Prueba de sentimientos
¿Y si mi marido no siente celos en absoluto eso es malo? pregunta Lucía a sus amigas, removiendo con desgana una porción de tarta en su plato. No tiene apetito. Antes me alegraba de que tuviésemos tanta confianza, pero ahora ahora me he dado cuenta de que quizá no es tan simple.
Carmen, sentada en la mesa de enfrente, ladea la cabeza y la mira con perspicacia, entrecerrando un poco los ojos. En su mirada se lee una profunda extrañeza, como si algo se le escapara.
¿Nada de nada? insiste, inclinándose hacia ella. ¿De verdad nunca te ha preguntado a qué hora vuelves, con quién quedas o por qué te retrasas en el trabajo?
Lucía fuerza una sonrisa y se encoge de hombros.
Tal cual suspira, agotada. Llego a casa y está tan tranquilo, esperándome en la puerta, como si nunca hubiera notado mi ausencia. Siempre sonriente, siempre educado. Me prepara un café buenísimo, me pregunta por mi día… y luego propone ver juntos alguna serie. Nunca ni el menor gesto de celos, ni una sombra de inquietud.
Baja la mirada hacia su taza, como si allí pudieran esconderse todas las respuestas. En su voz se cuela cierta confusión:
Antes esto me parecía idílico. Me sentía orgullosa de la confianza, de la libertad. Pero pero ahora empiezo a preguntarme: ¿y si simplemente le da igual?
Esther se relaja, recostándose en la silla con los brazos cruzados. En sus ojos brilla la chispa de quien ya ha recorrido ese camino; hace no mucho sobrevivió a un divorcio provocado por los celos desmedidos de su exmarido.
Te envidio musita con una media sonrisa y niega con la cabeza. Cuídale, Lucía, los hombres así están en peligro de extinción, deberías meterle en el Libro Rojo de especies raras. ¿Sabes lo que era dar explicaciones cada día? ¿Contar dónde estás, con quién hablas, por qué tardas cinco minutos más? El tuyo confía en ti. Y eso eso vale su peso en oro, tía.
Lucía sonríe tristemente. Remueve su té frío con la cucharilla, como planeando responder, pero Carmen toma la palabra. Su rostro se vuelve serio, casi solemne, como si fuese a dar una lección importante.
¡Qué tonterías! zanja. Si te quiere, tiene que sentir celos. No como el ex de Esther, ni de lejos. Pero un poquito ¡debería! Si no, parece que de verdad le da igual todo: dónde estás, con quién, qué haces.
Esther abre la boca para replicar, pero Lucía murmura:
A lo mejor a lo mejor Sergio tampoco me quiere
Las palabras caen en la mesa como una losa. Carmen reacciona enseguida:
¡No saques conclusiones tan rápido! exclama, inclinándose hacia Lucía. A los hombres a veces hay que provocarles para que muestren sus sentimientos. Hagamos una pequeña prueba, así lo verás claro.
Lucía levanta la vista, sorprendida:
¿Una prueba? ¿Qué clase de prueba?
Carmen sonríe traviesa, los ojos le chisporrotean:
Dile que vas a tomar algo con un viejo amigo. O invéntate algún motivo para quedarte tarde en el trabajo. Si realmente le importas, algo de inquietud mostrará. Y si no hace una pausa entonces tendrás que pensar qué hacer.
Esther niega, escéptica:
Carmen, siempre igual Todo lo solucionas con pruebas. ¿No sería mejor simplemente hablar con él, honestamente, sin juegos?
Pero ella se encoge de hombros:
Hablar está bien, pero los hechos siempre pesan más que las palabras. Ya verás, después de la prueba Lucía lo tendrá claro.
Lucía se queda unos segundos pensativa, observando a Carmen, genuinamente curiosa sobre cómo puede desenredar el nudo que siente en el pecho.
¿Entonces qué hago? se interesa, acercándose un poco. ¿Cómo empiezo?
Carmen parece animarse más que nunca. Endereza la espalda y habla con entusiasmo:
Bueno ¿No te han ascendido hace poco? ¿No tienes ahora a cinco chicos jóvenes a tu cargo? Cuéntaselo.
Lucía frunce el ceño, reviviendo recientes conversaciones con su marido.
Ya lo sabe balbucea, algo perdida. Me dio la enhorabuena, me llevó a cenar para celebrarlo Todo normal. Demasiado normal, quizá.
Pero Carmen no se rinde. Hace un gesto rápido con la mano, descartando cualquier excusa:
Pues quejarte, ¡eso sí! Dile que trabajar con chicos tan jóvenes es agotador y que encima son bastante guapetes, muy pendientes de sus rollos personales y flirteando con otras compañeras. Algo como: Mira, Sergio, trabajo con chicos la mar de guapos, me lo ponen difícil de tanta tontería y piropo. ¡Eso seguro que le inquieta!
Lucía juega distraída con la cuchara, contemplando el reflejo del sol sobre el metal. Mil posibles escenas le pasan por la cabeza. Le parece un poco infantil, hasta absurdo, como si estuviera intentando llamar la atención del chico guapo en el instituto. Pero también siente una chispa de esperanza: ¿y si funciona? ¿Y si descubre que Sergio, en el fondo, no es tan frío?
Mira a Carmen, mezclando duda y resolutiva timidez.
Lo intentaré susurra, como probando las palabras. Pero no sé si esto es lo correcto.
Esther interviene con cautela:
Carmen, piénsalo un poco. ¿Y si él se lo toma en serio y empieza a sufrir por nada? ¿No sería mejor hablar sinceramente con él?
Pero Carmen, entusiasmada, se desentiende:
¡Ay, Esther, siempre tan prudente! A veces hay que dar un empujón para saber lo que siente de verdad una persona. Lucía, tú pruébalo, verás lo que pasa
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Carmen entra casi atropellada en la cafetería y ve enseguida a Lucía, sentada al fondo. Se quita la chaqueta de golpe y, sin esperar siquiera al menú, pregunta con impaciencia:
¿Y qué? ¿Ha picado? ¿Qué te dijo Sergio de tus nuevos compañeros tan guapos?
Lucía apoya despacio la taza. Los hombros caídos, el gesto de desorientación en su cara. Tarda unos segundos antes de responder, con voz cansada:
Me dio un par de consejos para que imponga más respeto suspira, frustrada. Me vino bien uno ayer hasta lo puse en práctica, funcionó.
Carmen frunce los labios, buscando las palabras adecuadas para no herir a su amiga, pero sin abandonar el plan.
No era la reacción que esperábamos admite al final. Bueno, pues a la siguiente. Ahora, empieza a comportarte raro: ponle contraseña al móvil, silencia tu conversación cuando entre en la habitación, y sigue escribiéndote con nosotras tanto como puedas. Así corregimos sobre la marcha.
Lucía se pasa la mano por el pelo, algo temblorosa.
¿Y si ni así reacciona? musita, inquieta. ¿No será que él es realmente simplemente así?
Carmen niega enérgica, los ojos llenos de determinación:
Ya pensaremos si falla el plan. Pero hay que verlo hasta el final. ¿No quieres saberlo de una vez por todas?
Lucía mira su taza. Sabe que lo que teme no son las pruebas, sino la respuesta. Y, sin embargo, siente ese revoloteo en el estómago: ¿y si Carmen tiene razón?
Vale acepta, resignada. Lo intentaré. Pero si nada cambia
Entonces ya veremos le corta Carmen, sonriendo para animarla. Pero no tires la toalla. Lo vamos a solucionar.
Lucía decide hacer caso. Al principio siente vergüenza, como si jugase a un juego infantil y absurdo. Pero la inquietud le puede.
Empieza por revisar el móvil muy a menudo, dejándolo bien a la vista en casa: la mesa del comedor, el brazo del sofá, la mesilla. Con la pantalla encendida y los avisos saltando, escribe a sus amigas para crear ese flujo constante de notificaciones.
Cada vez que Sergio entra en la habitación y ve el móvil vibrar, Lucía aguanta la respiración, analizándolo. Espera algún tic nervioso, alguna pregunta incómoda.
Y una noche, mientras ella recibe otro mensaje, Sergio le pregunta desde la cocina, sirviéndose té:
¿Quién te escribe tan tarde?
Oh, trabajo responde Lucía, procurando parecer natural. Unos detalles que faltan.
Él asiente, sin curiosidad:
Vale, pero no trasnoches mucho.
Al día siguiente, lo mismo. Sergio ni se inmuta:
¿Trabajo otra vez? pregunta cuando vibra el móvil.
Sí, algo urgente contesta Lucía, sintiendo la decepción crecer.
Él asiente, sin detenerse:
Dímelo si te puedo ayudar con algo.
Lucía le mira alejarse hacia el salón. Buscaba celo, una chispa de inseguridad, una pizca de nervios. Pero todo es tranquilidad, tal vez demasiado.
Definitivamente no me quiere piensa amargamente, mientras el móvil vuelve a parpadear con el chat de Carmen. Por más que innovan trucos, Sergio permanece inalterable, amable y sereno, sin el menor destello de celos.
Suspira, dejándolo en la mesa. La supuesta broma se vuelve insoportable: no hay respuestas, sólo nuevas dudas, y una culpa aguda, como si traicionara su confianza.
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Carmen gesticula desde el otro lado de la mesa, llena de brío, proponiendo la siguiente fase.
Hay que subir la apuesta dice, convencida, una vez Lucía ha contado que ni fingiendo secretos logra inquietar a Sergio. Vente a dormir a mi piso una o dos veces a la semana. Dile que estoy fatal, que necesito apoyo después de una ruptura. Pero ni detalles, ni contactes mucho, que parezca que ocultas algo. Así no podrá evitar sospechar.
Lucía juega con la cuchara, visiblemente incómoda: dormir fuera le parece mucho más peligroso que aquel juego inofensivo. Va a protestar, pero Esther interviene:
Una pregunta, Lucía la interrumpe, voz suave, pero firme. ¿De quién es la casa donde vivís?
Lucía parpadea, desconcertada:
De Sergio ¿por?
Esther ladea la cabeza, mirándola con seriedad.
Porque igual pronto tienes que buscar piso. Esto se te está yendo de las manos. La gente tranquila hasta que explota. Y si sospecha que algo escondes, ¿cómo le demuestras que solo hacías una prueba para ver si te quiere?
Lucía siente un escalofrío. Quiere defenderse, pero no encuentra palabras. Esther no espera respuesta:
Por mucho que digamos lo contrario, él puede pensar que le engañas. ¿Estás preparada para correr ese riesgo?
Carmen, por primera vez, se queda sin hablar. Pero solo un instante. Vuelve a la carga, desafiante:
¡No exageres! Si no tiene pruebas, no va a sospechar nada en serio. Son solo insinuaciones, así veremos qué siente de verdad.
Recostada en la silla, cruza los brazos y mira retadora a Esther, que no responde, sabiendo que difícilmente la hará cambiar de parecer.
Luego Carmen vuelve a Lucía. Su voz suena a reto y apoyo a la vez:
¿Entonces seguimos adelante o te hechas atrás?
Lucía titubea. Dentro de ella la batalla es feroz. Lo de Esther suena más sensato, pero Carmen tiene una convicción contagiosa. Además, no quiere resignarse al desapego gélido de Sergio.
Cierra los puños bajo la mesa y, tras mirarlas a ambas, decide:
Seguimos.
No lo dice con seguridad, sino con obstinada determinación. Carmen sonríe satisfecha:
¡Así me gusta! Mañana mismo arrancamos. Ya sé qué contarás
Esther suspira, resignada, refugiándose en su té. Sabe que no logrará frenarlas; sólo queda esperar.
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Lucía está sentada en el banco de madera, abrazándose con fuerza en el patio de su edificio, buscando calor en la noche madrileña. Frente a ella, tres maletas repletas: el contenido de toda una vida reducida a cierre y cremallera. Observa las maletas, sin poder creer cómo se ha llegado hasta ahí.
¿En qué momento se torció todo? se pregunta, recordando la última charla con Sergio.
Las visitas nocturnas a casa de Carmen seguían el guion: excusas sobre la amiga deprimida, evasivas, caras serias. Sergio, las dos primeras, sólo mostraba preocupación por la amiga. Pero a la tercera, al volver Lucía las maletas la esperaban en el recibidor.
Tres. Sus maletas.
Sergio estaba en la puerta, apoyado en la pared, observándola con demasiada calma y una sonrisa amarga.
Te conozco desde hace cinco años dice, antes de que Lucía explique que todo era una tontería, solo una prueba para medir su cariño.
Él la interrumpe:
Eres una mujer inteligente. No harías una estupidez así provocar los celos de tu esposo, ¿para qué? No tiene sentido. Podrías haber inventado algo mejor.
Lucía quiere rebatirle, decir que no es una tontería, que necesitaba saber si le importaba algo, si le quería. Pero Sergio ya se marcha al dormitorio.
Todo está preparado, puedes llevarlas dice sin girarse. Y no hace falta que me mientas más.
¡Pero no miento! ¡Es cierto! replica ella, con una sinceridad tan desgarrada que sus ojos se llenan de lágrimas. Te daba igual con quién estuviera, si volvía tarde Quería saber si te preocupabas por mí, si si sentías algo.
Sergio se queda frente a ella, las manos en los bolsillos, tan inexpresivo que sólo el ceño fruncido delata su tensión.
No me lo creo. Eso parece una chiquillada, no algo de una directiva adulta. Ya está, no quiero hablarlo más. Si soy demasiado frío para ti, busca a otro. Puedes probar con el ex de tu amiga, de esos celosos que tanto te gustan.
Sus palabras duelen como un bofetón. Lucía balbucea intentando explicarse, pero Sergio ya arrastra sus maletas afuera, con movimientos decididos, como quien cumple un trámite inevitable.
En la entrada, sin mirarla, sentencia con voz neutra:
Yo me encargaré del divorcio.
Y sale. La puerta se cierra atrás, sellando el final de su historia.
Lucía se queda sola en el frío recibidor. La casa suena hueca, extraña. Se deja caer al suelo y llora en silencio, incapaz de entenderlo todo.
¿Para qué quise yo esos celos ridículos?, se pregunta, viendo desfilar las primeras pruebas, los mensajes, la complicidad de las amigas. Le parecía un juego, un modo de animar algo dormido Pero ahora lo ve claro: no despertó sentimientos, los enterró.
¿Y si simplemente le hubiese dicho que necesitaba sentirme más querida? piensa con amargura. ¿Si hubiera hablado con él? Pero ya es tarde. Las maletas esperan en el portal mientras Sergio ha desaparecido, sin dejar espacio para remedio.
La noche cae sobre Madrid. Lucía se abraza a las piernas, sola en el banco, perdida entre sonidos lejanos: niños jugando en el parque, algún perro ladrando, el bullicio de la ciudad, que ahora le parece ajeno y lejano. Sólo queda el remordimiento y una pregunta a la que nunca tendrá respuesta.
¿Y ahora… qué hago?







