La esposa invisible

Diario de Clara, diciembre

¡Carmen! oí esa voz tan reconocible de siempre, justo antes de que mi amiga, empapada hasta los huesos pese a su impermeable rojo, se dejara caer en la silla de enfrente. Perdona el retraso, el tráfico en Madrid es infernal. ¿Has pedido ya?

Solo un café le respondí, forzando una sonrisa. Te estaba esperando.

Carmen se deshizo del abrigo y me lanzó una mirada de arriba a abajo, muy de ella.

Madre mía, Clara, ¿tú te miras al espejo por las mañanas? ¿Qué es eso que llevas puesto? Jersey gris, pantalón gris ¿Estás deprimida o te ha dado por practicar la invisibilidad?

Es cómodo me encogí de hombros. Tengo cincuenta y dos años, Carmen. Ya no estoy para modelitos.

Ajá pidió con un gesto el capuchino y un cruasán. ¿Y dónde está tu Marcos? ¿Otra vez de pesca?

Asentí.

Salió el viernes por la tarde. Vuelve el domingo a comer. Como siempre.

Como siempre me imitó Carmen, lanzándome una mirada burlona. Y tú como siempre, en casa. Te veo: tele, calcetines remendados Dime, ¿hace cuánto que no salís juntos? ¿Al teatro, a cenar, yo qué sé, al cine? A ver, haz memoria, ponle ganas.

Sentí arder las mejillas.

En en julio fuimos juntos a la casa de campo.

¡La casa de campo! soltó una carcajada. Donde tú quitabas malas hierbas y él arreglaba la verja. Vaya emoción Mira, Clara, la vida se nos va. No somos niñas, ya, eso está claro. Pero tampoco viejas. Y tú te estás apagando.

No digas tonterías bebí mi café, más amargo de lo normal. Somos una familia normal. Veintiocho años juntos. ¿Eso no es suficiente?

Veintiocho años de rutina, será dijo Carmen cortante. ¿Sabes qué veo yo? Te has vuelto transparente. Para él eres como el microondas o la butaca. Está, funciona, punto. ¿Cuándo fue la última vez que te dijo algo bonito? ¿O que simplemente se interesó por ti?

Intenté contestar, pero las palabras no llegaban. La verdad es que nuestras noches transcurrían en silencio; Marcos con el móvil leyendo de cebos y cañas, yo viendo alguna serie, tejiendo. A veces preguntaba qué iba a haber de cena; a veces yo le recordaba que había que pagar el IBI. Nada más.

Te he tocado la fibra, ¿verdad? Carmen se inclinó, con esa chispa mordaz en los ojos. Mira, he conocido a alguien. Es fotógrafo. Se llama Julio. Un hombre fascinante, sabe escuchar y hablar. Este sábado inaugura exposición en una galería de la calle Alcalá, ¿vienes? Te haría bien.

Ay, no sé, Carmen

¡Nada de no sé! me cortó. Necesitas salir del caparazón. Ver gente nueva, dejarte ver. Déjame que te ayude a elegir algo bonito, ya verás lo bien que te sientes cuando alguien se fije en ti, cuando te hablen de otra cosa que no sean goteras.

Suspiré. Discutir con Carmen es inútil y, sinceramente, la idea de salir no parecía ya tan mala. En casa todo era demasiado silencioso.

***

El sábado por la tarde me observé en el espejo y apenas me reconocí. Carmen me había traído un vestido burdeos, sencillo, ajustado a la cintura, elegante sin estridencias. Me maquillé, recogí el pelo con mimo.

Madre mía susurré, viendo el reflejo. Pensaba que…

¿Que ya eras una abuelilla? sonrió Carmen. Que va, mujer, sigues estando estupenda. Solo se te había olvidado.

La galería era un espacio pequeño, cálido, con techos altos y paredes blancas. Colgaban fotografías en blanco y negro: patios antiguos, caras desconocidas, una estación abandonada. Unas treinta personas, copas de vino en mano, conversaban quedo.

Carmen me llevó enseguida hasta un hombre alto, de pelo canoso sobre fondo oscuro, jersey negro y vaqueros.

Julio, te presento a mi mejor amiga, Clara. Clara, este es Julio, el autor.

Se volvió, me miró con serenidad; ojos grises, sonrisa cálida, arruguitas en el borde de sus ojos. Me tendió la mano.

Encantado. Espero que te guste.

Yo la verdad, no entiendo mucho de fotografía admití al dársela. Su mano, seca, cálida.

No hace falta. Hay que sentir sonrió. Ven, te enseño mi favorita.

Me llevó a una esquina. Era una fotografía de una anciana junto a la ventana. La luz le marcaba los surcos en el rostro, los ojos hondo, tristes, lejos.

¿Ves? dijo suave. Es mi vecina. Ochenta y tres años. La fotografié hace año y medio. Me contó historias de la guerra, de su marido muerto joven, de criar a sus hijos sola. Lo sorprendente era que en su mirada no había autocompasión. Únicamente dignidad y una tristeza serena.

Miraba yo la foto, con el corazón encogido.

Es preciosa murmuré.

Sí. Hay muchas clases de belleza. No solo la juventud. También es belleza sobrevivir, mantenerte fiel a ti misma después de tanto. Me miró con interés. Tú también tienes esa tristeza en la mirada. Curiosa como si callaras mucho.

Me descolocó. Nadie me miraba así desde hacía años. Marcos me miraba, pero no me veía. Él, sin embargo, sí.

Estoy supongo que cansadabalbuceé.

¿De qué? preguntó Julio, simplemente, como si nos conociéramos de toda la vida.

Fui a bromear, pero algo en mí empezó a hablar solo.

De la rutina. De que cada día se parezca al anterior: levantarse, el desayuno, tareas de la casa. Mi marido fuera, los hijos ya ni están. Solo yo, en ese piso, preguntándome dónde quedé yo misma. ¿Dónde quedó esa chica que soñaba con viajes, con algo más grande?

Me callé, sorprendida de mi propia sinceridad.

Perdona no sé qué me pasa.

No te disculpes me tocó el codo, ligero, reconfortante. Eso se llama honestidad. Cada vez más rara. Tengo una idea. Tengo un pequeño club, nos reunimos una vez a la semana; se habla de fotografía, de libros, hasta salimos a dibujar al aire libre. Vente el miércoles. Te va a gustar.

Quería decir que no, que no podía pero mi voz se adelantó.

Vale. Iré.

***

Como cada domingo, Marcos volvió oliendo a río y a leña. Le recibí en la puerta.

¿Qué tal la pesca? le pregunté.

Saqué unas carpas se metió en la cocina, soltó la mochila. Nada mal. ¿Y tú aquí? ¿Todo bien?

Sí, fui a una exposición con Carmen.

Ajá… abrió la nevera, sacó chorizo. Bien. Te viene bien salir, que últimamente te veo todo el día en casa.

Lo dijo sin mirarme, absorto en sí mismo. Noté una punzada de enfado.

Marcos, ¿por qué no salimos juntos? Solos. Al restaurante, al teatro

Me miró sorprendido.

¿Para qué? Si esas cosas están carísimas Y además, estoy molido. Mejor lo dejamos para otro día, ¿vale?

Otro día. Siempre otro día. Asentí y salí de la cocina. Desde el móvil escribí a Carmen: Dame la dirección de ese club. Iré el miércoles.

***

El club se reunía en el sótano rehabilitado de un edificio antiguo: mullidos sofás, estanterías, cámaras repartidas por las mesas. Unas quince personas, casi todos de mi edad o mayores. Julio me recibió calurosamente.

Me alegro de que hayas venido. Siéntate, donde quieras.

La velada pasó volando. Hablamos de la obra de un fotógrafo francés, después leímos a Lorca, luego solo charlamos. Yo callaba, pero me sentí extrañamente bien. Nadie preguntó por la colada, nadie me miraba como parte del mobiliario.

Julio me acompañó luego a la parada.

¿Te ha gustado?

Mucho admití. Ni me lo imaginaba. Parece otro mundo.

Lo es dijo sonriendo. Clara, lo que yo veo en ti es a alguien que hace demasiado que no vive para sí misma. Siempre para los demás: marido, hijos, casa ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo porque lo deseabas?

No supe responder.

Esa es la trampa de la madurez continuó. Nos vaciamos sin darnos cuenta. Pero nunca es tarde para recordar quién eres realmente.

Sus palabras me aliviaban.

Escucha me interrumpió. ¿Y si este sábado nos vamos al campo? Conozco una finca antigua con luz maravillosa; quiero hacer fotos. ¿Te apuntas? Solo naturaleza y buena conversación.

Me quedé quieta. Marcos otra vez de pesca. Yo, sola en casa. Como siempre.

No sé murmuré. Es que

¿Que es incorrecto? Julio esbozó una sonrisa triste. Te propongo una excursión. Derecho a sentir, ¿no?

Eso susurré.

Perfecto. A las diez en Cuatro Caminos. Abrígate bien, que hace viento.

Me despidió con un saludo y se marchó. Yo, en la acera, sentía el corazón como si tuviera veinte años.

***

El viernes por la noche, Marcos preparaba su mochila de pesca.

Hasta el domingo, que voy a Soria con Juan dijo, cerrando la cremallera. Llevo el móvil, si pasa algo, avísame.

Vale le observaba revisar las cañas. Marcos, ¿y si voy yo contigo?

Levantó la mirada, asombrado.

¿Para qué? Si siempre te aburres. El año pasado renegaste todo el tiempo.

Solo me gustaría estar juntos susurré.

Clara, si estamos todo el día juntos se encogió de hombros. Descansa tú en casa, mírate tus cosas.

Me besó en la mejilla y se fue. Me quedé en el pasillo, mirando la puerta cerrada.

Estamos juntos todo el rato pensé. ¿De verdad?

A la mañana siguiente me levanté temprano, elegí ropa. Vaqueros, suéter grueso, chaqueta. Al mirarme, vi mis ojos brillantes y sentí los pómulos encendidos. Esa mañana era otra Clara.

Solo voy al campo con un nuevo amigo. No es un crimen. Es solo una excursión, me dije.

Julio llegó con dos cafés.

Buenos días me sonrió. ¿Lista para la aventura?

Fuimos en su coche antiguo, hablábamos, escuchábamos a Sabina. Julio contaba historias de viajes y anécdotas. Yo reía. Me sentí ligera como hacía años.

La finca era espectacular, aunque medio derruida, con columnas y jardines llenos de hojas. Julio hacía fotos, yo recogía hojas doradas.

Colócate ahí me pidió. Apoya en la columna, mira lejos.

Me mostró la imagen. Una mujer desconocida, seria, soñadora, pelo al viento. ¿De verdad era yo?

Anduvimos hasta caer la tarde. Acabamos en una cafetería del pueblo, bebiendo té y hablando ya de todo.

¿Llevas mucho casada? me preguntó.

Veintiocho años respondí.

¿Y eres feliz?

Guardé silencio. ¿Qué es ser feliz? ¿Costumbre, seguridad?

No sé confesé bajito. Antes creía que sí. Ahora no sé lo que siento. Es como si estuviera dormida. Todo correcto, pero vacío.

Falta pasión dijo. El sentirte viva, no solo cumpliendo funciones ajenas sino tus propios deseos.

Puso su mano sobre la mía.

Clara, eres una mujer fantástica. Y tienes derecho a ser feliz. A TU felicidad.

Mantuve la mano bajo la suya. Debería haberme apartado, pero no podía

***

Las semanas siguientes fueron un torbellino. Veía a Julio cada vez más: en el club, en exposiciones, paseos. Me ofrecía conversación, atención, palabras bonitas.

Con Marcos, todo igual. Trabajaba, veía el telediario, pescaba. Hablábamos lo mínimo.

¿Has comprado yogures? preguntaba.

Sí, en la nevera.

Vale. ¿Mis calcetines limpios?

En el cajón.

Nada más. Julio sí preguntaba. Me abría. Volvía a sentirme luz.

Carmen lo notaba todo.

Clara, estás enamorada me dijo, entre bromas.

No digas barbaridades me sonrojé.

Anda ya. Tienes luz en la cara. Eres otra.

Pero sigo casada murmuré.

¿Y? ¿Tu Marcos se entera siquiera de que existes? Vive para sí. ¿Por qué renunciar tú a vivir? No eres una santa, eres una mujer viva.

Me convenía lo que decía. Me justificaba: Solo vivo un poco.

En noviembre, Julio propuso ir a Salamanca al festival de foto de calle.

Dormimos allí. He reservado dos habitaciones. Va a ser precioso.

Dos habitaciones. Aun así, me aferraba esas palabras como bandera.

A Marcos le dije que me iba con Carmen de compras.

No gastes mucho replicó sin mirarme.

Por la noche, en el hotel, en realidad Julio sí había reservado dos. Pasamos el día entre fotografías, charlas, vino por la noche. Julio hablaba de la importancia de vivir el ahora, de no posponer la felicidad.

Clara, he conocido muchas mujeres, pero tú eres especial. Hay una tristeza en ti que me dan ganas de borrar.

Tomó mi mano.

No quiero presionarte. Pero eres importante para mí.

La cabeza me daba vueltas. Cuando nos despedimos en el pasillo, me besó en la mejilla.

Buenas noches. Si quieres charlar, estoy al lado.

Me metí en la cama. No pude dormir. No puedo. ¿Y cuando fue la última vez que tu marido te dijo algo cariñoso?. Es una traición. Es tu única oportunidad de sentirte viva.

A las dos, crucé el pasillo y toqué la puerta de Julio.

***

La mañana siguiente fue el despertar más extraño. Estaba en una cama ajena, con un hombre que no era mi marido. Avergonzada, pero también dolorosamente viva.

De regreso, Julio fue delicado, amable. Notaba cómo la culpa en mí cedía paso a una felicidad rota.

Estoy viva. Por primera vez en años, estoy viva.

En casa, Marcos preguntó lo justo, sin mirar.

¿Has comprado mucho?

No mucho. No encontré nada.

¿Y la cena?

Todo volvía a lo de siempre. Salvo que yo era otra.

***

Diciembre llegó con frío y nieve. Julio y yo nos veíamos cada semana. Él alquiló un pequeño estudio, pretextando clases de fotografía. A Marcos le dije que iba a informática; nunca preguntó.

Julio era maravilloso, tierno, apasionado. Pero en ocasiones algo en sus palabras me sonaba repetido, impostado. ¿Le diría lo mismo a otras?

Pero ya estaba demasiado lejos para volver atrás.

A mediados de mes, el destino puso las cosas en su sitio.

Fui a la farmacia a comprar unas pastillas para Marcos. Al sacar el monedero, se me cayó la minúscula caja de aquel perfume que me regaló Julio: Sonata de luna. Un aroma dulce, sofisticado. No la recogí.

Esa tarde Marcos llegó extrañamente pronto. Mientras yo preparaba la cena, vi cómo dejaba la caja en la encimera.

¿Esto es tuyo? me preguntó bajo.

Me giré, la vi y el corazón se me fue a los pies.

Sí la encontré en la calle mentí.

¿En la calle? ¿Un perfume de cien euros?

Abrió la caja, olió.

Clara, no soy tonto dijo aún bajo. ¿Crees que no me doy cuenta? Has cambiado, ya no eres tú. ¿Quién es?

Nadie solo un amigo. Nosotros

No mientas apretó la caja en la mano. ¿Has estado con otro?

El silencio fue tremendo. En su cara, algo se rompió.

Sí susurré. Perdóname, no quería

No querías, pero ha pasado dijo, con amargura.

Cogió la mochila y fue hacia la puerta.

Marcos, espera, corrí tras él. Déjame explicarte

¿Qué vas a explicar? se volvió, los ojos llenos de dolor. Que buscabas cariño. Que has estado con otro porque yo estaba ausente. Quizá tengas razón, Clara. He descuidado muchas cosas. Pero nunca te he engañado. Porque te quise. Te quiero aún. Y tú lo has roto todo.

Marcos, por favor, lloraba. No te vayas, podemos arreglarlo

No puedo quedarme. Me voy donde Miguel a pensar.

Lo recogió todo en un cuarto de hora. Me miró antes de irse.

¿Tú no me dejaste antes? Cuando le abriste la puerta a otro.

Salió sin portazo. Un vacío hondo quedó detrás.

***

Días enteros andando de un lado a otro del piso; llamé, no respondía. Mensaje: Perdóname. Vuelve. Nada.

Llamé a Julio.

Julio, Marcos lo sabe, se ha ido. No sé qué hacer…

Vente, hablamos. Te apoyo.

En su estudio, lloré, le conté todo. Julio me acarició los hombros.

Lo que has pasado era inevitable. Vivías en un callejón sin salida. Ahora tienes una oportunidad para empezar una vida nueva.

¿Nueva vida? ¿Cuál?

Ahora eres libre. Puedes viajar, crear. Hacer lo que te dé la gana.

¿Y tú? pregunté con voz débil. ¿Seremos pareja? ¿Tú estarás conmigo?

Julio hizo una pausa, algo incómodo.

Clara, sabes que no puedo darte estabilidad. Soy nómada, vivo el momento. Lo nuestro fueron momentos bellos, pero…

¿Pero qué? sentí el hielo en el cuerpo.

No soy hombre de pareja se sinceró. Creo que tú solo querías probar la libertad.

Miré a Julio. Todo encajó: palabras bonitas, momentos. Solo juego.

¿Solo fui entretenimiento? murmuré.

No, de verdad que no. Te aprecié mucho. Pero no puedo ser pareja de nadie.

Me levanté.

Tenías razón: he sentido la vida. Pero ahora la siento rota.

Me marché. La calle nevada, las lágrimas y el frío, todo se mezclaba.

***

Llegué a casa y llamé a Carmen.

Carmen, necesito verte.

Nos citamos en el café La Paloma, nuestro sitio desde jóvenes. Le conté la historia bebiendo capuchino.

Bueno, ya tienes tu tormenta emocional dijo, imperturbable. Por lo menos, no van a secarte.

No daba crédito. ¿Lo dices en serio? ¡Mi vida se ha derrumbado!

Mujer, tú sabías lo que hacías. Lo demás es cosa tuya. Soy tu amiga, pero tus elecciones son tuyas.

Me empujaste sentía cómo hervía mi ira. Siempre insististe en que Marcos no me valoraba, que debía vivir a mi aire

¿Y acaso no era cierto? Quizá ahora él valore lo que perdió. O no. Es la vida.

Me levanté.

Creí que eras mi mejor amiga, Carmen. Pero solo eras una envidiosa.

Venga ya, no dramatices se encogió de hombros.

Adiós, Carmen.

Salí del café.

***

Pasó una semana. Marcos no regresó. Le llamé, escribí. Me contestó: Necesito tiempo.

La casa se volvió enorme, silente. Por las noches repasaba todo: cómo me perdí con Julio, cómo mentí.

¿Qué he hecho?

Recordaba los pequeños gestos de Marcos: el café en la cama, plantar juntos un manzano, las tonterías cotidianas. Lo que antes me parecía aburrido ahora parecían perlas que daría lo que fuera por recuperar.

En Nochevieja no aguanté más. Fui a casa de Miguel. Me abrió él.

¿Vienes a ver a Marcos?

Sí ¿puedo hablarle?

No quiere verte.

Por favor, cinco minutos

Miguel suspiró. Salió al salón y volvió con Marcos.

Le vi más viejo, más triste.

¿Qué quieres?

Decirte que lo siento mucho, Marcos. Cometí un error terrible. Me cegó una ilusión. Tú eras mi casa, mi realidad. Por favor, dame una oportunidad.

Marcos negó con la cabeza.

No sé, Clara. Me dolió tanto que aún no puedo respirar. Cuando te miro, solo veo tu traición. No sé si podré perdonarte.

Quizá, con el tiempo…

O quizá no. No lo sé. Ni siquiera sé si sé quién eres ya.

Nos quedamos en el pasillo, dos desconocidos tras casi treinta años.

Me voy. Lo siento.

Cerró la puerta.

El frío de la noche parecía no afectarme. Caminé bajo las luces de Madrid, sintiendo el abismo dentro.

***

Recibí el Año Nuevo sola con la televisión, una copa de cava.

Por la nueva vida susurré con amargura. ¿Cuál será?

A los días llamó Carmen.

Clara, ¡deja ya el encierro! He conocido a un profesor de yoga, una maravilla. Te iría bien ahora. ¿Quedamos?

Sostuve el móvil en silencio.

¿Me oyes?

Te oigo.

¿Entonces?

Cerré los ojos. Otra vez ese círculo: cafés, personas interesantes, otra vez empezar ¿De verdad era eso todo?

No, Carmen. No puedo más.

¿Cómo?

No puedo sentí cómo se rompía algo en mí. Lo siento.

Colgué.

***

Unos días después volví al café La Paloma. Sola. Café en mano, miré llover sobre la Plaza Mayor.

Entró Carmen. Le bastó verme y se sentó enfrente.

Mira, Clara. Ese chico, Mario, yoga y meditación, fantástico. Te ayudará ahora. ¿Quieres conocerle?

La miré. Detrás de sus ojos brillantes, vi el mismo vacío que sentía en mí. Solo que ella no se daba cuenta, o no quería.

¿Lo ves? Hay que animarse, levantarse, la vida sigue.

Iba a contestar, pero no salía nada. Recordé lo que había perdido, lo que había cambiado.

¿Me escuchas?

La miré larga y tristemente. Sabía que no podía volver atrás. Sabía el valor de lo que destruí.

Te oigo susurré al fin.

Carmen esperó una respuesta que nunca llegó. En ese silencio estaba la vida, la pérdida, y por fin, el principio de mi verdadero duelo.

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