Doña Tomasa estaba friendo patatas. Qué más daba que fueran las ocho de la tarde, que el páncreas se rebelara con sólo oler los aromas, si a su edad la felicidad tampoco pedía mucho más. Además, ya a esas alturas bien podía ella ignorar a su páncreas y la regla de no cenar después de las seis. Fuera caía una lluvia fina de invierno y en la sartén las patatas chisporroteaban deliciosamente.
El día para doña Tomasa era monótono y algo triste. Su hijo y la nuera llevaban años viviendo fuera, en Bruselas. Los nietos, majísimos, pero a ver quién los entiende: parloteaban por videollamada con esa mezcla de idiomas extranjeros y sonrisas radiantes. Por lo menos estaban todos sanos y bien establecidos, que ya era suficiente. Sus únicos entretenimientos acabaron siendo el televisor y las tertulias en el banco de la plaza. Así se ha pasado la vida, o mejor dicho, ha volado, suspiró doña Tomasa. Sus pensamientos lúgubres los cortó el timbre de la puerta.
Seguro que es la señora Encarna otra vez, que si la sal, que si la harina, murmuró de camino. Como se me quemen las patatas, le voy a cantar las cuarenta.
Pero al abrir, se encontró con un hombre imponente, enfundado en varias capas de ropa, coronado por una boina de lana, bajo la que se extendía una barba tremenda, más bien una matorralera. El corazón de doña Tomasa dio un brinco. Bandido, fijo; aquí está mi hora, pensó.
Buenas noches. Perdone que venga tan tarde, pero estoy en un apuro. No tema, ni soy ladrón ni bandido. Son cosas de la vida. Sólo necesito algo de agua caliente, del grifo si puede ser.
De la montaña de ropa emergió una mano curtida, tendiendo una botella de plástico que en su palma parecía de juguete.
Verá, mi Laurita está enferma, tose mucho y debe de tener fiebre. Necesita beber algo caliente, y sólo puedo darle agua fría. No puede, está mala, y tiene mucha sed. No me lo tome a mal, le ruego que me ayude.
Doña Tomasa dudó. Sí, estaba claro que era un vagabundo, pero qué maneras tan cultas. Y Laurita, seguro se refería a su mujer… o peor, a una hija. Y con este frío que hacía, bien tapado iba.
Bueno, pasa, hombre de Dios, si vienes con buenas intenciones. Y tras un breve silencio, añadió: Anda, cuéntame qué te ha pasado, igual puedo ayudarte.
Él vaciló, deseando el calor de dentro, ese interior que olía a patatas fritas recién hechas, pero…
Perdone, señora, estoy muy sucio. Hace un año que vivo en la calle, con Laurita. No quisiera molestarla…
¡Mira qué cosas! ¿Ahora vas a decidir tú qué me molesta y qué no? se indignó doña Tomasa, de natural recio tras tantos años trabajando en un centro de menores.
¿Y Laurita, dónde está? le espetó.
Aquí mismo, siempre conmigo. Abrió la ropa y asomó un hocico felino, gris y algo huraño. Llevamos juntos siete años. Era la consentida de mi esposa, Valentina, pero el año pasado ella se fue, y nos echaron a la calle.
Doña Tomasa agarró al hombre, a pesar de su menudez, con sus firmes manos.
Anda, entra ya y deja de enfriar la casa. Suelta todos esos trapos y métete al baño. Te sacaré ropa del armario de mi difunto esposo, seguro que te sirven, que era muy grande el hombre. Y tu Laurita, aquí conmigo en la cocina. Le daré leche caliente enseguida.
El desconocido refunfuñó y resistía, pero cuando doña Tomasa se proponía imponer orden y justicia, toda resistencia era inútil.
Una hora después, Laurita dormía plácidamente en una caja bajo el radiador, la barriga bien llena de leche templada. Doña Tomasa y el hombre, ya aseados, charlaban pausadamente a la luz del brasero, con la sartén de patatas vacía y sendas tazas de té aromático.
¿Cómo acabasteis en la calle? ¿Se te fue el piso en vino?
No, lo vendí. Sólo era una habitación en una corrala. Valentina soñaba con tener una casita en el campo, así que lo vendí todo para comprarla.
¿Y por qué no vives allí?
Porque no me dejan. Todo lo heredó su hijo. Nunca llegamos a casarnos, ella era viuda, y yo, solo siempre. Hace diez años nos conocimos y nos juntamos. Valentina puso casas y tierras a nombre del hijo, para que al irnos nada le causara líos. Pero nadie esperaba que se fuera tan pronto, si era más joven y robusta que yo. Pero cayó enferma y en un mes se apagó. No era tiempo de ocuparse de papeles.
¿Y cómo te echaron?
Casi ni me enteré. Tras el entierro, el hijo, Sergio, me mandó a un balneario, dizque para recuperarme. Volví a las dos semanas, y ya vivía otra gente en casa, ni documentos ni nada me dejaron. Fui a la policía, pero se rieron de mí. Al menos encontré a Laurita, que los vecinos del patio alimentaban. Me contaron que Sergio vendió todo: la casa del pueblo, la corrala, todo. Y hasta a Laurita la echó. Yo puedo no importarle, pero ella era la adorada de Valentina, no entiendo cómo pudo hacer eso.
¿Cómo te llamas? Después de dos horas aquí y ni nombre me has dicho.
Me llamaba Antonio Márquez. El hombre esbozó una sonrisa triste. Pero ahora sólo soy un sintecho más. Demasiado tiempo aquí, debo agradecerle su hospitalidad. Hacía mucho que no comía algo casero.
Antonio miró con tristeza a Laurita.
¿Podría ella quedarse con usted unos días? El frío de la calle, le hace daño. Lo que a mí me pase da igual, pero no quiero fallarle a Valentina, no lo podría soportar.
Los ojos de Antonio brillaron levemente.
Mira, Antonio Márquez sonrió doña Tomasa, la noche trae buenos consejos. Ve, que te he preparado cama en el sofá del salón. Y ni una palabra más hasta mañana. Eso sí: escríbeme tu dirección y apellido, y el de la difunta. Debo estar segura de que no eres un prófugo ni cosas peores.
Cuando la casa quedó en silencio, doña Tomasa sacó el móvil y su vieja libreta. Ahora era la abuela Tomasa, pero su pasado…
***
En su juventud, Tomasa fue cirujana, y de las mejores. El profesor siempre le decía que tenía manos de oro y operaba con el alma; gran futuro le auguraban. Pero las cosas torcieron: la traición de su marido, la muerte de su primer hijo aún por nacer, y así acabó Tamara recorriendo misiones humanitarias o zonas en conflicto. Tres años saltando de base en base, luego mucho tiempo trabajando en Madrid. Salvó muchas vidas, inclusive de personas poco legales. Pero la vida entonces era cuestión de supervivencia.
“No es cuestión de principios, sino de necesidades”, solía pensar Tomasa mientras remendaba otro herido de madrugada. ¿Qué iba a hacer si de negarse sería peor para ella o para su hijo, al que trajo consigo del último destino sin saberlo casi?
La respetaban por su buen hacer y su discreción. Así trabó amistad con personas de todos los estamentos, y esas amistades a veces podían ayudarla si era necesario. Pocas veces pidió favores, pero cuando la vida aprieta, no hay otra.
Buenas, Esteban susurró Tomasa al teléfono. ¿Sigues vivo, viejo zorro?
No te libras de mí tan fácil la voz cascada respondió. ¿Es un favor o es que no puedes dormir?
Un favor, ayúdame a rastrear a un hombre con tus contactos.
Siempre igual, Tomasa, siempre igual. Dime.
Tomasa dictó la dirección y apellidos que recogió de Antonio.
Quiero saber de ese Sergio, pero revisa también a Antonio, por si acaso.
¿Nos vemos? preguntó con cierto titubeo.
No, Esteban, los años no pasan en balde. Ya sólo me dedico a mis nietos. No queda mucho de nuestra vieja vida.
Entonces seguimos en contacto.
El segundo número tardó en responder, hasta que, al fin, una voz femenina respondió, visiblemente irritada.
Ponme con Camila, guapa respondió con desparpajo Tomasa, dile que la Reina Tomasa la busca. Unos segundos después sonó una voz ronca del otro lado, y la conversación fue mucho más breve. Tomasa, satisfecha, se fue a dormir.
A la mañana siguiente, para su sorpresa, tenía a Laurita acurrucada en el regazo, cálida, y de la cocina llegaban aromas deliciosos.
Disculpe, señora, sólo he preparado esto un poquito…
Antonio Márquez se apartó de la mesa, donde lucía una tortilla y ensalada sencilla. Nadie le había hecho el desayuno en siglos, ni su difunto esposo, que crió al niño como propio, fue tan detallista.
¿Le molesta que me adelantara?
Qué va, gracias dijo, con voz quebrada, Tomasa. Vamos, desayunemos, que sin energía no arreglamos nada.
Antonio iba a decir algo, pero se contuvo ante su mirada firme y comenzó a comer, mientras Laurita, ya animada, les rondaba cerca.
Escucha, Antonio Márquez dijo ella tras el desayuno, te quedas en casa y no quiero oír protestas, es mi piso y yo decido. Si no quieres, ahí tienes la calle, pero Laurita se queda. ¿Está claro?
No había lugar para protestas y Antonio no quiso tentar a la suerte. El calor del hogar era mejor que el banco del parque. Él contribuía, ayudando en las compras y cuidando la casa. Con el tiempo, la pequeña familia creció: Antonio rescató un día de la basura a un cachorro flaco y tembloroso. Tomasa protestó, rezongó y soltó toda su artillería verbal, pero al final lo acogió. Pronto paseaban juntos por el parque, conversando animadamente.
Pero la historia de Sergio prosiguió. El hijo de Valentina tenía afición a los juegos de azar, y terminó endeudado con gente peligrosa. Fue obligado a vender la casa, la corrala, incluso el coche. Esteban, ahora alto funcionario, facilitó que, tras los escándalos, ningún trabajo aceptara a Sergio: vetado en todo el sector.
A Antonio no le devolvieron sus propiedades, los favores tienen un precio. Pero sí le arreglaron los papeles y una pensión. Sergio, al verse sin nada, emigró y desapareció. Nadie supo más de él.
Pasó un año.
Siéntate, Antonio Márquez, tenemos que hablar dijo Tomasa seria.
¿Te duele algo, Tomasa, o han pasado cosas con los chicos?
Por cierto, el hijo y la nuera acogieron a Antonio con alegría: agradecían que su madre ya no estuviera sola.
Nada me duele, ni ha pasado nada, pero debemos poner orden a esto de vivir juntos.
¿Cómo?
En serio: ¿vas o no vas a casarte conmigo? Ya no tenemos edad para vivir en pecado.
En la boda estuvieron el hijo, la nuera, los nietos blanquísimos de dientes y acento flamenco, y varios amigos importantes: unos de traje de político y otros de aspecto más áspero, aunque quisieran disimularlo.
Si alguna vez ven en el Retiro o la Plaza Mayor a una señora de carácter con mirada firme, paseando del brazo de un abuelo barbudo y bonachón, seguidos de una gata gris y un chucho grandullón de orejas caídas, ellos son los protagonistas de esta historia.
Porque la vida no siempre es fácil, pero nunca debemos perder la generosidad ni la dignidad; el regalo más valioso, incluso en la vejez, está en compartir un hogar, una tortilla… y un poco de bondad.






