La abuela echaba muchísimo de menos

La abuela echaba mucho de menos

El autobús se alejaba cada vez más de Tordesillas. Ahora que el asfalto se había acabado tres curvas atrás, aquel pueblucho apagado y deprimente ya me parecía un prodigio de la civilización.

Entonces, ¿es esa la abuela de los pepinillos? preguntó Inés. ¿Esperanza… cómo…?

Esperanza Medina, sí asentí. Toda nuestra infancia fue con sus pepinillos. Cada Nochevieja ¡ay! di un salto en el asiento con el bache que el chófer cruzó sin compasión cada Nochevieja, una fuente de pepinillos en vinagre presidía el centro de la mesa. Como si fuese el plato más noble de la corte.

Removí distraído la tapicería deshilachada del asiento.

Aunque la abuela nos mandaba más cosas, claro. Calabacines, alguna calabaza…

Inés y yo íbamos sentados uno frente al otro, en asientos de mal aspecto. Nos pasamos el trayecto medio botando, mareados por los efluvios a gasolina. Fuera, los campos medio segados, los ribazos teñidos de amarillo y vacas desperdigadas en la hierba oscura ofrecían un paisaje digno de paisaje de Antonio López desenfocado por los cristales llenos de babas secas.

Saltamos de nuevo, aún más fuerte.

¡Vaya! me quejé, dolorido. Pareciera que el chófer piensa que ya todo da igual para este autobús…

¡Ja! bufó Inés. Con estas carreteras, lo raro sería que el autobús estuviera bien.

Sí, claro. Oye acaricié la mano de Inés con un remordimiento absurdo, perdona Pensé que aquí los autobuses serían algo más cómodos

No pasa nada sonrió, resignada. No me esperaba ningún lujo.

Pasamos un puente: yo miré el río alejarse por detrás del cristal resquebrajado hasta perderlo de vista. Pero mi cabeza viajaba muy lejos, en el verano en que el abuelo me llevaba a pescar, o cuando la abuela contaba historias de anjanas y duendes habladores con las plantas, que preparaban pócimas mágicas.

Aquí pescaba a veces con el abuelo. En ese río.

Inés me observó, buscando pistas en mi expresión.

Pero has dicho que vamos a ver a la abuela. ¿Le proponemos que se venga a la ciudad? ¿Y el abuelo ya no está? preguntó con cuidado, posando su mano sobre la mía.

Sí dije corto, mirando al techo. Bueno se perdió. No encontraron el cuerpo, ni la caña de pescar suspiré profundamente. La Guardia Civil dijo que probablemente, se ahogó pescando. Costaba creerlo Al fin, la miré. A menudo nadábamos juntos cuando íbamos a pescar.

Inés suspiró, como si el aire estuviera lleno de ceniza.

¿Hace mucho que no venías?

La última vez fue en el entierro del abuelo.

Inés abrió la boca pero no encontró qué decir, y volvió a mirar por la ventanilla. Yo continué.

Cuando cumplí catorce años, mis padres dejaron de mandarme al pueblo. Si querías ir, ibas por tu cuenta, decían. Así que, desde entonces, sólo volví una vez.

¿Y no querías?

Claro que sí me sonrojé. Le prometí a la abuela otro bote en el camino que el año siguiente sí volvería. Me dieron hasta dinero para el billete, pero siempre surgía algo. Ese verano no fui. Pero solía llamar. Ellos me decían que todo bien, que disfrutara, que era joven.

Me giré hacia la ventanilla, silencioso.

Luego, me llegó la selectividad, el último curso, y después el verano entero esperando la nota de admisión Tampoco regresé. Pasaron dos años más así, y entonces

Me callé y apreté los ojos contra la manga, mordiéndome el labio. Cuando me destapé, vi que Inés se había dado cuenta de las manchas húmedas.

El abuelo desapareció. Vinimos todos al funeral. Estuve seguro de que, ahora que la abuela quedaba sola, iría todos los años. Lo juré. Pero

Inés se sentó a mi lado y me rodeó con los brazos.

No es culpa tuya me apoyó la frente en el hombro.

***

La abuela nos sentó nada más llegar ante una mesa sencilla, de madera. Apenas cambiada desde el funeral del abuelo, pero más desgastada por el lado donde ella solía comer. Al extremo, un cesto rebosante de manzanas amarillas y verdes.

Esperanza Medina nos sirvió patatas al horno con setas de cardo, llenó las tazas de agua con anís y, claro, sacó un bote abierto de pepinillos en vinagre de la nevera. Sus gestos, aunque seguros, eran lentos, como si temiera tropezar y romper algo.

Yo sentí punzada de piedad, e Inés, quizá para disimular lo mismo, atacó un pepinillo con decisión.

Mmm cerró los ojos. Son los de siempre.

¡Sí! respondí animado.

¿Ya los habías probado, hija? preguntó la abuela.

Sí, señora Esperanza. Kike me trajo una vez. Y ahora otra. ¡Exquisitos!

Pues comed, cielo. Tú también, Kike se sentó frente a nosotros, con la mejilla apoyada en la mano, observándonos comer.

Durante unos minutos sólo se oía nuestro masticar y el gorjeo de los pájaros fuera. Por fin, me tragué lo que tenía en la boca para decir:

Abuela, perdóname por tardar tanto en volver. Yo

¡Ay, hijo, no pasa nada! hizo un gesto con la mano. Lo importante es que estáis aquí. Y con tu chica Sonrió a Inés, que respondió amablemente. Me alegra tanto veros juntos. Así me echáis una mano en la huerta, a regar los pepinillos A poner abono Ahora que venís más a menudo.

La miré ilusionado a Inés, pero no dije nada más.

Bueno, ¿os vais a quedar a dormir?

No, abuela, no podemos me sonrojé. Tenemos que darle de comer a nuestra perra, Chispa. Y sacarla.

Ella suspiró y apartó la mirada.

Siempre corriendo, los de ciudad murmuró. Nunca tenéis un momento de calma.

Se levantó y se afanó en el viejo fogón de gas, preocupándome a mí. Miré a Inés.

Os hago una infusión de las buenas, con hierbas…

Volveremos la semana que viene, seguro aseguró Inés con tono tranquilizador.

Este os calma los nervios del bullicio, la abuela pareció no escucharla. Os protege el ánimo que sois muy inquietos, sí

Regresó con dos tazas humeantes. Yo temía que estuviese dolida, pero su cara seguía inmutable, tierna y atenta.

Bebimos. El sabor fresco y suave, aunque no tenía ni pizca de menta.

Qué rico bebí más. ¿Qué lleva?

La abuela, mirando el tarro del té, se rascó la cabeza.

Ya ni me acuerdo Lo preparé para vosotros el año pasado Tomillo, hojas de fresal, piel de manzana lo que tenía Lo importante es que os guste.

Volvimos a dar un sorbo.

Abuela, ¿sigues sin querer venirte con nosotros a la ciudad?

¿Y dejar mis pepinillos? replicó tajante, suavizándose al instante. ¿Y qué hago con la huerta? Si aquí estoy en mi salsa, con el jardín y las manzanas. Los pepinillos necesitan de mí. ¿En una ciudad? No sabría. ¿Para qué?

En el balcón podríamos hacer algo, intervino Inés de pronto. Tenemos macetas, flores podrías pasear con Chispa…

Que vengáis vosotros y la perra también, pues, si tanto os place. Aquí también puede corretear. Que yo no me muevo de aquí. Bebed, bebed la infusión, que para eso la preparé.

Fuimos discutiendo el tema mientras apurábamos las tazas, pero mi abuela seguía firme. Al terminar, suspiré y me encogí de hombros.

Bueno, pues, ¿te ayudamos en algo? ¿Fregamos, tal vez?

¿Fregar? Déjalo Vosotros basta que hayáis venido. Ya me siento mejor con sólo veros. El fregadero se me da bien. Mejor regadme los pepinillos.

Noté sorprendido cómo sus gestos eran ahora más ágiles.

Fíjate, sí que le ha sentado bien me susurró Inés sorprendida. ¿Nos dará tiempo? miró el reloj. Ya casi son las cuatro Creo que sí, el bus sale sobre cinco. Se volvió hacia ella, ¿dónde cogemos agua y abono, señora Esperanza?

Venid, os enseño tomó el trapo y salió enérgica, secándose las manos. Primero regad. Luego abono. Si tenéis tiempo.

***

Con dos regaderas llenas entré en el invernadero y me detuve, aspirando y mirando alrededor. Inés me siguió, abrazándome por la espalda. El calor y el aroma a tierra nos envolvían.

Las paredes de cristal estaban limpias a la altura de los ojos; se veían la casa y las ramas de los manzanos, claras, sin distorsión. Más abajo, sin embargo, se acumulaba el musgo. El caminillo giraba bruscamente a los diez pasos. Las plantas lo abrazaban con parterres desiguales a cada lado, separados por tablillas bajas. Los tallos de los pepinillos reptaban por el suelo, las paredes, hasta por la puerta. Los arbustos estaban cargados de frutos, desde los pequeños verdes hasta los listos para ensalada.

Admire el invernadero con respeto, dejé una regadera y comencé a regar.

Parece que llevaran años enredadas aquí, murmuró Inés.

Sí Cariño, cierra la puerta, que se escapa el calor.

Ella lo hizo y preguntó:

¿La cierro con el pestillo?

No, no hace falta negué.

Seguí hasta el rincón y giré. Todo igual, pero más desordenado. Vi la pala, un par de azadas, un cubo y más herramientas tras las matas.

Cuando noté que la regadera estaba casi vacía, Inés me trajo la otra.

Cuanto más avanzábamos, más salvaje parecía la huerta: nadie entraba tan al fondo. Por fin, recorrimos la vuelta entera y, al llegar a la puerta, nos paramos confusos.

¿Es otra puerta? dudé.

Debe de ser la misma dudó Inés.

Pero la puerta se había cubierto de tallos; el marco, el pomo y el pestillo, todo rodeado de verde. No parecía haber pasado nadie por allí en media hora.

Dejé las regaderas y empujé.

No puede ser ¿Hay dos puertas? lo dije sin creerlo. El invernadero era idéntico, pero no reconocía la entrada. Volvamos y veamos.

Fuimos andando hasta nuestro punto de partida, con la misma sensación de estar atrapados. Probé la puerta con más fuerza: nada. Como soldada al marco.

Pero qué demonios casi tiré la regadera al suelo. Así vamos a perder el bus, miré el reloj. ¡No puede ser! ¡Ya no llegamos!

¡No puede ser! Inés miró la hora.

Ya pasan de las cinco, el autobús en ocho minutos susurré.

Me miró apenada, me acarició el hombro y me abrazó.

No pasa nada. Dormimos con Esperanza. Justo lo decía. Aviso a mi madre para que saque un paseo a Chispa.

¿Cómo nos hemos perdido en un invernadero? protesté. ¡Son sólo cuatro paredes!

No tiene sentido también negó con la cabeza. Es la misma puerta. ¿Quizá está atascada?

Le di varios empujones, nada. Inés propuso:

¿Y la tranca?

La revisé: estaba en su sitio, abierta. Busqué dónde podría haberse atascado. Las enredaderas lo rodeaban todo, algunos extremos casi se movían, pero nada era un obstáculo real.

Joder gruñó Inés tras de mí.

¿Qué pasa?

Estoy atrapada en esta maraña.

Me agaché: no eran los cordones, era el propio zapato enredado. Intenté romper las guías, ¡eran sorprendentemente resistentes! Trasteé con los dedos, ella se apoyaba en mi hombro.

¿Llamamos a Esperanza? propuso.

¿Para qué? No podrá abrir esto. Ni desatarte el zapato.

Ella encogió hombros. Volví a forcejear sin éxito. Los tallos, en vez de aflojar, apretaban más. Finalmente, me levanté.

¿Cómo has conseguido enredarte así? le solté un poco agobiado.

¡Vete tú a saber! me replicó; estuvimos unos segundos mirándonos con fastidio. Busca la azada, estaba allí. Podríamos cortar si no funciona. Su tono se calmó un poco.

Vale, perdona la abracé y le di un beso en la frente. No es culpa tuya esta dichosa puerta, el bus, los cordones

Me dispuse a recorrer el camino examinando todo con atención. Al llegar al final, no encontré herramientas, pero, junto al muro, distinguí una caña de pescar. Me detuve perplejo.

Un grito. Volví corriendo. Inés estaba en el suelo, frotándose la cabeza y gimiendo.

Mierda de tallos Me he caído gimoteó. Me he dado en la cabeza.

Pobrecita me agaché, le acaricié la nuca. ¿Quieres hielo?

La tierra ya va bien. Respondió con media sonrisa. Le respondí igual. ¿Encontraste la azada?

No, me volví por ti. Pero ¡oye! He visto una caña. Igual que

La caña no nos ayuda cortó.

Pero escucha. De pequeño, con el abuelo

¡Busca los instrumentos! me levanto el tono.

Ya, tienes razón. Sacudí la cabeza, olvidando la caña. Sigo buscando, ¿vale?

Sí, pero ayúdame a levantar, aquí se está frío.

Imagino. La rodeé con los brazos y la ayudé.

¡Ay, ay!

¿Qué pasa?

Volvió al suelo, sujetándose el muslo.

Creo que estoy atada.

***

Me arrodillé a su lado. Dos tallos verdes le apresaban el muslo y esta vez vi perfectamente cómo los extremos se movían.

Madre mía No pensaba que esto pasara de verdad.

¿Qué ves?

Pues más de lo mismo gruñí y tiré, pero nada. Probé a morder.

¡Para ya! saltó Inés.

¡Voy a morderlos! protesté y pegué un bocado con rabia. ¡Toma!

El trozo cayó. Sonreí triunfante y se lo pasé.

¡Un trofeo!

Inés lo miró por un momento. Cuando fui a liberar el otro muslo, ya lo apresaban más tallos.

Así no acabamos nunca empezó a alterarse. Necesitas algo afilado. Busca los instrumentos. Los he visto.

Pero me temblaban las manos desenredando otra vez. No sé cómo te dejo aquí sola

¡Vete a por las benditas herramientas! me chilló, empujándome. Caí sobre un parterre. ¡Puedo aguantar dos minutos!

Sentí cómo las plantas seguían subiendo. La miré, ella asintió.

Venga. No me voy a escapar.

Apreté su mano un instante y avancé entre matorrales, ahora con extrema cautela. Apenas veía los pasos en la penumbra.

Un quejido áspero.

¡Puaj! ¡Kike, corre! gritó Inés, escupiendo.

Vi por fin las herramientas al fondo. Agarré la pala y corrí a ciegas. Al girar a la esquina, localicé a Inés tirada, agarrada al cuello, jadeando. Me lancé, pala en mano.

Pero un enredo de tallos me enganchó la pierna. Caí de narices. La pala salió volando. Inés arañaba los tallos de la cara, yo no podía alcanzar ni su pelo. Removí la pierna frenético.

Inés se asfixiaba, la pierna pataleando. Buscaba ahuecar los tallos sobre nariz y boca. Un estertor la sacudió entera.

¡Inés! alargué la mano, apenas rozando su frente. Lloré abiertamente. ¡Inés! ¡Inés!

Se oyó un sonido sordo, su pierna se aflojó y la cabeza se giró suavemente. Su mano cerró un ramillete de tallos apretados en el cuello.

¡Ineeés!

Estiré los brazos pero sólo pude tocar su frente. Clavé los dedos en la tierra, extrayendo la pierna inútilmente. Salté, pateando, sin esperanza.

¡Noooooo!

En otro impulso, caí de espaldas, rompí el cristal del invernadero a cabezazos.

Miré hacia arriba: el cielo de madrugada, un sol rojizo escalando. Pájaros atravesaban disparados las copas de los manzanos. La abuela salió disparada de la casa, tan rápido que apenas era un dibujo borroso. El sol ya alumbraba el jardín.

La abuela se plantó junto a mí y me miró dulcemente. Se arrodilló y me besó en la frente.

Ya está, mis niños. Ya está. No volváis a la ciudad. Os quedaréis aquí conmigo, siempre.

Se levantó, limpió el delantal y salió pitando con paso ligero y bastón indistinguibles. El sol subió aún más. Sentí los tallos alzarse hasta mi rostro.

***

No supe nunca qué había en el invernadero, ni si la abuela nos necesitaba tanto o si sólo necesitaba no estar sola. Aprendí que el tiempo no espera ni por la nostalgia ni por las promesas. No pospongas a quienes te esperan con amor, porque a veces las puertas ya no se abren cuando decides volver.

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