¡Estoy harto, me voy! ¡Ya está bien, hasta aquí hemos llegado!

¡Estoy harto, me voy! ¡Hasta aquí hemos llegado!

¡No aguanto más, me voy! ¡¿Hasta cuándo?! El niño, su eterno estoy cansada, ayúdame, ayúdame… ¡y yo lo que quiero es salir, como antes! ¡Quiero sexo! ¡Trabajo mucho! ¡Al fin y al cabo! Quiero llegar a casa y encontrarme con mi querida esposa, mi mujer… Ahora me quedaré en casa de un amigo, luego buscaré una jovencita… uf… pensaba nervioso Pablo, mientras fumaba al volante después de lo que parecía el punto final de su relación con Lucía.

Su historia era tan antigua como el mundo: se conocieron, se enamoraron locamente, la pasión, olvidaron cuidarse, y a los pocos meses, el test de embarazo mostró dos rayas.
Por supuesto, tenlo, saldremos adelante dijo Pablo con seguridad y todas las madres y abuelos asintieron, te ayudaremos, solo tenlo… Luego vino la boda, el nacimiento, lágrimas de felicidad ¡un hijo!… Y ahí acabó la vida despreocupada. Lucía se convirtió en una madre desbordada, cansada, despeinada, gritos del niño todo el día y la noche también, su ayúdame, ayúdame de siempre… ¿Dónde estaba su chica risueña de antes? La familia desapareció pronto… Se quedaron solos en su maternidad y paternidad.

¡No estoy preparado! le soltó Pablo hoy a Lucía, cerrando la puerta de un portazo ante ella y el pequeño, los dos llorando.

Chirrido de frenos… una figura encorvada apareció de repente delante del coche.

¿Pero quieres morirte o qué? gritó Pablo, saltando fuera del coche y acercándose a la figura.

El hombre, cubierto con una gabardina, se irguió y le miró con ojos antiguos y tristes, murmurando:
Sí.
Pablo, sorprendido por la respuesta, se trastabilló:
Señor, ¿le puedo ayudar? ¿Necesita algo?
No quiero seguir viviendo.
Hombre, no diga eso, venga, le llevo a casa, me cuenta, a lo mejor puedo ayudarle dijo Pablo, tomándole de la mano y guiándole con cuidado hacia el coche.

Cuénteme, padre encendió un cigarro Pablo.
Largo de contar…
No tengo prisa.

El anciano miró a Pablo con detenimiento, luego a la foto colgada en el retrovisor.

Hace cincuenta años conocí a una mujer, me enamoré enseguida; todo pasó deprisa, de repente ya éramos familia, hijo, el heredero… parecía la felicidad absoluta. Pero quería que todo siguiera como cuando empezamos, amor, pasión, juventud. Pero mi mujer agotada, el niño pequeño, la casa, tenía que trabajar… yo le eché toda la carga. No ayudaba. Conocí a una mujer en el trabajo, y me dejé llevar… mi esposa lo descubrió, divorcio y se acabó. Lo nuestro con la otra tampoco funcionó, pero ni me afectó, seguí de juerga. Y ella volvió a casarse, estaba más guapa, el hijo llamaba papá a su padrastro, y yo… me daba igual.

¿Y usted? preguntó Pablo, encendiendo otro cigarro, algo nervioso.

¿Yo? Acabé solo, sin familia, sin mujer, sin hijos. Hoy mi hijo cumple cincuenta, fui a felicitarle y ni me dejó entrar. el anciano rompió a llorar. Culpa mía. Me dijo: No eres mi padre, sigue haciendo tu vida.

Bueno señor, ¿a dónde le llevo? Pablo empezó a golpear con los dedos el volante.

Vivo aquí cerca, tranquilo, no te preocupes por mí… dijo el viejo, saliendo y caminando hacia un bloque de pisos cercano. Pablo esperó a que desapareciera en el portal. Se quedó unos minutos, luego arrancó y fue a un supermercado, donde compró flores.

Perdóname, de verdad, perdóname dijo Pablo al llegar a casa, hincándose de rodillas ante Lucía, que seguía llorando. Descansa, mi amor.

Tomó a su hijo en brazos, fue a la otra habitación, y mientras le mecían comenzó a tararear una vieja nana: Duérmete, mi niño….

El pequeño, sorprendido, se durmió pronto, apoyando confiadamente su manita en el intenso latido del corazón de su padre. Pablo le miró enternecido: Quiero verte crecer, quiero oírte decir papá.

¿Otra vez salvando almas perdidas? le dijo con sorna una anciana a su marido cuando entró en casa. Él, sonriendo, colgaba la gabardina.

Sí, claro, alguien tendrá que abrirle los ojos a los jóvenes…

Y ¿cómo sabes quién necesita ayuda?

Porque a mí me hizo falta a su edad…

Venga, a cenar, salvador… Por cierto, recuerda que mañana vamos al cumpleaños del hijo, no quiero almas perdidas esa tarde le dijo con cariño su esposa.

No se me olvida, cumplir cincuenta años no es cualquier cosa para nuestro hijo, nuestro amor… ¿cómo se me va a olvidar? abrazando a su mujer, el viejo sonrió y se fue con ella a la cocina.

A veces, olvidamos lo que realmente importa hasta que la vida, o la sabiduría de quienes ya pasaron por lo mismo, nos recuerdan que es el amor y la familia lo que da sentido a todo.

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¡Estoy harto, me voy! ¡Ya está bien, hasta aquí hemos llegado!
¡Aléjate de mí! ¡Yo nunca te prometí casarme contigo! Y además, ni siquiera sé de quién es ese niño… ¿Y si ni siquiera es mío? – Así que, mejor te vas por ahí, que yo también me marcharé – decía Víctor, que estaba de paso en nuestro pueblo, dejando atónita a Valentina. Ella se quedó de pie, sin dar crédito a lo que veía u oía. ¿Acaso éste era el mismo Víctor que le juraba amor eterno y la llevaba en volandas? ¿El mismo Víctor que la llamaba Valen y le prometía el cielo? Delante de ella tenía a un hombre distinto, algo confuso, por eso enfadado y, sobre todo, un hombre ajeno… Valentina lloró una semana entera, diciéndole adiós para siempre a Víctor, pero la edad —ya tenía treinta y cinco años— y su poca gracia, y por tanto las pocas opciones de encontrar la felicidad de una mujer, la llevaron a tomar una decisión: convertirse en madre. Valen dio a luz a una niña llorona en el plazo previsto. La llamó María. La niña crecía tranquila, sin dar nunca problemas, como si supiera que de gritar o no gritar nada cambiaría… Valenta cuidaba correctamente de su hija, pero no se notaba en ella un auténtico amor maternal —la alimentaba, la vestía, le compraba juguetes. Abrazarla por gusto, acariciarla, salir a pasear con ella: nada de eso. La pequeña María estiraba a menudo los brazos hacia su madre, pero esta la apartaba: que si estaba ocupada, que si tenía muchas cosas, que si estaba cansada, que si le dolía la cabeza. Nunca surgió ese instinto en ella. Cuando María tenía siete años ocurrió algo inaudito: Valen conoció a un hombre. Es más, ¡lo llevó a vivir a casa! ¡Todo el pueblo hablaba! Qué Valen más ligera de cascos. Un hombre nada serio, de fuera, sin trabajo fijo, ¡y nadie sabía de dónde! ¡Igual hasta era un golfo…! Menudos líos. Valen trabajaba en el ultramarinos del pueblo y él se buscó un apaño descargando mercancía. En ese entorno laboral nació el romance. Pronto Valen invitó a su flamante novio a vivir con ella. Todos en el pueblo la criticaban: —¡Ha traído a casa a un desconocido! Que piense en la nena —decían—. Encima, callado como un muerto: algo oculta… Pero Valen no escuchaba a nadie. Era como si supiese que esta era su última oportunidad de encontrar la felicidad de mujer… Sin embargo, la opinión del vecindario empezó a cambiar respecto a ese hombre callado, al que llamaban Igor. La casa de Valentina, sin manos de hombre, estaba medio caída; necesitaba reparaciones. Igor —así se llamaba el hombre— primero arregló el portal, luego reparó el tejado, enderezó la valla. Cada día reparaba algo más y la casa parecía embellecerse ante los ojos de todos. Al ver que al hombre no le faltaba ni maña ni arte, la gente empezó a pedirle ayuda y él decía: —Si eres mayor o realmente pobre, cuenta conmigo. Si no, pagas en dinero o con algo de comida. A unos cobraba en metálico, a otros en conservas, jamón, huevos o leche. Valen tenía huerto, pero ni una vaca: sin hombre, ¿qué iba a hacer? Por eso antes María apenas probaba la nata y la leche fresca que ahora nunca faltaban en la nevera. En resumen, Igor era un verdadero manitas. Y Valen, que nunca fue belleza, parecía transformada: resplandecía, se había vuelto más dulce y hasta trataba mejor a María. Sonreía y, ¡resulta que tenía hoyuelos en las mejillas! Quién lo iba a decir… María crecía y ya iba al cole. Un día estaba sentada en el portal observando a Igor trabajar, en sus manos todo cobraba vida. Después fue a casa de una amiga y sólo volvió al atardecer. Al entrar en el patio de casa… se quedó de piedra. ¡En mitad del jardín había unos columpios! Se balanceaban suavemente con la brisa, invitando a jugar… —¿Son para mí? ¡Tito Igor! ¿Los has hecho para mí? ¿De verdad? —María no daba crédito. —Para ti, Marita, claro que para ti. ¡Disfrútalos! —rió Igor, siempre tan callado. María se montó y se columpió con fuerza, el viento silbando en sus oídos. No existía niña más feliz en todo el mundo… Valen salía temprano a trabajar, así que Igor se encargaba de la cocina: desayunos, comidas. Y vaya tartas y pasteles preparaba… Fue él quien le enseñó a cocinar rico y a poner bien la mesa. Cuántos talentos en un hombre tan silencioso… Cuando llegó el invierno y anochecía antes, Igor iba a buscarla al colegio. Le llevaba la mochila y le contaba historias de su vida. Le contó cómo cuidó de su madre enferma, cómo vendió su casa para ayudarla y cómo su propio hermano le echó a la calle. Le enseñó a pescar. En verano, al amanecer, iban caminando al río y esperaban pacientemente una picada. Así aprendió María la paciencia. Un verano, Igor le compró su primera bici y la enseñó a montar. Le ponía yodo cuando se caía y se hacía daño. —Igor, que se va a matar la niña —protestaba su madre. —No le pasará nada. Debe aprender a caer y a volver a levantarse —contestaba. Una Navidad le regaló unos patines de verdad. Esa noche montaron juntos la mesa, Igor y María. Esperaron hasta medianoche, se felicitaron, rieron y brindaron. Todo era alegría, todo estaba delicioso. Y, por la mañana, Valen e Igor despertaron con los gritos de alegría de María. —¡Patines, tengo unos patines de verdad! ¡Blancos y nuevos! ¡Gracias, gracias! —gritó ella, abrazando el regalo, entre lágrimas de felicidad. Luego, ella e Igor fueron al río helado y él se pasó la tarde quitando nieve del hielo. Le enseñó a patinar, la ayudaba de la mano hasta que pudo andar por sí sola. Después logró recorrer la pista sin caerse ni una vez. María chillaba de alegría. Al volver a casa, se lanzó al cuello de Igor: —¡Gracias por todo! ¡Gracias, papá…! Y ahora era Igor quien lloraba, de felicidad. Disimulaba las lágrimas, pero caían solas… Después, María creció y se fue a estudiar a la ciudad. Tuvo mil problemas, como todos. Pero él nunca faltaba. Estuvo en su graduación, le llevaba bolsas de comida para que no pasara hambre. La acompañó al altar cuando se casó. Esperó bajo las ventanas del hospital cuando fue madre. Fue abuelito de sus nietos y los adoró más que algunos padres biológicos. Finalmente, se fue de este mundo, como todos nos iremos. María y su madre lo velaron, y cuando llegó el momento, al lanzar un puñado de tierra sobre el ataúd y suspirar hondo, María murmuró: —Adiós, papá… Has sido el mejor del mundo. Siempre te recordaré… Y así, Igor se quedó en su corazón para siempre, no como tío, ni como padrastro… sino como PADRE, porque padre no es sólo el que da la vida, sino quien te cría, y comparte tus penas y alegrías. Quien está a tu lado… ¡Así es esta emotiva historia de la vida! Gracias por tus comentarios y por tus likes. Síguenos para leer más historias entrañables.