6 de marzo
Hoy ha sido uno de esos días que, aunque duros, te enseñan a mirar la vida desde otra esquina. Lo escribo aquí, para que no se me olvide nunca lo que sentí. Todo empezó como casi siempre en casa. Mamá, con la voz ronca y la mirada perdida, esbozó una sonrisa extraña antes de decirme:
Carmen, ¿puedes ir al supermercado por una barra de pan?
No dudé ni un segundo; estar fuera de casa es mucho mejor que estar dentro cuando papá y mamá esperan visita. Tragué saliva al oír la palabra pan, porque hacía ya muchas horas que mi estómago no sentía nada parecido, y lo esperaba casi como quien espera una pequeña fiesta.
Le esperé paciente a que me pusiera unas monedas en la mano: un par de euros que la señora Amparo, la de la tienda de la esquina que está abierta hasta siempre, siempre recibe con un suspiro y alguna palabra de pena disfrazada de cariñosa. A veces, cuando nota que el hambre me puede, añade a la bolsa una onza de chocolate con leche o una golosina. Pobre criatura, qué vida le ha caído, la chiquilla es un sol y los padres ay, hija, qué cruz, me llega siempre al oído mientras remueve su café de sobre.
Al volver con el pan, me apresuraba tanto en el regreso que casi sentía las piernas volar. Si era buena y no hablaba mucho, mamá me cortaba un trocito de corteza para mí y por encima, añadía dos o tres anchoas en aceite, que empapaban el pan con ese sabor a mar y aceite de oliva dulce. Me lo comía sin prisa, saboreando cada migaja, porque aquella era toda mi cena y hoy ya había visto que la mesa estaba lista para alguien más y que habría muchas botellas, así que no podía esperar algo mejor.
El truco era salir de casa despacito, pasar desapercibida sin que ningún adulto me viera, porque si descubrían que me escaqueaba podía llevarme una torta como la de la otra vez; aún recuerdo el dolor de cabeza y la sangre que me asustó y no quería repetirlo.
Salí a la calle con mi tesoro: un cuarto de pan y una anchoa entera. La noche era cálida, la primavera madrileña parecía invitarme a quedarme fuera todo el tiempo posible. Por las ventanas de los pisos se filtraba música y la brisa traía olores a cena. Cuando metí la mano en el bolsillo sentí las dos chocolatinas que me guardó Amparo y se me alegró el corazón.
Caminaba despacito, mirando los balcones llenos de geranios y deseando en silencio tener algún día una amiga, alguien a quien contarle mis secretos y con quien pasear cuando fuese imposible volver a casa. Entonces oí un maullido muy tenue que venía de unos arbustos junto a los cubos de basura. Me acerqué con miedo y aparté los trapos sucios: ¡allí, en una caja rota de zapatos, había un diminuto gato atigrado! Lloriqueaba como si nadie en el mundo se hubiera acordado nunca de él.
Le tendí la mano, temblando, y el gatito me olisqueó. Bastó el olor de la anchoa para que lamiese con ansia mis dedos, haciéndome reír de cosquillas.
¿Tienes hambre, verdad? Espera, mira lo que tengo le puse la anchoa delante y me metí el pan en la boca rápidamente.
El pequeño felino atacó la anchoa como si fuese la primera comida de su vida y hasta bufaba si intentaba acariciarle. Reí tranquila:
No corras, Polvorilla, que te va a doler la tripa, te lo digo yo le dije ya con confianza, y antes de pensarlo mucho, lo agarré con cuidado y lo escondí bajo mi chaqueta.
Volvimos juntos bajo la luz de las farolas del barrio, que parecían más cálidas que nunca. Le susurraba mis secretos mientras la cabecita asomaba, y sentía por fin que tenía un amigo real.
En casa olía a tabaco y a fiestas rotas. Solo quedaban platos sucios, botellas vacías y la caldera zumbando como si nada. Coloqué a Polvorilla sobre la mesa, y pronto andaba curioseando un vaso vacío.
¡No, eso no! Esa porquería ni probarla, ¿eh, Polvorilla? Que si no, nos quedamos sin ser amigos lo apreté contra mi cara y él se acurrucó ronroneando, tocándome la nariz con las patas. No te preocupes, aquí estamos juntos, parecía decirme.
Aquella noche dormí abrazada a mi amigo; soñé con helado de plátano y tartaletas de cereza, y Polvorilla se enroscó junto a mí todo el tiempo.
Por la mañana, papá fue el primero en ver al gato y le dio tal grito que la casa tembló. Mamá, con la voz desgarrada y un trapo húmedo sobre la frente, solo suplicó que lo sacara de casa rápido. Con el corazón roto, y las lágrimas cayendo, salí con Polvorilla en brazos. No podía pensar en dejarlo en la basura otra vez.
Llorando, llegué al almacén de Amparo. Allí, entre sollozos, le pedí que lo cuidara, que yo lo visitaría cada día, que no le faltaría comida ni cariño. Amparo y su ayudante, Rosario, no pudieron decirme que no. Polvorilla se quedó en la trastienda, con una vieja chaqueta y un cubo de yogur para agua.
Así pasé la primavera y el verano: cada día, robando un trocito de pan de casa, aunque luego me costaba algún bofetón, iba directa a ver a Polvorilla. Le contaba mis penas y mis sueños, y él ronroneaba en mi regazo, con sus enormes ojos violetas llenos de comprensión. Amparo, al ver aquel gato tan especial, siempre exclamaba que jamás había visto animal igual, con aquella mirada profunda y casi humana.
En septiembre, Polvorilla ya era un señor gato, grande y majestuoso. Algunos clientes quisieron llevárselo, pero él siempre se escondía y solo esperaba mi llegada.
Un día tuve que faltar varios días, por cosas de casa. Cuando volví, llevaba moretones y una herida fea en el labio que no podía ocultar. Me he caído, fue todo lo que dije. En cuanto pude, me refugié en la trastienda, abrazando a mi amigo y llorando largas horas. Me quedé dormida allí, y Amparo, dulce como una madre, me arropó en el sofá. Se la veía preocupada, y hasta llamó a don Lorenzo, el policía del barrio, pero él nada pudo hacer, no quería meterse en líos. Amparo lloró esa noche; no tenía hijos, y pensó una vez más cuánto deseaba una niña como yo.
Me desperté al día siguiente con un desayuno de tostadas y té con leche. Amparo me pidió que ayudara en la tienda mientras ella se ausentaba por unos recados importantes. Yo, feliz, accedí. Pero al salir, don Lorenzo la interceptó en la calle:
Amparo, no vayas, que ha habido un crimen en el bloque. ¿No habrás visto a la chiquilla de los López esta noche?
¿A Carmen? ¿Qué ha pasado? preguntó mi amiga, temblando.
Han matado a sus padres Buscamos a la niña, por si alguien la ha recogido.
Está en la tienda, durmió en la trastienda, está bien.
Mejor así Si puedes, quédate con ella unos días, mientras averiguamos si tiene familia. Así no irá a un centro de menores.
El corazón de Amparo casi da un salto de alegría. Por fin podía cuidar de mí sin remordimientos.
Se pusieron de acuerdo ella y Rosario: no me contarían nada del crimen, solo que mi madre me dejaba quedarme más días en la tienda. Yo salté de alegría, con la ilusión de aprender a cobrar en la caja.
Desde ese día, Polvorilla desapareció de la tienda. Le busqué por todos los rincones, pero no volvió jamás. A pesar de que su cuenco seguía lleno, no regresó.
Pasaron semanas y meses. Amparo, cada día más mi madre del alma, intentó tramitar mi tutela, aunque todo eran pegas: que si trabajaba de noche, que si estaba sola. Ella volvía a intentarlo hasta que, por fin, este 3 de noviembre día de mi cumpleaños y el de la primera nevada apagué las velas en una tarta de miel y le pedí:
Quiero que seas siempre mi mamá, y que vivamos juntas siempre.
Nos abrazamos largo rato, y Amparo susurró que ella solo deseaba lo mismo.
Llamaron a la puerta. Nos sorprendió sobra la mesa el delegado de servicios sociales del Ayuntamiento de Madrid, un tipo elegante y amable. Traía en la cartera los papeles para darme, ahora sí, a Amparo en familia.
Charlamos rato sobre el té y el pastel, sobre la escuela y la vida nueva. Antes de irse, el hombre me miró con unos ojos violetas y tan profundos como el mar. Me sonrió y abrazó, antes de darle la carpeta a Amparo.
Mañana pasad por el juzgado. Todo irá bien, es un trámite. Podréis empezar vuestra vida juntas. Cuídenla bien.
Mientras salía, creí reconocer en sus ojos el mismo calor y ternura que siempre vi en los de mi querido Polvorilla. Y por primera vez, supe que tenía un verdadero hogar.






