La espectacular aparición de Margarita Petrovna

La salida triunfal de Margarita Fernández

¡María! ¡Eso no es cocido madrileño! ¡Es una especie de ensaladilla caótica! Querida, eres una abogada brillante, dedícate ya a los pleitos y deja la cocina a quienes tienen menos cabeza y más mano.

¡Marga, que no soy inútil! María reprimía a duras penas unas lágrimas de pura rabia.

Nunca conseguía que le salieran bien ni los platos más sencillos. Atreverse con algo más complicado jamás se lo habría planteado. En su familia aquellas cuestiones estaban ya repartidas desde los tiempos antiguos.

Verónica era la reina de la casa; María, la inteligente; y Sonia, la intrépida: esa chica capaz de hacer girar cualquier tornillo en la dirección correcta. Por eso, casi siempre en las reuniones familiares, cocinaba Verónica, mientras María y Sonia se encargaban de todo lo demás: limpieza, la compra, organizar la diversión de los niños. Esta última responsabilidad, cómo no, recaía en Sonia, que conseguía manejar a la banda Fernández de tal manera que la casa de Verónica, lugar habitual de encuentro, y los alrededores aguantaran la tempestad sin acabarse en ruinas o requiriendo reformas.

En la familia Fernández, los niños eran adorados y consentidos, aunque se intentaba imponer disciplina, cosa que raramente se conseguía.

Todos los nietos siete nada menos de Margarita Fernández, a quienes ella veneraba, compartían la inquietud y el vivo carácter de su tía Sonia. Y eso que Sonia ya era madre de dos de las criaturas que, en ese momento, correteaban por el césped fingiendo ser comanches o aborígenes de alguna tierra lejana, situación que no parecía restarle un ápice de energía. Sonia se sentó en los escalones, eligiendo ciruelas de la cesta con las que Margarita pensaba hacer un nuevo lote de compota, y meditaba si unirse al bullicio infantil, contenida solo por las miradas severas de Verónica, quien, furiosa y armada con un cuchillo, cortaba tomates para la siguiente ensalada lanzando sus opiniones a media voz:

Sonia, ¿no vas a sentar cabeza nunca? ¡Mira a María, hecha y derecha! Yo también tengo mi estabilidad. ¿Y tú? ¿Vas a pasar la vida saltando como un conejo entre motos y sueños? Piensa que los niños crecen, verán en ti un ejemplo, y cuando sean mayores ¿no les dará vergüenza tu espíritu libre?

Verónica, no exageres María, tras inspeccionar con resignación su frustrante cocido, decidió tapar de nuevo la cazuela. Tienen mucho de qué estar orgullosos. ¿Cuántos niños pueden decir que su madre sabe desmontar y montar una moto entera? ¿Tú puedes? Yo no, ni siquiera un simple caldo.

Bueno, tú no puedes cocinar, pero en los tribunales nadie te supera.

¡Eso es! Cada cual a lo suyo.

Muy bien dicho señaló Margarita, que, habiéndose perdido parte de la conversación, apareció en la terraza. Las mujeres suspiraron, y los niños, al notar el silencio, se giraron para admirar a su abuela en todo su esplendor.

¡Vaya! musitaron los gemelos de Sonia, tan sincronizados que el chasquido de la lengua pareció un trueno. Margarita se estremeció para sus adentros.

¡Efecto conseguido!

Giró sobre sí misma despacio, luciendo vestido nuevo y tacones de aguja, reservados solo para ocasiones especiales. Esa se lo merecía.

Niñas, ¿qué opinan? ¿Puede una dama de la edad de Balzac presentarse así en una cita con alguien a quien no ve desde hace como cuarenta años?

¡Estás estupenda, Marga! Lo vas a dejar boquiabierto.

Boquiabierto, sí, pero no muerto, por favor dijo Margarita, desfilando con majestuosidad y adoptando su pose favorita. Tengo que averiguar para qué querrá verme después de tantos años. ¿Qué provecho espera sacar?

Abuela, igual quiere ya sabes apuntó Natalia, la quinceañera hija mayor de Verónica, sentándose al lado de Sonia y mordiendo una ciruela. ¿Sí, qué pasa?

El estallido de carcajadas espantó a los gatos que tomaban el sol en la barandilla y sembró el caos entre los perros, incluido el pequeño bichón que Verónica había adoptado hacía un año y del que presumía como si fuera de pura raza.

¡Natalia, me matas! dijo Verónica, secándose las lágrimas mientras iba en busca de un trapo, dejando a María la tarea de consolar al apurado perrito.

Marga, ¿qué teníais entre manos tú y ese hombre? preguntó María, mandando callar a los niños, que huyeron para no interrumpir las confidencias de los adultos.

¡Ay, Marianita! ¡Un romance! Margarita pronunciaba romance con suspiros dignos de una copla y, ante el ademán de escaparse, Natalia se quedó sentada, suspirando tan fuerte que Sonia tuvo que contener la risa.

Natalia, aún no es tiempo para ti.

¿No? ¿Y cuándo será? preguntó, quitándole el trapo a su madre y secando un charquito. Sin vida personal, así nos tienen ¿Y tú, Marga, cuántos años tenías cuando pasó?

¡Dieciséis! exclamó Margarita, encogiéndose de hombros ante la mirada de Verónica. Yo era joven e ingenua. Tu Natalia no peligra, es lista y guapa. Pero debe saber sobre las artimañas del amor y sus consecuencias, ¿o tú crees que no?

¡Venga, Marga, cuenta ya! pidió Sonia tras calmarse. No vas a sacarla de aquí. Que escuche y aprenda.

Natalia miró agradecida a su tía y se acomodó, observando a su abuela con esos ojos claros, como los de las ranas del estanque, tan iguales a los de Margarita como resultaban extraños a ojos de todos, pues Margarita no era pariente de sangre. Tampoco Verónica, Sonia ni María, aunque ella suplió con creces el vacío dejado por su madre.

Margarita había llegado a la vida de las Fernández poco después de la muerte de su madre. El padre, destrozado, se sentía incapaz de sacar adelante a las niñas. Verónica, con solo ocho años, tuvo que hacerse cargo, porque su padre, ante cualquier pregunta, respondía: Eso deberíamos consultarlo con tu madre. Esto aterraba a Verónica que, para no enloquecer, dejó de preguntar.

Con María casi se defendía, pues a sus cinco años, la pequeña era razonable; pero cuidar de la traviesa Sonia, de dos, era agotador. La abuela paterna acudió en ayuda pero, al poco tiempo, admitió no poder con tantas criaturas y regresó a su pueblo, llevándose consigo únicamente a Verónica si así lo deseaba el padre.

El terror se dibujaba ya entonces en el rostro de Verónica, contemplando la posibilidad de perder a sus hermanas y su hogar. Hasta Sonia, intentando meter un destornillador en el enchufe, paró, abrazó a su hermana y lloraron juntas.

Suerte que la abuela no insistió y, al cabo de poco, apareció Margarita.

La llegada fue fortuita. Sonia caía enferma con fiebre mientras Verónica, ya agotada, tuvo que insistir a su padre hasta que llamó al médico. Margarita, que aquel día cubría consulta como pediatra, llegó a casa Fernández sorteando el fango y charcos típicos del barrio, maldiciendo las obras municipales. Después de recabar la información de las vecinas, entró y rápidamente tomó el mando. Llamó a la ambulancia y se llevó a Sonia y al padre al hospital, dándole a este tal repaso que el hombre, vencido, dejó de resistirse y reanudó al fin su rol de padre. Desde entonces, Margarita había sido el pilar de las niñas, roca firme y refugio.

Al cabo de un año escaso, tras casarse con el padre, éste falleció atropellado por un coche. Cuando Margarita recibió la noticia, salió corriendo hasta la escuela, sin abrigo ni bolso, para llevar a casa a Verónica y María. Allí, sentadas juntas, les dijo con determinación: No estáis solas. Yo estoy aquí y no voy a dejaros.

Sus trámites de adopción estaban iniciados, así que no hubo problemas. Margarita dejó su puesto fijo en el ambulatorio y empezó a trabajar en dos clínicas privadas, logrando así mantener a su nueva prole, asumiendo cada plan de las chicas aunque le pareciera una locura.

¿Quieres ser actriz, María? Espera, yo te apunto a una audición.

A Sonia le compró un casco y una moto tras vender la casa heredada, porque sabía que su hija pequeña jamás renunciaría a sus sueños, y fue incluso más allá: contactó con un especialista en acrobacias para que enseñara a la niña los riesgos y el arte de montar sobre dos ruedas.

Verónica era la única que nunca dio problemas, siempre formal, madurando antes de tiempo. Margarita la abrazaba a veces y le susurraba: Suelta el peso un poco, que aquí estoy yo.

El tiempo fue dando la razón a Margarita. Sacó a todas adelante, cada una con sus familias, hijos, sus carreras y pasiones. Vida suficiente y plena.

Así siguió hasta que, tres días atrás, una llamada inesperada, trayendo de vuelta una voz olvidada, la hizo dejar caer su taza favorita, desplomarse en el butacón y pedir socorro moral a su nieta Natalia, quien enseguida avisó a Verónica.

La vorágine fue tal que, al cabo de un rato, estaba el salón repleto: Sonia llegó con el casco bajo el brazo y el gato entre las piernas; Verónica suspirando porque había corrido casi a cien por hora. Todas querían saber lo mismo.

¿Qué pasa, Marga?

Creo que me he vuelto loca.

Pero no lo estaba. Solo un nombre del pasado había resucitado.

Cuando la emoción amainó, la familia se reunió en la casa de Verónica, esperando el desenlace de tan esperado encuentro.

¿Qué queréis que os cuente? Él fue mi primer amor. ¡Qué chico! Un pelo precioso, una voz que me hacía perder el norte y una altura que me descolocaba.

¿Y le amabas, abuela?

Con locura. Pero fue un amor complicado, causa de muchas penas. Me perdí en ese sentimiento.

¡Oh, abuela, cuéntalo!

Ay, niña, eso se canta como una balada Pero hoy no tengo voz, así que lo cuento con palabras.

Menos dramatismo, más verdad, Marga bromeó Sonia apretando la ciruela.

No me provoques, niña; si no, en vez de dulces probarás ese gesto que tanto asombra a los extranjeros pero aquí todos conocemos lo que significa.

Así, Margarita relató su historia: un primer amor de adolescencia, imposible, marcado por la diferencia de edad entre él, ella, y la muchacha mayor que finalmente se lo llevó. La envidia, confió, había sido el germen de la discordia; después, el silencio, porque Margarita pensó que, tras la marcha del joven, no tenía sentido declararse.

Al final confesó que, aunque él le escribió dos cartas, en la segunda respondía negándose ella, porque no quería darle solo amor, sino hijos, cosa que el destino, tras una mala operación, le había negado.

Y ahí tienes tu segunda lección: cuando te quieran por encima de todo, agarra esa mano y no la sueltes.

El relato dejó lágrimas en las mejillas de Margarita, que Natalia secó con besos y abrazos.

Venga, abuela, que tienes que estar radiante para tu cita, no llores más.

Así terminó la preparación para la gran salida de Margarita Fernández, realzada por los esfuerzos de los nietos: líneas negras (cortesía de los gemelos y su rotulador permanente) alrededor de los ojos, peinado con más horquillas que motivos, flores por doquier… Hasta el perrito huyó bajo la mesa. Cuando llegó el visitante, un caballero bajito, ya calvo y de gorra de moda, y vio la estampa, no pudo más que reír. Verónica se desplomó sobre el camino, Sonia gritó ¡primera al baño! y todos rieron hasta las lágrimas.

El héroe romántico, lejos de salir corriendo, se sentó como cualquiera de la familia, preguntando a los nietos por el maquillaje y sumándose a las bromas.

La tarde se fue así, entre risas y anécdotas, y Margarita, reflexiva, entendió que, a pesar de cualquier peinado descabellado, la vida seguía y una página nueva comenzaba para todos. Las hermanas Fernández comprendieron entonces que las buenas personas nunca sobran y, si ese hombre había sobrevivido a la bienvenida, quizás merecía formar parte de ese universo familiar.

Verónica sirvió otra taza de té a su madre adoptiva, la rodeó con un brazo y le susurró:

Anda, Marga, no temas, que estamos aquí. ¡Adelante!

Y así, con esa certeza, siguieron adelante, unidas, mirando hacia el futuro, sabiendo que aún quedaban muchas historias por contar.

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