Ser feliz es imprescindible

Ser feliz es imprescindible

El padre se va de casa, marchándose con otra mujer, cuando Marisol apenas tiene cuatro años. Se despide justo después de Reyes, le pide perdón en el umbral y cierra la puerta tras de sí con un portazo suave.

Su madre se toma la noticia con la calma de quien ya la esperaba, casi como parte de un destino familiar. En su familia, ninguna mujer ha tenido nunca un matrimonio duradero. Sin embargo, un par de semanas después, en una noche silenciosa, se toma todas las pastillas que encuentra tranxilium y paracetamol y se queda dormida para siempre, sin apenas ruido.

Por la mañana, Marisol intenta despertar a su madre durante mucho rato, primero con insistencia, luego con temor. Al no conseguirlo, desayuna de lo que queda en la nevera y vuelve a la habitación, empeñada en despertarla una vez más. Cansada, finalmente se queda dormida abrazándola.

El día de enero pasa volando; ya empieza a oscurecer cuando la niña por fin abre los ojos. Se despierta tiritando, se arropa más con la manta y se acurruca contra su madre, pero el frío se le mete más adentro. Solo entonces Marisol se da cuenta de que ese frío tan hondo viene de su madre, un frío que duele. Las lágrimas ardientes le queman las mejillas.

La puerta del piso suena al abrirse en el vestíbulo. Marisol sale disparada. Ha llegado Carmen, la hermana pequeña de su madre.

Manolita, ¿estás en casa? ¿Y tu madre? Llevo todo el día llamando, no coge el móvil. ¡Me tienes preocupada!

Marisol se aferra a su tía del abrigo y tira de ella hacia el dormitorio. Sus ojos muy abiertos, llenos de lágrimas, señalan con el dedo hacia dentro mientras balbucea algo que nadie oye. Su boca se mueve, su rostro contrariado se retuerce, lloriquea y moquea, pero los sonidos no salen.

Carmen nunca pudo tener hijos. Su marido se fue tras cinco años de matrimonio. Siempre ha querido a su sobrina con devoción, siendo para ella casi una segunda madre. Cuando ocurre la tragedia, Carmen tramita toda la tutela, y Marisol se queda a vivir con ella. La protege día y noche, pero ni la mejor atención ni años de terapia logran devolverle la voz.

Este invierno, los fríos llegan para San Sebastián, acompañados de mucha nieve, de verdad, de la que cruje bajo los pies. Marisol y sus amigas pasan el día entero en el parque de El Retiro, tirándose con el trineo, haciendo una familia de muñecos de nieve y lanzándose en los montones para hacer ángeles blancos.

Vamos a casa, anda. Llevas tanta escarcha encima que ni te puedes mover y los guantes están duros como el hielo. Venga, y paramos en el Día a por leche y macarrones dice Carmen mientras se atan los abrigos.

Fuera, la gente va y viene del supermercado. Junto a la entrada, en el lado derecho, un gato naranja observa todo con aire de filósofo, ojos entornados, como si sólo tomara el aire. Solo sus patitas tiemblan del frío. Marisol se agacha junto a él, y le hace señas a Carmen para que entre sola.

Bueno, espérame aquí, no te muevas ni un paso dice Carmen, que entra deprisa a comprar.

La niña acaricia al gato despacio. Él se estira y ronronea tan alto que parece vibrar. Marisol lo abraza por el cuello, pegando su mejilla a la del animal. Y entonces, de repente, las lágrimas calientes le bajan por las mejillas, y el gato, curioso, empieza a lamérselas entre estornudos.

¡Ay, bonita, qué haces! ¡Que ese gato es callejero, está sucio!

Carmen tira de Marisol para llevarla al coche. La pequeña se resiste, patalea, pero su tía termina por meterla en el asiento trasero y subirse al volante.

El gato también sigue el coche. Miau detrás, mira directo a Marisol a través del cristal.

No puedo dejarle, es mío, se va a morir sin mí susurra Marisol, dejando huellas de lágrimas en la ventanilla.

¿Eso lo has dicho tú? Repítelo, ¡repítelo! le susurra Carmen, temblando de emoción.

No podemos dejarle. ¡Morirá si lo hago! grita su sobrina, de repente, voz firme, mirándola a los ojos.

Carmen salta del coche, coge al gato en brazos y vuelve atrás, sentándose con Marisol en la parte de atrás. El pelirrojo, asustado, se aferra a su abrigo pero, al ver a la niña, se le sube al regazo y se queda quieto.

¿Querías a este gato? Pues ya es tuyo. Si me lo hubieras dicho antes, hace tiempo que te lo hubiera buscado dice Carmen, sonriendo.

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Ser feliz es imprescindible
Mi hijo y mi marido no necesitaron a nuestra propia abuela.