Edad Prohibida

Edad prohibida

Mamá, ¿tú entiendes cómo se ve esto desde fuera? preguntó Carmen, sin alzar la voz, lo que resultaba más demoledor que un grito. Estaba sentada frente a María del Pilar en la cocina, sosteniendo la taza con ambas manos y mirándola como se mira a alguien que ha hecho algo vergonzoso pero aún no se ha dado cuenta. La gente en el café os vio. Me llamó Patricia Gómez y me preguntó si estabas bien de la cabeza.

La cabeza la tengo en su sitio, respondió María del Pilar, dejando la taza sobre el platillo con un leve tintineo de porcelana.

Mamá, tiene treinta años. Treinta. ¿Tú sabes lo que busca? La floristería, el piso de Chamberí, la viuda sin compromisos

Carmen

No, escúchame. Yo no quiero que te utilicen. Eres buena, eres confiada y llevas sola mucho tiempo. Eso te hace vulnerable.

María del Pilar miró por la ventana. Fuera, el Madrid de noviembre se disolvía en una bruma gris, las farolas de la Castellana brillaban perezosas y parecía que la ciudad estaba harta de sí misma, de su grandeza castiza, de tanto palacio, tanto puente y tanta historia que nadie sabe ya dónde meter. Pensó que Diego habría dicho ahora algo sobre la luz. Siempre hablaba de la luz.

No es un vividor, murmuró.

Eso lo piensas porque estás enamorada. Y los enamorados nunca piensan bien, sea la edad que sea.

Ese sea la edad que sea sonó suave, casi cariñoso, pero María del Pilar notó una espina. Como si Carmen estuviera sugiriendo: sobre todo a tu edad.

No replicó. Cogió la taza, dio un sorbo al café ya frío y se quedó mirando la niebla.

Se conocieron a principios de noviembre, uno de esos días en que Madrid parece más Madrid que nunca. No el Madrid de postal con la Cibeles y el Retiro, sino el real, entre húmedo y cansado, con olor a hojas mojadas y azulejos gastados, el cielo gris como una reja vieja. Pilar abrió la floristería a las ocho, como siempre, encendió las luces, pasó entre los estantes, tocó los pétalos de los crisantemos, acomodó un balde con ramitas de espino. El negocio se llamaba La Hoja Primera nombre que había elegido Diego, su marido, siete años atrás, cuando todo empezaba. Diego se fue tres años atrás, pero el nombre permanecía, y aunque a veces pensaba en cambiarlo, no se atrevía.

Lucas apareció cerca del mediodía. Alto, con abrigo gris oscuro, un portafolios al hombro y un rollo de planos bajo el brazo. Observó la tienda como quien pensaba estar en otro sitio y, al descubrir que el lugar superaba sus expectativas, se quedó.

Buenos días, dijo. Necesito un ramo, pero no sé cuál. Es para un edificio en la calle Almagro. Lo estamos rehabilitando. El viernes se lo enseñamos a unos inversores y quiero algo vivo en el vestíbulo. Algo de verdad, no de escaparate.

Lo de escaparate sería lirios envueltos en celofán, contestó Pilar.

Eso es.

¿Qué edificio es?

Mediados del XIX. Ecléctico, con toques italianos. Han sobrevivido los azulejos y las molduras, seis meses restaurándolos. El espacio es cálido, casi ocre, y necesita algo duradero y sin complicaciones.

Mientras él hablaba, Pilar pensaba que ese hombre sabía hablar de los espacios como si fueran seres vivos. Se movió entre estantes, tomó ramas de eucalipto, contempló largo rato las proteas, terminó eligiendo tallos de amaranto burdeos y ocre.

Esto. Y un poco de lavanda. Aguanta y huele bien para esas paredes.

Él la observó mientras montaba el ramo. No como si estudiara la destreza de la florista, sino como si el proceso mismo fuera fascinante.

¿Entiendes de arquitectura? preguntó él.

No. Pero mi marido era constructor. Algo se me quedó.

No sabía por qué mencionó a Diego, se le escapó sin más.

Ya veo, dijo él y no preguntó por Diego. Mejor así.

Se llevó el ramo y pagó con un gracias y un billete de veinte euros, y Pilar lo vio salir por el ventanal antes de volver a su rutina. Su ayudante, Luisa, preguntó algo sobre los tulipanes del martes y la vida siguió, como siempre: serena, sin despilfarros.

Volvió al día siguiente.

El inversor dijo que el ramo fue lo mejor de la presentación, comunicó serio, aunque en los ojos le bailaba una risa traviesa.

Arquitectura y lavanda combinación de peso.

Quiero otro. Para la sala de reuniones. Allí la luz es más fría y sobria.

Hablaron de color y espacios. Ese día se llevó lisianthus blancos y ramas de algodón. Volvió dos días después. Luego otro. Siempre con alguna excusa nueva.

Al quinto día preguntó si había un buen café cerca. Ella sugirió uno en Chamberí, sin turistas, buen café y sin cola. Él le pidió que le acompañara. Pilar pensó medio segundo; podía escaparse media hora, Luisa lo cubriría.

En el café se estaba cálido y olía a cardamomo. Se sentaron junto a la ventana, viendo caer el primer copo del año que, como sospechoso de impostura, se deshacía al tocar el suelo. Lucas habló de rehabilitar edificios, de buscar artesanos diestros en azulejos. Pilar le contó de flores y de cómo las proteas africanas, aunque parezca mentira, sobreviven de maravilla en el invierno madrileño. Descubrieron que ambos eran fans de Almodóvar, que los dos veían La Flor de mi Secreto y nadie podía explicar por qué les tocaba tanto. Hablaron de Machado, de que la poesía se lee mejor en voz alta porque si no la mitad se pierde.

La media hora se convirtió en dos.

Al regresar a la floristería, Luisa la miró de reojo, sin decir nada. Pilar se sorprendió sonriendo mientras colgaba el abrigo. Resultaba incómodo, como si la hubieran pillado en algo infantil.

Tenía cincuenta y cinco años. Se teñía de castaño oscuro, pero las sienes ya se rebelaban con canas y hacía tiempo que había dado tregua. Tenía manos de florista: algo terrosas, con arañazos y uñas cortas a toda prisa. Había dejado de mirarse al espejo como a los treinta. Entonces buscaba verse a sí misma; ahora solo comprobaba que todo estuviera correcto y seguía.

Había querido a Diego. Amor tranquilo y de costumbres, de quien lleva años compartiendo vida sin molestarse. Era buena persona. Cuando él faltó, Pilar sufrió largamente y a conciencia. Luego se acostumbró al silencio, que acabó no resultando tan terrible. Eran tardes largas con libros, domingos en la tienda moviendo flores y pensando en nada.

Y de pronto, ese copo de nieve fuera del café. Ese hombre joven que escuchaba de una forma que nadie lo hacía hacía tiempo.

No se permitía pensar en ello de frente. Daba rodeos: es solo alguien interesante, una buena charla, es noviembre y todos necesitamos algo de calor.

Lucas García. Treinta y un años. Arquitecto, especialista en restaurar edificios históricos. Nació en León, llegó a Madrid con veintidós, recién salido de la universidad, y se quedó. Decía que Madrid era el único lugar donde sentía que su trabajo tenía sentido: cada edificio antiguo era una tarea pendiente desde hacía siglo y medio. Vivía solo en un ático en Lavapiés con ascensor averiado permanente. Nunca habló de su vida sentimental y Pilar tampoco preguntó.

Venía casi a diario. A veces compraba flores, a veces simplemente charlaban. Luisa los miraba en silencio con aire de estatua romana. Pilar hacía como que no se daba cuenta.

A mediados de noviembre la invitó a una exposición. Un arquitecto joven de Madrid presentaba sus proyectos sobre fábricas rehabilitadas. Lucas le soplaba datos al oído, señalando lo que era bueno y lo que era puro postureo, sin arrogancia pero sin piedad. Pilar pensó que solo alguien con muchos metros de material encima podía hablar así, con esa precisión y sin miedo a errar.

Después caminaron largo rato por las aceras de la Gran Vía. Hacía frío y ella se abrochó el abrigo hasta arriba, él caminaba cerca, tocando de vez en cuando su codo para indicarle algo al otro lado de la calle. Era apenas un roce, nada comprometedora, y justo por eso resultaba cálido.

¿No te aburro? preguntó ella de repente. Se le escapó.

Él se paró y la miró, directo, sin sonrisa.

No. ¿Tú conmigo?

Tampoco, respondió con honestidad.

Él asintió como si eso respondiera a una pregunta más honda. Siguieron andando. La Castellana estaba oscura y mansa, las luces temblaban en los charcos de la calzada. Huele a humedad y a un lejano anuncio de nieve.

Llegó a casa a las once. El piso en Chamberí la recibió con silencio y olor a muebles viejos. Se descalzó en la entrada, se sirvió un vaso de agua y se quedó largo rato en la cocina, mirando la calle vacía. Por dentro, algo nuevo se agitaba. No inquietud ni alegría, algo entre medias. Como si hubiera corriente en casa; no de las molestas, sino una agradable, de verano, aunque fuera noviembre.

Pensó: es una tontería. Él tiene treinta y uno, yo cincuenta y cinco. Veinticuatro años. Eso no es diferencia de edad, es otra vida entera. Eso no pasa.

Pero sí pasaba. Y era honesta, así que no podía fingirlo más.

A finales de noviembre él se lo confesó. Pienso en ti y me hace bien, le soltó, sin adornar. Ella guardó silencio largo rato; estaban en el mismo café de Chamberí, pero esta vez fuera la nieve sí había cuajado y todo estaba limpio y blanco.

Lucas, empezó por fin.

Sé lo que vas a decirme.

Ah, ¿sí?

Que es imposible. Que soy joven. Que qué dirá la gente. Que tienes miedo.

No tengo miedo, se sorprendió oyéndose decir.

¿Entonces qué?

Le miró la cara, aún intacta de arrugas, las manos limpias, la ligereza con la que se acomodaba en la silla. La juventud en él no era una ventaja, era un hecho, como la estatura o el color de ojos. No la pensaba, no la ofrecía como regalo.

No lo sé, respondió.

Y, en eso también, decía la verdad.

Empezaron a verse. Sin aspavientos. Iban al cine, a bistrós en Chamberí, paseaban. Él le contaba de sus proyectos, ella de sus clientes, de aquel señor mayor que cada viernes compraba una rosa blanca sin decir nunca para quién. Se reían juntos; el silencio entre ellos era fácil, cosa poco común.

Pilar se sentía viva de una forma nueva. No por novedad exterior, sino porque algo en ella, tras años quieto, se había movido.

Al principio no se lo contó a Carmen. Por si pasaba, por no armar ruido. Luego porque sabía que Carmen no lo entendería. Luego ya era tarde para ocultarlo.

Patricia Gómez los vio en un café de Gran Vía. Junto a la ventana, él enseñándole el móvil fotos, seguramente planos y ella sonriendo. Nada especial: sólo dos personas en una mesa.

Esa misma tarde Patricia llamó a Carmen.

Mamá, ¿tú entiendes cómo se ve desde fuera?

No era la primera conversación. Hubo otra más, una semana después, aún más dura. Carmen habló del chollo fácil, de que los hombres jóvenes se arriman a mujeres mayores por comodidad o interés; que ya vería cómo en uno o dos años buscaría una chica de su edad, familia, hijos que Pilar terminaría sola, con dolor y vergüenza.

No quiero que sufras, le dijo Carmen, y ahí sí se notaba su preocupación, verdadera. Ya has pasado por bastante. No hace falta más.

Carmencita, contestó Pilar. Es la primera vez en tres años que no sufro.

Se pasará.

Puede.

Pero las palabras de Carmen quedaron. No como certeza, sino como una astilla. Pequeña, pero siempre ahí. Pilar se descubrió mirando a Lucas con otros ojos, buscando señales, confirmaciones, dudas. Y no era bueno; cambiaba algo entre ellos, le añadía gravedad.

Miraba al espejo y veía cosas que antes no: arrugas, las manos, el cuello. No dormía bien. Por las noches se le repetía la pregunta: ¿Y si Carmen tiene razón? No por él, no porque fuera mala persona. Por pura aritmética. En diez años, ella con sesenta y cinco y él con cuarenta y uno. En veinte, ella setenta y cinco y él solo en la madura cuarentena. No es injusticia, es contar.

A las mujeres el miedo a envejecer les viene en forma de sensación, no de pensamiento. Como una corriente fría de una ventana cerrada: sabes que está cerrada, pero te cala igual.

Cortó con Lucas a principios de diciembre. Lo llamó una tarde y fue directa: he pensado y decido que lo nuestro debe acabar. Él guardó unos segundos de silencio y preguntó:

¿Por qué?

Es lo correcto.

¿Para quién es correcto?

No respondió. Él dijo bajito:

Pilar, te pido que no lo hagas. No por mí, sino porque es mentira. Ni tú misma te lo crees.

Lucas.

Vale. Te oigo.

No volvió a llamar. No pasó por la tienda. Pilar abría cada mañana esperando el ruido de la puerta. Luisa callaba. Los crisantemos seguían en su cubo. Noviembre se fue, llegó diciembre y luego enero.

El enero madrileño es para escribir novelas. Oscuro, frío y larguísimo. Anochece a las cinco, el amanecer es tardío, y entre medias solo hay horas grises. Pilar trabajaba, leía mucho, charlaba con Luisa de flores y pedidos. Los domingos iba a casa de Carmen, jugaba con el gato Apolo, tomaban té y escuchaba a su yerno Javier hablar de su trabajo. Era una vida correcta. Práctica.

Pero los ramos que hacía eran distintos, y no caía en la cuenta de cómo hasta que un día Luisa, con cautela, lo dijo:

Pilar, últimamente te salen… contenidos. Gustan, sí, pero parece que falta algo.

Pilar contempló el ramo: lisianthus, verde. Bonito, correcto. Faltaba algo.

Pensaba en él. No a todas horas, pero sí. Recordaba cómo hablaba de los espacios, cómo la escuchaba con esa devoción rara. Caminando por la Castellana, ese roce simple. Una minucia. Pero perfecta.

Carmen, ya en enero, preguntó:

¿Estás bien?

Sí.

¿El chico ya no aparece?

No.

Carmen asintió, visiblemente aliviada. Pilar comprendió que su hija la quería de verdad, solo que para ella el bienestar y el de su madre no eran sinónimos.

Febrero pasó lento. Pilar leyó La colmena. No supo por qué eligió ese; simplemente apareció de la estantería. Lo acabó y se quedó pensando largo rato, no en Cela ni en la señora Rosa, sino en lo que pasa cuando eliges lo correcto en vez de lo verdadero.

A finales de mes, Luisa llamó:

Han traído algo. Lo dejaron en la puerta, tú no estabas. Es un paquete grande.

Pilar fue a la tienda. El paquete era de madera, largo y estrecho. Dentro, envueltas en virutas, había ramas de forsitia blanca, de invernadero. Y una nota sin firma: Florece antes de las hojas. No pide permiso.

Luisa la observaba y Pilar replicó, medio mosqueada:

No me mires así.

Yo no he dicho nada, contestó Luisa, haciendo el gesto de cerrar la boca.

Pilar colocó la forsitia en un jarrón grande en la entrada. A los tres días se cubrió de flores amarillas. La tienda había rejuvenecido. Varios clientes preguntaron qué era y si podían llevarse una rama.

Marzo. La nieve se derretía a regañadientes, como quien decide irse porque a todos ya les estorba. Pilar pensaba en la forsitia. En la nota. En el hombre que sabe construir espacios y escuchar a quienes los habitan.

No llamó. Pero pensaba.

El cumpleaños le llegó el ocho de marzo. Siempre le resultó raro: tu fiesta personal se diluye entre mimosa y postales de Día de la Mujer. Cumplía ya cincuenta y seis. Carmen vino con Javier, tarta y cava. Estuvieron un rato charlando. Carmen intentaba no parecer culpable, sin éxito. Javier hablaba de pesca. Apolo, el gato, contemplaba el patio sumido en sus reflexiones.

Pilar miraba la mesa, la tarta con flores de azúcar, las copas de cava. Y pensaba: esto es. Buena vida, acogedora, correcta. Hija cerca, yerno decente, piso cálido y floristería en marcha. ¿Qué falta?

Sabía qué faltaba. Solo que no quería decirlo en voz alta.

Cuando Carmen y Javier se marcharon, Pilar se quedó junto a la ventana con la copa a medio beber. Anochecía ya. Marzo en Madrid es traicionero: a mediodía parece primavera, por la noche se impone el invierno. En la calle apenas había gente. Pensó en la forsitia, en los tulipanes del pedido de mañana. Pensó que tenía cincuenta y seis años y estaba sola, copa en mano, pensando en un hombre que podía ser su hijo.

Entonces llamaron a la puerta.

Fue a abrir, sin repasar posibilidades: una vecina, tal vez Carmen olvidó algo. Abrió sin más.

En el umbral estaba Lucas. El abrigo gris oscuro de siempre, el rollo de planos bajo el brazo. Sin flores. Solo él.

Feliz cumpleaños, dijo.

¿Cómo lo sabes?

Me lo dijo Luisa.

Luisa repitió, sin decidir si reír o enfadarse.

La llamé, le rogué. ¿Puedo pasar?

Se hizo a un lado, él entró, colgó el abrigo y fue al salón. Colocó el rollo en la mesa.

¿Eso qué es? preguntó Pilar.

Planos. Una casa en Galapagar. Compré el solar en octubre. La estoy construyendo desde noviembre.

Pilar lo miró.

¿Desde noviembre?, repitió.

Desde noviembre. Aquí hay un anexo. Desenrolló el plano y señaló. Es un invernadero. Con buena luz, riego, ventilación. Para flores. Para tus flores.

Pilar miró el plano. Las manos le temblaban de frío.

Lucas

Sé lo que vas a decirme. Pero primero escuchas tú.

Enrolló el plano, se sentó en el sofá. Sin invitarse, pero como si supiera que el debate iba para largo.

Pilar, he construido esa casa desde que dejamos de hablarnos. Cada día tú dudabas, yo iba a Galapagar a trabajar, no por despecho ni rabia. Estaba seguro. Y hoy no vengo a convencerte ni a pedirte explicaciones. Vengo a pedirte algo: cásate conmigo.

Silencio. En la calle, un coche arrancaba.

¿Eres consciente de lo que pides? susurró Pilar.

Sí.

Tengo cincuenta y seis. Tú, treinta y uno.

Sé contar.

Lo de los hijos difícilmente.

La miró, sereno.

Si no puede ser, adoptamos. Ya lo he pensado. No necesito pruebas de amor en forma de niños. Te quiero a ti. Y no quiero perder un solo día por culpa de la fecha del DNI. Ni uno.

A Pilar le costó respirar. No de agobio, sino de algo opuesto: como si tras años caminando contra el viento, de pronto giraras y te empujara.

¿Y Carmen? murmuró.

Carmen es tu hija, no tu madre.

No sonó brusco, sino exacto.

Tardó mucho en responder. Miraba el plano, la línea del invernadero, la pared con ventanales, el riego marcado en líneas finas. Pensaba en la forsitia que florece antes que nada; en que el miedo a la opinión ajena no es prudencia, es solo miedo. Y estaba muy cansada de tener miedo.

Vale, respondió al fin.

Lucas no se abalanzó, ni le cogió la mano. Exhaló el aire. Despacio, como quien por fin se quita un peso.

Vale, repitió.

Carmen lo supo a la semana. Pilar fue a decírselo cara a cara; sentó a Apolo en su regazo, esperó a que Javier encontrara excusa para salir, y dijo:

Carmen, me caso con Lucas.

Carmen tardó en asimilarlo. Apolo ronroneaba. Fuera, llovía abril.

Mamá

Sí.

¿Lo tienes claro?

Lo tengo.

Sabes que no puedo aprobarlo, ¿verdad?

Lo sé. No te pido aprobación. Solo que no te vayas.

Carmen fue a la ventana. Pasó allí un rato, de espaldas. Al volver, tenía los ojos rojos.

¿Eres feliz con él?

Sí, contestó Pilar.

¿De verdad?

De verdad.

Carmen calló un buen rato.

No lo entiendo, murmuró. Pero bueno. Está bien, mamá.

No era bendición. Era tregua. Pilar la aceptó.

Se casaron en mayo, sin estridencias. Registro en la calle Príncipe, cena sencilla en casa. Carmen asistió, un poco rígida, pero estuvo allí. Javier dio un brindis, mirando a ningún sitio. Luisa trajo un ramo de forsitia y peonías blancas. Lucas le apretaba la mano a Pilar, mirándola de vez en cuando con tanta intensidad que tenía que mirar a otro lado. No por pudor, por otra cosa para la que aún no tenía palabra.

La casa de Galapagar quedó lista en julio. Dos plantas, ladrillo claro, ventanales enormes y el invernadero. Pilar entró por primera vez a mediados de julio, ya con luz eléctrica y riego; se quedó allí de pie, en medio, oliendo a tierra, madera y verano. Y pensó: este es el lugar que él imaginó para mí.

Llevó esquejes: costillas de Adán, un par de ficus, orquídeas supervivientes de Madrid. Plantó lavanda; quería probar suerte. Los fines de semana viajaban juntos, él se encerraba en el despacho de arriba, ella trasteaba en el invernadero; se veían a horas de comer y cenar. Era, sencillamente, bueno. No por inusual, por sencillo.

Encontraron a una niña al año y medio. Se llamaba Vega. Tenía dieciocho meses, pelirroja, ojos serios y la costumbre de fruncir el ceño pensativa. Miró a Pilar largo rato en el centro de menores, luego le ofreció su dedito. Pilar sintió algo que más tarde solo pudo contar cambiándole la voz.

Carmen supo de Vega y fue a Galapagar ese finde. Observó a la niña, luego la tomó en brazos. Vega no protestó. Miró a Carmen seria, le tiró de un pendiente. Carmen se río, cortito, extrañada, pero se rió.

Algo cambió ese día entre ellas. No todo; Carmen no se tornó fan ilusionada. Pero el nudo que llevaba se aflojó, como si Vega lo desarmara con presencia. Pequeña, pelirroja y seria.

Pasó el tiempo. Vega se acostumbró a la casa, al invernadero, al olor a tierra y flores. Lucas le leía cuentos en voz alta por las noches, con ese humor serio de arquitecto. Pilar los miraba desde la puerta y pensaba que hay cosas en la vida que ni puedes prever, ni programar, ni blindar. Solo puedes decir sí o no. Ella dijo sí.

La Hoja Primera, la floristería de Chamberí, seguía abierta. Luisa al mando entre semana; Pilar iba dos o tres días por semana. Ideó una nueva línea de ramos estacionales y la llamó Sin motivo. Porque las mejores flores se regalan así, sin más.

Aquel año octubre traía un calor tardío. Los arces aguantaban amarillos y rojos, el invernadero en Galapagar rebosaba luz otoñal, distinta a la de verano. Menos brillante, más suave, como tejido antiguo al sol. Con esa luz, todo parece honesto.

Ese sábado Carmen apareció en Galapagar sin avisar, algo nunca visto en ella. Llamó al timbre. Pilar abrió, sorprendida. Carmen entró, saludó, vio a Vega en el invernadero, trasteando la tierra con una pala.

¿Qué plantas? preguntó Carmen, agachándose junto a ella.

Lavanda, dijo Vega, seria.

¿Y eso?

Para que huela bien.

Carmen sonrió. Lucas trajo té en una bandeja, puso la tetera en la mesa del invernadero y saludó:

Me alegro de verte.

Yo también, contestó ella. Sin adornos, pero sin frío.

Pilar estaba junto al estante de plantones, escuchando cómo Vega explicaba a Carmen que la lavanda debe estar junto a la ventana porque le gusta el sol. ¿De dónde lo habría sacado? Se habría fijado.

Lucas se acercó y se quedó de pie junto a Pilar. No dijo nada. Miraba el cielo a través del techo de cristal del invernadero, alto, limpio, apenas unas nubes de octubre. Olor a tierra, lavanda, madera nueva.

¿No pasará frío? preguntó Carmen, indicando a Vega.

No, dijo Pilar. Aquí se está muy bien.

Ya veo, contestó Carmen. Pausó. Mamá, quería decirte

No hace falta, la interrumpió Pilar bajito.

Sí, hace falta. Yo no miré bien. Tenía miedo por ti, es cierto. Pero miraba al calendario y no a ti.

Carmen.

Déjame terminar. Miraba la edad. Debí mirar a mi madre.

Pilar la observó. Carmen tenía la cara de cuando, de niña, no sabía pedir perdón.

¿Ahora me miras?

Te miro.

¿Y qué ves?

Se quedó callada. Vega trasteaba tierra en su maceta. Fuera balanceaba el último ramito dorado de un manzano.

Lo que veo es que estás bien dijo Carmen. Y eso es todo.

Vega miró a Carmen.

Tía Carmen, ¿tú quieres plantar también?

Sí, sonrió Carmen. ¿Me enseñas?

Te enseño, dijo Vega, convencida.

Lucas se rió bajito. Pilar sintió su mano cerca de la suya, un roce ligero. Igual que aquel primer paseo junto a la Castellana. No se apartó.

El cielo de octubre, a través del invernadero, era puro y sereno, infinitamente alto.

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