El mentiroso sincero
Había un hombre llamado Mateo, apodado “el sincerón”. No era su apellido, pues el suyo era Fernández.
Mateo era tan honesto que a veces resultaba excesivo. Siempre decía la verdad a la cara, aunque doliera. Por eso, su flequillo estaba siempre torcido a pesar de cortárselo en peluquerías caras; en el taller nunca le equilibraban bien las ruedas y le manchaban el motor de aceite; en los bares, las raciones en su mesa salían siempre más pequeñas que para el resto de clientes y, curiosamente, sus hijos tenían un sospechoso parecido con el vecino.
También existía en el mundo un tal Julián, conocido por todos como “el embustero”. El apellido daba igual.
Julián siempre iba hecho un pincel: corte de pelo moderno, afeitado impecable, piel limpia y sin ojeras. En los bares le trataban como a un crítico gourmet; sus hijos eran su vivo retrato y no sólo ellos: hasta el canario y el hámster de la casa se parecían a él. Y ni siquiera sufría por el equilibrio de las ruedas de su coche, porque su vecino Mateo era quien le llevaba a trabajar cada mañana.
A ver, Julián, dime pregunté yo una mañana, conduciendo rumbo a la oficina, ¿cómo puede ser que todo en tu vida funcione tan bien? ¿Cuál es el secreto? Lo mío es una pesadilla: en el trabajo constantemente problemas con el jefe, en casa broncas con mi mujer No le gusta que le afee que se ha vuelto perezosa, que ya ni se cuida. Los niños no me hacen caso. A donde voy, parece que el mundo conspira contra mí… ¡No puedo más!
Julián esperó a que terminara mi desahogo y luego se sinceró:
Es que soy un mentiroso, Mateo. Ese es mi secreto.
¿Mentiroso? ¿Un embaucador? ¿Un trilero? Eso es imposible para mí, yo soy incapaz de mentir. Mentir es pecado, como robar.
Hay muchas formas de mentir respondió Julián con toda tranquilidad.
Mentira sigue siendo, lo mires como lo mires le respondí yo, pensativo, justo cuando paraba el coche.
Intenta mentir, pero de manera amable.
¿Que intente qué? fruncí el ceño, sospechando que estaba siendo víctima de una tomadura de pelo.
Te lo enseño mejor. Pide mañana el día libre y empezamos desde primera hora, a ver si te puedo dar un par de lecciones.
Me lo pensé un poco, se notaba que me rechinaba la idea, pero acabé accediendo:
Bueno, después de todo, vivo rodeado de mentirosos uno más, uno menos, el mundo no va a ir a peor.
Nos reunimos puntuales la mañana siguiente, en el mismo sitio de siempre.
¿Por dónde empezamos? Pregunté, desconfiado.
Por la peluquería. Yo siempre voy a la más barata. Así ahorro euros.
¡Pues te van a dejar el pelo hecho unos zorros!
Ya veremos.
Fuimos a la primera peluquería que encontramos. El letrero desvaído de Moda y Estilo no prometía nada bueno, pero Julián mantenía el optimismo.
Buenos días saludó, cortésmente, a la mujer de la entrada.
Hola contestó ella, seca.
¿Esta es la peluquería “Moda y Estilo”, verdad? ¿No me he equivocado?
Eso es.
Yo me reía para mis adentros: aquello de “estilo” tenía poco.
Resulta que he leído críticas muy buenas de vuestro local decía Julián, marcando bien cada palabra.
¿Sí? preguntó ella, poco convencida, esperando una broma.
Sí, en todos los comentarios decían que son los mejores estilistas de la ciudad, auténticos profesionales, y que el servicio es excelente, digno de Madrid. Yo sólo me dejo cortar el pelo por manos recomendadas, que mi trabajo depende de mi imagen.
La mujer se transformó al instante. Parecía deleitarse con cada palabra de Julián.
¿Dónde viste esas opiniones? preguntó, como si le hablara a un cliente VIP.
La verdad, no recuerdo la web, era alguna guía nueva de la ciudad. Allí salíais los primeros.
Vaya, no tenía ni idea…
¡Te lo juro!
Yo estaba a punto de estallar de la risa. ¡Vaya morro tenía Julián!
¿Bueno, cómo quieres el corte? asomó entonces, ruidosa y mascando chicle, una peluquera con el delantal pringado.
Déjala, María, ya lo hago yo dijo rápido la jefa, que era la misma de la recepción, y despachó a la otra.
Me quedé pasmado: sentaron a Julián en la única butaca de cuero y hasta le sirvieron un café apresurado. La dueña se esmeró en su peinado como si le fuera la vida.
¿Qué te parece? preguntó al acabar, con un puntito de nervios.
Julián se repasó el pelo con la mano, mirándose en el espejo, y yo no pude sino admitir que el corte era excelente.
Debo confirmar que las reseñas no mentían: eres una verdadera artista. Volveré, no lo dudes.
El precio: una quinta parte de lo que yo pagaba donde iba. ¡Y la diferencia era abismal!
¿Dónde seguimos?
Me apetece comer algo.
Fuimos paseando hasta toparnos con una pequeña cafetería familiar. Así nos la presentaron al entrar.
Dentro, apretados y con unos músicos dándole a las guitarras en pleno mediodía, nos colocaron en un rincón oscuro.
Vaya sitio, qué cutrez: poco espacio, música floja, el sitio necesita reforma y la carta, para qué hablar…
Perfecto, justo lo que buscábamos proclamó Julián.
Se acercó la camarera.
¡Qué local más bonito tenéis! empezó Julián con su repertorio, y yo solté una risita. Un sitio de lo más acogedor, la carta es original y los músicos, una maravilla.
La camarera, ya mayor, se iluminó.
¡Gracias! Todo lo hemos hecho nosotros. En el escenario están mis sobrino y sus amigos; han montado un grupo y les dejamos ensayar aquí. Así contentamos a los clientes y los chicos se motivan.
¡Eso es genial! exclamó Julián. ¡Hasta compraría un disco suyo si tuvieran! ¿Verdad, Mateo? me dio un codazo, y yo asentí.
No sabemos qué pedir, ¿nos aconseja el plato del día?
La mujer recogió las cartas y corrió a informar a la cocina.
En apenas diez minutos, nos pusieron en la mesa dos platos enormes de carne bajo una salsa de frutos rojos.
Esto no está en la carta me sorprendí.
Es cortesía del chef, que es el padre del cantante guiñó la camarera.
Nunca había comido tan bien. Quedé fascinado por el método de Julián.
Este tío mentía a todo el mundo: a los mayores que estaban estupendos, a los jóvenes que eran maduros, a los perezosos que eran los héroes del progreso. Todos, en respuesta, trataban de complacerle. En el aparcamiento, Julián le dijo a una chica que conducía fenomenal justo cuando había bloqueado toda la entrada intentando aparcar. Yo estuve a punto de soltarle que seguro tenía el carné comprado, pero Julián me paró. Al final, la chica aparcó tan bien que se hizo hueco para nosotros. No quedaba sitio para nadie más.
Jamás pensé que la mentira pudiera traer tanto bien y cero daño le confesé a Julián al dejarle en su portal.
Verás, en realidad no mentíamos tanto, sólo decíamos lo que la gente quería oír. Y, fíjate, esa mentira acabó convirtiéndose en verdad. Piénsalo la próxima vez que digas que todo te va mal. Mejor miente: igual ni notas cuándo esa mentira acaba siendo tu vida.






