Ella agonizaba en el dormitorio, y nosotros nos besábamos en el sillón…
No, doctor, no la trasladaremos a una residencia. Se lo prometí.
Me encontraba apoyado en el quicio de la habitación, sujetando el móvil tan fuerte que los nudillos se me pusieron blancos. La voz se me quebraba en la última palabra, transformándose en un susurro áspero. Me apoyé la frente contra la madera y cerré los ojos.
Entiendo su postura, pero usted también debe comprenderme el tono cansado del neurólogo, el doctor Gutiérrez, que llevaba atendiendo a Lucía durante casi dos años, llenaba el auricular. El pronóstico sigue siendo muy adverso… El segundo ictus ha dejado muy pocas esperanzas. Usted ve la evolución. La calidad de vida…
Es mi esposa le corté. Yo soy responsable de ella. La cuidaré yo mismo.
Pero usted, don Joaquín…
Colgué sin dejarle terminar. La mano me temblaba. Inés, agachada junto a la cama, arreglaba la almohada bajo la cabeza de Lucía. Su pelo castaño estaba recogido en un moño pulcro, la camiseta blanca impecable a pesar de las doce horas de turno.
¿Otra vez con lo mismo? susurró Inés.
Ellos no viven aquí contesté, mirando el suelo. No ven lo que es esto… Yo…
No pude seguir. Inés se incorporó, cogió el termómetro de la mesilla y leyó el resultado.
Treinta y seis con siete. Perfecto. La tensión ha sido de ciento veinte sobre ochenta esta mañana. El Calmeneuronal, a las nueve, como siempre. A mediodía ha comido, la mitad del batido nutricional; el resto no, pero es normal. No tiene escaras, he utilizado Antiescaras. El pañal, cambiado dos veces.
Escuchaba este parte diario en nuestro piso desde hacía setecientos treinta días. Casi dos años. Yo mismo podría contarlo en horas si tuviera fuerzas para querer algo más que lo que más deseaba: que todo aquello terminara. Y de inmediato me odiaba por pensar así.
Gracias musité. Me quedo con ella. Ves, ya son las nueve.
Me queda una hora de contrato respondió Inés, cruzándose de brazos. ¿Y usted? ¿Ha comido hoy?
Creo que no lo recuerdo.
Ahora le caliento un caldo. Espere aquí.
Salió y me dejó a solas con la mujer que un día amé tanto que habría movido montañas por ella. Lucía yacía boca arriba, la mitad derecha del rostro algo hundida, la boca abierta. Respiraba con dificultad. El efecto de los calmantes nocturnos la mantenía en un sueño profundo, casi inmóvil. En la mesilla, una foto enmarcada: los dos en la playa, ella riendo, el pelo volando al viento, los hombros dorados… Le faltaba un mes para cumplir cuarenta cuando cayó en la cocina y derramó el café. Yo ni entendí al principio que pasaba, pensé que simplemente había tropezado.
Me senté en el sillón junto a la cama. Se había convertido en mi puesto, mi refugio. Dormía allí casi todas las noches, para oír cualquier movimiento. La espalda me dolía a todas horas. Tenía cuarenta y dos años, pero al mirarme en el espejo por las mañanas, veía la cara de un anciano.
Inés regresó con un cuenco de sopa, lo dejó sobre la bandeja del sillón.
Coma, que yo me quedo.
No hace falta…
Joaquín, coma.
En su frase había una dulzura firme. Tomé la cuchara. La sopa estaba caliente y sabrosa. Recordé que ayer la preparó Inés. Ella sabía cocinar. Y muchas cosas más. Llevaba once años trabajando de cuidadora. Tenía treinta y cinco años, divorciada, sin hijos. Me lo contó una de esas noches de cocina. Su exmarido se marchó con otra, incapaz de soportar su horario, las noches sin dormir, el olor a hospital del que decía no podía liberarse.
Está muy rica admití, aunque apenas sentía el sabor.
Ha adelgazado, seguro que diez kilos menos desde que llegué la primera vez.
¿Hace cuánto fue eso?
Catorce meses. Venía después de la primera cuidadora que no les funcionó.
Aquella primera fue brusca, fría. Lucía lloraba cuando esa mujer estaba a cargo en la medida en que podía llorar una mujer con medio rostro paralizado. Inés fue como una salvación. Siempre delicada, paciente, profesional. Le hablaba a Lucía como si ella pudiese contestar. Le leía libros en voz alta. Le ponía música. Me aseguraba que la comprensión y el oído permanecen, que Lucía lo siente todo aunque no pueda contestar.
A veces pensaba que eso lo hacía aún más insoportable.
Ya he acabado, gracias dejé el cuenco a un lado.
Debería dormir, Joaquín. ¿Cuándo fue la última vez que descansó como es debido? En la cama, más de cuatro horas seguidas…
No lo recuerdo.
Joaquín…
No puedo susurré. No puedo dormir en esa cama. No puedo irme al otro cuarto. ¿Y si empeora? ¿Si…?
Estoy aquí me interrumpió. Cada día, doce horas. Tienen un interfono. Si ocurre algo de noche, lo escuchará.
Aun así, no puedo.
Me miró despacio y luego salió. Me recliné en el sillón y cerré los ojos. El ritmo de la respiración de Lucía era el fondo sonoro de mi existencia. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. La miré: su cara, bajo la lámpara, parecía en paz. No sufría. Los medicamentos funcionaban. Dormía casi todo el día. A veces se despertaba, me miraba con los ojos turbios, intentaba hablar pero sólo lograba emitir sonidos ininteligibles. Había aprendido a descifrar algunos. Agua era uaaa. Dolor sonaba como loo. A veces lloraba, y eso era lo peor.
Oí a Inés fregar los platos en la cocina. Agua corriendo, pasos suaves en el pasillo, el crujido de la tarima hasta mi puerta.
Joaquín susurró.
Sí.
¿Puedo pasar?
Claro.
Ella entró, se apoyó en el umbral, bajo la luz nocturna. Su rostro, suave y cansado. Supe entonces que también estaba agotada. Venía todos los días, respiraba aquel olor a medicinas y enfermedad, presenciaba mi desgaste, escuchaba los sollozos de Lucía.
Eres buena persona le dije de pronto.
Inés se sorprendió.
¿Por qué lo dices?
Porque sigues aquí. Porque no huiste la primera semana. Porque la tratas… la tratas como si esto no fuera sólo un trabajo.
No lo es susurró. Nadie debería ser sólo trabajo en la vida de otro.
Hicimos silencio. Lucía gimió en sueños pero no se despertó.
Me voy dijo Inés. ¿A las nueve, como siempre?
Sí, como siempre.
Ella asintió sin avanzar. Miró largo rato y preguntó:
¿Tienes a alguien? ¿Familia, amigos con quien puedas hablar?
Mis padres murieron hace años. Mi hermana vive en Salamanca y llamamos una vez al mes. Amigos… los había. Dejaron de llamar hace seis meses. Lo entiendo. Yo tampoco buscaría a quien sólo puede hablar de enfermedades.
¿El trabajo?
Desde casa. Programador. Escribo código aquí a su lado. El jefe es comprensivo, pagan menos pero siguen pagando.
Tienes que hablar con alguien, Joaquín. De verdad. De cualquier cosa menos enfermedades y fármacos.
No queda nada más. Ya no hay temas.
Siempre queda algo tuyo. No eres sólo el marido de una enferma. Eres Joaquín, cuarenta y dos años, antes te gustaba la ciencia ficción, ibas al cine, escuchabas rock. He visto tus libros. He visto la guitarra en el salón.
Sonreí amargamente.
Eso fue en otra vida.
Hace sólo dos años. No eres un muerto. Sigues vivo.
No lo parece.
Entró y se agachó junto al sillón, para quedar a mi altura. Me miró tan de cerca que sentí vergüenza, por la cercanía de alguien vivo, cálido.
Te estás quemando dijo. He visto muchos cuidadores arder antes que los enfermos. Esto se llama agotamiento emocional. Estás en el límite. ¿Lo ves?
Sí asentí. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Abandonarla? ¿Mandarla a un geriátrico a morir entre extraños?
Puedes permitirte ser humano. Al menos a ratos.
No sé cómo murmuré, a punto de llorar. He olvidado cómo hacerlo.
Me tomó la mano. Su piel era tibia, viva. Me sobresalté. ¿Cuándo fue la última vez que sentí el calor de alguien, no a través de un guante, no en medio del cuidado?
Todo irá bien susurró.
No. No irá bien. No va a mejorar. Puede seguir aquí un año, cinco… hasta otro ictus o una neumonía. Yo seguiré aquí mirando cómo muere poco a poco. Y odiándome por desearlo.
La confesión estalló como pus de un grano. Lo había pensado cada día y noche en este sillón: que deseaba que todo acabase. Y me odiaba por ello.
Es normal respondió Inés. Pensar así. No te hace mala persona.
Sí me hace… Yo le prometí estar en la salud y en la enfermedad… Y ahora sólo quiero que muera.
Lo que quieres es que no sufra corrigió. Es distinto.
Miré nuestras manos, aún entrelazadas. Debía soltarla. Debía agradecer y despedirla. Pero en vez de eso apreté sus dedos, con fuerza, como un náufrago.
Inés…
Shh… Estoy aquí. No estás solo.
Se puso en pie, sin soltarme. Tiró de mí. Me incorporé tambaleando. Me abrazó, arrimando mi cabeza a su hombro. Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. ¿Cuánto hace que nadie me abrazaba así, sin pena, sin obligación, sólo para darme calor?
Y entonces me quebré. Hundí la cara en su hombro y lloré en silencio, avergonzado de mis lágrimas, incapaz de pararlas. Me acariciaba la espalda, murmurando palabras tranquilizadoras. Me aferré a ella.
No sé cuánto rato estuve así. Minutos, tal vez. Cuando quise incorporarme, ella me acalló con un dedo en los labios.
No hace falta.
Estábamos cerca. Sentía el aroma de su piel, la mezcla del perfume de crema floral, detergente y desinfectante. Tras de mí, Lucía respiraba. Inspirar, espirar. Yo debía apartarme, dar las gracias, acompañarla a la puerta.
Pero no pude. Miré sus labios, sus ojos oscuros llenos de compasión y algo más.
Joaquín murmuró.
No respondí. Por dentro era un nudo de miedo, pudor, necesidad. Se acercó y me besó. Leve, casi etéreo. Me quedé inmóvil. Todo mi ser gritaba que era infidelidad, traición: mi mujer agonizaba a metros. Pero no aparté a Inés. Le devolví el beso. Torpemente, como si hubiera olvidado cómo.
Se sentó sobre mis rodillas en el sillón. Nos abrazamos, nos besamos, me acarició la espalda, el pelo. Cada contacto era vergonzoso y necesario a la vez. Me odié en cada segundo. Pero no me detuve.
Sus manos desabrochaban mi camisa, las mías subían por su camiseta. Lucía dormía tras nosotros, bajo los efectos de los hipnóticos. No lo veía. Pero yo sí.
Inés intenté detenernos.
Shh… Estoy aquí. No estás solo.
Esas palabras me vencieron del todo. Lo permití. En el sillón, junto al lecho de mi esposa inconsciente, bajo la lámpara tenue, entre el ritmo de su respiración. Hice lo que nunca debía. Engañé a Lucía, a la mujer que dependía de mí para todo.
Y no pude detenerlo.
Después permanecimos en el sillón, Inés con la cabeza sobre mi pecho, respirando tranquila. Yo miraba al techo, incapaz de pestañear. Por dentro, sólo vacío. Sin dolor ni culpa, sólo vacío y un peso que me mantenía pegado al asiento.
Lucía respiraba. No había despertado ni se había movido. Miré su rostro: plácido. No sabía nada. No sabría nunca. Yo cargaría con ello el resto de mis días, pero ella jamás lo sabría.
Por alguna razón, eso era lo peor.
Debo irme susurró Inés, levantándose.
No contesté. Se vistió rápido, recogió el pelo. Antes de irse, me miró largo rato; no vi culpa, ni pena. Sólo ternura, comprensión. Eso dolía aún más.
Hasta mañana.
Hasta mañana repetí.
La puerta se cerró suavemente. Oí sus pasos por el pasillo, el clic de la cerradura. Me quedé solo, con mi esposa que respiraba profunda e inconsciente a pocos metros.
Me levanté tambaleando. No sentía las piernas. Fui al baño, me arrodillé ante el inodoro y vomité. Durante varios minutos. Luego me quedé sentado en el frío suelo de baldosas, mirando a la nada.
No podía regresar a la habitación. No podía mirar a Lucía ni sentarme en el sillón. Pasé la noche en el baño, adormeciéndome al amanecer en una postura incómoda. Desperté con el pitido del móvil. Siete de la mañana: hora de dar la medicación.
Me lavé con agua fría, me vi en el espejo: rostro gris, ojos rojos, barba de días. Parecía no haber dormido en semanas. Y era verdad.
Todo estaba en silencio en el dormitorio. Lucía se había despertado, miraba el techo con ojos opacos. Me vio, movió la mano izquierda, la buena. Me acerqué y me senté en la cama.
Buenos días dije, la voz ajena a mí.
A-a intentó sonreír.
Le di un vaso de agua, saqué las pastillas de Calmeneuronal, la ayudé a incorporarse. Era liviana, frágil. En dos años ha perdido veinte kilos. Le administré las pastillas una por una, la ayudé a beber. Tragaba con dificultad. La recosté de nuevo y arreglé la manta.
Ahora te doy el desayuno, espera un poco.
Lucía asintió, cerró los ojos. Salí al pasillo, me apoyé contra la pared, respiré hondo. Seguía temblando.
A las nueve vino Inés. Oí el timbre, abrí sin mirarla. Colgó su abrigo, lo de siempre.
Buenos días.
Buenos días respondí sin mirarla.
Fuimos a la cocina. Puso la tetera, sacó su fiambrera. Todo idéntico al resto de días, como si nada hubiese ocurrido. Yo me senté, apretando los puños, sin saber qué decir.
Joaquín susurró.
Levanté la vista. Ella me miraba tranquila, sin reproche.
Tengo que hablar contigo.
No puedo susurré. Ahora no.
Bien. Escucha. Lo de ayer… no fue un error. Para mí no. No me arrepiento. Te hacía falta no estar solo. Lo vi. Y estuve a tu lado.
No entiendes murmuré. He traicionado a mi esposa. Está dos habitaciones más allá, incapaz de valerse, y yo…
Eres humano me cortó. Humano, agotado, doblegado. No disculpa nada, pero lo explica.
Explicarlo no me hace mejor.
No, pero tampoco te convierte en un monstruo.
Negué con la cabeza, me levanté y fui a la ventana. Fuera, el barrio de Madrid seguía su vida: árboles pelados, niños en el parque, bancos. Gente iba y venía. Y yo aquí dentro, en mi hospital particular, partiéndome en pedazos.
No puedo más susurré. No puedo mirarla y saber lo que he hecho. No puedo.
¿Y entonces qué quieres?
No lo sé. No sé nada.
Se acercó por detrás, me puso la mano en el hombro. Temblé, pero no me aparté.
Seguiré viniendo dijo. Seguiré cuidando de Lucía, ayudándote. Si quieres olvidar lo de ayer, lo olvidaré. Si quieres que me vaya, me marcho. Si prefieres que me quede, aquí estaré. No como cuidadora, sino como alguien a quien le importas.
No supe contestar. Dentro de mí, se mezclaba todo: culpa, gratitud, desesperación, la necesidad de no estar solo. Quise que desapareciera. Quise que nunca se fuera. Quise lo imposible: volver atrás, a cuando Lucía estaba bien y yo era sólo un marido enamorado.
Tengo que ir con ella dije. Es hora de darle de comer.
Inés asintió y retiró la mano. Yo salí, sin volverme. Lucía seguía en la cama, con los ojos abiertos, mirando la puerta. Al entrar, trató de sonreír y alzar la mano.
Me senté, le tomé la mano fría y débil. Los dedos apenas respondían.
Qui-ero balbuceó. Ella intentaba decir que me quería.
Cerré los ojos. Algo dentro de mí se hizo añicos. Le besé los nudillos.
Yo también, Lucía. Yo también te quiero.
Y era verdad. Toda la verdad insoportable. Amaba a la mujer tendida ante mí, a la que fue y a la que es. La amaba por completo, con todo su dolor y heridas. Y, al mismo tiempo, la había traicionado. Había estado con otra, que ahora estaba haciendo café en mi cocina, como si nada hubiera pasado.
¿Cómo vivir así? ¿Cómo seguir cuidándola, cambiando pañales, dándole pastillas, diciéndole cada noche que todo irá bien, sabiendo lo que había hecho?
Inés trajo el batido nutricional. Lo dejó y se fue. Yo alimenté a Lucía despacio, limpiando las gotas que caían por su barbilla. Bebía con dificultad, se atragantaba. Yo la acariciaba el cabello, ya ralo y quebradizo. Lucía siempre se había sentido orgullosa de su melena.
Tranquila, no hay prisa. Estoy aquí.
Ella me miraba con ojos llenos de confianza y amor. Yo desviaba la mirada, incapaz de soportarlo. Miraba la ventana, la foto, cualquier cosa menos esos ojos.
El día pasó lento. Inés trabajaba como siempre: tomaba la tensión, masajeaba, cambiaba a Lucía de postura, le cambiaba la ropa. Yo intenté programar, pero las letras se me emborronaban en la pantalla. Cerré el portátil, fui a la ventana. Abajo jugaban los niños, había vida ahí afuera.
A la hora de comer, los tres estábamos en la cocina. Inés preparó una merluza al horno, vertió el té. Comíamos en silencio. Yo miraba sus manos, sus labios, sus ojos, recordando la noche anterior.
Hoy vendrá la enfermera de la Seguridad Social, a las tres, para poner la vía.
Vale.
Y ha llamado la asistenta social. Preguntaba por si hacía falta ayuda. Le he dicho que todo está bien.
Gracias.
Silencio. Sólo el tic-tac del reloj y de fondo la televisión de la vecina. Inés recogió y fregó. Yo la observaba: esos movimientos, tan cotidianos, tan familiares tras dos años compartiendo la tragedia. Y ahora, algo más.
Al atardecer, cuando Lucía volvía a dormirse, Inés se despidió. La acompañé al recibidor. Se puso el abrigo, y me miró.
Joaquín…
La interrumpí, sin mirarla.
Lo de ayer… no ocurrió. No tienes ninguna obligación. Lo entiendo todo.
No dijo nada. Me obligué a mirarla. Por primera vez, vi dolor en sus ojos.
De acuerdo susurró. Como digas.
Ven mañana, por favor, como siempre.
Vendré. Sin falta.
Cerró la puerta tras de sí. Me quedé solo en un piso donde sólo se escuchaba la respiración acompasada de mi esposa. Inspirar, espirar. No podía entrar al dormitorio, ni sentarme en ese sillón. Me dejé caer en el suelo del recibidor, apoyando la espalda en la pared.
Así estuve mucho rato. Cayó la noche y todo quedó en silencio. Miraba la oscuridad y pensaba que mi vida, tal y como la conocía, terminó hace dos años, cuando Lucía se derrumbó en la cocina con la taza de café. Y la otra vida, la que vino después, terminó anoche. No sabía en qué vida estaba, ni quién era ya.
Desde el dormitorio llegó un gemido. Lucía. ¿Despierta, o con una pesadilla? Me reincorporé, caminé hasta allí. El dormitorio iluminado por la luz tenue. Lucía miraba el techo. Al verme, intentó llamarme.
Me senté junto a la cama.
Estoy aquí le dije. Todo está bien. Estoy contigo.
Ella me miraba con un amor y una confianza tan inmensos que quería gritar, confesarlo todo, pedir perdón. Pero no lo hice. Sólo le cogí la mano y así permanecí hasta que se volvió a dormir. Luego me acurruqué en el sillón, me tapé con la manta y cerré los ojos.
No pude dormir. Yacía mirando la oscuridad, escuchando la respiración de Lucía. Inspirar, espirar. Ese sonido me acompañará hasta el final, el suyo o el mío. Quizá me consuma antes de que ella lo haga. Entonces nadie quedará para sostenerle la mano y decirle que todo está bien.
Pensé en Inés, en sus palabras sobre permitirme ser humano. En lo fácil y terrible que fue permitirlo ayer. Ahora, volverá mañana y pasado, y no sé cómo mirarla, ni vivir con lo que ha pasado entre nosotros.
No tengo respuestas. Solo sé que mañana despertaré otra vez en este sillón, prepararé los medicamentos de Lucía, le daré el desayuno, contactaré con el trabajo, escribiré un código que a nadie le importa. Inés llegará a las nueve. Hablaremos de tensiones, pañales, pastillas. Nos miraremos con esa prudencia de quien sabe demasiado del otro. Seguiremos con esta vida, que no es vida; este infierno, sin salida.
Y, en el fondo, sé que lo de ayer se repetirá. Quizá no hoy, ni mañana, pero se repetirá. Porque soy débil, porque no puedo solo. Porque soy humano, y los humanos se rompen bajo un peso que nadie debería cargar.
Lucía respira. Inspirar, espirar. Cierro los ojos y busco el sueño, pero sólo vienen recuerdos y preguntas sin respuesta.
¿Cómo seguir viviendo?
¿Cómo mirarla a los ojos?
¿Cómo perdonarme lo imperdonable?
No lo sé. Por la mañana volveré a hacer lo que debo. Porque no hay elección. Porque se lo prometí. Porque sigo siendo su marido, y eso es lo único que me queda.
Y que lo demás se quede en esta noche, en este sillón, en el silencio roto solo por la respiración de la mujer a la que todavía amo, pese a todo.
Inspirar.
Espirar.
Inspirar.
He aprendido, esta noche, que uno sobrevive por deber, pero sólo sigue viviendo si es capaz de reconocer también su debilidad y su compasión.







