Mi compañero de piso me lanzó un ultimátum: —«¡No puedo más!» —gritó apenas me vio— «¡Estoy harto de ese viejo gato!»… así que le invité a marcharse —no era el compañero adecuado.

Mi compañero puso un ultimátum: ¡Así no puedo seguir! gritó nada más verme. ¡Estoy harto de este gato viejo!… y yo lo eché de casa no era el adecuado para mí.

En el recibidor reinó un silencio denso. Se marchó, dando un portazo. Su chaqueta ya no colgaba del perchero, el intenso perfume desapareció en el aire, y en la estantería de zapatos quedó un hueco vacío, como si la vida de otro se desvaneciera.

Exhalé profundo y bajé la mirada. A mis pies, con las orejas bajas y arrastrando un poco la pata trasera, estaba sentado Basilio. Quince años vividos y seis kilos de lealtad incondicional.

Bueno, viejo amigo murmuré, agachándome y hundiendo los dedos en su pelaje, ya no tan brillante como antes. Parece que otra vez hemos salido adelante.

Basilio contestó con un cortito y confiado miau.

El gato con pasado y la ilusión del compromiso

Álvaro apareció en mi vida hace medio año. Nos entendimos enseguida y, casi sin darnos cuenta, decidimos irnos a vivir juntos. Basilio no era sorpresa para él: en nuestras citas siempre hablaba de sus manías y Álvaro sonreía y aceptaba. A mí los animales me caen bien, me aseguraba.

Pero Basilio es un gato con historia. Lo recogí siendo apenas un cachorro bajo un aguacero. Recorrimos juntos alegrías, pérdidas, momentos decisivos. Es el testigo silencioso de mi vida y guardián de secretos. Hoy tiene quince años, insuficiencia renal, una estricta dieta y necesita goteros habitualmente; forma parte de nuestra realidad.

Desde que Álvaro se mudó, su supuesto amor por los animales se evaporó.

Al principio no fue grave. ¿Por qué duerme a tus pies? No es higiénico. ¿Para qué tanto gasto en el veterinario? Es solo un gato, puedes adoptar otro.

Yo intentaba suavizar las cosas: cambiaba las sábanas con frecuencia, compraba arena buena, medicaba a Basilio mientras Álvaro no estaba. Cedía, convenciéndome de que así funcionaban las parejas.

El momento de la decisión

Era martes y yo llegué tarde del trabajo; Álvaro había llegado antes. Al abrir la puerta, me recibió el olor fuerte a lejía y unos gritos.

Basilio se había puesto malo en la alfombra nueva que Álvaro acababa de comprar. Sí, desagradable. Pero tenía solución.

Álvaro estaba en medio del dormitorio, rojo de rabia, señalando al pobre gato que temblaba bajo la cama.

¡No aguanto más! gritó al verme ¡Estoy harto de este gato!

Me quité el abrigo en silencio y empecé a hablar calmada:

Es un ser vivo. Tiene quince años. Está enfermo dije, cogiendo un limpiador.

¡Me da igual! Yo quiero vivir limpio y cómodo. Elige: o yo, o ese saco de huesos. Antes de esta noche decide: déjalo en la protectora o haz lo que sea, si no me voy.

Me incorporé, apretando el trapo en la mano. Álvaro esperaba lágrimas y ruegos, pero opté por otra cosa.

No tienes que esperar a la noche dije tranquila. Tu maleta está arriba, tienes quince minutos.

¿Hablas en serio? ¿Me echas por el gato? ¿Entiendes que te vas a quedar sola a los cuarenta con ese…?

El tiempo corre.

Iba metiendo sus cosas en la maleta, lanzando reproches por toda la casa. Yo callaba: con cada palabra mi certeza crecía. Basilio, mientras, permanecía en silencio bajo la mesa de la cocina.

Cerró la maleta y se acercó.

Carmen, venga, estaba nervioso. Hablemos en calma. Podemos llevarlo a tu madre, de verdad, este olor…

No respondí en seco. No es por el olor, Álvaro. Es por hacerme elegir.

Cuando la cerradura sonó, fui a la cocina y me serví agua. Basilio salió de su escondite, se acercó, me rozó el tobillo con su nariz húmeda y soltó un conciso: Miau.

A veces, la verdadera lealtad se reconoce en los ojos de quien nunca te pide elegir, pero siempre se queda a tu lado.

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Mi compañero de piso me lanzó un ultimátum: —«¡No puedo más!» —gritó apenas me vio— «¡Estoy harto de ese viejo gato!»… así que le invité a marcharse —no era el compañero adecuado.
La receta de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos inquilinos al segundo piso. Era la familia del jefe de sección de la fábrica, pilar industrial en un pequeño pueblo de la España profunda. —¿Pero qué hacen viviendo en un piso antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, jubilada, a sus amigas—. Con los contactos que tienen, fijo que podrían haberse agenciado uno en esas casas nuevas. —No seas así, mamá —le respondía su hija Anica, soltera treintañera de maquillaje vistoso—. ¿Para qué querrían ellos un piso nuevo, si aquí tenemos toda una “finca de época”, techos altos, habitaciones amplias separadas, gran recibidor y hasta la terraza parece una habitación… Y les han puesto el teléfono en seguida. Aquí sólo hay tres teléfonos entre nueve pisos… —A ti sólo te interesa estar hablando por teléfono —le cortó su madre—. Vas a acabar cansando a las vecinas. Ni se te ocurra ir con esa gente, que son serios y están ocupados… —Tampoco tan serios, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de unos nueve, Natalia. A ella casi la doblo en edad, y a los padres sólo me llevan unos cinco años… Los vecinos resultaron ser amables y siempre sonrientes. Lidia trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba diez años ya en la fábrica. Todo esto lo contaba Anica cuando por las tardes bajaba a sentarse en el banco con las vecinas y su madre. —¿Y tú cómo sabes ya tanto? —le decían las mujeres—. ¡Ah, esta chica es una investigadora! —Voy a llamar por teléfono a su casa —decía Anica medio en broma—. Ellos, a diferencia de otras, sí me lo permiten —y lanzaba una mirada insinuante a su madre. Total, que Anica, aficionada al chisme y a las llamadas, cada vez frecuentaba más la casa de los nuevos, hasta acomodarse en sus conversaciones y sus tardes. Venía a veces bien arreglada, a veces en bata, buscando amistad con el matrimonio. Un día vio cómo Iván, apenas entró ella para llamar, cerraba la puerta del salón donde veía la tele. Luego se repitió. Anica sonreía a Lidia después de cada llamada, pero ella siempre sólo respondía con una inclinación de cabeza y le pedía que cerrara la puerta al salir. —No puedo ahora, tengo las manos llenas de harina —decía Lidia—, además, la puerta se cierra sola, es de esas francesas. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez pasteles? Siempre estáis con los dulces… Yo no tengo ni idea de eso —se lamentaba Anica. —Hoy tocan “quesadas” —respondía Lidia sonriendo—, para el desayuno. Pero por la mañana no hay tiempo para hornear, por eso las hago ahora. A Anica le daba rabia no poder ser mejor recibida. —Mira, Lidia, entiendo que te cueste decirle a Anica que no, pero nuestro teléfono está siempre ocupado por ella, y mis amigos nunca consiguen llamarnos en la tarde. Así no se puede —le confesó Iván una vez a su esposa. —Ya, se está tomando mucha confianza. Ya entra como si fuese su casa… —admitió Lidia. Pero esa noche, Anica volvió, esta vez elegante y maquillada. Se sentó en el recibidor y se puso a charlar con su amiga. —Anica, ¿vas a terminar la llamada pronto? Esperamos una —le dijo Lidia después de diez minutos. Ella asintió, pero enseguida sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡He traído algo dulce! ¡Vamos a tomar té y celebramos nuestra amistad! Fue a la cocina y dejó el chocolate sobre la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve se le antoja, y no puede tomar dulce. Tiene alergia. Así que el té tendrá que esperar. No te ofendas, pero el chocolate, en mi familia, es tabú. —¿Tabú? Bueno, como queráis. Yo sólo quería agradar —musitó Anica. —No hace falta agradecernos, pero te agradecería que dejes de venir a llamar tan seguido. Salvo si es para emergencias, para el médico o los bomberos. Eso nunca lo negaremos. Sin rencores —insistió Lidia—. Mi marido recibe llamadas del trabajo, y Natalia necesita concentrarse en los deberes. Aquí procuramos no hacer ruido. Anica cogió el chocolate y se fue, convencida de que todo era por celos de Lidia. —Lo que pasa es que es celosa. Sabe que soy más joven y, bueno, resultona —le contaba a su madre—. Quería que fuésemos amigas y ni un té me ofreció. —Eres terca, hija. Nadie te necesita metida en otra familia, ni mucho menos usando su teléfono. Ya tienes edad para vivir tu vida y que tus vecinas llamen a tu teléfono —le reñía la madre. El último intento de acercamiento fue, un día, pedirle la receta de las quesadas. —¿Me pasas la receta para aprender yo también? La apunto y ya pruebo esta tarde… —Pregúntale a tu madre, seguro que se la sabe. Las madres de antes cocinaban de todo —respondió Lidia, sorprendida—. Además, yo las hago “a ojo”, sin medidas concretas. Ya me sale sola la mano, y ahora me tengo que ir corriendo. Así que, mejor a la madre. Anica se sonrojó, sabedora de que su madre tenía una libreta vieja llena de recetas de cuando cocinaba a menudo. Pero a Anica no le gustaba ni hornear ni que su madre la viese en la cocina. Esta última, además, había dejado de hacer repostería por la tensión alta. Sin embargo, Anica sacó la libreta y, hojeando sin ganas, halló la receta de quesadas que buscaba, para sorpresa de su madre. —¿En serio vas a hornear algo? —se sorprendió Nina. —¿Por qué te parece raro? —contestó cerrando la libreta y señalando la hoja. —¿Vas a arreglarte con Slavik? Pensaba que lo habíais dejado como los demás… —Bueno, igual me vuelvo a arreglar si me da la gana… —Hazlo, hija, que ya es hora. Y si necesitas ayuda con la receta, dímelo. —No hace falta. Estoy mentalizándome —contestó Anica. Poco después, cuando la madre llegó a casa le llegó el aroma de la repostería. —¡Esto es nuevo, huele a pastel! —exclamó—. No me digas que te has enamorado… —No lo digas tan alto, mamá. Ven a probarlas y opina, ¿vale? Son quesadas con requesón, tradicionales. En la mesa, té recién hecho y una bandeja de quesadas doradas. —No está mal, hija mía. Pensé que no sabías, pero te han salido genial. —¿En serio? ¿Me lo dices de verdad o sólo para animarme? —Prueba tú misma. ¡Están buenísimas! Anica recordó entonces algo que solía decir su padre: “eso es comestible, y lo demás, cuentos”. —Pues ahora invitaré a Slavik a tomar el té. A ver si le gustan. —Seguro que sí. A tu padre lo conquisté yo con estas quesadas, y de ahí al altar. Al poco tiempo Slavik empezó a frecuentar la casa, cada vez discutían menos, y también la madre acabó por acostumbrarse a que la hija usara la cocina y Slavik la ayudara entre risas. Cuando un día Anica anunció que se casaban y ya habían llevado los papeles al registro, la madre no pudo evitar emocionarse. Anica cambió. Adelgazó pensando en la boda, y Slavik bromeaba: —¿Ya no horneas quesadas? ¿Para la boda harás alguna? Los preparativos duraron dos días, y ayudaron la madre y una tía de Anica, aunque sólo venían unos veinte invitados, la mayoría familia. Los recién casados vivieron en la habitación grande del piso. Al año, ya todos los vecinos tenían teléfono. Anica llamaba a todas, pero hablaba menos que antes: —¡Ay, Rita, te dejo, que tengo el horno y Slavik viene ya de trabajar! Corría a la cocina, donde la masa subía hinchada. Anica esperaba su baja maternal con ilusión, mientras seguía cocinando y horneando, deseando agradar a su marido, y también porque le encantaban las quesadas de requesón, caseras, riquísimas. ¡Y su esposo no podía vivir sin ellas!