Valentina se dirigía al trabajo cuando de repente se dio cuenta de que se había dejado el móvil en casa. Decidió volver, entró en el ascensor y entonces…

Diario de Juan, Madrid

Esta mañana, cuando iba de camino al trabajo en Madrid, de repente me di cuenta de que había dejado mi móvil en casa. Maldito despiste. Decidí volver y, al entrar en el portal, cogí el ascensor para subir al piso octavo, pero el ascensor se quedó atascado. Son cosas que pasan, pero estar allí encerrado, esperando a que vinieran a abrirme, fue una experiencia angustiosa. De repente, escuché la voz de mi mujer, Lucía, hablando suavemente con un hombre en el pasillo.

Cariño, le dijo ese hombre, con una voz dulzona que me sonaba demasiado familiar. No veo la hora de que volvamos a vernos.

Esta noche será, respondió Lucía, bajito y casi riendo. Te espero después de las diez.

¿Hoy tu marido tiene turno de noche otra vez? preguntó el hombre.

Toda la semana está de turno nocturno, contestó Lucía, en ese tono suyo tan dulce. Sale a las nueve y media y vuelve sobre la misma hora. Por cierto, vuelve pronto, así que hay que darnos prisa.

Y este ascensor, ¿por qué tarda tanto? se impacientó el hombre.

Estuvieron allí charlando durante unos cuatro minutos, justo en la puerta del ascensor atascado. Al principio, no entendieron por qué el ascensor no se movía, luego se dieron cuenta y bajaron las escaleras. En la conversación, además de palabras cariñosas, el hombre le agradeció los momentos felices que compartían y la alegría de cada encuentro.

Yo, encerrado dentro del ascensor, no podía creer lo que oía. Al principio, pensé que quizá había confundido las voces, pero cuando Lucía le llamó por su nombre, Alberto, y además mencionaron mi propio nombre, supe sin duda que mi mujer me estaba engañando con el vecino del piso cuarenta. ¡Pardiez! Nunca pensé que me tocaría ser protagonista de una de esas historias.

Recuerdo que pensé: “Vaya, mira qué bien organizada tiene la vida. Vive aquí, en el octavo, qué cómodo lo tiene Alberto. Ahora entiendo esas salidas nocturnas a tomar el aire antes de dormir pero ya sé a qué aire se refiere.” En ese momento juré para mis adentros que les iba a dar una lección que no olvidarían jamás.

Cuando al fin vinieron los técnicos y lograron abrir el ascensor, yo ya tenía claro lo que iba a hacer.

Pasaron las horas y la escena fue digna de una película. Eran cerca de las diez cuando, como de costumbre, le dije a Lucía que iba a dar una vuelta para despejarme antes de dormir.

Luci, salgo un rato, una horita nada más.

¡Pero si está lloviendo a cántaros!, exclamó ella.

¿Lluvia? No es para tanto, me llevo el paraguas. Andar me viene bien para el corazón.

Piénsatelo, hoy no es tu día insistió. Mejor sal al balcón a tomar el aire, aquí seco.

No, el balcón no me vale. Necesito caminar, ya sabes. Vuelvo en una hora y poco.

No le di más vueltas y salí. Pero esa noche ocurrió algo inesperado. Resulta que alguien, probablemente avisado por un alma caritativa, llamó al marido de Lucía para decirle que su esposa le engañaba… ¡con el vecino! Tuve que regresar a casa en menos de media hora.

Al llegar, encontré la puerta cerrada con la cadena echada. Toqué y Lucía, sin abrir de todo, preguntó:

¿Dónde está el paraguas? ¿Y la chaqueta, los zapatos? ¿Por qué vienes así?

¡Me han atracado en la calle! le dije, haciendo un papelón. Me han quitado todo, incluso los zapatos. Anda, déjame entrar, que tengo frío.

Tus cosas las he dejado junto al cubo de basura. Saluda de mi parte a Alberto.

¿A quién?

A Alberto, del octavo.

Cerró la puerta y se fue a ver la tele. Yo pensaba, “menos mal que los niños ya son mayores y están cada uno en su piso, no han visto esta vergüenza”.

Fui al cubo de la basura, allí estaba mi maleta, disimuladamente recogí mis cosas y salí del portal mirando a todos lados. Decidí coger un taxi e irme a casa de mi madre. Pero entonces me di cuenta de que el móvil se me había quedado en el piso de Lucía. Volví a intentar entrar y… para colmo, me quedé otra vez atascado en el ascensor. Esta vez el corte eléctrico había sido general en el edificio.

Al rato, cuando al fin volvió la luz, salí del ascensor, pero Lucía ya se había ido a trabajar. Y claro, yo, sin llave. Bajando a pie por si acaso, en el octavo, me topé con Alberto. Llevaba también una maleta y esperaba el ascensor.

¿Tienes mi móvil? le pregunté.

Sí me respondió, nervioso. Y tu ropa también está aquí.

Bueno me limité a decir.

Llegó el ascensor, bajamos juntos y fuera cada uno para su lado, cada uno a su propio destino.

Hoy he aprendido que no importa cuánto creas conocer a las personas, siempre pueden ocultarte una vida entera en un solo edificio en Madrid. Y que a veces, el karma queda encerrado contigo… en el ascensor.

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