He estado saliendo casi un año con una mujer, nunca he escatimado en gastos ni para ella, ni para su nieto. Pero bastó con que le pidiera unos pocos pastelitos para llevar y en ese instante supe muy bien cuál era mi lugar.
Te cuento, estábamos en una cafetería muy apañada en el centro de Sevilla, ambiente tranquilo, musiquita suave de fondo, y yo ahí, viendo cómo el camarero dejaba cuidadosamente delante de nosotros un táper de plástico donde nos habían guardado un trozo apenas tocado de tarta de chocolate. Carmen, con esa satisfacción tan suya, acercó el recipiente y lo guardó en su bolso con una sonrisa de esas que me hicieron perder la cabeza hace meses.
A mi nieto Lucio le encanta todo lo que lleve chocolate me dijo. Yo ya estoy llena, ni me apetece. ¡Sería un pecado dejarlo aquí, verdad?
Miré, asentí en silencio, llamé al camarero y pagué la cuenta, que incluía la tarta para Lucio, mi café, su ensalada Vamos, nada nuevo. No era cuestión de dinero, jamás lo ha sido. Pero es ese rollo que en los últimos meses se fue repitiendo: Carmen, siempre que puede y normalmente a costa mía se lleva lo que puede para agasajar a su adorado nieto.
La primera vez que me chirrió algo fue hace unos tres meses. Fuimos al cine a ver el taquillazo del momento. Yo pagué las entradas y, al pedir en la barra, Carmen pidió el cubo más grande de palomitas dulces y un botellón de Fanta de naranja. Me extrañó, porque normalmente cuida la línea, no es de dulces ni de refrescos, pero pensé, mira tú, hoy toca lujo. Nos sentamos, bajaron las luces, y cuando fui a coger un poco de palomitas, Carmen tapó el cubo con la tapa que pidió en la barra y no comió ni una.
¿No piensas comer? le susurré.
Ay, no me apetecen, las quiero para Lucio me susurró. Esta noche duerme en casa, le vuelven loco las palomitas del cine, y claro, mis hijos no se las compran casi nunca.
Casi me atraganto con la Fanta. O sea, que el cubo era para el nieto y yo como si tal cosa. Estuve incomodísimo durante toda la peli, el cubo parecía blindado. Al llevarla a casa, la tía se bajó con su cubo de palomitas feliz, y yo, sinceramente, parecía el repartidor que encima ha puesto la pasta.
Y lo importante, Carmen no tiene problemas de dinero. Trabaja, viste bien, tiene su coche. No hay ninguna necesidad real de andar así.
El otro día fue la gota que colmó el vaso. Carmen me invita a almorzar en su casa prometiendo que iba a hacer empanadillas caseras, de las que tanto me había hablado. Voy con vino bueno, fruta, un buen lomo embuchado y jamón para enriquecer la mesa. En cuanto abro la puerta huele a gloria, a horno y masa recién hecha.
En la cocina había un bol enorme tapado con un paño. Se intuía un montón de empanadillas doraditas. Nos sentamos, sirvió té y trajo cinco empanadillas. Prueba, Martín, que están templadas, me dijo con esa voz suave. Me supieron a gloria bendita. Tres de carne, dos de atún, comí hasta quedarme redondo y pensé: esto es hogar.
Car, están de escándalo le dije, tirado hacia atrás. Esta noche vienen mis nietos a casa y mi hija nunca cocina. ¿Me dejas llevar unas cuantas para que las prueben? Se hartan de las del súper y sabes que andan deseando casero.
Ahí fue como si le diese un cortocircuito. Dejó de sonreír, se volvió seria, dura, toda tensión.
Ay, Martín Yo encantada, pero no puedo darte muchas. Esta noche viene Lucio y básicamente las he hecho para él. Solo sobran unas pocas.
Se levantó, fue al bol (que tendría más de treinta empanadillas, te lo juro), rebuscó, cogió una bolsa pequeña y metió solo tres: dos de atún y una de carne.
Toma, para que prueben, pero solo un poco. Lucio ya cuenta con cenar esto.
Me quedé mirando la bolsa como si no me lo pudiera creer. Acababa de llevarle vino, embutido y fruta, jamás le he escatimado nada, y ¿así reparte, como si dos empanadillas fueran el tesoro de la Isla? Le dije, aún intentando ser cordial:
Car, hay un montón, Lucio ni de broma se las zampa todas. Dale al menos un par más a los míos, que son dos.
Ella, tiesa, tapó de nuevo el bol y contestó como quien está defendiendo una fortaleza:
Martín, he hecho la cuenta justa. A Lucio le prometí empanadillas para cenar. No te ofendas, pero no voy a repartir lo que he preparado. Tú ya has comido y te han gustado, así que ya está. Estas son para mi nieto.
Repartir, lo llamó. Como si yo fuera un pedigüeño y no su pareja, como si pedir cuatro empanadillas para mis nietos fuese una osadía.
En serio, ¿por qué quedo yo por debajo de un niño de seis años? Me fui en media hora, poniendo cualquier excusa, y las tres empanadillas quedaron en el asiento del copiloto. El aroma, que antes me sabía a hogar, ahora me resultaba frío, distante, como una fachada.
Yo siempre pensé que en una pareja, los dos adultos son primero; los niños y nietos, por supuesto, son importantes, pero luego. Para Carmen, el epicentro es ese crío. El primer plato, el mejor trozo, siempre para él, y yo, pues el patrocinador que paga la cuenta, el cine, y la merienda para llevar.
Pago la tarta en la cafetería para su nieto: súper normal, porque somos familia, aunque llevamos sólo un año saliendo. Pero ¡ay de mí si pido empanadillas para los míos! Eso ya no, eso es repartir.
Cuando llegué a casa, mis nietos ya corrían por el salón, mi hija cansada desempaquetando las bolsas.
¡Huele a empanadillas, papá!
Saqué la mísera bolsita y sentí hasta vergüenza.
Las trae Carmen dije, evitando mirarla a los ojos. Probadlas.
Volaron en un minuto.
¿No hay más? preguntó mi nieta, relamiéndose.
No, cielo respondí, saliendo a fumar al balcón.
Ahí, mirando las luces de la ciudad, pensé: ¿para qué quiero yo esto? ¿De qué me sirve una mujer que considera que mi dinero es de los dos cuando es para su nieto, pero sus empanadillas son intocables? No es cuestión de comida, eso lo puedo comprar mil veces si hiciera falta. Es la actitud.
Y lo peor: ella ni se enteró. Por la noche me llama, contenta: Lucio ha llegado, se ha puesto morado de empanadillas, está viendo dibujos feliz. Yo escuchaba, en silencio. Me daban ganas de decirle: Los míos también preguntaron si había más pero no había.
¿No te suena esto a doble rasero? ¿A que lo bueno sólo tira para un lado y de ti se espera que pongas siempre? ¿Hablarías de ello? ¿O simplemente esto es cosa de abuelas y yo ya me estoy volviendo cascarrabias?






