¡Otra vez! resopló Elena al leer el mensaje en el grupo de WhatsApp del colegio infantil y lanzó el móvil al sofá.
Mamá, ¿qué pasa? preguntó Olalla, apartando el cuaderno y girándose hacia su madre.
Otro dichoso concurso… ¡Ya estoy harta! ¿A quién le interesa eso? Y encima hay que entregarlo para pasado mañana. Y yo mañana tengo guardia las 24 horas. ¿Cuándo se supone que lo voy a hacer?
Si quieres lo hago yo, mamá Olalla dejó a un lado el libro de matemáticas . Los deberes casi los tengo listos, salvo mates, pero eso se lo copio mañana a Marián en el recreo. Además, la tarea es un lío, no entiendo nada. Así me lo explica.
Ni hablar, hija, tú a lo tuyo. Solo faltaba eso, con la evaluación a punto de acabar y los exámenes encima.
¿Y entonces qué? Vovito se va a llevar otra decepción. ¿Recuerdas cómo lloró la última vez, cuando dieron los diplomas y ni miraron su manualidad? Con lo ilusionado que estaba
Por eso no la vieron, cariño. Aquí parece que tenemos a los nuevos Chillidas y Barcelós. Y si pintan, pues ya de Goya y Dalí para arriba. Pero lo que más me fastidia no es eso.
¿Ah, no? ¿Entonces qué?
Que las profes te juran que lo han hecho los niños solos. ¡Si vieras lo que presentan! Eso ni una persona adulta con calma Pero bueno, no es lo que más me molesta.
Pero mamá, ¿por qué nadie dice nada? Siempre callados, haciendo lo que toca y ya. En primero, cuando yo tuve eso, una madre se hartó y dijo que los niños hiciesen las cosas solos, o nada.
Claro, cuando vuestra doña Carmen tiró la toalla.
¡Sí! Olalla se echó a reír . ¡Vaya celebración hubo! Y luego doña Pilar dejó claro que los trabajos los hacíamos nosotros, nada de trampas. La pobre Nina trajo un muñeco que le tejió su madre y, para el siguiente día, nos hizo llevar aguja e hilo. ¿Te acuerdas de cómo corriste por el barrio buscando ovillos de lana por la noche?
Por supuesto, hija. ¡Cómo olvidarlo!
Pues eso. Puso a Nina a tejer en clase y, claro, no supo ni empezar. Suspenso. ¿De verdad no lo recuerdas?
Se me había pasado Fue hace tanto.
Yo creo que los diplomas debería darlos a los padres por el esfuerzo. Así los niños no se llevan disgustos. Olalla guardó los bolígrafos del resumen de biología y se levantó . ¿Quieres que te haga un té? Y así le leo un cuento al pequeño.
¡Pues la verdad es que sí quiero! Elena se acercó y le dio un beso en la sien . ¡Qué alta te has hecho! Ya ni puedo besarte en la cabeza como antes. Igualita que tu padre
Mamá, basta Olalla se apartó suavemente . No quiero hablar de él.
Y no lo haremos, hija, tranquila. Anda, ve haciendo el té mientras yo hago una llamada. Me has dado una idea fantástica.
Elena la abrazó una vez más y la empujó suavemente hacia la cocina.
La miró marcharse y pensó en la rareza de los genes… Porque ella, Elena, era una mujer rolliza, rubia y de curvas, y Vovito había salido a ella, igual de rubito y de constitución fuerte. Pero Olalla era casi una escultura. Todo era gracilidad y movimiento, cuello largo, muñecas finísimas y una postura recta como una bailarina. Había heredado los huesos de la abuela paterna, Carmen, que fue bailarina, aunque nunca una estrella. Sin embargo, Olalla tenía un carácter muy distinto: cálido y generoso, siempre con esa luz propia que todos apreciaban, aunque algunos se aprovechaban. Por muchos disgustos que eso le costara, ella nunca cambiaba.
Por casa desfilaban siempre animales heridos o perdidos, que Olalla recogía, cuidaba y luego encontraba quienes los adoptaran. De todos sus rescatados, solo uno se quedó: un gato enorme, negro y mayor que Olalla recogió un invierno gélido, esos días en que suspendieron las clases por el frío. Estaba sola en casa con su hermano, que no fue al cole por fiebre, y necesitó ir a comprar cebollas al colmado cercano. Dejó a Vovito viendo dibujos, salió pitando y, al regresar y resbalar en el portal, se encontró con los ojos dorados, como miel, de aquel gato famélico posado en el escalón superior. Indiferente a todo, el animal parecía haberse rendido ya a la vida.
¿Tienes frío? ¿Te vienes conmigo? preguntó Olalla, secándose las lágrimas del golpe.
No respondió, solo la miró con fatiga. Como no podía levantarlo, Olalla abrió la puerta y le animó a entrar.
Ven, hombre. Hace mucho frío y en casa hay leche.
El gato la miró triste, como quien ya no tiene esperanzas. Movida por no sé qué ternura, Olalla volvió a sentarse en el peldaño y le rogó:
Vamos, no te quedes aquí. Me haces falta.
Él, por fin, se levantó y la rozó con la cabeza al aceptar la invitación.
Al día siguiente, Elena se lo encontró en la cocina, dormido y hecho polvo.
Hija, este gato está para poco…
Mamá, aunque sea que tenga un poquito de calor
No digo nada, hija Déjalo.
Elena no tenía fuerzas ya para protestar, ni para casi nada. Su vida era una especie de acuario relleno de gelatina: todo era pegajoso, resbaladizo y pesado, excepto Vovito y Olalla, que la mantenían a flote.
Su marido no se fue de casa de repente. Más de un año estuvo a caballo entre dos familias, sin decidirse, aunque la alegría de Elena al verle hacía tiempo que se había ido. Solo se quedó por los niños, como decía él. Ella dormía en el cuarto de Olalla, en el sofá. Olalla, a pesar de su edad, entendía muchas más cosas de lo que la gente suponía.
Elena, por su parte, había visto a la nueva pareja de su ex: rubia, elegante, con un niño vestido a la última. Claro, otra rubia Pensó, resignada, mientras hacía el camino de vuelta a casa por el Retiro, en vez de tomar el autobús. Necesitaba andar para vaciar la cabeza, patear hojas crujientes y sentir el aire fresco. Aquella tarde se convenció de que merecía vivir su propia vida, aunque al regresar a casa viera a su ex jugando a la familia con su propio hijo menor. Esa noche, hizo una maleta con sus cosas y, sin más explicaciones, con voz suave le dijo:
Por favor, vete.
Y cuando él iba a responder, Olalla apareció y, en eco, le repitió:
Vete.
Cuando la puerta se cerró, Elena se dejó caer contra la pared y Olalla, asustada, corrió a su lado.
Mamá, ¿te encuentras bien?
Solo… pon a calentar agua, que me apetece un té suspiró, intentando recomponerse.
Vovito era pequeño y no extrañó tanto al padre, pero para Olalla fue muy duro. Por las noches, nunca dormía pronto, se quedaba mirando el techo buscando formas entre las sombras de las ramas de los árboles. Estaba irritable, lloriqueaba por todo y la psicóloga de la escuela solo sirvió de poco. Las cosas mejoraron cuando llegó el gato, Kosmo, como le llamaron ellos.
Kosmo era un personaje. Daba igual la hora o el sitio: si Elena se levantaba al baño, allí estaba, sentado y callado, no pidiendo caricias, solo acompañando en silencio. En aquellas noches de insomnio, Elena se desahogaba con él, susurrando cosas que nunca contaría en voz alta, a nadie; hasta se permitía llorar. El gato siempre se quedaba ahí, con sus ojos de miel medio cerrados como si todo lo comprendiera.
Al notar que Olalla estaba más tranquila, Elena pensó que no solo ella necesitaba a Kosmo.
Si decides buscarle otra casa, que sepas que yo estoy de acuerdo en que se quede le dijo un día.
En un año, Kosmo recuperó el pelo y el brillo y se acomodó en su nuevo hogar. Sus amigas preguntaban:
¿Y de hombres cómo vas?
El hombre ideal ya lo tengo: no da problemas, aguanta todas mis historias, quiere a los niños y no gasta en calcetines bromeaba Elena.
Pensar en otra pareja ni le pasaba por la cabeza. Todo en ella se sentía roto y fuera de lugar; solo encontraba sentido en sus hijos.
Con Olalla, en la etapa del infantil, las manualidades sabían siempre a fiestas: disfraces, vestidos, lazos Pero con Vovito fue distinto. El equipo de madres y padres de su clase era entusiasta hasta estresar a quien no podía estar en mil cosas.
Tras el divorcio, el ex de Elena, generoso como siempre, le soltó que lo de la pensión iría para largo, que lo suyo tendría que ser por vía judicial, y que hasta entonces, tururú. Sabía que con el sueldo de auxiliar de enfermería no llegaría muy lejos, pero subestimó la determinación de Elena, que pronto buscó un segundo trabajo. Menos tiempo aún para actividades extra, pero algo había cambiado: jamás le pediría nada más, ni una ayuda.
Durante un tiempo, entre Olalla y ella, se apañaban con los trabajos. Vovito quería hacer por sí solo sus manualidades, aunque luego ni le mencionaban. Hasta que un día dieron una charla a los padres y, frente a todos, les leyeron la cartilla como si fueran alumnos:
Padres y madres, ¡nuestros peques son el futuro! exclamó doña Teresa, la tutora . ¡Dedicarles tiempo es fundamental! ¿De verdad no podéis reservar media hora para ayudarles a hacer una manualidad? Es la mejor forma de compartir tiempo, de fortalecer el vínculo
Elena desconectó, cansada. Solo pensaba en llegar a casa, cenar y refugiarse con una taza de té sentada en la cocina junto a Kosmo, escuchando a los niños contar su día.
Aquel fue el último día que asistió voluntaria a una reunión. Una semana después, llegó el mensaje del concurso y, esta vez, Elena se hartó: ¡Basta! Si es concurso para niños, que participen solo ellos. Si quieren para adultos… pues adelante. Habló con tres madres y un padre de la clase de Vovito y todos le apoyaron. Tenían el mismo hartón.
Una semana después se celebró el festival. Elena iba de muy buen humor. Si la cosa salía mal, daba igual: nunca volverían a hacerla sentir mala madre ni permitirían que ignorasen el esfuerzo de sus hijos.
La manualidad de Vovito, como siempre, estaba arrinconada al fondo de la estantería, con las de segundo plano. Elena, sin dudarlo, apartó las obras maestras hechas por padres artistas y puso el erizo de plastilina que Vovito había hecho, bien visible. Doña Teresa, la profesora, se giró, incómoda.
Elena, ¿y esto?
Solo lo he puesto donde se vea. Para que todos lo miren . Sonrió y siguió a su hijo.
Vovito, al ver su erizo en primera fila, hinchó el pecho de orgullo.
Las familias llenaban la clase, hacían ruido, ajustaban lazos y disfraces. Al poco, bajaron todos al salón de actos para el festival de música. El recital fue un éxito: Vovito recitó su poesía, bailó un vals con Varinia y Elena tomó nota mental: Quizá debería probar con clases de baile.
La entrega de premios arrancó después. Doña Teresa iba llamando y dando diplomas y chocolates a quienes habían ganado. Vovito, cómo no, ni diploma ni mención. Los que hacían solas las manualidades, igual.
Entonces, Elena se levantó y tomó la palabra:
Ahora nos gustaría decir algo a los padres, si puede ser.
El ambiente se animó, algunos cómplices sabían lo que venía. Elena y la madre de Lisa cogieron diplomas, se acercaron y explicaron:
Queremos dar las gracias a las maestras por el festival, por su dedicación, por animarnos a todos a trabajar por los niños y las familias. ¡Gracias! Estalló el aplauso.
Luego entregaron diplomas y chocolates a todos los niños que habían participado, aunque no ganaran. La sonrisa de los pequeños y la alegría llenaron la sala.
Pero aún quedaba algo. Con mucho humor, Elena repartió premios a los padres, esos que todo el mundo reconocía como expertos en manualidades: chupa-chups y diplomas para los padres artistas. El grupo se rió, aunque alguna cara se torció.
Cuando todos volvieron a clase, encontraron una nueva mesa con cartel grande escrito por Olalla: ¡Lo hice yo!. Allí estaban los trabajos 100% auténticos de los niños, bien a la vista.
Luego, Elena cogió a Vovito y, felices, salieron corriendo rumbo a casa donde Olalla les esperaba con mil historias.
Mamá, si me han dado diploma, ¿es que mi erizo está bien hecho?
Por supuesto, cariño, y además lo hiciste tú solo. ¡Es el mejor!
Pero el erizo está un poco torcido
¿Y qué? Es el tuyo.
Vovito meditó y, con voz confiada, preguntó:
¿Estás orgullosa de mí, mamá?
Elena se agachó, lo miró fijamente y le cogió las manos.
Estoy muy orgullosa. Por ser valiente, por no pedir que te hiciesen el trabajo. Por ayudar en casa y por cómo cuidas de tu hermana. Eso añadió es ser un hombre de verdad.
¿Y qué es eso?
No lo sé exactamente sonrió Elena, pensativa . Quizá quien afronta solo sus problemas y agradece la ayuda. Quien no pone pegas a las tareas de casa y cuida de los que quiere. Como tú, cuando lavaste los platos y Olalla pudo estudiar para el examen, que aprobó con nota. A veces, regalar tiempo es lo más importante.
Y ¿Eso cómo se hace?
Un día te lo cuento Anda, vamos a celebrarlo. ¿Qué te apetece? ¿Un pastelito?
¡Sí!
Sentados los tres en la cocina, el té con tomillo y risas de fondo, Elena miró a sus hijos charlando. Kosmo dormía tranquilo en el rincón. Y pensó que era fácil hacer feliz a un niño: basta con hacerle sentir querido y dar valor a lo que hace.
Decidió silenciar el WhatsApp del cole y pedirle a la madre de Lisa que le avisara solo de lo urgente. Seguro que no tardarían en reírse las dos, recordando las caras de sorpresa al repartir los caramelos y diplomas.
Dos años después, Vovito sería alumno interno de las Escuelas Militares, y el erizo, aunque torcido, seguiría en la estantería de la cocina, junto a la tetera bonita que Olalla le regalaría cuando viniese de la universidad. Elena, cuando los hijos volaran, se encontraría de nuevo, pero no sola: la vida le traería a Egon, bajo y redondito, que le demostraría que se puede amar y hacer familia de nuevo. Vendrían tardes tranquilas, barbacoas en la finca, rosas en el porche, viajes y, sobre todo, esa complicidad de pasear juntos por el parque, entre hojas secas, como niños, cogidos de la mano. Olalla soñaría entonces con tener un día a alguien a quien agarrar así, caminar y llegar a casa, preparar té y sentarse, en silencio, sabiendo que a veces no hace falta hablar si tienes alguien al lado que escucha con el corazón.






