Nos llevamos a mi cuñada y a su hijo de vacaciones con nosotros. Me arrepentí mil veces. Y lo más ofensivo de todo es que no fue el niño quien causó problemas, sino la propia cuñada.

Hace ya muchos años, mi marido y yo solíamos pasar nuestras vacaciones de verano en la costa del mar Cantábrico. Desde hacía varias temporadas, disfrutábamos de la compañía de un buen grupo de amigos, yendo cada uno en nuestros coches. Éramos un grupo muy aficionado a la vida salvaje. Escogíamos un tramo apartado de playa donde plantábamos nuestras tiendas de campaña. Durante el día, nos bañábamos en el mar, tomábamos el sol y resolvíamos juntos las pequeñas tareas cotidianas. Cuando caía la noche, nos reuníamos alrededor de la hoguera, tocábamos melodías con la guitarra y compartíamos una copa de vino tinto seco bajo las estrellas.

Aquel verano se nos unió mi cuñada Inés, que vino acompañada de su hijo pequeño, un chiquillo de apenas dos años y medio. Los dos acabaron metidos en la misma tienda que compartíamos mi marido y yo con mi suegra; así estaban las cosas, para bien o para mal.

Lo cierto es que, aunque ahora lo veo con distancia, fue un error haber aceptado aquello. Si miro atrás, diré que el verdadero problema no fue el niño, sino Inés. Los contratiempos comenzaron desde la carretera. Inés nos obligaba a parar cada hora porque, según decía, se sentía cansada y necesitaba estirarse. Por su culpa, llegamos a la playa cuando nuestros amigos ya habían montado el campamento y, de hecho, ya les había dado tiempo incluso a darse un chapuzón. Bueno, conseguimos llegar. Pero ahí empezó una nueva escena. Inés montó un auténtico drama exclamando: ¡Yo aquí no pienso quedarme ni loca!

¿Por qué? Te avisamos de que íbamos a lo salvaje le respondimos.
Creía que a lo salvaje significaba buscar un sitio por nuestra cuenta, pero nunca pensé que no habría una habitación de pensión reservada replicó ella.
¿Entonces para qué crees que hemos traído sacos de dormir y tiendas? gruñó mi marido.
Pensaba que era por ambientación, no que realmente íbamos a acampar musitó ella.

Finalmente, no nos quedó otra que buscarle una habitación en una pensión. Después, mi hermano tuvo que hacer de chófer: ir a buscar a Inés, traerla al campamento y llevarla de vuelta a la pensión cada noche. Pero no terminaba ahí: la llevaba a cafeterías, al mercado, y hasta tenía que quedarse con el niño mientras Inés descansaba de sus fatigas.

Por cierto, todos cuidábamos del pequeño. El muchacho era encantador, alegre, obediente, corría, se chapoteaba en el mar, comía sin protestar y dormía la siesta tranquilo en la tienda, a diferencia de su madre. El año siguiente teníamos muy claro que Inés no volvería con nosotros, pero no descartábamos invitar a nuestro sobrino si sus padres nos lo pedían. Al fin y al cabo, era un niño especial.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fourteen + eleven =

Nos llevamos a mi cuñada y a su hijo de vacaciones con nosotros. Me arrepentí mil veces. Y lo más ofensivo de todo es que no fue el niño quien causó problemas, sino la propia cuñada.
¿Tienes pensado decir algo? – dijo ella, de pie en mi cocina