Se alquila mi piso

Alquilo mi piso

Clara Alonso Martín, ahora ya Clara García por el apellido de su marido, siempre pensó que lo peor de la vida es cuando lo bueno empieza de manera discreta, casi sin que te des cuenta, y luego, igual de silencioso pero inexorable, comienza a acabarse. Como les pasa a las plantas en la ventana: parece que las riegas, que están vivas, y un día, te fijas y tienen las hojas amarillas. Irrecuperables.

Ese olor lo notó ya en las escaleras.

Denso, dulce y empolvado. Maderas de Oriente. El típico, imposible de confundir porque era exactamente el mismo aroma que te recibía al entrar en casa de Doña Eugenia Ruiz, cada vez, cada visita. El olor se pegaba a la ropa, al pelo, a los recuerdos.

Clara se detuvo delante de la puerta con la llave aún en la mano.

Cuatro de la tarde. Aquella vez salió antes del trabajo: Pilar, la jefa de contabilidad, le había dicho que tenía muy mala cara y que cogiera el resto del día para descansar. Desde la mañana venía fatal de la cabeza, como si le pusieran una diadema apretada. Solo quería una pastilla, meterse en la cama y taparse.

Pero el olor contaba otra historia.

Abrió la puerta.

En el recibidor había tres cajas de cartón de tamaño nevera, con el logotipo de FRÍO VIDA en grande. Una de ellas estaba ya cerrada con cinta. En las otras dos, algo cubierto con papel de periódico.

De la cocina venían sonidos: roce de cacharros, una conversación en voz baja.

***

Doña Eugenia dijo Clara, sin moverse. ¿Qué es todo esto?

El ruido cesó. Luego, asomada en el marco de la puerta de la cocina, apareció su suegra. Una mujer grande y de porte impecable, con cincuenta y siete años y un delantal encima de un traje claro. Llevaba el pelo recogido y guantes de látex. El gesto firme, casi solemne.

Clara, hija dijo con la voz esa de doctora que anuncia una mala noticia por tu bien. Has llegado antes. ¿No te encuentras bien?

¿Se puede saber qué pasa aquí? Clara no avanzó.

No te pongas así Doña Eugenia se quitó con calma un guante, luego el otro, los dobló. Si es por vosotros, por ti y por Javier. Siéntate, te lo explico.

Prefiero escucharle aquí.

La suegra frunció un instante los ojos, gesto habitual en alguien acostumbrada a que la obedeciesen, fuera en casa o en la consulta del centro de salud de Atocha, donde llevaba veintitrés años y su palabra era orden, no sugerencia.

Bueno, vale movió la mano hacia la cocina invitándola. Por lo menos, pásate a la cocina. Te pongo un té.

No quiero té. ¿Qué guardan esas cajas?

Eugenia suspiró, ya algo resignada.

Menaje. Cazuelas, parte de las sartenes. Las copas de cristal te las he envuelto en plástico de burbujas. No te preocupes. Los platos los dejamos, para los inquilinos.

Clara se quedó con esa frase flotando. Para los inquilinos. Cómo las palabras pasaban por su pecho para quedarse en el estómago.

¿Inquilinos? dijo, sin alzar la voz.

He encontrado unos, sí Eugenia habló como quien trae buenas noticias. Un matrimonio joven con una niña de cinco años. Él trabaja en obras, ella está en casa. Gente formal, ya les he hecho unas preguntas. Entrarían el viernes.

¿El viernes? Pero Eso es en tres días.

Sí, tres. Ya tengo el adelanto hablado. Pagan el primer y el último mes.

Clara dejó el bolso en la repisa de la entrada, se abrió la chaqueta, la colgó. Cada movimiento le costaba, como si sólo el gesto le quitara fuerzas. La cabeza, el frío en las manos, aunque en el piso hiciera calor.

¿Lo ha comentado con Javier?

Pues claro. Si esto lo hablamos juntos, ¿no recuerdas? Hace tres meses, cuando a Javi le quitaron el plus. Yo misma lo propuse: alquilamos el piso, os venís conmigo, y ahorráis. Todo muy sensato.

No quedamos en nada Clara negaba despacio. Le dije que yo no estaba de acuerdo.

Tú dijiste que lo pensarías corrigió, cordial, la suegra.

No. Dije que no. Javi me pidió que no le echara más leña y callé. Pero no es un sí.

Eugenia cruzó los brazos. Otra postura que Clara ya conocía. Así se ponía cuando tenía la decisión tomada y no pensaba cambiarla.

Clara, tú eres lista y sabes hacer cuentas. Vamos a ver. ¿Cuánto os chupa la hipoteca al mes?

Eso no es asunto suyo.

Venga, Clara.

No dijo, firme y tranquila. Los números de mi familia son asunto nuestro, no suyo.

Se hizo el silencio en el recibidor. Por la ventana de la cocina, se oía el ruido lejano de la Castellana, y abajo, el tranvía pasaba.

Por supuesto, tienes derecho a opinar añadió Eugenia, y en su tono asomaron unas notas de acero, normalmente bien disfrazadas de simpatía. Pero una familia no eres sólo tú. Javi también, y él está de acuerdo.

Llamo a Javier dijo Clara sacando el móvil.

***

Javier tardó tres tonos en responder. Se notaba el bullicio de la fábrica por detrás.

¿Clara? ¿Pasa algo? Qué raro que llames tan pronto.

Javi, tu madre está embalando nuestro piso. Ha encontrado inquilinos. Piensa que se instalan el viernes.

Silencio. Uno, dos latidos.

Lo iba a hablar contigo, Clara

¿Lo sabías?

Me llamó anoche. Dijo que había encontrado a una familia. Pensé que lo hablaríais vosotras

Javi Clara se apoyó contra la pared. Lo sabías y no dijiste nada. Vuelvo a casa y hay cajas por todas partes. ¿Comprendes lo que significa?

Sé que esto te duele

Ven a casa.

Tengo reunión a las seis

Javi le temblaba la voz pero sonaba contenida, como el agua antes de una presa. Ven ahora.

Llegó a las cinco y media. Clara estaba en la cocina con el té frío ya en la taza. Eugenia seguía en el salón, ordenando figuritas de porcelana traídas de Valladolid y puestas para ambientar.

Javier, alto, rubio, con esa cara de niña de perdón otra vez, ese gesto que se le iba haciendo habitual. Trabajaba de ingeniero en Getafe, tenía que ir en Cercanías y volvía reventado. Clara sabía rebajarle los días malos, pero ese no.

Clara empezó en cuanto cruzó la puerta.

Siéntate.

Se sentó enfrente. Ella cogió la taza y la soltó.

Explícame dijo, cómo van a tomar decisiones sobre nuestro piso sin que yo me entere.

No hay nada decidido aún intentó explicarse, agarrándose a esa idea. Solo es una opción que mi madre ha buscado. Pensaba que lo hablaríais

Ya lo he hablado, sí. Ya está preparando hasta las cazuelas. ¿Eso es buscar opciones?

Clara, no tienes ni idea de la situación en que estamos

Explícamela.

Me quitaron el plus, hace un mes y pico. Desde entonces, siempre vamos en números rojos. Hipoteca, luz, gasolina, el préstamo del coche. No llegamos

Clara escuchó, sabiendo que no mentía. Que contaban céntimos, pero no era una tragedia mayor. Ella tenía su empleo completamente estable en GESTIÓN Madrid, siempre salían adelante.

Te propuse recortar caprichos. Cancelar el viaje de Nochevieja, dejar el gimnasio una temporada, ¿te acuerdas?

Me acuerdo.

Y eso ya valía.

Mamá opina que no.

¿Y tú?

La pausa fue más larga de lo normal. Hablar no era su fuerte.

Javi, dime Clara se acercó. ¿De quién es este piso?

A ver, formalmente, a tu nombre pero somos familia.

No, no formalmente. Mi padre me lo regaló antes de casarnos. Es mío, por ley y por papeles. Ni tú ni tu madre pueden alquilar sin mi consentimiento. Es delito, ¿lo sabías?

Él levantó la vista, con clara sorpresa.

No pensarás denunciarme

No es eso, Javi. Es que tú dejas a tu madre hacer lo que no le corresponde. Y callas. ¿Por qué?

Ruido de pasos por el pasillo. Eugenia en el umbral. Clara lo esperaba.

Javi, explícale tú a Clara dijo. Cuéntale que esto hay que hacerlo. Ella parece que no lo entiende bien.

Mamá, espera un segundo

¿Que espere? Los inquilinos necesitan respuesta. Son gente seria. Si decimos que no, pierden el interés y la oportunidad no vuelve.

Doña Eugenia Clara. Mi respuesta es no. No voy a alquilar el piso. Ni nos mudamos con usted. Y es definitivo.

La suegra la miró largo, como comprobando si era en serio. Giró la cara hacia su hijo.

Javi, ¿lo has oído?

Mamá, igual tiene razón

¿Lo dices por un arrebato suyo? rugió la suegra. ¿Todo lo que organicé, tres días de trabajo, por un capricho?

No es un capricho dijo Javi en voz baja. Explica tú, Clara.

Clara se levantó, llevó la taza al fregadero y se giró.

Mañana no se enseña el piso anunció. Nadie entrará el viernes. Si viene con gente, ya se lo explicaré personalmente. Buenas noches.

Abrió la puerta del dormitorio. Sin portazos. Sólo la cerró.

***

Fue una noche de las de no pegar ojo. Javier entró tarde, casi a las once. Cada uno durmió en una orilla, sin tocarse. Clara escuchaba su respiración, acompañada o fingidamente dormido. Ella pensaba en lo de su padre: Clara, para entender un problema, míralo con distancia; si te acercas, siempre parece peor.

Su padre no estaba desde hacía cuatro años. Le dejó ese piso no tanto como patrimonio, sino como protección. Él sabía que era su única hija, que la madre vivía en Cádiz, que a la hija le hacía falta un ancla.

El ancla estaba ahora en cajas.

Pero no: el ancla no es cacharros. El ancla son papeles. Esos seguían donde los había puesto al mudarse, en la balda del mueble, carpeta azul de plástico. Escritura, donación sellos y todo. Lo revisó mentalmente, sabiendo que Eugenia aparecería con los inquilinos. Su suegra nunca amenaza en vano, y tampoco sabe echarse atrás.

Clara sí. Pero sólo si ve que merece la pena.

No era el caso.

Javier se movió pegado a la pared. No se giró, ni ella tampoco.

Pensaba, y pensaba, en que el amor no es sólo sentirse bien en días buenos. También es elegir. Él estaba ahí, callado. ¿Y eso qué significaba?

No lo sabía.

Aquello daba más miedo que las cajas.

***

A las siete se levantó Clara. De costumbre, sin pensar. Javier siguió durmiendo. Hizo café, se apoyó en la ventana mirando la lluvia fría de marzo. El barrio de Moratalaz, tan feo en estos meses, con la nieve negra, el asfalto mojado y los árboles pelados.

El dolor de cabeza había remitido, menos mal.

Buscó la carpeta, revisó papeles: todo en orden. Escritura, donación, sellito azul, todo.

Después llamó a su madre en Cádiz, pero esperó antes de contestar; temía quebrarse al abrir la boca.

¿Hija, cómo vas? Saltó enseguida la madre.

Bien, mamá.

Pero tienes voz rara

Todo bien.

Silencio.

Javi me telefoneó anoche dijo la madre. Algo sobre problemas con la suegra.

Clara cerró los ojos.

¿Te llamó?

Sí. Está hecho polvo. Me ha dicho que no sabe qué hacer.

Mamá, tiene que decidir de qué lado está.

Clara No es mala persona. Pero ha pasado treinta años con ella. Eso no se cambia de la noche al día.

Lo sé.

¿Estás aguantando?

Sí.

Si necesitas que me plante, dime.

Le costó que no se le quebrara la voz.

No hace falta, mamá. Saldré.

Bien. Acuérdate: el piso es tuyo y punto.

No se me ha olvidado.

Colgó. Javier apareció a las diez, se sirvió un café. Ella con un libro en la mano, por no estar con las manos vacías.

Clara

Dime.

Mamá dice que viene a las doce con los inquilinos, para verlo.

Lo oí ayer.

¿Y si hablas con ellos? Puede que te caigan bien

Se volvió hacia él.

Javi, ¿te das cuenta? Ahora pretendes que yo firme el alquiler con unos desconocidos, negociando algo de espaldas a mí.

Es que mi madre ha puesto mucho empeño

Javi lo dijo con calma. ¿Escuchas? No tú has hecho, no hemos decidido, sino mi madre ha puesto. ¿Es su piso? ¿O su vida? ¿O la nuestra?

Javier dejó la taza sobre la encimera y se frotó la cara.

No sé cómo hacer esto sin que se enfade.

¿Y a mí me puede doler?

No respondió.

Clara volvió a pasar páginas, sin leer una línea.

***

A las doce y media llegó el momento. Se oyó el portero, la voz de Eugenia por el telefonillo, el ascensor.

Javier estaba junto al balcón, mirando la calle. Clara en el sofá, carpeta azul a la vista.

Timbre fuerte.

Javi dio un paso.

Tú quieto le dijo Clara.

Él se quedó quieto, sin saber si sentirse más aliviado o avergonzado.

Sonó otra vez. Clara se acercó. Abrió.

Doña Eugenia, de domingo, con abrigo gris y botones de perla. Detrás, la pareja: joven, él con chaqueta, ella en un plumas rojo, holding a una niña de la mano, cinco años, coleta y mochila de unicornio. Seria, expectante.

Clara, cariño, esta es Beatriz, su marido Daniel y la pequeña Lucía. Daniel trabaja en obras, Beatriz está en casa con la niña.

Buenas dijo Beatriz, algo incómoda. Disculpa venir así

No pasa nada. Pasad respondió Clara, neutra.

Entraron tímidos. Lucía no dejaba de mirar a Clara.

¿Y Javi?

En el salón.

Bien, así venís y os lo enseño Eugenia avanzó como por su casa, hablando maravillas del piso, de la cocina y el transporte. Clara iba detrás, mirando la escena.

Al llegar al salón, Javi saludó sin mucho entusiasmo.

Mira qué ventanales, habitación grande, la cocina reformada Eugenia gesticulaba demasiado. Las copas nuevas, una maravilla.

Daniel cabeceaba, Beatriz no soltaba la mano de la cría. Clara, en el mueble.

Y del precio, ya hablamos en son mil cien euros al mes

Un momento.

La voz de Clara sonó tranquila. Abrió el mueble, sacó la carpeta azul.

Todos la miraron.

Daniel, Beatriz, antes de tomar una decisión, quiero ser clara.

Sacó los papeles, acercándose.

Esto es una nota simple del Registro. Veis aquí, titular: Clara Alonso Martín. Mi piso. Escritura de donación, de mi padre, dos años antes de casarme. Yo soy la única propietaria. Ni mi marido, ni Doña Eugenia tienen nada a nivel legal.

Beatriz leyó y pasó a Daniel.

Clara, cariño intentó la suegra, no hagas tonterías

Por ley, para alquilar hace falta mi firma, por escrito. Nadie más. Nada de compromisos verbales. Si alguien firma sin esto y se instala, es ilegal. Siento decirlo tan claro.

Daniel asintió inseguro.

No lo sabíamos musitó Beatriz. Nos dijeron que la propietaria lo autorizaba

La propietaria soy yo. Y no, no quiero alquilarlo.

Pausa larga.

Entonces Daniel devolvió los papeles. Perdón por las molestias.

Se fueron hacia la puerta.

¡Esperad! la suegra se interpuso, la voz muy distinta, más fría. Esto es un malentendido. Daniel, un momento

Eugenia, basta dijo Javier de pronto.

Todos le miraron.

Estaba junto al ventanal, metiendo las manos en los bolsillos. Era una mezcla de tristeza y determinación.

Tienen razón. Se van.

Doña Eugenia le clavó la mirada.

¿Qué?

Se van. Es piso de Clara. Yo Tenía que haberlo dicho antes.

Un silencio como el mármol.

Beatriz cogió la mano de Lucía. Daniel le dio las gracias con una inclinación de cabeza y salieron.

Tres en el salón.

***

La suegra no apartaba la vista de su hijo. Clara, con la carpeta, esperó.

¿Sabes lo que acabas de hacer, Javi?

Sí, mamá.

¿Te pones de su lado, contra mí?

Me pongo del lado de la verdad.

¿Verdad? le supo amarga la palabra. Perdía el control.

En esto, sí, mamá.

He hecho todo por ti, Javi. Tu padre os dejó solos, yo con dos sueldos, por ti siempre

Lo sé.

¿Lo sabes? ¿Eso crees? Solo quería facilitaros la vida. Encontré a la gente, organicé todo

Pero no preguntaste a la dueña dijo Javier. A la dueña del piso.

A la dueña ahora me lo dices así.

Doña Eugenia Clara, muy serena. Las decisiones de dinero, con mi marido. Dentro de mi pareja. No bajo amenazas ni con imposición.

¡Amenazas! ¿Tú oyes? Solo quería ayudar.

Sé que su intención era buena, pero ayudar sin pedirlo no es ayuda. Es entrometerse.

¿Entrometerme? volvió hacia Javi. Fue la última vez que le habló directamente. O a mí o a ella, tú decides.

Clara ni pestañeó. Javi miraba a su madre en esa sala que montaron entre los dos, con la librería torcida que colgó aquel jueves de lluvia, con la cortina naranja de Ikea, con el portarretratos de la boda.

Me quedo dijo, bajito. Me quedo con Clara. Te quiero, mamá. Pero esto no puede seguir así.

¿No puede? ¿Ahora resulta?

No puedes aparecer sin avisar, ni empaquetar lo ajeno, ni buscar inquilinos sin pedir permiso. Y tenía que haberlo frenado antes.

La suegra, despacio, sacó el abrigo, el bolso, se lo puso. Tardó.

Te arrepentirás dijo casi en un susurro. Pero hoy haces lo que crees.

Salió al recibidor, cerró la puerta de golpe.

Luego, nada.

***

Se quedaron de pie en el salón. Javi junto al balcón, Clara en el mueble con la carpeta. Solo una caja cerrada con cinta, las otras dos a medias.

Fuera, la lluvia.

Clara dejó la carpeta en su sitio y fue al sofá. Javi dudó, se sentó a distancia.

Clara.

Por favor, espera.

Estuvieron callados. Ella miraba la balda torcida de los libros. Él, las manos.

Debí decirle no inmediatamente, cuando me llamó ayer. Decirle que no era asunto suyo. No lo hice.

¿Por qué?

Guardó silencio.

Nunca he sabido negarme. Desde niño. Si lo hacía, no se enfadaba; simplemente te miraba como si la hubieras matado. Mejor decir sí.

Lo entiendo, Javi Clara no lo dijo por decir. Sé que no es fácil. Pero hoy no tienes seis años.

Sí, lo sé. Y aun así no sé si hice bien. Aunque siento que sí. Pero es mi madre.

Lo seguirá siendo.

Ahora se va a enfadar y será duro.

Seguramente.

Y eso dolerá.

Lo sé.

¿Ahora qué?

Toca hablar. Pero no hoy, otro día, cuando pase todo un poco. De dinero, de cómo gestionamos. Todo eso.

¿Y mamá?

Eso será otro tema.

Esperó.

¿Tienes rabia?

Clara se lo pensó, de verdad.

Estoy cansada. Me enfadé antes. Ahora solo cansancio.

Clara, yo

Javi le cortó. Hoy has hecho lo correcto y eso importa. Pero es solo hoy.

Él entendió.

Lo sé.

Bien.

Vio la estantería torcida, el marco en blanco, la caja cerrada.

¿Desempaquetamos juntos?

Sí, venga.

***

Fueron sacando cacharros en silencio. Ella ordenaba cazuelas, él sacaba las copas junto a la mesa.

El olor del perfume de Eugenia costaba que se fuera. Clara abrió la ventana. El aire de marzo entró con fuerza.

La niña de la mochila de unicornio seguramente ya iba camino a casa. Mirando por la ventanilla, sin saber que estuvo en el centro de una vida ajena.

Clara pensó en lo que dijo su madre: Treinta años con ella no se rompen en un día. Verdad total. Hoy Javi dijo no. Por primera vez.

No es garantía de nada, ni de que todo será fácil.

Pero lo hizo.

Colocó la última sartén, dobló los papeles de periódicos, los tiró.

¿Preparo café? propuso Javi.

Por favor.

Fue a la cocina. Clara cogió el portarretratos y le echó un vistazo. Los dos un poco torpes, ella con el vestido color marfil que no era el de sus sueños, él ya con el nudo de corbata quitado. Sonriendo. De verdad.

Había pasado un año.

De la cocina ya venía el olor a café. De hogar.

Se sentó con él, una taza sobre la mesa. Afuera llovía.

Bebieron en calma. No era un silencio vacío, no. Allí había mucho pendiente por decir. Pero aún no tocaba.

Ahora, solo café. La ventana abierta. Los libros torcidos al lado.

Y la carpeta azul, en su sitio.

***

Apetece pensar que lo difícil ya pasó. Suena bien, pero Clara sabía que los balances sólo cuadran con tiempo. Las parejas son lo mismo: cuestan.

Eugenia llamará, seguro. Mañana, o dentro de una semana. Ella es de las que se van, pero esperan.

Javi estará entre dos aguas. Y eso Clara lo veía claro.

La pasta, el plus perdido, la hipoteca. Todo eso sigue.

Toca una charla. Larga, honesta. Seguro que algo ha cambiado hoy.

No lo sabe.

Javi terminó el café.

Clara.

Dime.

Gracias por no largarte, por quedarte. No era fácil escuchar tanta tontería, y tú lo hiciste bien.

Le miró.

No podía hacerlo de otra forma. Es mi casa.

Él asintió.

Nuestra casa.

Hubo una pequeña pausa.

Sí dijo Clara al fin. Nuestra.

Fuera, la lluvia empezaba a parar. El día estaba menos gris, pero ni mucho menos soleado.

Clara apuró el café frío.

Y así, amiga, aquí seguimos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

9 + 4 =