Tamara Ibáñez descubrió que su marido veía a la vecina de la casa de campo cuando fue a pedirle sal para encurtir los pepinos.

Carmen Eugenia descubrió que su marido se veía con la vecina de la casa de campo una tarde, justo cuando fue a pedirle sal para encurtir pepinillos. Quien abrió la puerta fue Ramón. Su Ramón. Vestido tan solo con calzoncillos y camiseta interior.

¿Ramón? apenas pudo susurrar ella.

Él palideció, luego se puso colorado, y se volvió a poner blanco.

Carmela espera, te lo explico todo

Detrás de él apareció Rosario, la vecina, viuda desde hace muchos años. Llevaba una bata echada deprisa sobre la piel desnuda.

¿Ramón, quién es? preguntó ella, asomándose y viendo a Carmen. Ay…

Tres personas quedaron inmóviles, mirándose. Carmen dio media vuelta y salió de allí. Rápido, casi corriendo.

¡Carmela! ¡Espera! Ramón salió tras ella, todavía olvidando que iba en ropa interior.

Toda la calle, en la que había doce casas de campo, se asomó para mirar.

Ramón Fernández, hombre respetado, presidente de la asociación vecinal, corriendo tras su mujer por la calle, sin pantalones.

Parece que ha llegado el circo murmuró Juan, el vecino de al lado.

Carmen entró en casa y atrancó la puerta. Ramón golpeaba.

¡Carmela, abre! ¡Déjame explicarlo!

¿Cuántos años? le gritó ella tras la puerta.

¿Qué?

¿Cuántos años lleváis viéndoos?

Ramón guardó silencio. Finalmente, murmuró:

Dieciocho.

Carmen se desplomó detrás de la puerta. Dieciocho años. Justo los que acababa de cumplir su hijo menor, Ignacio.

El portón chirrió y Rosario entró en el patio. Ya venía peinada y vestida.

Carmen, sal. Tenemos que hablar.

¡Fuera de aquí, víbora!

Carmen, somos gente mayor, no montes un escándalo.

Carmen se recompuso, salió, se sentó en el porche. Rosario se acomodó a su lado. Ramón andaba de un lado a otro.

Dieciocho años murmuró Carmen. ¿Cómo ha podido ser?

¿Recuerdas cuando tuviste lo de la espalda? Aquella vez que estuviste en el hospital dos meses…

Claro que lo recordaba. La operación, la larga recuperación. Ramón lo descuidó todo: los pepinillos pasados, los tomates podridos. Carmen hasta se extrañó de que lograra apañarse solo.

Yo le ayudé continuó Rosario. Con el huerto, con la comida. Y pues…

Y surgió entre nosotros masculló Ramón.

¡Dieciocho años! Carmen se levantó. ¡Me habéis tomado por tonta año tras año!

Nadie te veía así replicó Rosario, también poniéndose en pie. Tú tenías tu vida, nosotros la nuestra.

¿La vuestra? ¡Pero si es mi marido! ¡El padre de mis hijos!

¿Y qué? ¿Acaso ha dejado de ser tu marido? ¿Tus hijos pasaron hambre? ¿La casa y el campo descuidados?

Carmen levantó la mano, pero Ramón se la sujetó.

Carmela, no hace falta.

¡No me toques!

Ella se soltó y volvió a entrar en la casa. Afuera, el corrillo de vecinos seguía atento. Las noticias corrían rápido en la urbanización.

¡Venga, cada uno a lo suyo! gritó Ramón. ¡El espectáculo terminó!

Pero nadie se iba. Todo el mundo cuchicheaba. Luisa, de la parcela tres, se atrevió a decir bien alto:

¡Yo siempre lo sospeché! ¡Les vi juntos más de una vez!

Tú siempre inventando tonterías gruñó su marido. ¡No ves tres en un burro!

Será tú, que pareces un topo. ¡Yo no me pierdo detalle!

Por la tarde, Carmen se sentó en la galería. Ramón no paraba de pasear.

Carmela, di algo al menos.

¿Qué quieres que diga? ¿Divorcio?

¡¿Pero qué divorcio?! ¡Si tenemos sesenta años!

¿Y qué? ¿Después de los sesenta ya no se separa la gente?

Venga, Carmela, no digas disparates. ¡Cuarenta años juntos hemos estado!

Y dieciocho de esos los pasaste con Rosario.

¡He vivido contigo! Solo… bueno, de vez en cuando iba a verla.

¿De vez en cuando?

Bueno… dos veces por semana.

Dos veces por semana durante dieciocho años, eso no es de vez en cuando, Ramón. ¡Eso es tener calendario!

Él se sentó frente a ella.

Carmela, entiéndeme. Te quiero. Pero Rosario… es distinta.

¿Mejor?

No mejor. Solo distinta. Contigo tengo la casa, los hijos, la rutina. Con ella descanso de todo eso.

¡¿Tú descansas?! ¡Y yo, siempre liada con encurtidos!

¡Pues eso! ¡Tú siempre ocupada! Pepinillos, tomates, mermelada Y yo solo quería a veces sentarme y charlar.

¿Y conmigo no se puede hablar, no?

Contigo hablamos de hijos, de nietos, del huerto. Con ella hablamos de libros, de la vida.

¿Ella lee? Carmen se sorprendió.

Conocía a Rosario como una mujer sencilla, de pueblo.

Lee. Y sabe recitar poemas. Le gustan los clásicos.

A Carmen le salió casi la risa. ¿Ramón y los clásicos?

¿Y ahora qué?

No sé. Lo que tú decidas.

¿Yo? ¿Y tú qué?

Yo Carmela, tengo sesenta y dos años. ¿Qué decisiones ya puedo tomar yo? Ahora toca vivir tranquilo, sin líos.

¿Tranquilos con quién? ¿Conmigo o con ella?

Ramón calló. Finalmente, dijo:

¿Y no puede ser con las dos?

Carmen agarró lo primero que encontró: un frasco de pepinillos. Lo lanzó. Erró el tiro. El bote se estrelló contra la pared.

¡Vete de aquí!

Ramón se fue. Claro, con Rosario.

Aquella noche, Carmen no pegó ojo. Lo pensó todo. Cuarenta años, dos hijos, nietos, aquella casa de campo que levantaron juntos.

Y dieciocho años de engaño.

Aunque ¿fue engaño, realmente? Él nunca le prometió fidelidad. Solo vivía. Con ella, y con Rosario.

Por la mañana vino Pilar, de la parcela cinco, trayendo una empanada.

Carmen, ánimo.

Gracias.

Si quieres, mi marido le parte la cara al Ramón.

No hace falta. No somos unos críos.

Y tú, ¿qué harás?

Nada, por ahora.

Yo lo largaba. ¡Vaya traidor!

Pilar, ¿y tu Luis no se va a veces a casa de Luisa, la de la parcela tres?

Pilar se puso colorada.

¿Por qué dices eso?

Os he visto en las frambuesas.

Eso eso no era nada

¿Ah, no?

Hablaban de las plantas…

¿Abrazados?

Pilar se fue, dando un portazo.

A mediodía, pasó Juan:

Doña Carmen, si quiere, puedo ararle la tierra, echarle una mano

Gracias, no hace falta.

Que, bueno, Ramón me pidió que le dijera que vendrá por la tarde a recoger sus cosas.

¿Qué cosas? ¿Sus calzoncillos?

Bueno, no sé. Me dijo que lo dijera.

Ya está dicho. Gracias.

Juan dudó un poco y se marchó.

Por la tarde, Ramón de verdad apareció. Cabizbajo.

Voy por mis cosas.

Adelante.

Él entró. Carmen fue tras él.

Ramón ¿Por qué precisamente Rosario? ¿Qué tiene ella?

Él se detuvo.

No sé. Con ella es todo fácil.

¿Y conmigo difícil?

No difícil. Pero tú siempre sabes hacerlo todo bien: cómo encurtir pepinillos, cuándo plantar patatas, cuánto dar a los nietos, todo. Ella no sabe, me pregunta.

¿Y te hace sentir inteligente?

Más bien, necesario.

Carmen se sentó en la cama.

Ramón, yo tampoco lo sé todo. Por ejemplo, no sé cómo se vive cuando tu marido lleva dieciocho años viéndose con la vecina.

Carmela…

No sé cómo mirar a los hijos. Cómo explicar a los nietos por qué su abuelo vive ahora con la de al lado.

¡No hace falta decir nada!

Hay que decirlo, Ramón. Mañana viene Álvaro, con su mujer y el pequeño. ¿Qué les digo?

Diles que nos hemos peleado.

Ramón se sentó junto a ella.

Carmela, ¿y si intentamos olvidar todo esto?

¿Cómo?

Fingimos, como si no hubiera pasado nada.

Claro. Rosario detrás de la valla, tú viéndola cada día y aquí no pasa nada.

Entonces, ¿qué quieres tú?

Carmen se asomó a la ventana. Veía a Rosario regando los pepinillos, con la misma bata.

¿Sabes qué? Vive donde quieras, pero a los nietos se lo cuentas tú.

¡Carmela!

Y este año, los pepinillos los encurtes tú.

¡No sé!

Rosario te ayuda. Ella es tan culta; seguro que se apaña.

Ramón salió con su hatillo. Los vecinos de nuevo pendientes.

Aquella noche, Carmen oyó ruidos. Alguien rondaba en el jardín, refunfuñando. Salió. Ramón estaba junto a el invernadero.

¿Qué haces?

Revisar los tomates. Mañana dan calor, hay que abrirlo.

Pero si te has ido.

Me fui. ¡Pero los tomates son míos! Los he criado yo.

¿Y?

¡Pues que no los voy a dejar morir!

Abrió el cristal del invernadero y se fue. Atravesó la valla.

Por la mañana llegó Álvaro con la familia.

Mamá, ¿y papá?

Está en casa de la vecina.

¿De visita?

Vive allí.

Álvaro se sentó.

¿Cómo?

Carmen se lo contó todo. Sin detalles, sin dramatismo.

¿¡Dieciocho años!? Mamá, pero entonces

¿Qué?

Cuando Ignacio nació, ¿ellos ya?

Así parece.

Álvaro marchó donde Rosario. Carmen oía los gritos, luego el portazo. Su hijo regresó.

Papá dice que os quiere a las dos.

Qué suerte, ¿no?

Mamá, no lo sé. ¿Y si es verdad que os quiere?

Álvaro, ¿tú podrías? ¿Querer a dos mujeres?

Yo, no. Pero papá papá es único.

Eso es verdad.

El nieto salió al patio.

Abuela, ¿por qué abuelo vive en casa de tía Rosario?

Porque la ayuda a cuidar su huerta respondió Carmen.

Álvaro soltó la carcajada.

Mamá, eres la caña

Otra vez por la noche ruido. Carmen salió. Ramón regaba los parterres.

¿Tú estás bien?

¡Con esta sequía todo se va a secar!

Tu nueva familia te espera, riega allí.

¡Rosario tiene su huerto! ¡Este es mío!

Pues cuídalo tú.

Carmen cogió la manguera.

Anda, te ayudo. Si no, vas a estar toda la mañana.

Regaron en silencio. Luego se sentaron en un banco.

Ramón, dime la verdad, ¿a quién quieres más?

Carmela, por Dios

Es una pregunta normal. ¿A quién?

Ramón meditó.

A las dos. Pero de manera diferente.

¿Cómo es eso?

Tú eres como mi mano derecha: fiable, indispensable. Sin ti no sabría qué hacer. Rosario es como una fiesta. Pocas veces, pero alegran la vida.

¿Y si yo no estuviera?

¡Uf! ¡Qué cosas dices!

¿Y si no? ¿Te casarías con Rosario?

No lo sé. Probablemente no.

¿Por qué?

Porque entonces se volvería mi mano derecha y se acabarían las fiestas.

O sea, ¿quieres a ambas?

Eso parece.

Se quedaron en silencio, mirando las estrellas.

Ramón, ¿y si busco una fiesta yo también?

Ramón se puso nervioso.

¿Cómo? ¿Un hombre? ¿Juan, quizás?

Juan se ofreció a ayudarme.

¡Juan! ¡Le mato!

¿Qué le harás? Si tú ahora vives con Rosario.

¡Eso es distinto!

¿En qué?

Carmela, tú no eres de esas…

¿Y tú sabes cómo soy? Igual empiezo a leer clásicos.

No lo haces.

Pero puedo aprender.

Ramón se levantó.

Carmela, en serio, ¿qué quieres?

¿Qué quería ella? ¿Volver atrás? Ya no se podía.

Vivir tranquila. Encurtir pepinillos. Cuidar de los nietos.

¿Y?

Y nada más. Vive donde quieras.

¿Cómo?

Si quieres ir con Rosario, vete. Si quieres volver, hazlo. Pero no me mientas más.

¿Y si viene Juan contigo?

No vendrá. Tiene a Nuria, la de la parcela nueve.

¿Cómo lo sabes?

Ramón, no estoy ciega Solo he callado. Como todos aquí.

Por la mañana, Ramón volvió con sus cosas.

¿De verdad puedo volver, Carmela?

Hay cama en el trastero. Infla el colchón y duermes allí. Ya te apañas.

Ramón dejó su hatillo y fue a por el colchón.

Los vecinos murmurando, Rosario regando pepinillos, como si nada.

El hijo salió al porche.

¿Mamá, papá ha vuelto?

Está inflando el colchón en el trastero.

¿Eres una santa? ¿Le perdonas?

No, hijo, tonta sí, santa no. A estas alturas, cambiar ya es tarde.

Una semana después, Ramón pasó del trastero a la casa. Al mes, Carmen ni notaba cuando él iba dos veces por semana a ver a Rosario. Un año después, nadie en la calle recordaba el asunto.

Nuevos chismes surgieron. Luisa se fue con Pedro, de la quinta parcela, y Pilar se mudó con el marido de Luisa.

Carmen encurtía pepinillos. Ramón construía un nuevo invernadero. Rosario, tras la valla, leía un libro.

Al fin y al cabo, ¿qué es el amor? Compartir cuarenta años, criar hijos, construir un hogar, plantar un jardín.

Y aceptar que la perfección no existe. Ni siquiera en el amor.

Especialmente en el amor.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

20 − one =

Tamara Ibáñez descubrió que su marido veía a la vecina de la casa de campo cuando fue a pedirle sal para encurtir los pepinos.
La abuela echa al nieto