No odio recordarte
Y sin embargo nada realmente ha cambiado.
Clara jugueteaba nerviosa con el borde de la manga, mirando por la ventanilla del taxi. Fuera, la ciudad de Salamanca pasaba al ritmo tranquilo de siempre, con sus estrechas calles empedradas y cafeterías donde el olor a café y bollos recién hechos se mezclaba con la brisa primaveral. Habían pasado siete años desde la última vez que yo pisé mi ciudad natal.
Ya hemos llegadodijo el taxista, devolviéndome a la realidad.
El coche se detuvo suavemente frente al portal de nuestro viejo bloque, uno de esos edificios de ladrillo rojizo al que siempre volvía el eco de mi niñez. Busqué el móvil en el bolso, saqué un par de billetes de veinte euros para pagarle, y salí. Me quedé un segundo quieto en la acera, inspirando hondo. Ese aire tenía algo inconfundibleun perfume de pan reciente de la tahona de la esquina, césped recién cortado del parque y ese leve olor a humedad tan propio de los patios interiores de Salamanca. Era el mismo de siempre, pero ahora sentía una punzada contradictoria de nostalgia y un leve miedo: a lo que podía encontrarme y, sobre todo, a lo que ya no estaría.
No había inventado ningún pretexto para el viaje. Técnicamente, venía a ayudar a mi madre a resolver unos trámites burocráticos atrasados, pero en realidad buscaba también encontrarme con lo que había dejado atrás. Recorrer de nuevo mis calles, entrar en los bares de mi juventud, comprobar si seguían igual que en el recuerdo. Pero, sobre todo, en el fondo de mi corazón, anhelaba cruzarme con Diego. Ningún mensaje, ninguna pista, pero los amigos en común soltaban nombres e historias al conversar por WhatsAppque si había cambiado de empresa, que si cuidaba de su madre, que si había comprado un piso en el barrio de San Vicente. Y yo me preguntaba, muda, cómo sería su vida ahora. Pero temía dejarme llevar por esas fantasías.
*****
Al día siguiente salí temprano, decidida a perderme por el centro. Paseé por la Gran Vía, donde mi reflejo se fundía con el de los escaparates de esos comercios de toda la vidala librería Santos, el quiosco que me surtía de tebeos. Todo era reconocible: el banco donde mis amigas y yo nos sentábamos a charlar después de clase, la cafetería donde probé mi primer cortado y casi lo derramé sobre la camisa recién estrenada.
Y entonces le vi.
El mismo Diego, a pocos metros en la acera opuesta. Avanzaba ensimismado, las manos en los bolsillos, y ese andar tranquilo, despreocupado, que le era tan característico. Me quedé paralizada. El corazón me retumbaba, ahogando cualquier otro sonido. Sin pensarlo, crucé la calle casi entre coches y frenéticos cláxones.
¡Diego!llamé, cuando llegué a su altura.
El nombre me salió entrecortado, traicionando lo que me temblaba por dentro. Él se giró; sus ojos me analizaron largos segundos, impasibles.
¿Clara?dijo al fin, frío, neutro.
Con ese tono fue mucho peor. Todas las palabras no dichas durante siete años se atropellaron en mi garganta, y las lágrimas asomaron sin remedio. Me lancé a hablar, temblorosa, intentando encontrar un hilo de sentido.
Diego, yo lo siento tanto. No merezco siquiera verte, lo sé, perome solté, incapaz de articular bien entre sollozos. Te quiero, Diego. Te he querido siempre. Perdóname, por favor, perdóname.
No podía parar. Sentía que si me callaba, toda mi historia quedaría rota para siempre. Abracé su pecho con fuerza, buscando un rescate en el calor de su cuerpo, suplicando que me correspondiera.
Durante apenas medio segundo noté sus brazos levantarse, la tensión en sus hombros, como si estuviera a punto de devolverme el abrazo. Quise creer, desesperadamente, que era posible recuperar aunque fuera una chispa. Pero la magia se deshizo. Me apartó con firmeza, con una expresión dura, carente de emoción.
Vetesusurró, gélido, en mi oído.
Como si yo fuese nada, como si le hablara a un extraño. Y añadió, sin mirarme ya:
Te odio.
Y ahí, en su cara, vi por primera vez verdadero desprecio.
Se marchó caminando erguido, sin mirar atrás. Yo permanecí allí quieta, sola en medio de la acera. Tardé unos segundos en volver a respirar. El mundo seguía fluyendo alrededor: el tintineo de la entrada de la panadería, el bullicio de los chavales saliendo del instituto. Pero yo sólo podía oír el eco de sus pasos alejándose, y en mi cabeza, una certeza brutal: “Ya está. Es el final. Para siempre.”
Caminé de vuelta a casa como en trance. Toda la energía se había desvanecido, cada zancada era pesada. Cuando abrí la puerta de nuestro piso, no tuve fuerzas ni para hablar. Me dejé caer en el taburete de la cocina, los ojos vacíos, apoyando la cabeza en el cristal.
Mi madre, que nunca necesitaba preguntas, puso el agua a calentar. El ruido del hervidor y el aroma del té me anclaban a la realidad, a ese hogar que parecía indestructible aunque ya no lo fuera para mí.
No me ha perdonadomusité, estrujando la taza caliente. El vaho me rozaba la cara, pero el calor me sabía a poco.
Ella se sentó a mi lado, en silencio, acariciándome el brazo como cuando era un niño que volvía magullada del colegio.
Sabías que podía pasarmurmuró mi madre, sin juicio pero con una tristeza antigua.
Lo sabía Pero esperaba otra cosa. Supongo que fui ingenua.
No es tan tonto esperar, pero uno recoge lo que siembra. Le hiciste mucho daño, hija. Y no es fácil volver a confiar después de eso. Se cerró en banda, como aquel Cay del cuento que veías de niña.
No respondí. Cerré los ojos y me vi a mí misma con veintidós años, pensando que quedarme sería renunciar a cualquier oportunidad. Diego, mi Diego, era esa persona en quien confiaba, que buscaba un porvenir trabajando en una constructora, estudiando por las noches. Soñaba en voz baja con abrir su pequeño negocio y tener una casa luminosa para los dos.
Pero yo, entonces, quería una estabilidad que él no podía prometerme. Cuando mi tío de Madrid me propuso trabajo en su agencia, no lo dudé. Era una salida clara, una oportunidad para esa vida que anhelaba.
La verdad es que, poco después de llegar a Madrid, conocí a Jacobo. Un empresario bien posicionado, el doble de años que yo, adicto a la seguridad y a las cosas bien hechas. Me invitó a cenas, obras de teatro, inauguraciones de galerías, y el lujo y la comodidad comenzaron a cautivarme. Poco a poco, fui aceptando regalos caros, sintiéndome importante por primera vez. Dejé de pensar en Diego, y cuando lo hacía, era sólo para despreciar su vida de provincias.
Años después, vuelta a casa, no buscaba reconciliación sino mostrar a Diego todo lo que había conseguido. Reservé mesa en el Café Corrillo, el que él frecuentaba tras largas jornadas. Llevaba puesto el vestido de seda azul que Jacobo me había regalado por mi cumpleaños y un bolso de piel de Loewe. Él entró, cruzamos las miradas, mantuve la compostura con aire de triunfo.
Y, sin embargo, el vacío me caló cuando, al irse, me vi rodeada de lujo y atención, pero completamente vacía. Me pregunté si ese era realmente el premio que había ido a buscar.
*****
La victoria resultó amargalo fui entendiendo día a día en la distancia burocrática de Madrid. Jacobo siguió atento durante un tiempo, pero poco a poco se deshizo el encanto. Pasaron de regalos elegantes a transferencias frías, de cenas románticas a comentarios mordaces sobre mi forma de vestir o elegir a mis amistades. Solo, en aquel piso lleno de objetos caros, la soledad se hizo enorme.
Quedarse me parecía retroceder, pero irme era admitir que me había equivocado en todo. Era más fácil soportar aquel silencio agudo antes que reconocer ante mí y ante el mundo que Diego, con su vida sencilla, me había dado mucho más.
Las tardes se hacían largas en aquel piso decorado, lejos de casa, lejos de mi madre, lejos de Diego. En alguna de esas noches tristes empecé a pensar en todo lo que podía haber sido. En las risas humildes, en los planes sin garantía, pero auténticos. Llegó un día en que ni la ropa ni el perfume ni los restaurantes parecían despertar ya nada en mí.
*****
El tercer día de mi estancia en Salamanca, caminé hasta el parque de La Alamedilla. Lo elegí por recuerdos tontos: el banco bajo los castaños, las charlas sobre sueños imposibles, las promesas ingenuas. Repasaba esas conversaciones cuando escuché que alguien me llamaba:
Clara.
Era Arturo, nuestro amigo del instituto, el pegamento del antiguo grupo, alma tranquila y buen conversador. Se alegró de verme, me preguntó cómo estaba. Me esforcé en sonreír, diciendo apenas:
He venido a ver a mi madre, nada más.
Fuimos a sentarnos a aquel banco. Me puso al día de historias del barrio, de antiguos conocidos, de la última reforma en la plaza Mayor. Tras unos minutos de conversación espontánea y sencilla, me preguntó por Diego.
No podía mirar a la cara. Recordé su voz dura el día anterior, sus ojos negros de rencor.
Sí, le vi ayer. Me odia, Arturo. No quiere saber nada más de mí.
Arturo asintió en silencio, mirando de reojo a los chavales que jugaban entre las hojas. Tardó en hablar.
Le costó mucho rehacerse. Fue como si te hubieras evaporado. Ni una llamada, ni un correo. Se quedó vacío.
Lo sé. Lo sélogré decir, sujetando las lágrimas como si fueran monedas.
Intentó olvidarte, Clara. Salió con alguna, pero no funcionó. Nadie le llega como tú, dice. Pero tu vuelta solo le ha hecho más daño. Mejor déjalo en paz.
Me encogí sobre mis rodillas. Me sentía más pequeña que nunca. Comprendí que a veces las disculpas no resuelven nada; que querer reparar el pasado no era el favor que yo creía.
*****
Aquella noche, ya de vuelta en casa, la ciudad resplandecía fuera como nunca, pero todo me parecía ajeno, distante. Imaginé otra vida: pequeñas dificultades, una casa compartida, problemas resueltos a medias y muchas risas menores. Tantos momentos posibles, tantas palabras que nunca dije.
A la mañana siguiente, empecé a hacer la maleta. Mi madre me abrazó antes de salir.
Cuida de time pidió solamente.
Cogí el tren de regreso a Madrid y las ventanas iban desgranando mis recuerdos: los balcones llenos de macetas, los niños chillando en el parque, la esquina donde aprendí a montar en bici. Me despedí por dentro de cada calle, de cada recuerdo, de Diego.
*****
Pasaron seis meses. Mi vida en Madrid siguió su curso, con rutinas seguras y reuniones insípidas. Pero algo había cambiado: ya no intentaba llenar el vacío comprando cosas ni inventándome aspiraciones. Acepté mis errores, reconocí la herida que había dejado y aprendí a vivir con ello.
Una tarde cocinando para cenar, me llegó un mensaje de un número desconocido. Decía: No te odio. Pero no puedo perdonarte.
Me temblaron las manos. Me apoyé en el suelo de la cocina y por fin lloré con una sonrisa suave, auténtica. No sabía si sería una nueva oportunidad o el cierre definitivo, pero ahora, al menos, alguien al otro lado reconocía que habíamos sido importantes.
Y comprendí una lección de la que todavía me sigo alimentando: hay errores irreparables, heridas que no cierran. Pero acompañar el dolor con honestidad es la única manera de seguir adelante, sin miedo al pasado y sin odio en el corazón. Porque, a veces, basta con saber que no te han olvidado del todo para encontrar el valor de mirar al futurosea en soledad, o con la esperanza de otro reencuentro.







