Ella llega a casa después del trabajo, tan cansada como tú.
Pero para ti, la jornada termina y para ella apenas comienza.
Porque el desorden no se ordena solo.
La ropa no se lava por arte de magia.
La cena no aparece en la mesa de milagro.
Y el niño no se duerme por sí solo, no se consuela solo, no crece solo.
¿Y tú?
Tú te sientas, tomas el móvil, enciendes la tele y dices:
Por fin un rato de descanso después de un día duro.
Ella calla.
No se queja.
Aprieta los dientes y sigue haciendo lo que toca.
Porque así le enseñaron: que una mujer debe poder con todo,
que la casa es responsabilidad suya,
y que el hombre ayuda cuando le apetece.
Pero, ¿sabes qué?
Eso es una mentira tremenda.
El hogar no es un hotel.
Y ella no es una criada sin sueldo.
Si ambos trabajan, ambos tienen la responsabilidad del hogar.
Si ambos viven bajo el mismo techo, los dos han de procurar que sea un sitio de paz, y no una fábrica de agotamiento.
Porque una mujer que poco a poco empieza a sentirse cocinera, niñera, criada
llega un momento en que deja de sentirse mujer.
Y créeme ella no pide lo imposible.
No quiere que le hagas reverencias, ni medallas por aguantar tanto.
Quiere algo mucho más sencillo:
que estés.
Que veas.
Que entiendas.
Que ayudes.
Porque no hay mayor soledad que la que se siente estando acompañado.






