Me alegra que hayas propuesto llevar las finanzas por separado. Entonces, simplemente me quedo con todo lo mío.

Me parece estupendo que propongas cuentas separadas. Entonces, simplemente, me quedo con todo lo mío.

Cuando mi marido apartó el plato durante la cena con el mismo gesto con el que alguien rechazaría un citatorio judicial en vez de una sabrosa tortilla, supe enseguida que iba a soltar el discurso. Sergio se recolocó la servilleta, carraspeó y, mirando a través de mí como si estuviera vislumbrando un brillante porvenir capitalista pronunció:
Laura, he estado haciendo cuentas. Nuestro presupuesto se tambalea por tu forma tan débil de administrar el dinero. Pasamos a finanzas por separado. A partir de mañana.

El suspense murió antes de nacer, pero la sensación de absurdo en la sala era tan espesa como el aroma a sardinas fritas. Dejé lentamente el tenedor.

Muy bien, Sergio, me parece fenomenal que lo propongas le sonreí con esa mueca que utilizan las serpientes cuando saludan a un voluntario conejo. Así, me quedo con todo lo mío.

Sergio parpadeó, desconcertado. En su cabeza que siempre me recordaba a una mesa de billar donde los pensamientos chocan poco y hacen mucho ruido esa frase no encontraba salida. Él esperaba lágrimas, reproches, tal vez algún grito, pero jamás una aceptación tan pausada.

Así me gusta asintió, condescendiente, ya imaginando todo lo que ahorraría gracias a mi despilfarro. Voy a ahorrar para lograr más estatus. El hombre necesita estatus, Laura. Y tú bueno, espero que puedas comprarte medias.

Mi marido, Sergio Martínez, era cuanto menos particular. Tenía la rara habilidad de verse a sí mismo como un tiburón del negocio cuando en realidad era comercial de una empresa de ventanas de PVC. Su famoso “estatus” solía traducirse en comprar gadgets que luego no sabía utilizar, y en ver frases de motivación por Internet.

De acuerdo asentí. ¿Vas a terminar la tortilla o ya no entra en tu presupuesto?

Se la comió. Gratis. Por última vez.

La primera semana de la nueva política económica pasó bajo el signo del orgullo. Sergio caminaba por la casa sacando pecho, ignorando deliberadamente cuánto costaba el detergente de la ropa. Se compró una agenda de lujo de polipiel, claro y empezó a apuntar cada gasto.

El miércoles llegó a casa con una bolsa en la que sonaban tristemente dos latas de cerveza barata y una bandeja de croquetas industriales. Yo, mientras tanto, estaba deshaciendo la compra del supermercado bueno: trucha, aguacates, quesos, verduras frescas, y una botella de un buen albariño.

Sergio se quedó en la puerta de la cocina, levantando el marco como un guerrero vencido.
Qué nivel el tuyo ironizó, señalando la trucha. ¿Ves? Por eso no ahorrábamos. Derroche.
No nosotras, Sergio, sino yo le corregí, partiendo el limón. Ahora ahorras para tu estatus, ¿recuerdas? Por cierto, ¿has cogido ya tu balda de la nevera? La de abajo, en el cajón de verduras. Justo la temperatura ideal para tus activos.

Bufó, sacó sus croquetas y empezó a calentarlas en mi sartén.
El gas dije sin girarme.
¿Qué?
El gas, el agua, el desgaste de la sartén y el jabón. ¿No vamos a dividirlo todo?
Laura, no seas tan tacaña hizo un gesto despreciativo, igual que un señorito espanta moscas. Eso no te pega.
No es tacañería, Sergio. Son relaciones de mercado.

Intentó sonreír, pero una croqueta caliente le quemó el paladar y la mueca pareció la de un bulldog con limón.
Lo que pasa es que te molesta no tener acceso a mi tarjeta resumió, despegando la bechamel de los dientes. Las mujeres no soportáis perder el control.

El sábado nos visitó Ana María mi suegra, una mujer singular. Me adoraba casi tanto como despreciaba la necedad de su hijo. En su día había sido jefa de contabilidad en una fábrica importante y tenía más respeto por los números que por las personas.

Tomábamos café y pasteles. Sergio, frente a nosotras, mordisqueaba un rosco seco (suyo, comprado en oferta) y tenía pinta de mártir del sistema.

Mamá, ¿sabes que Laura ahora hasta esconde el papel higiénico? protestó, esperando complicidad materna. Tenemos lija en el baño y ella, en su armario, papel triple capa con aroma a melocotón. ¡Esto es segregación!

Ana María dejó la taza en el platillo con cuidado.
Sergito le dijo dulce. Cuando declaraste tu segregación, ¿en qué estabas pensando? ¿En el sitio para el que está destinado el papel?
Mamá, optimizo el presupuesto. ¡Quiero comprarme coche!
¿Un coche? levantó tanto una ceja que desapareció bajo el flequillo. ¿Con las monedas que escondes de tu mujer? ¿Vas a recortar en papel higiénico para comprarte un cacharro de segunda mano y ser el rey del carril bus?
¡Es una inversión!
Inversión es Laura, que aún te soporta en su casa zanjó la suegra. Por cierto, Laura, el pastel está de muerte.

Sergio intentó coger un trozo. Mi mano, con el cuchillo de untar, le detuvo suavemente.
Cinco euros, Sergio. O sigue con el rosco.
¿En serio? ¿A tu marido y delante de mi madre?
El mercado es duro, cielo. Y el alquiler del cuchillo, cincuenta céntimos más.

Se encogió, se puso rojo, cogió el rosco y salió disparado de la cocina.
Menudo histérico dictaminó Ana María. Es igual que su padre: ahorrando capital hasta que le mandé con la maleta de calzoncillos a casa de mamá. Aguanta, hija. Enseguida entra en fase soy víctima y me castigo a mí mismo.

Dos semanas después, el experimento alcanzó su clímax. Sergio había adelgazado, tenía mala cara, pero el orgullo no le permitía rendirse. Llevaba camisas arrugadas (el detergente y el suavizante eran míos; él repudiaba el jabón casero) y olía a desodorante barato. Me miraba como un galgo apaleado que se cree lobo.

El final llegó un viernes. Yo volví agotada del trabajo, aunque feliz me habían dado una paga extra. En la mesa, una sorpresa: ramo mustio de claveles y una botella de champán español.

Sergio me esperaba con cara de duro brillando bajo la lámpara.
Laura, siéntate. Tenemos que hablar. He decidido que podemos suavizar condiciones. Estoy dispuesto a aportar pausa dramática cincuenta euros para la comida este mes.

Le miré. A los claveles que parecían un herbario del franquismo. A la burbujeante botella que ya me provocaba acidez solo de pensarla.

¿Cincuenta euros? repetí. Qué generoso, Sergio. Pero hay un matiz saqué de mi bolso una carpeta, con un Excel impreso dentro.

¿Eso qué es? dudó.
La cuenta, querido. Mira: alquiler de habitación en el centro de Madrid (teniendo en cuenta que usas salón y cocina): 250 euros. Suministros (te duchas cuarenta minutos): 50 euros. Limpieza (yo limpio la casa, tú no): 30 euros. Total, 330 euros al mes. Por estas dos semanas, 165. Y aún falta amortización de electrodomésticos.

Empalideció.
¿Vas a cobrarme por vivir en la casa de mi propia esposa?
En casa de la mujer con la que tienes cuentas separadas, para ser exactos le corregí suavemente. Dijiste lo mío, para mí. La casa es mía. Tú eres inquilino. Y, como no hay contrato, puedo echarte en 24 horas.

¡Eso es ser interesada! ¡Eso es ruin! ¡Soy un hombre! de un salto tiró la silla.
Un hombre que quería ahorrar con su esposa, olvidando que vivía a costa de ella le respondí bajito, cada palabra como un mazazo. Querías ser socio, pórtate como tal. Paga. O busca dónde el estatus salga más barato.

Se quedó sin aire. Balbuceaba, abría y cerraba la boca, agitaba las manos.
¡Te vas a arrepentir! logró mascullar. ¡Me voy! ¡Ya encontraré a alguien que me valore y no me cobre los metros cuadrados!
Suerte, Sergio. Y no olvides el paquete de croquetas del congelador. Es tu activo, yo no quiero nada ajeno.

Revoloteaba por la casa tirando la ropa en una bolsa. Gritaba que yo era una interesada ruin, que había matado el amor, que se iba a la noche, helado

Llama a tu madre, que te prepare el sofá le recomendé mientras me llenaba una copa del buen albariño. Y pide taxi, versión básica. Cuida tu estatus.

Aporreó la puerta con tantas ganas que pensé que quería despertar mi conciencia. Solo despertó a la vecina de abajo.

El silencio en el piso era dulce como la miel. Me senté en el sillón, contemplé Madrid de noche y sentí una ligereza extraordinaria. El móvil sonó. Mensaje de Ana María: “Ha llegado. Cabreado, muerto de hambre, exige justicia. Le dije que la justicia es cara y él no tiene un euro. Le pasé factura por cena y sofá. Que empiece a entender el mercado. ¿Y tú, cómo vas?”

Sonreí y contesté: “Todo va bien, mamá. Estoy pensando en comprarme unas cortinas nuevas. Con lo ahorrado.”

Nunca hace falta explicar a alguien por qué está siendo necio. Es mucho más efectivo y pedagógico dejar que pague su estupidez a tarifa completa. Si un hombre te pide independencia, asegúrate de que sobreviva cuando por fin se la des.

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