El retorno

**Diario de Beatriz**

Apenas bajé del tren en la estación de Valladolid y ya me sentía mareada.

Corrí hasta la papelera de hierro, fría y húmeda, y me doblé sobre ella, notando cómo mi abrigo de paño caro se manchaba al rozar esa superficie sucia y helada

¿Te encuentras bien, chiquilla? oí una voz cálida, con esa forma de hablar tan de Castilla.

Déjame

Me incorporé. La gente a mi alrededor caminaba como en una película muda: abrigos gruesos, bolsas de mercadillo, sacos de patatas.

El aire olía a gasoleo, a tabaco barato y a esa mezcla de humedad y encierro tan típica de las provincias, el mismo olor que siempre me había provocado migraña.

Odiaba esta ciudad. La odiaba con esa rabia fría de quien escapó hace quince años e hizo todo lo posible por no recordar el camino de regreso.

El móvil vibró.

Papá.

Bea, ¿dónde estás? Te estoy esperando con el coche.

Voy en taxi contesté tajante. No hace falta que vengas. Dime la dirección del hospital.

Si mamá ya no está en el hospital. Le dieron el alta ayer. Baja tensión, que se cuide en casa. Que yo paso por ti…

¿En casa? sentí cómo se me tensaba la mandíbula. ¿Y he venido hasta aquí por una tontería?

Bea, relájate. Tu madre está deseando verte. Ha hecho empanadillas.

¿Empanadillas? ¡Por favor!

Colgué.

***

La casa donde crecí me pareció aún más pequeña.

Me detuve en el portal mirando esa puerta vieja, tapizada en polipiel desgastada. La gata de la vecina ya se restregaba por mis botas, dejándome el pelo pegado. Olía a cocido, a gatos y a un dulzor pesado. Como siempre. Siempre.

Entré sin llamar.

Encontré a mi madre sentada en la cocina. Menuda, encanecida, con su batín desteñido y la camisa de dormir asomando por debajo.

Al verme, levantó las manos, y le cambió la cara en una mezcla de alegría y culpa que me revolvió el estómago.

¡Beatriz, hija! Pensé que vendrías más tarde

Te pedí que no mintieras. Ni me quité las botas; seguía de pie en la entrada. ¿Sabes que estoy dejando escapar un contrato? Pasé la noche en el tren para verte en urgencias y tú ¿haciendo empanadillas?

La expresión de mamá cambió. Bajó los brazos.

Perdona, Bea. No quería asustarte. Solo fue la tensión pero tenía tantas ganas de verte

Eso se llama mentir. Me quité las botas y las lancé a un rincón. Vale. ¿Dónde tienes el tensiómetro? Te lo tomo y me voy a un hotel. Aquí no me quedo a dormir.

Quédate, hija

Mamá, el inodoro pierde agua, los radiadores apenas calientan, y los vecinos gritan tanto que retumba el edificio. No puedo estar aquí. No físicamente.

Entré en la cocina y me senté. En la mesa, un plato de empanadillas, aún calientes. Ni las miré.

Dame el tensiómetro.

Obediente, mamá trajo el aparato viejísimo, de los de pera de goma.

¿Pero esto qué es? fruncí el ceño. ¿No tienes dinero para uno bueno? Yo te mandé.

Lo tengo en la cartilla, guardado para ti, por si acaso

Dios mío

Bombeé la pera del aparato. Los números bailaban.

Ciento sesenta con noventa. ¿Te bebes la sal a cucharadas?

Un poquito solo…

Mañana te compro pastillas y un aparato nuevo. Ahora estoy cansada. ¿Dónde puedo dormir aquí?

Mamá se movió nerviosa, preparando el sofá. Me quedé en la cocina, mirando por la ventana las fachadas grises, pensando: “Que no me quedo. Mañana mismo me voy”.

***

No dormí casi nada.

El sofá, corto, con muelles clavándose en la espalda; los vecinos gritando, peleándose, una mujer chillando y el hombre soltando improperios.

Miraba el techo, y ahí estaba la misma grieta de mi infancia. Antes me parecía un relámpago, ahora solo era el símbolo de una casa que se caía.

De madrugada, me quedé traspuesta. Soñé que era niña, iba por el mercado con mi madre y me compraba una empanadilla de membrillo, caliente y con azúcar glas. ¡Y yo tan feliz!

Me desperté llorando.

Las lágrimas caían solas y no podía detenerme. Me tapé la cara con la sábana.

Al otro lado de la pared, sólo el tic-tac del viejo reloj de la cocina. Aquel que mamá juraba que iba a tirar.

¿Bea? sonó la voz de mi madre detrás de la puerta. ¿No duermes?

No duermo, respondí con voz rota.

Te buscan.

¿Quién?

No sé. Una chica. Dice que se llama Carmen. ¿Te acuerdas?

Me incorporé. ¿Carmen? ¿Qué Carmen?

Me puse la bata y salí.

Frente a mí estaba Carmen, mi mejor amiga del colegio, la que abandoné sin despedirme cuando me fui a Madrid.

No había cambiado mucho: el mismo pelo oscuro recogido en coleta, los hoyuelos al sonreír, aunque la mirada se le notaba más triste, con ojeras.

Hombre, Bea dijo. Tu madre me contó que habías vuelto. Quise pasar a verte. Quince años ya

Me quedé cortada. Tenía ganas de soltarle algo irónico, preguntar por qué venía, pero no pude.

Pasa, le dije al final.

Nos sentamos en la cocina. Mamá entendió que era mejor marcharse donde la vecina. Carmen tomó el té agarrando la taza con las dos manos.

Pues estoy casada me contó. Mi niña, Carolina, tiene siete. Pronto empieza el cole.

Me alegro, asentí.

¿Tú qué tal allí en Madrid?

Bien.

¿Casada?

Lo estuve.

¿Y eso?

Me encogí de hombros. No tenía ganas de decirle que mi ex se había ido con otra. Que el piso, el coche, la carrera al final no calientan por la noche. Que estoy sola. Muy sola.

No congeniábamos, contesté.

Carmen asintió, calló un momento y después dijo:

Yo te perdoné

¿Por qué? pregunté sorprendida.

Pues porque te fuiste sin decir adiós, sin siquiera una llamada. Éramos como hermanas, compartiendo secretos. Y te marchaste, así, de golpe. Lloré, me enfadé pero entendí que era lo que tocaba. Tú tenías que buscar tu camino. Yo también. Ahora estamos aquí, charlando otra vez. Y me alegro de verte.

Se me humedecieron los ojos. Miré hacia la ventana.

Fui una tonta, Carmen. Perdóname.

No pasa nada, sonrió. A todas nos pasa.

Hablaron hasta la noche. Carmen hablaba de su marido (trabaja de mecánico, bebe, pero no es malo), de su hija (todo el día pintando en las paredes), de cómo tira la vida. Y yo, de pronto, descubrí que me interesaba. De verdad.

Oye dijo Carmen antes de irse ¿te pasas mañana a cenar? Hago sopa castellana y así conoces a Carolina.

No sé

Anda, ve, me cogió la mano. Tu madre dice que te vas el miércoles. Así podemos recordar viejos tiempos.

Asentí.

***

Al día siguiente fui a la farmacia.

Tenía que comprar pastillas a mamá y un tensiómetro nuevo. Caminé por la ciudad y, de repente, la vi diferente. Los árboles blanqueados por la escarcha, niños con trineos, abuelas en los bancos. Vida normal.

En la farmacia había cola. Me puse la última. Delante, una señora con abrigo viejo y una bolsa llena de verduras. Sudaba, respirando con esfuerzo.

¿Se encuentra bien? le pregunté.

No te preocupes, hija. Un dolor en el pecho. Compro la pastilla y se me pasa.

La observé mejor: pálida, labios azulados, sudando.

Siéntese, le ofrecí. Voy yo por usted. ¿Qué necesita?

Nitroglicerina, hija, gracias de corazón.

Compré la medicina y se la llevé. Se la tragó y cerró los ojos. Al poco rato ya estaba mejor.

Gracias, guapa. ¿No serás de aquí?

Sí, respondí de pronto. Aquí nací.

Salí de la farmacia y sonreí.

***

Por la noche fui a casa de Carmen.

Vivía en uno de esos bloques antiguos, quinto sin ascensor. Subí por la escalera, preguntándome cómo había logrado acostumbrarme yo antes a estas casas.

Pero hoy no me molestó.

Me abrió una niña delgadita, pelo oscuro y ojos enormes.

¿Eres tía Bea? preguntó. Mamá me dijo que tenía que recibirte.

Sí, sonreí. Soy tía Bea.

Yo soy Carolina. Pasa. Hoy tenemos sopa y empanadillas.

La casa era humilde pero limpia. Muebles viejos, papel pintado gastado, las paredes cubiertas de dibujos infantiles. Olía a sopa y dulce recién hecho.

Carmen trajinaba en la cocina.

¡Bea! Pasa, quítate el abrigo. Vamos a cenar. Caro, trae las cucharas.

Nos sentamos. La sopa me supo a gloria, hacía mucho que no comía así. Sin prisas, sin postureo.

¿Me dibujas algo? le pedí a la niña.

Eres guapa. Te dibujo. Aceptó con seriedad.

Cogió su cuaderno y se puso a pintar.

Mientras, charlaba con Carmen, tomando té con mermelada de guinda.

¿Tienes hijos? preguntó la niña sin dejar de dibujar.

No. No pudo ser.

¿Por qué?

Carolina la regañó Carmen.

Está bien sonreí. A veces no se puede, cariño. Así es la vida.

No te preocupes me dijo, muy seria , eres joven. Te queda todo por delante.

Me hizo reír.

Me pasó el dibujo: una mujer en vestido largo, coronada, rodeada de flores.

Eres tú. Como una princesa. Pero pareces triste. Si le pongo un sol, te alegrarás.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Gracias, mi niña. Pondré tu dibujo en mi casa de Madrid, ¿vale?

Vale. ¿Vas a volver?

Volveré, prometí. Y sentí que era cierto.

***

Regresé tarde a casa.

Mamá me esperaba despierta.

¿Qué tal, hija? preguntó.

Bien, mamá. Muy bien.

Me senté a su lado y le cogí la mano. Era áspera, llena de manchitas.

Perdóname, mamá. Por todo.

Ay hija, ¿por qué?

Porque porque me avergonzaba. De vosotros. De este sitio. Creía que era mejor por haberme ido. Y no es verdad. Solo huí.

Mamá callaba. Me acariciaba el pelo, como antes.

No huiste, Bea. Sobreviviste. Aquí, o te ibas, o te ahogabas. Hiciste bien. Solo no nos olvides.

No los olvidaré, susurré. Te lo juro.

***

A la mañana siguiente, me fui.

Papá me llevó hasta la estación. Mamá, pequeña en su abrigo viejo, saludaba con la mano.

Miré por la ventanilla, con el corazón encogido.

Oye papá tosió . Tienes que venir más. No somos eternos.

Volveré, papá. Lo prometo.

Me acomodé en el tren y encendí el móvil. Un mensaje de Carmen: Vuelve cuando quieras. Carolina pregunta cuándo va a ver a su tía Bea otra vez. Le has encantado.

Sonreí y guardé el móvil.

El tren arrancó. Por la ventanilla pasaban los bloques grises, los campos de escarcha, los garajes. Y noté que esta vez no me dolía la cabeza. No sentía náuseas. No tenía ganas de cerrar los ojos.

Saqué el dibujo de Carolina. Lo extendí. Una princesa con corona, flores, el sol apenas empezado.

Miré por la ventana. Sobre los campos comenzaba a subir el sol. Grande, rojo, verdaderamente real.

***

Una semana después envié dinero a Carmen. Simplemente, para Carolina: para pinturas, para sus cosas.

Carmen intentó negarse, pero insistí.

Y meses más tarde volví a mi ciudad. Sola. Sin avisar. Compré el billete, y vine.

Las tres, sentadas en la cocina: Carmen, Carolina y yo. Comíamos sopa y charlábamos. Y pensé que quizá esto es la felicidad: sentirte necesaria para alguien. Sin motivo. Simplemente así.

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El retorno
Si no lo pruebas, nunca lo sabrás…