¡Estoy harta! ¡Se acabó! Si sigues machacándome así, no pienso presentarme al examen. Ni siquiera iré, ¿me oyes? ¡Verás entonces qué harás tú! Clara lanzó la mochila al rincón del recibidor y se quitó el gorro con gesto brusco.
Su madre no contestó. Tan solo niega con la cabeza y se va a la cocina en silencio.
Clara se despoja del abrigo y está a punto de tirarlo junto a la mochila, pero se contiene. Abre el armario, lo cuelga con cuidado y suspira hondo.
Otra vez enfadadas… y como siempre, por nada.
¿Pero por qué su madre tiene esa manía de interrogarla y darle consejos todo el tiempo? ¿Acaso cree que es una niña pequeña? ¿O que no tiene dos dedos de frente?
Claro que recuerda perfectamente que hoy tiene clase con el nuevo profesor particular. No hacía falta que se lo repitiera cada media hora.
En realidad, Clara exagera un poco. Su madre solo le ha preguntado si se acordaba de la clase con el tercer profesor de Lengua y Literatura de este año. Pero el control maternal le molesta tanto que estalla a la mínima y ya ha convertido sus arranques de furia en costumbre, incluso cuando no toca.
Clara se lava las manos, se mira al espejo que hay sobre el lavabo.
Bonita estoy granos, una nariz respingona igual que la de papá, y la melena pelirroja indomable de mamá. Cuántas veces ha pedido que le dejen teñirse Mamá siempre dice que la belleza ya llegará, y que terminará dándole las gracias.
¡Claro! ¡Por supuesto! ¡Faltaría más! Mientras tanto, ella parece un espantapájaros. ¿Trenzas? ¿Quién lleva trenzas hoy en día?
Pero sonríe sin querer al recordar la cara de disgusto de su madre el día que decidió cortárselas casi al ras con aquellas tijeras de manualidades viejas y totalmente desafiladas.
Cerrando los ojos, recordando el crujido de las tijeras en su cabello, imaginaba la expresión de sorpresa de su madre:
Clara, ¡pero por qué!
¿Para qué, dice? Pues porque se hartó de todos. ¡Ya está! Es su vida, sus reglas, y hará lo que le apetezca.
Todos hablan de escuchar a los mayores. ¿Pero para qué sirven sus ideas pasadas de moda? Clara tiene su propia vida, una que ni se imaginan. ¿Cómo van a entender lo que siente, si a su edad no tenían ni internet? ¿Cómo sobrevivían? Imposible de comprender. Y no sirve de nada intentar explicarles que las cosas han cambiado: ahora, con un clic, tienes toda la información. Mamá insiste en que eso no basta, que internet no enseña a ser persona ni a relacionarse. ¡Como si ella lo supiera! Mejor haría en hacer algún curso online de Cómo hablar con adolescentes.
Clara se distrae rascando otro granito. Por suerte, su madre no la ve, que si no, menudo escándalo. Siempre diciéndole que le quedan cicatrices, pero a Clara le da igual. Lo que cuenta está por dentro, no fuera. ¿Cómo hacérselo entender?
¡Padre, madre! ¡Qué palabra! Fueron quienes la trajeron al mundo, vale, pero eso no les da derecho a poseerla. Clara no es una cosa.
Clara guiña un ojo a su reflejo.
¿Qué, eh, mami? Te aguantas. No tendrías que haberme explotado con los profesores particulares. Ni haberme insistido tanto en lo de estudiar Derecho. ¡Sé más de leyes que vosotros juntos! Si tuvieseis la mitad de conocimientos, el divorcio habría sido diferente.
Ni orgullo ni ambición Papá se fue con una más joven y lo arregló todo a su gusto, sin que mamá siquiera peleara los bienes. Sí, la casa se quedó a nombre de Clara por papeles heredados por la abuela, pero eso es lo normal. ¿Y a su madre, qué? ¿La pensión infantil y listo? ¿Y los años tirados? Clara sabe perfectamente cómo fueron los últimos años de sus padres: ya no era una cría. Lo veía y lo entendía.
El odio contenido de su madre sirviendo platos tristes sobre la mesa, y la desgana resignada de su padre murmurando un gracias mientras terminaba la cena El sofá del minúsculo despacho con su mismo reloj, porque a papá ni le cabía el armario. El despertador que mamá ponía para que él no la pillara en la cama. El alivio de ambos cuando, por fin, Clara les dijo que se dejaran de tonterías y se separaran ya de una vez.
Menudos son los adultos: su vivimos por ti, eres nuestra razón de ser Mentira. Todos viven para sí. ¡Y quien diga lo contrario, miente! ¿No es ella la moneda de cambio en las negociaciones de sus padres?
Fijaos en el piso donde ahora viven: el mismo bloque, otro portal, más pequeño. Antes eran tres habitaciones, ahora dos. Un buen intercambio, pero todo fue para que papá pudiera marcharse sin remordimientos. Que a la hija no le falte de nada… Sí, su cuarto ahora es grande. Pero no lo hicieron por cariño, sino para repartirse el patrimonio sin pelearse más. Clara acabó siendo un buen parachoques entre los dos.
Clara, tras dudarlo, coge la crema que le recetó el dermatólogo. No porque su madre tenga razón, sino porque eso le va bien y hoy, la verdad, lo necesita.
Porque llega la noche. Porque está la azotea.
La azotea entró a formar parte de su vida hace pocos meses. Fue cuando Lucas el chico por el que Clara llevaba tanto tiempo suspirando le mandó un mensaje: ¿Damos una vuelta?
Clara pensó que era una broma cruel. Todo el mundo sabía que Lucas le gustaba. Se reían, pero en el fondo le tenían cariño. Clara nunca fue mala: dejaba copiar al que necesitase y salvaba al grupo en clase haciéndose la lista.
Estrada, ya te pregunté la otra vez, ¿qué haces con la mano en alto?
Galina, que es que el tema me parece fascinante ¿Cree que Fernando VII fue un tirano? ¿Fue un régimen totalitario?
La temida profesora de Historia, que asustaba a todos, picaba el anzuelo y el interrogatorio masivo desaparecía ese día.
Así que, cuando Clara enseñó el mensaje a su amiga-rival Paula, esta resopló:
¿Y? ¿Por qué te pones así? Pregúntale tú si es él, ¿qué más te da? No somos del siglo pasado. Ya verás cómo es él.
Clara no contestó. No podía explicar la tempestad que tuvo en el estómago, después de traducir esas letras a un significado real.
Fue al punto de encuentro. Y desde entonces, su vida cambió del todo.
La azotea de un antiguo edificio abandonado territorio de adolescentes no era lo más seguro, pero cada vez que Lucas le cogía la mano y le decía Con cuidado, ve mirando los pies, Clara sentía que flotaba. Iba contando los escalones por dentro.
Quince, dieciséis ¡Ánimo! Treinta y dos, treinta y tres ¿De qué tienes miedo? Él está ahí.
En la azotea, Lucas la abrazó por primera vez. En público, sin tapujos. Como quien dice: Es mi chica. Nadie protestó, aunque Clara vio de reojo la mala cara de las del otro grupo, compañeras suyas desde primaria, pero Lucas eligió a Clara.
Allí también fue el primer beso.
Aquel día se quedaron solos, ya que los demás se fueron al cine. Clara también quería ver la peli, pero Lucas le susurró que irían juntos otro día, y ya no se movió de su lado. Ya supo que la noche iba a ser especial.
Y lo fue. Clara, a veces, aún se queda en blanco recordando el momento, y oye la voz de Lucas:
Clara, me gustas Mucho. No sé decirlo bien, pero eres la mejor. ¿Puedo?
Y sus labios cálidos, suaves, dulces
Clara cierra los ojos buscando esa sensación cuando su madre golpea suavemente la puerta:
Clara, que se te hace tarde La comida está en la mesa.
La rabia la vence. ¿Otra vez?
Sale del baño hecha una furia. Su cara, casi igual que la de aquel meme viral de la señora con alas, que chilla por algo fuera de plano.
¿¡Qué quieres?! ¡Ya lo sé todo! ¡Deja de agobiarme! ¿No tenías bastante con papá? ¿Ahora yo? Pues me voy a vivir con él, ¡lo tengo clarísimo!
No llega a terminar. Su madre, suspirando raro, le cruza la cara con una bofetada.
Vete. Y cuando regreses esta noche, recuérdalo, que mañana tienes simulacro de Lengua. Descansa lo que puedas
Clara se queda sin palabras. Es la primera vez, en toda su vida, que su madre le pega. No es que le duela, pero se queda de piedra. El hecho de que su madre haya llegado a ese límite le sorprende.
Pero claro, rendirse sin pelea, no va con Clara. Mochila, abrigo, auriculares Le gustaría dar un portazo, pero se contiene. No quiere que la vean como una histérica.
Sale a la calle mirando el reloj. Una hora de desplazamientos, otra de clase. Así que con Lucas no quedará antes de las seis. Perfecto. Se verán en la azotea, mamá que se preocupe un rato, fue bueno que se altere. Papá ya ni coge el móvil a la primera, así que Clara tendrá margen para hablar con Lucas. A él sus padres apenas lo vigilan. Tiene tarjeta propia, ropa de marca y cero control. Según su padre, con dieciséis ya hay que empezar a ser adulto y elegir el futuro por sí mismo.
Quizá así deberían ser todos los padres
No como la suya.
Su padre la llama justo llegando a casa del profesor.
¿Otra vez discusión en casa? ¿Tu madre dice que te vienes conmigo?
Mira, papá, que no me metáis vuestros problemas. Que tu mujer está a punto de dar a luz, ¿yo qué hago? ¿Cuidarles al bebé?
Anda, no discutas con tu madre, que si no, te corto el grifo, ¿eh?
Eso me gusta de ti, papá: la sinceridad. ¡Me queda clarísimo!
Muy bien. Y dale un respiro a tu madre, que no se lo merece.
Cuelga, y Clara frunce el ceño.
Siempre igual. Entre ellos guerra fría, pero cuando se trata de ella, se protegen mutuamente. Qué flipante todo esto.
El nuevo profesor no le convence. Se burla de sus argumentos sobre frases hechas y le da un libro con capítulos marcados para la próxima vez. Al principio se indigna, pero tras algunas explicaciones, decide que el libro tampoco le vendrá mal.
No quiere parecer una tonta. Lucas es listo Ella tiene que estar a la altura. Después de ver tantos vídeos sobre relaciones, saca en claro una idea: las chicas deben ser independientes e inteligentes. Lo primero, todavía no, pero la inteligencia se puede trabajar. En eso, su madre tiene razón. Pese a todo, ella también logró estudiar mientras esperaba el divorcio.
Su madre dejó la universidad al nacer Clara: primero pidió una excedencia y luego decidió que con una niña enferma, no podía volver. Clara estuvo siempre mala, y no había abuelas. Tuvo que dejar la guardería tras seis meses porque no hacía más que estar enferma y detestaba aquel sitio sin los abrazos de mamá.
Cuando Clara pasó a segundo de primaria, su madre cerró un trato con la vecina para recogerla después del colegio y volvió a la universidad a distancia, mientras trabajaba.
Hizo bien. Ahora tiene su pequeña empresa decorando salones de banquetes. Clara admira su trabajo: le parece bonito y, sobre todo, muy de mujeres. Pero en la oficina, su madre es otra: firme, jefa, capaz. Y Clara la admira en esos momentos, porque ve en ella la fuerza que añora en sí misma.
Aun así, el control materno es agotador. Clara está de acuerdo con su padre: es para volverse loca. Le obligó a avisar antes de entrar en su cuarto y rara vez se implica demasiado en sus estudios, pero la sigue espiando con preguntas suaves.
Clara, ¿cómo ha ido todo hoy? ¿Qué planes tienes? ¿Quieres merendar?
Esa preocupación la lleva al límite. ¡Quisiera gritarle que ya es mayor de edad!
Y, a veces, lo hace. Grita, da portazos, se enfada porque su madre interpreta todo como cosas de cría.
Se escapa de clase soñando con encontrarse con Lucas, que la abrace y le haga olvidar a sus padres, los exámenes, el colegio ¡Qué lata todo!
Pero en la puerta del instituto no está Lucas. Espera un rato y decide subir sola a la azotea. Él no contesta, y no es normal. Clara se pone nerviosa. Algo pasa.
Sube los escalones, cada uno más pesado que el anterior. Antes volaba de la mano de Lucas, ahora le tiembla el pie.
La azotea la recibe con el viento frío de primavera y silencio.
No hay nadie.
Está a punto de marcharse cuando detecta un movimiento junto a la barandilla. Se le para el corazón; reprime un grito cuando reconoce la figura de Lucas.
Lucas
El chico está sentado en el borde, con los hombros caídos. Clara, aunque lo conoce poco, intuye su dolor. Algo realmente grave ha pasado, está roto.
El miedo a una catástrofe inminente le impulsa a acercarse. Deja la mochila y se sienta cerca, sin atreverse a llamarlo por su nombre.
Hola
Se sienta en el parapeto, sin mirar abajo. Ha tenido pánico a las alturas desde niña, pero esta vez el temor es secundario.
Hola Lucas ni la mira; Clara le coge la mano, fría como hielo.
Estás helado.
¿Eh? por fin alza la cabeza; sus ojos, vacíos, asustan y atraen a la vez.
Tal vez, justo en ese momento, Clara comprende realmente el miedo de su madre cada vez que discuten. Es ese terror animal a que no puedas llegar al corazón de quien quieres.
El mismo miedo, cuando siente la mano de Lucas inerte y fría en la suya.
¿Qué te pasa?
Su voz se parece ahora extrañamente a la de su madre. Mismas entonaciones, misma súplica.
Dímelo. Cuéntame. No quiero hacerte daño.
Y resulta.
Estoy fatal… responde Lucas, apretando por fin sus dedos. Mal, Clara
¿Ha pasado algo?
Ella ya no pregunta, afirma. Y eso también sirve.
Sí.
¿Me lo cuentas? Somos muy cercanos pero quizá no confías aún.
Lucas la mira raro y Clara tiembla.
¿De verdad crees que no somos cercanos?
No, no es eso. Eres muy importante para mí No sé si yo para ti igual.
Clara, no digas tonterías. No tengo a nadie más en el mundo.
El corazón de Clara deja de latir un momento, luego se acelera tanto que teme que Lucas escuche esos latidos atolondrados, alegres, como la vida misma.
¿A nadie? ¿Y tus padres? pregunta sin pensar, flotando todavía en la nube, pero Lucas se estremece y agacha la cabeza.
¡Ten cuidado!
Sí, sujétame, o déjame ir, como han hecho ellos
¿Quiénes?
Los que yo pensaba que eran mis padres. Hoy mi madre me ha dado los papeles y me ha contado cómo llegué a su vida. Soy adoptado, ¿entiendes? ¡Adoptado! Lo sospechaba ahora lo sé: no vivía mi vida, vivía la de otro. ¡Ocupaba el sitio de un desconocido!
Lucas grita y Clara le agarra la mano con fuerza, temiendo que quiera saltar.
Está convencida de que lo pensaba hacer. Para otros Lucas es el valiente, pero Clara sabe lo frágil que es en el fondo. A solas no es el chico popular ni seguro. Ella ha visto el brillo tierno que hay en su interior, y le duele la rabia que ha sentido contra sus propios padres y contra la vida.
¿Y cuál es la injusticia? Si se lo preguntaran ahora, ni ella lo sabría explicar. Solo que ahora ve su lucha por la madurez como una tontería vacía. Delante de ella, un chico que ha tenido que crecer de golpe y no puede con la carga porque no tiene apenas apoyo, mientras que ella sí, pese a todo lo vivido.
Lucas, tengo miedo Clara acaba llorando; eso detiene a Lucas.
¿Qué haces? Lucas la abraza, y ella se agarra fuerte.
¡No! ¡No hagas ninguna tontería! Si ellos te han abandonado, yo nunca lo haré. Eres lo más importante. ¡Te lo juro, Lucas!
No soy Lucas Me llamaba de otra manera.
¿Cómo?
Alejandro. Y otro apellido.
Eso no importa nada. Lucas, Alejandro, el que seas. Yo te conozco. Me da igual cómo te llamen, ¿entiendes?
Sí pero no será lo mismo para todos Clara, ¿y ahora qué hago? ¿Dónde voy?
¿No puedes volver a casa? ¿Te han echado?
No. Mi madre lloraba Mi padre le pegué.
¿Por qué?
Quiso encerrar la puerta para que no saliera. Gritaba que yo no entendía nada.
¿Y tú? ¿De verdad entiendes todo? ¿Seguro?
¿A qué te refieres? ¿Qué más hay que entender aquí? protesta Lucas, pero en su voz ya hay una pregunta.
¿Por qué te lo han contado justo ahora?
El viento arrastra la pregunta y Lucas vuelve a encogerse, pensativo, al borde del abismo.
No lo sé susurra al final, y Clara por fin respira tranquila.
Ya no hay desesperación en la voz de Lucas; hay dudas. Y mientras existan esas dudas, Clara sabe que no pasará nada malo.
¿Quieres que vaya contigo?
¿Adónde?
A casa Vamos juntos y les preguntas por qué. Luego, si quieres, volvemos aquí. Haz lo que quieras, pero no estarás solo.
Lucas la mira incrédulo. Clara aprieta su mano y le aleja del borde.
Vamos, anda.
Lucas salta a la azotea, y Clara lo abraza mientras caminan hacia la escalera.
Soy un cobarde musita Lucas.
¡Tontería! resopla Clara, llevándolo escaleras abajo. Cualquiera estaría hecho polvo en tu lugar.
Al tropezar, Lucas la agarra.
¡Cuidado!
Mira quién lo dice Clara ríe, encendiendo la linterna del móvil. Venga, tenemos faena.
Esa noche quedará grabada para siempre.
La conversación con los padres, dura y delicada. El reencuentro, cuando Lucas descubre que su padre biológico está a punto de salir de la cárcel y quiere contarle su versión.
Y la mujer que le crió, llorando por el niño de un año que recogió tras la trágica muerte de su mejor amiga, por haber amado a quien no debía.
¿Mi madre la de verdad?
Sí, Lucas, fue tu padre biológico quien lo hizo
¿Y ahora quiere verme?
Eso dice. Por eso te lo contamos ahora. Era mejor que lo supieras por nosotros, no por él. Perdón por hacértelo así, pero no había más remedio: sale antes de tiempo.
No quiero verle.
Es tu decisión. Sea lo que sea, te apoyaremos.
Y hablaron y hablaron, y Clara entendió que nunca volverían a la azotea. Ni esa noche ni otra. Algo había cambiado. El pasado cedía su puesto al futuro.
Más cerca de la medianoche, Clara entra en casa con su propia llave. Sin quitarse el abrigo, va de puntillas a la cocina oscura, donde su madre aguarda junto a la ventana. Clara la abraza, apretando la cara contra el pelo rebelde, inhalando el perfume de siempre. Y, al final, suena la palabra que significa todo:
Perdóname
Y resuena ese eco entre madre e hija, incondicional como siempre:
Y tú a mí ¿Tienes hambre?
No, mamá. Gracias Creo que, por fin, hoy he aprobado el examen.
¿Qué examen, hija? Si eso aún es dentro de meses.
El más importante, mamá Ya te lo contaré.
¿Por qué no ahora?
Porque mañana tengo simulacro y necesito dormirClara sonríe, derrotada y en paz, apoyando la cabeza en el hombro de su madre.
Porque esta noche no hay palabras suficientes. Pero… ¿me puedes abrazar un poco más? Solo eso murmura, casi como si regresara por un instante a la infancia.
Su madre no pregunta nada más. Deja que el silencio y el calor hagan ese trabajo antiguo de recomponerse en los brazos que siempre han sabido contener su mundo.
Las luces de la ciudad vibran allá fuera, indiferentes y eternas, y Clara, acurrucada, piensa que quizás crecer no consiste en huir, ni en ganar batallas imposibles, sino en dejarse cuidar justo cuando crees que ya no lo necesitas. Solo así, por un momento, todo está en su sitio.
Y Clara, por primera vez en mucho tiempo, no siente prisa por ser mayor.







