sinceramente. Lucía se veía distinta, menos tensa.
Tú también.
Silencio. Octubre, alfombra de hojas.
¿Qué tal? preguntó ella.
Bien. Nos vamos con Valeria a recorrer el sur en coche. Sin planes, solo conducir y parar donde dé la vida.
¿Destino?
Ninguno concreto. Esa es la gracia.
Lucía asintió. Miró a Valeria, que examinaba un árbol.
¿Y tú? preguntó Alfonso.
Bien. Aprendiendo a hacer bizcochos. Suena raro, ¿no?
Qué va.
A veces la lío, la última vez eché demasiada levadura y se rajó. Pero nos lo comimos igual.
Eso está bien.
Andrés dijo, dudando. Es… bueno, profesor. Muy despistado. Paró. Y aprendo a no corregir todo.
Alfonso la miró.
Difícil para ti.
Mucho. Pero… pero es interesante.
Andrés regresó del kiosco con dos cafés y una bolsa de rosquillas.
¡Lucía! la llamó con alegría y casi se le cae el café. ¡Cogí rosquillas de las de canela y de anís, para que elijas!
Ella se rió, feliz.
Alfonso la miró.
Te ríes.
Me río dijo. Y se sorprendió a sí misma.
Valeria se acercó.
No queremos molestar, dijo. Nos vamos.
Todo bien respondió Lucía. Y era verdad.
Se despidieron. Sin reproches ni cuentas pendientes. Un pequeño saludo. Valeria se despidió con la mano, cálida, ni enemiga ni vencedora.
Lucía los miró alejarse, Alfonso diciendo algo a Valeria, ella riendo y sujetándole del brazo.
Andrés le ofreció la bandeja.
Toma, elige tú.
Lucía cogió la de canela. Estaba caliente y se deshizo un poco.
El parque otoñal crujía de hojas. Sonaban niños a lo lejos. Las nubes navegaban lentas por el cielo.
Lucía masticaba la rosquilla, sentada, y pensaba: Podría no haber aprendido nunca qué es amar y no mandar. Y no lo habría aprendido, si él no se hubiese marchado.
Andrés se sentó y al abrir la bolsa, tomó una de anís.
¿Quieres? le ofreció tímido.
Ella la aceptó.
Sí, quiero.







