Por el pasillo del colegio caminaba a paso ligero Olvido Fernández. Se saltó la sala de profesores sin mirar a nadie, entró directo al despacho de la directora y cerró la puerta tras de sí con cuidado.
María Consuelo, María Consuelo… ¿Estás sola? Mejor… Tengo que hablar se dejó caer en una silla.
La directora aún no había dejado sus papeles sobre la mesa y la subdirectora, visiblemente alterada, continuó sin esperar respuesta:
¿Puedes tomar alguna medida con el profesor de tecnología? ¿Alguna? No sé, una sanción económica o un toque de atención. Hablar con él, quizá…
María Consuelo la miraba sorprendida. Conocía bien a Olvido; había sido su alumna años atrás. Estaba acostumbrada a su carácter frío, su rectitud, esa severidad docente y su permanente serenidad.
Olvido vestía siempre trajes oscuros, rechazaba la dejadez y la vulgaridad, era moralista y, ya con casi cuarenta años, soltera convencida. María Consuelo siempre había pensado que a Olvido sólo le faltaba un poco de esa felicidad sencilla de mujer.
Pero en su rostro ahora animaba una agitación insólita, como sólo la había visto en la inspección educativa de la provincia.
¿Medidas? ¿Por qué medidas, Olvido?
Por lo de siempre. Porque humilla a mi madre, a mí, a mi hermano que, por cierto, es oficial.
Ah… de eso hablas.
María Consuelo suspiró y se quitó las gafas con lentitud.
El profesor de tecnología, Andrés del Valle al que todos llamaban Don Andrés era el propio padre de Olvido. María Consuelo había oído hacía tiempo que tenía una relación con otra mujer del pueblo, algo que parecía increíble.
Era raro llamarla amante: don Andrés no era, en absoluto, un seductorcasi cuarenta años casado con la misma esposay, además, aquella amante, en el sentido clásico, no encajaba en ese papel.
La mujer trabajaba en Correos, rozando los sesenta años. Alta, de figura ancha y con las piernas hinchadas de varices, carácter apacible. Era viuda, con hijos ya adultos esparcidos por España, y vivía en una casa vieja cerca de la oficina de correos.
Difícil imaginar que podría llevarse a un hombre de una familia así. Y el hombre, encima, con más de sesenta años y jubileo a la vista, no para empezar a volverse loco.
Yo creía que lo habíais resuelto, hablando en familia. Pensaba que Andrés ya habría puesto los pies en la tierra.
¡Qué va! Va a dejar a mi madre. Se lo acabo de sacar, ni me escucha por poco llora Olvido. Por favor, Consuelo, habla con él tú… Igual a ti te hace más caso, eres mayor.
Bah, déjalo respondió la directora, con la mano. ¿Y qué quieres que le diga?
Que dé pena ver a mi madre así. Da vergüenza, a estas alturas de la vida… ¿No es una vergüenza? Tantos años juntos y esto…
¿Y tu madre cómo está? ¿Sufre mucho?
Ufff Olvido hizo un gesto de desaliento. Ya la conoces. Por fuera fuerte, sigue gritándole y amenazándole, pegándose con él. Dice que lo va a encerrar en casa.
¿Y cómo lo amenaza?
¿Cómo? Con lo único que tiene. Que no le dará ni un euro, que se irá sin nada, que su pensión se la queda ella.
Y… ¿no se ha asustado, parece?
En absoluto Olvido perdió fuelle, se echó atrás en la silla, sacó el pañuelo y se enjugó las lágrimas. ¿Cómo puede ser? Tantos años juntos…
¿Juntos de verdad, dices? Ay, Olvido… Cuando el alma está unida, eso no pasa. Bueno suspiró María Consuelo. Hablaré con él. Ya llevamos muchos años trabajando juntos. Algo de derecho tendré.
***
Hace tres años, en el pueblo de nacimiento de Sofía, hubo un incendio. Un barranco cruzaba el centro del pueblo y sólo se secaba con el calor intenso; eso salvó media calle. La casa de Sofía ardió. Apenas pudo sacar a cuestas a su madre inválida.
La madre paralítica gritaba en la hierba viendo la casa arder, buscaba a su hija con la mirada mientras Sofía liberaba a los animales y espantaba a las gallinas.
Cuando volvió, la madre estaba rodeada de vecinos, gimoteandole había dado un ataque. Murió en el hospital, de la mano de Sofía.
Sofía agradeció al hijo que viniera a ayudar en el entierro y la llevara a su casa. Pero no duró mucho: se sintió sobrante.
Allí, cerca de Valladolid, en el pueblo de Mijares, estaba la vieja casa de la familia de su difunta madre. La compartía legalmente con una hermana, pero quien la ocupaba era un primo con su mujer; la parte trasera servía de trastero, y allí fue donde Sofía se estableció y empezó a trabajar en Correos.
No tenía conocidos allí. La familia seguía resentida, aunque fuera legal, porque esa pariente cayó como nieve en mayo. Pronto, por su trabajo, se fue integrando: en el pueblo, la cartera es indispensable, sobre todo para las jubiladas.
El trastero necesitaba obras. Allí apareció Andrés del Valle, el propio Don Andrés.
¿Acaso su esposa, Clotilde, podía soportar que su marido, tras la jornada, se quedase en casa sin hacer nada? Aunque Don Andrés nunca supo estar ocioso. Cuando empezó a trabajar en la escuela, llamaba a los niños del barrio a hacer cosas juntos.
Clotilde, sin embargo, le achacaba desperdiciar el tiempo y le buscaba faena. Así, Don Andrés llevaba muchos años arreglando casas. Era habilidoso, manitas, le conocía todo el pueblo: le contrataban por turnos para levantar muros, repasar enchufes, solar el patio o abrir zanjas para el desagüe.
Tras comer, Andrés salía hasta la noche. Trabajos no faltaban en fin de semana. Clotilde administraba cada euro: con la pensión y sus trabajos no vivían mal, el hijo de militar ya volaba por España, y Olvido tenía piso propio, conseguido por ser docente rural.
Podía ser una vida tranquila.
Pero un día circuló el rumor: Don Andrés se veía con la cartera de Mijares. Y ni siquiera era joven, sino más mayor que Clotilde.
Al principio, Clotilde no hizo caso; bromeó delante de vecinas. Pero fue atando cabos y lo vio claro. Conocía demasiado bien a su marido.
¡Mal bicho, caradura! ¿Qué haces, insensato? ¿No piensas en tus hijos, ni en mí? ¿Cómo me presento ahora ante todo el mundo?
Él apretaba la cuchara, callaba. Al rato dijo:
Lo mejor es divorciarnos, Clotilde.
¡¿Cómo?! ¡Divorciarme! ¡Ahora mismo! ¿Para que yo te regale a una bruja de Correos? ¿Era ella quien te cuidaba cuando el infarto? ¿Quién aguantó en la caseta de Castilla contigo? ¡No te llevas nada, mira lo que hay!
Don Andrés miró por la ventana, vio el patio que había construido con sus manos: mesa robusta, bancos nuevos, la valla alta. Pero, ¿sentó alguna vez allí con Clotilde? Solo en fiestas o comidas. Sentarse juntos, jamás.
Imaginó entonces el pequeño patio de Sofía, cercado de una verja rota, con malvas crecidas, el tilo perdiendo hojas, la banca negra y vieja. Quería estar allí.
Clotilde contó la historia a Olvido, su hija, que apenas lo podía creer.
¿Es una broma, mamá?
¡Qué va! Ya me lo chismorreó la vecina Bárbara. Hace meses que van juntos. Yo, ciega, yendo tras él pensando que sólo arreglaba cosas. ¿Para qué iba a espiarle más? Pero era para verse con la otra…
Hablaré con él, mamá.
Clotilde suspiró.
¡Bah! No pienso dejarle. ¿Cómo haría yo sin él? Esa vida, el dinero, la hacienda… A nadie la cedo. Ni irá más a Mijares. Le quitaré el dinero, el pasaporte, la ropa buena. De aquí no sale.
Y al final parecía calmarse. Olvido ya ni habló con su padre: le notaba cambiado, como si le diera vergüenza mirarle. Nunca fue muy hablador.
Parecía buscar, simplemente, la calma. La madre, en cambio, no podía callar: siempre murmurando, juzgando, lamentándose. Él se refugiaba al fondo del patio y allí, rodeado de su taller y su perro Valentín, hallaba la dicha.
Pero no acabó bien. En primavera se supo que su padre iba andando desde Clemente, pueblo de al lado, hasta lo de la cartera. Al preguntarle la madre, lo admitió.
Perdóname, Clotilde. Tengo que irme.
Allí intervino Olvido. Decidió empezar por la amante del padre. ¿No sabe el daño que causa esta mujer?
Fue a Mijares en horario laboral, dispuesta a afearle la conducta allí mismo. Traje negro, abrigo, ceño fruncido. Parecía a punto de regañar a una alumna.
La primavera despertaba. El sol templaba; los charcos se secaban y el campo se animaba para teñirse de verde. Olvido bajó del autobús y cruzó hacia Correos.
Gracias, hija. ¡Dios te bendiga! ¿Qué haría yo sin ti…?
No se preocupe, tía Encarnita. Si le pasa algo, vengo corriendo.
El oído de Olvido captó ese tono sereno, doméstico. La cartera, con su cárdigan, falda negra y moño, despedía calidez sencilla.
Una señora mayor terminaba de revisar cartas en la esquina. La imagen apacible le quitó a Olvido las ganas de hacer una escena. Se puso a mirar postales como quien pasa el rato.
La cartera se acercó y, sin hostilidad, preguntó:
¿Tú eres Olvido, verdad?
Olvido Fernández endurecida, Olvido señaló con los ojos a la otra mujer. Hablamos en privado, por favor.
Tía Milagros, ¿te quedas un momento sola? dijo la cartera.
Por supuesto, Sofía.
Ambas salieron por la puerta trasera a un rincón silencioso.
Usted tiene hijos, según sé empezó Olvido.
Sí, una hija y un hijo.
¿Y saben ustedes… lo que hace? Que rompe usted una familia…
Sobre Andrés, sí. Mi hija se preocupa por mí. El hijo me riñe, dice que traiciono a su padre. Incluso canceló una visita, y lo siento mucho respondió, sincera, la cartera.
¿Y no cree que es una traición?
Eso lo juzgará Dios le contestó, mirándola de frente.
O sea, nada de vergüenza con sus hijos. ¿Y con mi madre? ¿Mi hermano y yo? ¿No tiene miedo?
¿Miedo de qué? Ya le he dicho muchas veces que no podía ser. Pero insiste: “Ni mi alma se calma, ni la tuya. No podemos vivir ya separados”…
¡Pamplinas! Si usted le apartara, se acababa todo. Pero usted…, usted lo permite.
No sé hacerlo de otro modo. De verdad, nunca conocí a nadie mejor que su padre.
A Olvido se le deshizo la máscara de dureza ante aquella franqueza.
Déjelo, por favor. En casa mi madre está como una loba herida casi suplicó Olvido.
Lo he pensado. Quise marcharme. Pero de uno mismo no se puede huir. Me moriría yo si me aparto; a su padre le haría polvo. No se puede tratar así a nadie.
No se va porque no quiere. ¿Quién no quiere a un hombre así? ¿Cree que ha ganado? No, esto no quedará así replicó Olvido, marchándose.
Sofía la vio alejarse. No la culpaba, sólo sentía pena, igual que la sentía por su propia familia y por la de don Andrés. Pero sabía, igual que él, que algo así sólo se da una vez en la vida.
Al día siguiente, en el recreo, Olvido fue al taller a hablar con su padre. En realidad, fue un monólogo. Le recordó la moral, las reglas, le amenazó con avisar a su hijo Nicolás.
El padre, callado, recogía herramientas; cuando Olvido terminó, sólo dijo:
Perdóname, hija. Tu madre se acabará acostumbrando. Ya está decidido. Me voy.
Papá, ¿te has vuelto loco? ¿Para qué? gritó ella, y corrió de nuevo al despacho de la directora. Había que hacer algo.
¿Y para qué? ¿Cómo iba a poder explicar Don Andrés sus motivos ni a su propia hija, si ni él mismo acertaba a ponerles palabras?
Día a día, mientras Don Andrés arreglaba el trastero de Sofía, se fueron acercando. Surgió una complicidad profunda en el silencio, como el de quienes han compartido toda una vida sin necesitar hablar.
Por la tarde, él se sentaba cansado en la banca negra del patio y Sofía, a su lado, le acariciaba el pelo, y ella apoyaba la cabeza en su pecho. Jamás fue sólo una aventura: era una necesidad vital. Pensar en separarse era como dejar de respirar.
Cambiaban, arreglaban, pintaban; trabajaban juntos, como si el tiempo apremiara.
¡Vámonos, Sofía!
Tienes familia, Andrés.
Ya no hay familia. Cada uno por su lado. Yo, al menos, estoy solo.
Y Sofía sabía que no mentía. En efecto, estaba solo.
***
La charla entre María Consuelo y Don Andrés duró poco. Apenas empezó ella, él sacó un papel arrugado, lo alisó y se lo tendió.
¿Qué es esto? preguntó su jefa.
Mi renuncia. Ponga la fecha. Si no tiene a quién poner de sustituto, sigo hasta junio. Pero si no, mejor me voy ya…
¿De veras? la directora, pensativa, dejó el papel sobre la mesa.
Había pensado siempre que Clotilde tenía suerte con el marido, pero era envidiosa, ruda y jamás le reconoció un mérito. Él, en cambio, sí la quiso.
Pero ahora… ahora todo tenía sentido: Don Andrés había encontrado a quien le compensaba todo eso.
Ay, Andrés… ¿Qué has hecho? No tengo sustituto, trabaja un poco más. Pero piénsatelo, aún puedes arreglarlo.
Gracias, directora.
¿Gracias por qué?
Por no darme lecciones de moral. ¿Le servían de algo? Entiendo todo perfectamente.
***
Don Andrés empezó a recoger sus cosas en el trastero, herramientas y ropa para los primeros días. Sacó la vieja bolsa de viaje.
¿Dónde vas? Mañana viene Nico. ¿Le tienes miedo?
¿Miedo yo? Espero a que venga.
Nicolás, avisado por su madre y su hermana, apareció cansado y enfadado. Cuando el padre llegó y entró al trastero, él fue detrás, uniformado, alto, voz de mando.
¡Hola, papá! ¿Tú no me decías que el padre era el ejemplo? Yo te tenía por un santo y ahora, ¿qué? La crisis de la tercera edad… ¿Mejor una fulana que tu mujer? ¡Por ahí no paso! No te vas de aquí, ¿me oyes? Ya hablaré yo con esa individua.
Por dentro, Don Andrés sentía un nudo en el estómago. Nicolás no entendía nada.
***
¡Llevarle a casa, claro! ¡Están locos esos médicos! protestaba Clotilde, bajando las escaleras y hablando con Olvido. La mitad del cuerpo no le responde. ¿Quién va a cargar con él? ¡Ay, hija, es peor así! ¡Ojalá esto ya se acabara!
Olvido evitaba escuchar esas palabras tan duras sobre su padre. Llevaban casi un mes con él en el hospital provincial. Le operaron, casi muere, pero sobrevivió. La parte derecha no le respondía, la cara caída, no hablaba; no se podía ni girar solo.
Nicolás se fue enseguidael trabajo; Olvido, con exámenes y final de curso, no podía faltar. La madre no era capaz de ir todos los días.
Contrataron a una cuidadora auxiliar, pero enseguida avisó a Olvido que ya no hacía falta pagarle: a diario iba otra mujer a ver al paciente, una supuesta hermanaSofía.
Olvido la vio una vez, escondida. Supo que podía confiar, porque alguien estaba pendiente de su padre.
Ahora, Olvido no se entendía ni a sí misma. Arrepentida de haber llamado a Nicolás, molesta con la madre. En los ojos de su padre veía sólo dolor y culpa. No sabía vivir así, sentir su debilidad.
Y su madre no ayudaba: delante de él lamentaba su destino, protestaba.
¡Todo por tu estúpido romance! Ahora la esposa es la que carga con esto, y ella se va de rositas. Qué injusta es la vida…
Clotilde no sabía que Sofía cuidaba de él. Olvido callaba.
Un día Olvido fue a ver a su padre después de un seminario. Nadie le avisó que tenía visita. Empujó la puerta y vio, en silencio, a Sofía junto a la cama, doblando y estirando la pierna del padre, ayudándole a hacer ejercicio. Y vio la mirada de su padre fija en Sofía, llena de vida. Si había amor en los ojos de alguien, estaba allí.
Olvido tosió, entraron en sí. Sofía apenas se intimidó, le tapó la pierna y le arropó.
Buenos días, Olvido. Perdone, estábamos…
Buenos días. No sé su apellido.
Simplemente, Sofía respondió, sacando cosas de la bolsa. Me marcho.
Espere, le sale mejor que a mí. La médica dijo, pero yo tengo miedo. ¿Me ayuda?
Claro. No soy experta, pero cuidé muchos años de mi madre. ¿Verdad, Andrés? y el padre asintió.
Después, al salir al pasillo, Olvido le pidió:
No se vaya, Sofía. Ya sé que está aquí. Me avisaron, también la he visto.
Lo imaginaba.
¿Cree que me aprovecho de usted? ¿Que, cuando estaba bien, le echaba, y ahora…?
No diga eso. Vine por mi cuenta. Me da vergüenza respecto a usted y su madre, pero no puedo marcharme. Aquí me hice pasar por su hermana.
¿Y su trabajo?
Me arreglo con mi compañera de Correos. Un día ella, un día yo. Mi familia cuida de la casa.
¿No va a casa entonces?
No, vivo en casa de una anciana cerca del hospital. Ella ayuda mucho; prepara caldos y hierbas para él.
Le explicó todo sobre esas infusiones y en los ojos de Sofía no había rastro de esa desesperanza de la madre.
¿Cree que volverá a andar?
Claro que sí. Es fuerte y mejora cada día.
Su tranquilidad llenó a Olvido de esperanza; salió al pasillo entre las acacias en flor y sonrió. Existía el amor. Sabía al fin que quería encontrarse con eso. Y ahora sentía que por fin estaba lista.
En casa preparaban la llegada.
¿Y dónde le ponemos? se angustiaba Clotilde.
Al salón, mamá, con la tele…
¿Al salón? ¿Y si vienen visitas y ven orinales y medicinas? Nada, nada.
¿Quién va a venir? Ya saben que está enfermo. Mejor que tenga compañía.
¡En la habitación! Que nadie le vea… No va a levantarse más en la vida. Que se quede ahí.
Pues ponle en el trastero saltó Olvido. Si para eso vale.
Esas frases la agobiaban. Un día, incapaz de más, confesó:
¿Y si resulta que Sofía se lo lleva una vez que le den el alta?
¡Claro, lo que me faltaba! Ahora que no puede valerse, ¿a quién le sirve? Solo a mujer e hijos…
Pero ha estado todos los días en el hospital.
¿Dónde? la madre casi se desmayó.
En la casa de una anciana. Lo visitaba cada día, cuidándolo.
¿La cuidadora no era Tania?
Tania me contó que esa mujer se hacía pasar por hermana.
Clotilde calló y, de pronto, con los brazos en jarras:
¡Ah, será para quedarse la pensión! Menuda pájara…
***
Llegó el día del alta. Irían Olvido y su primo Eugenio. Llevaron al padre en ambulancia. La madre le esperaba en casa. Sabían que Sofía se había despedido ya, volviendo a su pueblo.
La cuidadora Tania paró a Olvido en el pasillo:
La supuesta hermana ha llorado mucho, como si fuera una despedida. ¿No será algo más?
Olvido se quedó pensativa.
Tardaron aún en salir. En la habitación Olvido acercó una silla:
Papá, déjame preguntarte. De frente. Ahora no te puedes valer solo: ¿quieres venir a casa o ir a donde Sofía?
Y en los ojos de su padre rodó una lágrima por la mejilla paralizada.
No llores, papá. Ya verás cómo todo mejora. Puedes pensarlo con calma.
Con esfuerzo, el padre susurró:
Con Sofía…
Montaron a Andrés en la ambulancia.
A Mijares, por favor le dijo Olvido al conductor.
Eugenio sorprendida, el padre agradecido.
No llegó a tocar la puerta cuando Sofía la abrió, con los ojos llenos de emoción y cansancio, pero de una energía nueva.
Sofía… Si piensa que le encasquetamos un inválido…
Sofía ya no oía nada. Se puso en movimiento.
Ayúdame, Olvido…
En poco tiempo prepararon el colchón en el salón, retiraron sábanas, todo fresco.
¿Y tú de qué duermes?
Ya me las arreglo sonrió Sofía, saliendo a recibir la ambulancia.
Y Olvido vio la comunicación muda y feliz de ambos. No se quedó mucho: besó a su padre, prometió volver.
Perdóname, mamá abrazó a Clotilde.
¿Qué has hecho? ¿Dónde está?
Se lo hemos llevado a Sofía. Es mejor para todos.
Clotilde protestó y se lamentó unos días, pero pronto asumió. Ahora decía que, mira, para lo que quería con ese hombre…
Olvido, por no molestar, apenas contaba que iba a ver a su padre con Sofía a menudo. Ni contaba que, pronto, Andrés se sentaba, luego caminaba con bastón; que el rostro volvía a parecerse al de antes; que al final del verano andaba por el patio haciendo alguna chapuza.
Y cuando el perro Valentín volvió a buscar a su amo, Olvido no lo echó. Se quedó con Don Andrés, correteando a sus pies.
Andrés y Sofía se sentaban juntos cada tarde en la vieja banca negra.
Ay, Sofía, esta banca está ya para el desguace. No he podido hacerte una nueva…
Vendrá otro verano, cogerás fuerza, y la haremos juntos. Yo, contigo, me conformo así.
Le apoyaba la cabeza en el pecho, él le acariciaba el pelo despacio.
Había tanto por arreglar, tantas tareas… El patio cercado, las malvas, el tilo y la banca negra eran ahora su hogar. Y Sofía tenía razón: tenían todo el tiempo por delante.
Eran felices, simplemente.







