Había una anciana en Madrid, de esas que han visto a la ciudad cambiar mil veces, con los ojos suaves y un gesto de melancolía. Su hijo, después de que ella sufriera un infarto, le regaló una perrita carísima, diminuta, apenas un soplo sobre el mundo. La llamó Chispa, porque era pequeñísima, como un destello, un punto de luz en medio del gris. La perra era su compañía y su razón para levantarse, para salir al parque del Retiro cada mañana, llevándola con un lazo finísimo o quizá escondida en una de esas bolsitas elegantes, bordada con iniciales doradas.
Chispa era dulce, obediente, juguetona, casi parecía que bailaba sobre el aire. La anciana, que se llamaba Herminia nombre que sólo se oye en los cuentos de abuelas se fue recuperando, rejuvenecida en su extraña vitalidad, abrazada al ritmo alegre de la patita menuda de Chispa.
Una tarde, en una Gran Vía que parecía hecha de humo y reflejos, Herminia paseaba a Chispa. Se detuvo un coche brillante, tan negro como una aceituna. Un chico y una muchacha, con acento vagamente del sur, se interesaron por la perrita: ¡Qué monada! ¿La podemos acariciar?. Herminia no quería, todo era confuso, brumoso como en los sueños donde el tiempo se retuerce, pero la cortesía pesa más que la razón. Acercó a Chispa a la ventanilla, como flotando. De repente, la joven la agarró y el chico aceleró; el coche desapareció entre el gentío.
Herminia, corriendo tras el coche, gritó y lloró con lágrimas delgadas y antiguas. Tropezó, cayó sobre las losetas del paseo, se hizo daño y la ciudad le pareció más lejana que nunca. Los vecinos llamaron a una ambulancia. Todo pasó como en cámara lenta: el hospital, batas blancas, el goteo de un suero, el aire con olor a productos de limpieza. Su hijo, Andrés, llegó y Herminia sólo podía susurrar el nombre de su Chispa, apenas un hilo de voz entre sollozos envejecidos.
Los vecinos, que todo lo ven desde los balcones, recordaron la matrícula y la cara de los jóvenes. Andrés, decidido y arropado por amigos algunos guardias civiles de esos que huelen a pólvora y a campo, rastreó al dueño del coche. Era gente de dinero, una villa en Pozuelo, coche de lujo y jardín donde jamás entra la lluvia. Andrés fue a la casa, sin importar cómo entró, sólo que dentro olía a perfumes caros y a soledad.
Y en un rincón, Chispa, languideciendo. Desde el secuestro no había comido ni bebido, sólo aullaba quedo, tan bajito que se confundía con los murmullos de la casa. Los jóvenes, aburridos ya del animalito, porque no era juguete sino vida; porque manchaba y lloraba y no traía diversión, dejaron que Andrés se la llevara. Dio igual cómo; la recuperó.
Herminia se recuperó. Chispa también. Ya pasean, pero siempre con prudencia; cuando se acerca alguien, Chispa se esconde en la bolsita, hecha una bola silenciosa. Todo terminó bien, pero la huella de aquel sueño raro perdura.
Y yo, envuelto en la extrañeza de este sueño, me pregunto: ¿por qué robar la dicha ajena, aunque sólo sea una perrita minúscula? ¿Por qué arrebatarle a alguien el hilo del que tira para no soltarse de la vida? Quizá eso pequeño una persona, un día soleado en Lavapiés, un huerto con cuatro tomates o el primer premio en algo absurdo y minúsculo es lo único que sostiene a alguien.
No hay felicidad en lo robado, por insignificante que sea. Basta arrebatar el más leve soplo de amor o de ternura para dejar a alguien vacío, como Herminia sin Chispa. La mínima criatura de alegría puede ser el corazón del sueño, el peso delicado del alma que, dicen, apenas pesa unos pocos gramos. Pero en esos gramos cabe una vida entera.







