Qué vergüenza siento, madre mía. Todo el mundo del pueblo ya tiene la huerta limpia y en la nuestra aún parece que ha caído una maldición. Nosotros también la limpiaríamos, claro, pero a mí el reuma me tiene la mano dormida desde hace días y a Carmen, a mi mujer, se le ha quedado la espalda doblada del último catarro.
Hoy fui a buscar a Jaime, el mayor de nuestros hijos, con la boina apretada en las manos por los nervios:
Jaime, hijo, venía a verte para preguntar si podríais ayudarnos tú y tus hermanos a sacar las patatas. Qué pena me da, todos tienen ya el campo recogido, y nosotros aquí, como una mancha en la cara del pueblo… Lo haríamos nosotros, pero ya ves cómo estamos.
Jaime, mientras se calzaba las botas, gruñó algo entre dientes:
Pero papá, ¿para qué plantáis tanto si apenas comemos unas cuantas vosotros? Hoy me es imposible, tengo que ir a la ciudad a hacer un recado.
Iba a responderle algo con más genio, pero sólo se me escapó un suspiro y salí al corral. Cogí la horca tirando de la pierna mala y me fui hacia la huerta, aunque me costara sudor.
Carmen, siempre tan resuelta, se ató la manta de cuadros en la cintura y salió a mi paso:
Dime, Nicolás, ¿vendrán los muchachos hoy?
Bufé:
Sí, ya vendrán Anda, coge el cubo y empieza a recoger. Cinco les dimos al mundo, y ahora no hay quien levante el culo para ayudar. Venga, mujer, que al menos avancemos un poco antes de que anochezca.
Mientras tanto, Elena, la mujer de Jaime, le recriminaba en la cocina:
De verdad, no sé de qué madera estáis hechos. Todo el día cada uno a lo suyo, ni una mano a los padres. Ojalá los míos vivieran, volaría a ayudarlos.
Jaime intentó tranquilizarla, abrazándola por los hombros:
Tienes razón, nos hemos confiado demasiado. Vivimos aquí cerca pero apenas nos vemos. Mira, mañana voy a pedir el día libre y tú llama a tus cuñados, ¿quieres?
Elena sacó la agenda y empezó a telefonear, determinada:
¿Cómo que no podéis? ¿Que si el trabajo? Nadie termina nunca de trabajar. Pide un día. ¿No os da vergüenza, que los padres estén ahí dejándose el lomo? ¿No podéis dejar a los niños? Llevadlos, que el aire les sentará mejor que la tele. Os espero mañana.
Entre súplicas y algún que otro reproche, consiguió que todos se comprometiesen.
Mientras tanto, yo me senté en la piedra grande a descansar y vi a Carmen, agachándose entre las parras.
Mira, Carmen, vamos a acabar cavando las patatas cuando ya nieve, por tu culpa, tantas pusiste. Que siempre tienes miedo de que a los niños no les baste. ¿Y dónde están tus niños? No mueven ni un dedo. ¿Y antes, te acuerdas? Nos juntábamos todos, y antes de la hora de comer ya estaba todo recogido. Eso sí que eran tiempos…
Carmen se quedó escuchando el silencio y de pronto exclamó:
¡Nicolás, creo que viene alguien! Ve a mirar al portón.
Fui cojeando hasta la cancela, y en seguida oí risas y voces alborotadas. Carmen vino a mi lado, apoyada en el bastón.
¡Dios mío, la cantidad de gente! ¡Han venido todos, hasta los nietos! Qué alegría tan grande, Señor.
Bueno, papá, venga, dinos dónde tienes las palas, los cubos y las cestas anunció Jaime, en plan capataz.
Apreté los labios y solté, casi con la voz rota:
En su sitio de toda la vida, hijo. No me digas que ya no te acuerdas…
Ya no hubo más quehacer: unos cavaban, otros recogían, otros llevaban la cosecha bajo el porche a que secara. Mandamos a Carmen a la casa a descansar, aunque ella no paraba quieta un minuto, vigilándonos y dándonos órdenes por la ventana.
Las nueras se arremangaron enseguida para preparar una merienda suculenta, pero Carmen no podía tenerse sentada mucho rato, y aparecía a cada momento con alguna advertencia: que no se mezclen las grandes y las pequeñas, que las buenas para guisar no se pongan al sol
En la huerta reinaba la fiesta.
¿Os acordáis, Jaime, de cuando me diste con una patata en la frente? Pues ahora te toca a ti, ¡toma! gritaba Sergio, uno de los hermanos, provocando las risas de los demás.
Y yo, refunfuñando, me dejé llevar:
Mira que sois críos… Ya vais teniendo una edad, y aún con esas tonterías.
Por fin, la huerta se quedó limpia, las matas apiladas en una esquina y la patata bajo cubierto. Era el momento de la merienda.
Pusimos la mesa grande en el patio. Qué ambiente. Entre risas, recuerdos de cuando eran pequeños.
Carmen cada poco tenía que secarse alguna lágrima furtiva. Qué buenos hijos tenemos, después de todo. Los vecinos pasaban, saludaban amablemente. Felicitaban, y alguno suspiraba por los suyos, que hacía años que no venían.
Elena entonces preguntó a Jaime en voz baja:
¿Y en tu trabajo, qué dijiste?
Él le pasó un brazo por los hombros y contestó:
Les dije la verdad: que los padres necesitan ayuda. Me dieron el día sin dudarlo, ayudar a los padres es sagrado, mujer.
Es tan fácil olvidarse de los mayores en el ajetreo del día a día… A veces, por orgullo o timidez, no piden ayuda, pero siempre estarán felices de compartir un rato con sus hijos.






