Encuentra a mi hija…

Encuentra a mi hija por favor

Oye, Panueva, ¿qué tal va la vida de abuela olvidada?

Pero bueno, ¿quién eres tú tan espabilado?

¿No me reconoces? Pero, por favor ¿Cómo no ibas a conocer a un peso pesado de la Brigada de Investigación Criminal como yo?

¿Calderón? Venga ya, ¡tonto!

Soy yo, sí Te echaba de menos, ¿sabes?

Ya, ya Hagamos como que te creo.

Pero que es verdad, que te echo de menos, Mari. Ya ni recuerdo la última vez que alguien me tuteó y, mucho menos, que me llamara tonto. Eso sí me es familiar.

Bueno, yo también me olvidé ya del Panueva. Hace siglos que cambié de apellido. Ahora soy Gutiérrez.

Lo sé, lo sé, ¿te crees que no lo sé?

Bueno, eres de investigación, así que no esperaba menos. Me alegra oír tu voz, la verdad. ¿Y qué, cómo va?

Pues va ¿Qué no va a ir? Y tú, ¿no te has dormido en los laureles en tu Villacaperucita?

Lo ves, como siempre, sigues igual de idiota. Te has aburguesado en tu Madrid, grandullón. ¿Sigues de subcomisario?

Y subirá la cosa, igual me hacen comisario mayor pronto.

Sí, pero el cerebro Por cierto, lucho contra el crimen aquí.

¿Y ganas?

Estamos en proceso

Ese proceso es eterno. Criminales nacen cada día y nosotros bueno, no somos eternos.

Pero también nacen más policías. La guerra nunca acaba.

Eterna sí Qué nostalgia, Panueva, qué nostalgia. Te guardo un sitio calentito aquí. ¿Te vienes?

¿Calentito? Os conozco. Vuestra idea de comodidad es una sartén ardiente

Es la profesión, fue nuestra elección. Yo siempre me acuerdo de los días universitarios. Qué buenos tiempos Mari, en serio, estoy formando equipo. ¿Te animas como inspectora en el departamento especial?

Anda ya Con mis kilos y mi vida No corro ni al autobús, figura.

¿De verdad cien kilos? No me lo creo.

Ni te lo creas, mejor imagíname como hace veinte años, joven y esbelta. Desde lejos, eso sí

No quiero desde lejos. Quiero verte en persona, con todo tu peso extra. Siempre valoré tu cabeza, no tus formas.

Granuja.

Lo soy. Si rechazas, mando a un chico a buscarte. Y si vuelves a decir que no, te llegarán amenazas mías.

¿Amenazas a una agente? Te encierro, ¿eh?

A mí no puedes. Ya te llegó un papelito con mi firma. Léelo, que hay de todo, hasta tus papeles. Piénsalo, Mari, piénsalo

La mayor María Nazarena Gutiérrez, antes Panueva, ya no esperaba grandes cambios en su vida. Tenía dos problemas: un hijo insoportable y el sobrepeso. De su marido ya ni noticia. El matrimonio fue una casualidad corta y rara, como si casarse fuese solo para marcar una casilla.

Llegó aquí siguiendo el corazón. O eso siempre lo decía. Nació en este barrio, en este pueblo; aquí vivía aún su madre. Ella solita eligió quedarse. Decidió que quería luchar contra la delincuencia de su tierra. La llamaban el romanticismo, la conciencia y el amor, pues aquí vivía el que sería su futuro marido.

Pero la rutina se la comió. Cansada de casos domésticos, de no tener fines de semana y de los mismos rostros cada día. Los viernes decían incidente y la mitad de las veces, el trabajo seguía el sábado y el domingo. Siempre tenía ganas de apagar el móvil y olvidar quién era.

En casa ya no la esperaba el hijo, que decidió empezar la vida a su aire. No le iba bien, pero bueno. Así estaba: la esperaban el frigorífico, el sofá, la televisión y Paco, el loro, ese hombre de plumas que escuchaba todas sus cuitas de la vida.

Antes, Paco escuchaba en silencio. Ahora, más charlatán, le cubría con la sábana para silenciarlo. Pero ni por esas: ¡Vaya panda de cabrones!, ¡Que les den a todos! o ¿Comemos ya, María?. Recientemente había añadido ¡Cállate, mal bicho!.

El sofá, la tele y la bandeja de tapas se habían convertido en el merecido rito de la jefa de la Policía Local de Cuarenta y cinco años. Nadie podía interrumpir su paz. Era buena en los casos, su lógica de investigadora nunca fallaba; los agentes corrían por los avisos leves, y a la escena del delito la llevaba el coche oficial.

Las pruebas físicas ya nadie las pedía por la zona. Ni documentos, estadísticas de casos resueltos y algo de trabajo educativo, todo mediante mutuos favores y frases ingeniosas en los informes: realizado con éxito.

Hoy, María volvió del servicio algo alterada.

¡Que les den a todos! ¿Comemos, Paco? pio indolente el loro desde la nevera.

Solo tú me comprendes, Paco dijo María abriendo el frigorífico. ¡Menú lujo! Filetitos, macarrones y uvas.

Ya caminaba con ese vaivén pesado, con ganas de sentarse, mejor tumbarse, pero en el sofá, el plato de cena era imprescindible sobre la barriga.

¡El mejor momento del día!

Puso la sartén y echó pan duro, que le gustaban los macarrones bien dorados, pero sonó el teléfono.

Señora Gutiérrez, buenas tardes. ¿Interrumpo?

El de la Fiscalía, el tal Alberto Gregorio; con este no se podía bromear.

No, dígame.

Me han dicho que se marcha usted ¿Es cierto?

La información en la comisaría volaba.

No, solo me lo han propuesto, aún no estoy decidida.

Entonces su jefa me ha desinformado. Perdóneme. Si al final se va, hágamelo saber primero. Mi yerno quiere traslado a su distrito y estamos buscando

Por supuesto el pan ya se le estaba quemando y mascaba un filete.

¡Ya están repartiéndose mi silla, los sinvergüenzas!

Macarrones apelmazados, cortó con cuchillo y tiró todo a la sartén. El aceite saltó y la quemó. Soltó la pala de golpe, se desplomó en la silla meneando la mano dolorida.

Le amargaron el día.

¡Vaya panda de cabrones! gritó el loro.

Eso digo respondió María, dejando correr el agua en la mano.

La cena en el sofá era sagrada. Eso no se lo quitaban. Comía despacio, saboreando, pero la tele no le servía hoy: la cabeza le bullía.

¿Y si digo sí a Madrid? ¿A quién iba a sorprender? Los vecinos ya esperaban el puesto. Calderón se quedaría a cuadros al verla así. Ni a la reunión de antiguos alumnos iba; había engordado y quería que la recordaran como antes.

Nunca fue delgada, pero tenía buen cuerpo, cabeza rápida, humor y mucha charla. Y siempre lista en los seminarios.

En primero, el profesor de romano, Griván, los trituraba. Miedo y más miedo. Y en medio de la ronda, con esa voz chillona apuntando en el libro:

¡Pues nada! ¡A empezar de nuevo!

Se levantaba Panueva María, pensando que le tocaba, y respondía. Griván, desconcertado, pues ni la había llamado aún. Y ocurría más de una vez. A empezar de nuevo se convirtió en su apodo. Los compañeros reían, cuchicheaban, pero ella solo temblaba ante Griván.

Y así quedó: Panueva A empezar de nuevo hasta graduarse. Apenas temió a nadie más en la vida. Buenos compañeros. Aún cruzaban mensajes.

Y cuanto más pensaba, más monótona veía su vida. Todo previsible, hasta los casos.

¿Peter? El hijo. Pues bueno. Vive con su novia Nuria, y si me voy, seguro que se muda aquí.

¿Aquí? ¡Este pisito, este sofá! No lo cambio.

Y ahí, claro, Calderón le cae del cielo. Al que de verdad sorprendería su marcha, sería a sí misma.

¡La rutina la había anclado y seguro que engordó por eso!

Siempre pensaba en hacer dieta después de comer. Tumbada, plato vacío sobre la barriga, solo se levanta por la bandeja de uvas de la cocina.

***

Calderón le llamó al día siguiente, ¿allí hacéis pruebas físicas? Digo lo de los kilos

¿Te busco una silla más ancha? Si lo que quiero es tu cerebro, no tus kilos

Pues a mí tampoco me gustan, pero

Qué pesada eres. Apúntate ya. ¡Tenemos casos espectaculares que te van a poner en forma, Mari!

Ya, pero mi cuerpo se niega a soltar lo que he engordado

¿Has visto el puesto? Quieren ese lugar bastantes. ¿No tienes ambición?

La mía es adelgazar.

Pues aquí adelgazarás. Palabra. Tendrás trabajo a raudales.

¿Y vivir sin sueños?

Sin pensárselo mucho, María pidió primero vacaciones, por si acaso. Ni ofreció el piso al hijo. Había que dejar a Paco.

Peter, ¿cómo vais?

Bien, ma. Viendo una peli guay.

¿Toda la vida una broma para vosotros?

¿Qué pasa? ¿Llamas por lo del dinero?

Casi, pero solo si te llevas a Paco el loro. Me voy a Madrid unos días.

¿Mucho tiempo?

No sé todavía.

¿La abuela lo sabe? Estuvimos el finde, no dijo nada

¿Y no le dió un susto del corazón?

Mamá

Vale. Cuida al loro, al pienso, y a tu madre también; él es el único que me entiende.

¿Sigue diciendo tacos?

A veces.

Nuria se va a morir.

Bueno

La novia del hijo le parecía de lo peor a María. Ella podía ser cualquier cosa, pero cuando la vio la primera vez se espantó: una serpiente tatuada descendía de la sien al cuello, y de ahí al pecho. Y por el cuerpo llenita de arabescos. Hablaba como niña, trabajaba de estilista y fumaba. Miedo a una palabrota

Al hijo, después de la mili, le dio por montar un negocio. Ella no entendía nada; hacían cosas en el ordenador. Y con esta chica. Se pelearon. Él se fue de casa, alquiló piso. Un mes sin hablarse. Al final María llamó; hicieron las paces, pero no volvió a invitarle a casa. Venía a comer, le daba algún billeteen préstamo, contaba algo y se iba otra semana.

Paco se quedó con Peter, el loro decaído y acurrucado, más triste que el propio hijo.

A la estación la acompañó el capitán Andrés Collado, su mano derecha, acarreando maletas, contándole el altercado de anoche en la calle del Príncipe.

Ánimo, Andréu, aquí te quedas al mando. Yo Yo me lanzo a por Madrid.

***

Llegó a Madrid al amanecer. Calderón iba a enviarle a alguien, pero apareció él mismo.

Esperaba junto al vagón, maleta en ristre. Se lanzó entre la multitud, sin reconocerla, despistado y elegante.

María se había arreglado: chándal gris nuevo, largo cárdigan, pero el pelo imposible domar con la plancha en el tren. Cuando él le miró y no la reconoció, le dolió.

¡Eh, pijo madrileño, abre los ojos!

Calderón la enfocó y alzó las cejas.

¡Madre mía, Mari, no te he reconocido!

Al bueno se le descubre por los ojos. Te avisé, estoy gorda. ¿Y? ¿Me pagas el billete de vuelta?

¿Billete? ¡Qué va! ¡Bienvenida, Panueva! la abrazó. María le llegaba al hombro. Y sí, estás fondona.

Grosero.

Lo sé, pero los groseros dicen la verdad. Perdonarecogió sus cosas. Anda, vamos.

Grosero hasta disculpándose.

Ella caminaba detrás, inquieta de verdad. Menos mal que no había firmado nada aún. Visitaba, y de vuelta al sofá, a su despacho provinciano. ¡Que le den a este estrés madrileño!

Tus kilos tienen ventajas.

¿Ah, sí?

Sí, duermes hoy en casa. Mi mujer no será celosa.

Pues mira qué bien

¿Tan gorda estoy que ni me reconocen, pensó María? Sí, en la uni pesaba la mitad, pero de eso hace siglos.

Iba rezagada, Calderón a saltos, cargando el equipaje, esperándola. El coche estaba lejos.

Mi mujer está montando plan cultural. ¿Adónde quieres ir?

Al zooalcanzó a responder, sofocada por la marcha.

Ya lo decía yo. Que te deje en paz, que aquí vienes a trabajar.

María dudaba si quedarse.

Vehículo: un Volvo color acero acabado mate.

¿Es tuyo?

Claro.

Te has vendido

He ahorrado.

Ya

Guardó las cosas, le abrió la puerta.

Con quién crees que hablas, te veo a través.

Arrancó suave.

Bah, nos tocó una casa de herencia. La vendimos. Hasta mi mujer conduce. Te lo aclaro porque sé cómo miras.

Buen chalet, por lo visto

Afuerascontestó seco, saliendo del parking.

Y luego a lo importante.

Aquí cobramos más. Mejor rango, mejores primas.

¿Cómo es eso?

Lo verás. Cuando te incorpores. Además ya hay piso para ti, cerca; pero vive ahí ahora mismo el sargento Vadillo. Está a punto de irse. Lo sabes, ¿no?

¿Qué? ¿Vivo con un hombre?

No, tranquila Deja cosas un tiempo, igual entra por ellas, pero duerme ya con su amigo. Nadie codicia ese cuerpazo.

Qué pena, esperaba lo contrario.

Calderón sonrió.

Realmente, el recibimiento fue raropensó María. La verdad duele. Pero también verdad que Calderón se esforzaba: programa cultural, casa, piso. Se la jugó por ella, seguro. Viéndola en la estación, ni él lo pudo asimilar. Era su candidata. Y ahora, ¿le entraban dudas?

Mira, Calderón. No lo he decidido aún. No soy tan valiosa. Y quiero mirar antes. No sé si Madrid es para mí

La miró de lado.

Ya te estás echando atrás, Panueva. ¡Ánimo, aquí hay grandes casos! ¡La fortuna favorece a los audaces! Más valiente que tú, jamás. Ni al profe ese de romano temías.

María sonrió. En la uni sí era lanzada y atrevida. Los trabajos los bordaba y ayudaba a Calderón en las prácticas en la sierra madrileña. Allí se admiró de ella: por la cabeza y la intuición, no por ser mujer ni bella. Desde entonces, buena amistad.

A su bloque llegaron casi una hora después. Calderón iba rápido, la dejó con su mujer y desapareció.

Su mujer, Elisa, rubia, menuda y llena de brío, volaba por un piso de ensueño: suelos claros, luz, plantas, una cocina gigante con electrodomésticos brillantes.

¡Uy, cómo le ha costado a Jorge meterte aquí! No hubo día sin mencionar a la Panueva.

¿Mitrofán?

El jefe en la central.

Ya veo

Le asignaron cuarto y ducha. Elisa era de trato fácil, a pesar de su look de modelo. Las dos hijas, de campamento de danza.

Qué suerte tienes, Jorge ha ligao bien soltó María. El piso estupendo. Le apremiaba dormir, no se atrevía a decirlo.

Aún debe la hipoteca. Pronto acabamos. Estuvimos años en mi piso antiguo. Madrid es carísimo.

Te lo digo, aún lo pienso

¿Tuteamos?

Claro.

Acepta el puesto. Por Jorge más que por mí. Si no, entra un tipo que él odia; es del agrado del jefe, pero torpe.

Sí, hay mucho de eso.

A él le cabrean los enchufados, sin olfato. Los casos aquí no son bromas, son duros.

¿Y tú, Elisa, trabajas?

En gimnasio, entreno y doy dieta levantó ceja en oferta.

No, gracias, no me apuntes.

Elisa entendió sin palabras.

Vale, solo si quieres.

Yo mejor me echo un sueñecito.

No sabía qué sería de ella aún. Durmió; luego, en la terraza, charló con Calderón tres horas. Le explicó los casos difíciles. Muchos se quejaban del sistema, pero contaba con ella.

¿Qué ibas a hacer en tu Villacaperucita? Fin del trayecto: pensión y soledad. Madrid te cambia. Arriésgate, Panueva, que para eso estás.

Y María Nazarena Gutiérrez ya no estaba ofendida por el grosero de su amigo.

Los casos del departamento especial tocaban fibra materna: investigaban desapariciones de niños en Madrid y provincia. Podrían no estar conectados, pero el aumento de casos motivó la creación de la unidad especial.

¿Y si empiezo de nuevo?

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